La bella mujer del narco
La bella mujer del narco
Juan Carlos Herrera
Para Carlos Herrera Fernández,
el gran hombre que fue mi padre
Y tu belleza es la culpable
que yo pierda los sentidos,
que se me vuele un tornillo
y que me vuelva nada.
No dudes en aceptarme
porque yo sin ti no vivo,
ay! mira pa’ mañana es tarde
y por ti estoy loquito.
José Valencia
1
Agamenón Cervantes estaba sentado en silencio,
cuando de pronto sintió que alguien lo silbaba. Era una mujer de cabello negro
azabache, un rostro moreno con rasgos afinados de hindú, que portaba una
cartera de cuero bajo el brazo, y era dueña de una belleza milenaria que se
robaba el aire que los demás respiraban. Llevaba puesta una blusa clara y
fresca que se movía ante la brisa desencadenada, argollas en las manos para una
mejor imagen de princesa, estando parada sobre unos tacones que le daban más
altura a su lindeza, al lado de una joven menor. Al fijarse en que aquel muchacho
se daba cuenta del juego de vanidad, recuperaron por instinto la compostura de
hembras desconocidas, lejanas y ajenas, frente a la carretera donde estaban
pasando los carros.
Se encontraban en pleno centro de Cuatro Vías, a la
hora de mayor movimiento en el sector y cuando estaban varios negocios
abiertos. El muchacho tenía puesta una silla plástica en la sombra proyectada
en ese andén por el supermercado Cumaná que estaba detrás, respirando el aire
fresco proveniente del norte que producía que más personas salieran a caminar
por la calle 15. Estaba en ese lugar por pedido de su gran amigo Jeison Barros,
cuidándole el negocio de música ubicado al otro lado de la carretera donde
había una chaza al aire libre para la venta de CD’s piratas, al lado del amplificador
que alimentaba a los dos bafles negros en esa acera de la esquina del
restaurante El Reposo, derramando música con todo volumen que invitaba a los
transeúntes a que se convirtieran en clientes. Naturalmente se quedaba en esa
tarea, a cambio de poder escuchar todas las canciones de esta vida sobre todo
si eran vallenatas, resultando extraño que cualquier persona que estuviera
pasando y fuera conocida, lograra sacarlo de ese estado de abstracción donde
flotaba siempre. Sin embargo, al sentir la presencia divina de la muchacha
morena que durante días antes había querido conocer, y en vista de que junto a
la otra tuvieron un disimulado juego de coqueteo hacia él, se levantó para
hacerle frente antes de que se fuera.
-Oye, hazme el favor –le dijo.
La muchacha mayor, por supuesto, volvió la mirada
para ver si era con ella. Al ver que él insistía con la vista, al lado de la
compañera recogió el bolso azul que tenían en el suelo, y se dirigió directo a
donde estaba el hombre creyendo sin duda que la habían confundido.
En esos instantes, Agamenón Cervantes trató de hacer
el mejor papel de toda su vida.
-¿No te acuerdas de mí? –le preguntó.
Ella entendió menos ante ese trato inesperado. Por
eso él trató de que se le ocurriera algo mejor con la ilusión de retenerla un
instante, y entonces le preguntó con espontaneidad si lo esperaba un segundo en
aquel lugar mientras cruzaba la carretera, y le bajaba el volumen a la música
que salía de los bafles, para seguir hablando mejor. La muchacha, sencilla y
educadamente, le dijo con la cabeza que sí.
Emocionado atravesó la carretera despejada, donde
estaba la famosa fachada del restaurante El Reposo, situado en la mejor esquina
de ese sector en la calle quince. En la parte de afuera de este lugar, también
había espacio para unas mesas bajo techo y al aire libre, pero antes se
encontraba el puesto de Compact Disc reconocido en ese ámbito como JeiCD,
propuesta comercial presentada por su amigo Jeison Barros, la persona más
conocida en Cuatro Vías gracias a la música. Al lado izquierdo de la chaza
donde había un árbol grande de almendra y un pequeño baño sin puerta, estaba
una vitrina azul donde se guardaban más CD’s y carátulas apenas recortadas que
serían introducidas en el plástico apropiado, cerca de unas sillas para descanso
de la gente, ante el reproductor donde se manipulaba la música alta de los
bafles. Era la parte donde en otras ocasiones Agamenón Cervantes se había
sentado con Jeison Barros y los pasajeros amigos de éste, controlando la música
y vendiendo los CD’s a la gente que se acercaba cuando no estaba el sol cayendo
al suelo como en esos momentos, por lo que al acercarse de nuevo quiso buscar
ligero en el CD que estaba rodando una canción de moda titulada Es imposible,
que tanto le recordaba a la mujer que durante días atrás había querido conocer,
y que ahora estaba enfrente a la expectativa de lo que podía suceder. Por cosas
del destino y por más que intentó manipular no la encontró, dejando entonces
que comenzara a oírse el conocido tema No es tan fácil que cantaba
Rafael Santos al lado del acordeonero Iván Zuleta, cuya buena letra y estupenda
melodía hacían más fácil el amor a primera vista. Luego volvió sobre sus pasos
para regresar al otro lado de la avenida donde lo estaban esperando, y con
halago se llevó la sorpresa más extraordinaria de su vida: las muchachas se
estaban adueñando de las dos sillas plásticas que él había dejado para
disposición en la sombra, como sinónimo de que a primera vista les había caído
bien.
Se acercó a ese lugar donde ya estaban sentadas, con
un grado más de confianza por la evidencia registrada, dispuesto a continuar
con el juego de entretenerlas. Sólo que después de fingirlo un rato, quedó
claro que el cuento de que conocía a la bonita muchacha que le gustaba mucho,
era sólo era un pretexto para hablar con ella, una estrategia juvenil bastante
empleada por los riohacheros al detener a una desconocida en la calle. Agamenón
Cervantes se sintió más cómodo dentro del cuerpo cuando terminó con esa farsa,
y con seriedad pretendió comenzar una conversación tímida pero más terrenal. Se
dirigió única y exclusivamente a la muchacha morena y de físico superdotado,
cuya sola presencia lo hacía sentir el hombre más afortunado en esos momentos.
-¿Cómo te llamas?
-Yo no me llamo –le respondió ella con un poco de
humor, demostrando de paso un diez por ciento de su personalidad.
Él entendió que si quería ser su amigo, tenía que
metérsele por otro camino más adecuado.
-¿Cuál es tu nombre?
-Alexandra.
Al escucharlo, aceptó que ése era el nombre que
menos se imaginaba cuando andaba pendiente de conocerla, quizás por ser uno de
los más usuales. Sin embargo, gracias al código la comenzó a ver de una mejor
manera. La muchacha morena se mostró como un ser humano bastante maduro, que
entendía bien el humor inteligente y no veía ningún inconveniente en
intercambiar unas cuantas palabras con alguien, cuya única cualidad era que ya
parecía estar enamorado de ella. En vista de eso, él intentó sacar toda la
información posible de su vida, para adorarla de la misma forma en que días
antes la había idealizado en la soledad, y en efecto cada respuesta suya
parecía corresponder a la imagen perfecta que ya se había hecho en su
imaginación. Su manera de distraerlas hacía pensar que era alguien a quien
conocían profundamente, cuando en verdad lo estaban conociendo más por la
personalidad gentil de buen escucha que por los temas personales que se
reservaba en su interior. Pero en el momento menos esperado, un carro de
matrícula venezolana de los tantos que pasaban por la carretera se detuvo ante
una señal de la joven menor, quien en seguida recogió el bolso del suelo. Se
levantó dando dos pasos para abrir la puerta y meterse seguida por su compañera
mayor, y cuando pensaba que también Alexandra Pitre se iba a marchar, él vio que
ésta nada más se despedía de su prima antes de que el carro continuara de
largo, y que volvía tranquila al mismo sitio. Con eso demostraba que aquel
lugar lleno de sombra y con corriente de aire fresco, le había caído tan bien
como su atractiva personalidad.
Cualquiera que pasaba a las cuatro de la tarde por
tal camino de Cuatro Vías, hubiera creído que aquella muchacha sentada en una
silla plástica al lado suyo era su novia pública, mientras la música de Rafael
Santos e Iván Zuleta en el ambiente era como la banda sonora de una película de
amor. En realidad, Agamenón Cervantes disfrutaba con pensar que la gente
creyera eso, y trataba de hablar lo más cerca de la señorita para alimentar las
vanidosas apariencias. En medio de la conversación, Alexandra Pitre demostró
que una de las cosas que más le gustaban en la vida era hablar, para sorpresa
de él, quien no entendía cómo entonces demoró tanto tiempo para acercársele si
esa simpática mujer era de lo más sencilla en el trato humano, dueña de una
cara angelical con aretes plateados. El perfume que se había echado facilitaba
el embrujo de la química inesperada, y él disfrutaba con percibirlo y Alexandra
Pitre con que se lo sintieran. Las argollas doradas y ruidosas de gitana en
ambas manos parecían tener algo que ver con su carisma, mientras su espíritu
femenino se veía intensamente iluminado al lado de él. Al parecer, tenía tan
sólo diecisiete años de edad, juventud resplandeciente en la que a todo hombre
de la tierra le hubiera gustado conocer. Era gustosa de cualquier cosa y buena
amante de la lectura, asegurando que leía todo lo que cayera en sus manos.
Entre tanto, cuando tocaban más temas, también comentó cuál era su sueño. Su
anhelo era estudiar enfermería más adelante, porque pensaba que esa carrera era
con la que más se identificaba su alma.
Desde un principio, Alexandra Pitre demostró que le
interesaba que conocieran su historia para que entendieran mejor su
personalidad, tocando el tema de su difunto padre. Según dijo, en una ocasión
en que manejaba un taxi haciéndoles una carrera a unos hombres, éstos le
quitaron la vida de unos disparos supuestamente para robarle el carro, que al
final fue a dar con tripulante y pasajeros en un jagüey en las afueras de la
vía que conduce a Valledupar. Era algo que nadie en la ciudad esperaba,
tratándose de alguien como Jaider Pitre, a quien todos conocían y querían con
cariño. La hipótesis que su hija tenía en particular, era que a aquél no lo
habían matado para robarle el carro como se aceptó en el informe judicial, sino
que todo había sucedido por una venganza secreta que nadie se había puesto a
investigar. De manera que después del funeral donde fue velado, ella nunca
volvería a ser la misma. Era una mujer que desde entonces no cesaba de llorar,
de preguntarse por qué había ocurrido esa desgracia en su familia, y encontrar
a alguien que le cayera bien escuchándola al respecto, era una buena fórmula
para sentirse más tranquila consigo misma.
Después de la tragedia se marchó a vivir al
municipio de Hatonuevo, donde estaba viviendo la madre que la parió. Era una
forma de apartarla del mal recuerdo que la marcaría de por vida, pero entre más
la alejaban del verdadero mundo de su niñez, más se materializaba y fortalecía
el amor inmenso por su padre. Estaba tan estigmatizada por ese dolor insanable,
que a eso de los trece años viviendo en aquel municipio carbonero intentó
arrojársele a un carro que pasaba por la calle, pero un novio que tenía
entonces la había atajado de hacerlo. De un momento a otro, se había dado
cuenta de que ése era el único camino para subir al cielo donde estaba su
padre. Ésa parecía ser la razón de que ahora estuviera de vuelta en la ciudad
de Riohacha, aspirando terminar el bachillerato en la jornada nocturna del
Liceo Almirante Padilla. Era una buena manera de estar más próxima al alma de
su padre, cerca de la abuela y los tíos paternos, recogiendo los pasos que el
progenitor había dado en los últimos días de su vida.
Durante más de media hora, estuvieron hablando sobre
ese tema en particular y otros asuntos terrenales, hasta tener la completa
certidumbre de que se conocían desde hacía rato. Él se sintió tan identificado
con ella y ligado a la fuente especial de su alma femenina, que le pareció que
lo más natural de la vida era que tuvieran otro encuentro para dar paso a una
conversación parecida. Era una muchacha humilde y descomplicada, a pesar de su
atractivo arrebatador que producía que los carros circularan más despacio cerca
de ella, que no le importaba perder el tiempo con alguien a quien no conocía
anteriormente y hasta contarle cosas íntimas de su vida, siempre y cuando le
cayera bien. De vez en cuando miraba el reloj, diciendo que tenía que irse para
donde su abuela paterna, a quien en ningún momento dejaba de visitar. Lo
curioso del caso, es que siempre salía un tema nuevo que la hacía quedarse unos
minutos más en ese cómodo puesto, y la brisa fresca parecía estar conspirando
para que siguiera hablando y conociera mejor a ese buen muchacho. Sin embargo,
de un momento a otro Alexandra Pitre se levantó de manera irrevocable de la
silla, con el ánimo necesitado de otro aire. Estuvo parada frente a la negra
carretera esperando que pasaran los carros para seguir de largo, y cuando esto
sucedió volvió la mirada una última vez queriendo dirigirse al nuevo amigo:
-Chao, Agamenón.
Personalmente, éste no tenía palabras para
explicarse a sí mismo lo que había sucedido. Se había sentido tan protagonista
de la situación en aquel lugar y en esa tarde de abril, que por primera vez en
su vida comprobó que en realidad la Tierra sí giraba alrededor del sol. La
brisa suelta y loca que desordenaba el mundo grande, levantado el polvo con las
malas energías de la carretera, confirmaba que el planeta no sólo daba vueltas
sobre su eje sino que también estaba cerca de Marte y del maravilloso Júpiter.
Algo había cambiado en su alma para siempre, y más adelante se vería reflejado
en el transcurso de la historia.
Todo había comenzado una noche de enero anterior. En
compañía de su tío José María se encontraba sentado al lado del restaurante de
éste en el mismo sector de Cuatro Vías, un puesto de comida bajo techo y al
aire libre conocido como El Mondongazo. Estaban acostumbrados a quedarse allí,
en una terraza de escalones cómodos perteneciente a un local sellado de dos
plantas donde antes hubo un negocio de muebles, en cuyo espacio exterior la
gente habituaba a estar sentada en unas sillas plásticas, frente a una venta de
salchipapas. No participaba en la conversación de adultos, debido a la
presencia respetuosa de los amigos de su tío como Wilfrido Pinto y Carlos
Fragoso, porque su único interés al estar cerca de ellos era fumar cigarrillos.
Sólo de vez en cuando, al tocar un tema relacionado con el jefe paramilitar
Carlos Castaño dueño del universo entero desde su santuario militar en el
Magdalena Medio, sobre la guerrilla de las FARC y su comandante Tirofijo
que no le daba esperanzas de paz al gobierno nacional –cosas que esos señores
nada más veían en el noticiero-, se metía a discutir. En medio de esa
distracción, al lado izquierdo de donde estaba, miró a una muchacha morena
tomada de la mano por uno de los dos hombres jóvenes que también estaban
sentados en esos escalones y con quien ella hablaba, pero no pasó a su memoria.
Siguió fumando más pendiente de sí mismo que de la hermosa mujer, y escuchando
sin atención las cosas dichas por los señores como su tío José María, quien
fumaba y hablaba de vez en cuando para expulsar el humo de los pulmones. Un
momento después, despertó cuando la muchacha bajó corriendo las escaleras, pasó
de largo por la venta de salchipapas y cuando iba llegando al lado izquierdo
del restaurante, se paró cerca del fogón de carbón para volver sobre sus pies
de manera sensual al mirar a uno de los muchachos que sin dudas le gustaba,
sembrando en el interior de Agamenón Cervantes el recuerdo más importante de su
vida.
Desde esa misma noche, se sintió torturado por su
atrevido movimiento, la retenía en la imaginación y le pareció que era la
versión más parecida a una mujer de imagen trascendental que lo había cautivado
en el pasado, sólo que la que acababa de conocer era morena. Se ilusionó con
verla aunque fuera por una segunda ocasión en la vida, para acercársele como un
macho decidido y decirle por esa razón que la amaba desde antes de conocerla.
Se imaginó que debía vivir más allá de la esquina del sindicato en la misma
calle 15, porque hacia ese lado era que la había visto tomar tranquila su
camino. También le preocupó la idea de que ni siquiera fuera de Riohacha, y que
sólo hubiera sido una visión fugaz la que experimentó esa noche. En las noches
siguientes, se quedó durmiendo en la casa donde vivía su tío José María con su
nueva mujer, en la calle diecinueve. En la terraza arenosa de este lugar había
un árbol grande de almendra, donde se reunían ciertas personas para hablar de
varios temas, pero él comenzaba a estar en silencio aunque estuviera presente,
pensando en la imagen de ella. Una parte de la canción La colegiala en
versión parranda, que se estaba dando a conocer en la radio y se ponía de moda,
le dio un nuevo respiro para seguir viviendo. Era de Silvestre Dangond, un gran
cantante vallenato que se estaba metiendo fuertemente en el alma de la juventud
y a la vez en el gusto de los conocedores más ortodoxos del folclor, y que más
adelante con su canto pasaría a ser uno de los principales exponentes de esa
corriente denominada la nueva ola, porque había venido pegando con temas
como Mi amor por ella desde el año anterior. Desde entonces, el sector
de Cuatro Vías y las calles del barrio Veinte de Julio con la diecinueve, le
parecieron el mejor ambiente para vivir en Riohacha, nada más por la sensación
de estar enamorado de alguien a quien tenía la esperanza de conocer algún día,
sintiendo que su recuerdo abstracto era más importante que las elegantes mujeres
de carne y hueso, que pasaban caminando a su lado. En cualquier lugar donde
caminaba pensaba que iba a encontrarse con ella, presentársele y caerle bien,
hasta que el vacío y la maldita soledad fueron imponiéndose lentamente en su
vida.
Era como si no viviera en Riohacha, y sólo hubiera
visto a alguien que estaba de vacaciones, antes del inicio de los estudios en
febrero. Con el paso de los días entendió que esa imagen juvenil no volvería a
hacerlo feliz como en aquella noche de ilusión, por la ausencia física en su
vida terrenal. Se acordó del muchacho con quien la había visto hablando, que
tenía rato de estar viendo en una esquina del barrio Veinte de Julio acompañado
siempre de otro amigo al que le decían El Trompo, siendo reconocidos bailadores
de cumbiamba, pero con quienes nunca se había dirigido la palabra. Llegó a
tener la intención de preguntarle al primer tipo si sabía algo de ella, porque
era la única manera de obtener alguna información que le permitiera aceptar que
lo que había visto no era un espejismo egipcio en la ciudad caribeña. En varias
ocasiones lo vio caminar por la carrera pavimentada, andando en Cuatro Vías
saludando a la gente, y hasta en la parranda de una terraza en el centro de la
ciudad, pero se abstuvo de acercársele. La sola idea de que pudiera ser su
novio, y no su amigo como parecía a simple vista, le impuso el orgullo de
hombre.
Con los pies sobre la tierra, entendió que si quería
encontrarla necesitaba estar más rato en la calle, y se puso a andar con su tío
José María. Como se la pasaba en casa de éste en la calle diecinueve donde
también almorzaba, cuando salía lo acompañaba con frecuencia no tanto porque
quisiera ser como él, como para tener más oportunidades de verla. Al alejarse
de la terraza caminaban por la pavimentada calle, doblaban en la esquina donde
estaba la casa de David, bajaban la carrera arenosa y seguían de largo por la
calle dieciocho con Mariachi en su puerta escuchando música ranchera a
todo volumen, andando el barrio Veinte de Julio para terminar llegando a Cuatro
Vías, frente a la carretera donde pasaban los carros y los amigos comunes, a
donde ellos terminaban sentándose al lado del restaurante El Mondongazo con la
intención de fumar cigarrillos. En esos precisos días, su tío José María se la
pasaba al lado de la casa de la madre del desaparecido comerciante Rafita
Correa, en un garaje donde estaba el taller de un cachaco que estaba
arreglándole una F-100 roja en mal estado que carecía de carrocería, y eso era
pretexto para estar las veinticuatro horas del día al lado de él. Fueron en la
mañana, estuvieron hasta en el mediodía bajo el sol caliente, llegaron en
muchas ocasiones por la tarde, se llenó de grasa tratando de servir para algo,
pero en las horas libres al salir de allí, lo único que veía de la muchacha era
el mismo recuerdo que poco a poco iba perdiendo su forma original. En ningún
momento daban para arreglar la F-100 en mal estado, debido a las otras
ocupaciones del cachaco, que sólo se acordaba de la camioneta cuando llegaba refunfuñando
su dueño. Una tarde cualquiera, cuando iban saliendo de mal genio porque la
camioneta seguía casi en el mismo estado maltrecho del primer día, un nuevo
caso alimentaría la memoria de Agamenón Cervantes. Por esa carrera pavimentada
apareciendo en la esquina de la calle dieciséis, fresca como las flores de
marzo al estar recién bañada y con agenda en mano, venía caminando de manera
inesperada la muchacha poseedora de una belleza tan clara y sagrada, que dejó
en evidencia que no se acordaba bien de ella. Pasó de largo por la carrera sin
mirarlo, rumbo hasta la calle 15 para doblar a la izquierda, pero él se consoló
cuando el cachaco que también salía le confirmó que no era la primera vez que
la bonita adolescente caminaba por ese lado a tal hora.
Esa imagen celeste se imprimió tan poderosamente en
su percepción, a la luz del mágico atardecer y respirando un aire nuevo, que a
partir de ese momento quiso buscar y encontrar más a la que había visto después
que a la que había visto primero. Se había quedado tan hipnotizado con la
convicción de que posiblemente sí vivía en la ciudad, que pasó los días
entusiasmado creyendo que la misma naturaleza lo estaba ayudando a materializar
su profundo sueño, y convencido del todo de que ella había nacido para hacerse su
mejor amiga. Recorrió más las calles de Riohacha con el ánimo de encontrarla,
por tener la completa seguridad de que aparte de vivir en esa tierra también
estaba estudiando en alguna corporación, en vista de la agenda que llevaba en
mano. Estuvo recorriendo las calles donde le pareció que vivía por haberla
visto cruzando una esquina de la pavimentada calle dieciséis, y hasta le pidió
prestada la bicicleta a un primo para agilizar la búsqueda. En ésta se dedicaba
a pedalear y manejar sobre todo en las tardes, pensando que de alguna casa de
Riohacha tenía que salir ella para ir al colegio, en el preciso momento en que
él estuviera pasando por su reja. Se dirigía a la calle dieciocho, conducía
cerca del colegio RECA pensando que iba a encontrar un centro de computación
donde debía estar estudiando, descendía por la calle diecisiete que conocía
bien, y cuando iba a pasar por una terraza cualquiera y había un grupo de
muchachas mirándolo, bajaba la velocidad del vehículo porque le parecía que su
amor platónico podía encontrarse entre ellas. La realidad solitaria se impuso
sobre su carácter enamorado, mientras una voz desde el fondo del alma le
indicaba que tenía que persistir en esa búsqueda aventurera por toda Riohacha,
si quería ser alguien diferente cien por ciento desde su nacimiento.
En las idas que hizo a su pueblo de Dibulla, cuando
encontraba una ocasión propicia en la soledad se ponía a escuchar música
vallenata, para refrescar la mente e ilusionarse con que el amor universal era
más fácil cuando se acordaba de ella. Por supuesto, la música era el principal
vicio de su vida y cuando estaba enamorado de alguien repetía una sola canción
más de cien veces, pero cuando estaba frustrado ante un rechazo inhumano por
parte de una bella adolescente, quedaba flotando en una melodía infinita en el
replay. En esa época, una nueva generación del folclor vallenato estaba dando
mucho qué hablar por su irrupción en el firmamento de las estaciones radiales,
y novedosas canciones como el Pim Pom Pam le hacían sentir que sí era
posible creer en el amor, desde la primera vez que la había escuchado en
Riohacha. La canción que tanto sonaba en el espacio sideral, hacía parte del
primer trabajo musical de Luifer Cuello y el acordeonero Manuel Julián. Antes
de este conjunto y el fenómeno de Silvestre Dangond, ya un joven conocido como
Peter Manjarrés se había arriesgado en el pasado con el acordeonero Juan Mario
de la Espriella, para abrirle el camino en el Olimpo a la nueva generación que
venía detrás de ellos, cuando entonces mandaban en el cielo los titanes Jorge
Oñate, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz, Beto Zabaleta e Iván Villazón, sacando
unos álbumes sucesivos y buenos hasta el éxito de la canción Llegó el
momento, que disparó el nuevo gusto musical por este movimiento pero dio punto
final a esa reveladora unión. Al lado del gran acordeonero Franco Argüelles,
Peter Manjarrés había sacado un disco de calidad titulado Estilo y talento
donde estaban Coge el mínimo y La dueña de mi vida, tema que
alegraba los ratos del solitario caminante Agamenón Cervantes cuando estaba
lejos de conocer a la muchacha morena de nombre desconocido. Más que un
fanático empedernido de un cantante en especial que estaba pegando como
Diomedes Dionisio y su canción Oye mariposa, era buen seguidor de este
nuevo fenómeno que fue aceptado bien por la gente, desplazando un poco la
melodía tradicional.
En verdad, cantantes como Silvestre Dangond
prometían que serían para décadas. Las horas se le iban en escuchar su voz
educada, romántica y por ratos estruendosa, aceptándolo en la vida que pasaba
como toda la gente a su alrededor, que deliraba con temas como La pinta
chévere que encontró fuerte raíz entre la juventud. Desde entonces fue un
seguidor frecuente de este cantante, que definitivamente había entrado en la
historia del vallenato nada más con el single en parranda de La colegiala.
Le gustaba su modo de cantar y hacer el show dirigiéndose con carisma al
público enloquecido, y sintió que algún día quería ser famoso pero como lo era
él. Escuchando su canciones con el acordeonero Juancho de la Espriella en un
CD, repetía hasta diez veces un tema que tanto le gustaba titulado Lo mejor
para los dos, cuya nota del acordeón en el transcurso de la canción lo
trasnochaba como a un inocente, permitiéndole acordarse fotográficamente mejor
de la muchacha. Pasó varias tardes repitiéndolo hasta el cansancio eterno, no
tanto para aprenderse la letra como para no despertar del mejor sueño que
estaba teniendo en su vida consciente. De resto tenía la certeza de que era un
hombre que merecía ser feliz algún día en la vida, y le parecía que con tantas
melodías de moda en el aire, una buena mujer como ella también podía enamorarse
de su alma en cuanto lo conociera.
En otra ocasión estaba en Riohacha en el mismo lugar
de Cuatro Vías al lado del restaurante El Mondongazo, acompañando a su tío José
María que de nuevo discutía sobre política y paramilitares con sus amigos, o de
su negocio de madera. Se había vuelto tan apegado a este señor de aspecto
moreno, que algunas personas llegaron a creer que era su hijo, como si fuera
Anuar o el mismo Carlitos. En esos días se había resignado un poco a su
mala suerte con la soledad, y había caído más y más en el vicio de fumar lo que
fuera, para conjurar un destino que todavía no mostraba buen viento al abrir
las velas. De un momento para otro mientras estaba sentado, le pareció ver que
por la negra carretera de la calle quince al costado derecho de la esquina del
sindicato, venía en dirección suyo una muchacha adolescente y morena que
reconoció por sus vistosos pómulos de Cleopatra. Sintió que no estaba preparado
física y psicológicamente con ese encuentro, por lo que buscó la manera de
estar mejor sentado para hacer un notable papel y tener una buena cara. En
cuanto ella iba pasando por el restaurante y salió al espacio ante donde estaba
sentado él, ocurrió algo inesperado. Por primera vez la muchacha tuvo motivos
para fijarse abierta en el más joven de aquellos hombres sentados en la terraza
del local sellado, recibiendo una buena simpatía a primera vista, mientras él
absorbía gran parte del humo que enrojeció sus ojos. Siguió caminando de largo
por la acera, recuperando su espíritu desconocido y misterioso cuando pasó
derecho por la panadería de la esquina, dejando en el muchacho un ánimo hechizado
de perseguirla al mismo infierno si se presentaba el caso.
Sin pérdida de tiempo, Agamenón Cervantes se
despidió de los demás, bajó el muro escalonado, comprendiendo que tenía que
seguirla a donde fuera, para no volver a continuar en la misma incertidumbre de
su vida. Caminó detrás de ella, después de verla pasar por la esquina del
restaurante El Reposo y no irse a la izquierda como creía, cruzando la
congestionada Avenida de los Estudiantes. La vio seguir de largo por Cumaná,
caminando por debajo del puente peatonal de cemento que unía al mencionado
supermercado con el andén del Bienestar Familiar, donde se sentaban los
pasajeros esperando camionetas y buses con diferentes destinos desde Camarones
hasta Barranquilla, teniendo un poco de miedo de que ella se enterara de lo que
estaba haciendo, manteniéndose a prudente distancia de manera que si volteaba
no descubriera cuáles eran sus secretas intenciones. Le pareció que aquello era
una simple locura cuando iban pasando por unos puestos de gasolina y el frente
del bar de Cecilia, que no se le había ocurrido a ningún otro ser humano sobre
la tierra, pero estuvo seguro de que la locura más grande de todas era el amor
y las personas razonablemente lo aceptaban. Continuó derecho por la carretera
negra, después de alejarse más allá de las ventas de gasolina al aire libre
como la del reconocido Jaco, con una naturalidad en el modo de caminar de la
muchacha que no dudó de que ése fuera el verdadero camino de su casa. Siguió
caminando por el frente de Texaco, donde estaban las oficinas de la
multinacional del gas, bastante palos de cocos en el patio y los soldados que
detrás de las mallas verdes siempre la quedaban mirando, con la ilusión de ser
al menos un ínfimo recuerdo en la conciencia de ella. Después del monte donde
estaba la hacienda Coral y avanzar por la estación de gasolina de la bomba
Ballenas, seguía serena, en calma, como sinónimo de que vivía más lejos de lo
que él había sospechado, yendo a parar a las primeras casas del barrio
Cooperativo ante la carretera. En realidad, la mujer recuperó su identidad de
ser humano cuando se fue acercando por la acera de cemento a un espacio al
vacío donde estaban unos árboles, dos locales de lata amarilla donde vendían
licores y sonaba la música a todo volumen, despertando la emoción de los
vecinos y transeúntes de esas casas de material en Cooperativo, deteniéndose en
el andén para saludar a un hombre de color negro que la trató con cierta
familiaridad. Al atenderlo quedó claro que no era su novio, y luego siguió
caminando soltándose el largo cabello sedoso, para recogérselo mejor ante el
fresco peine de la brisa. Entonces bajó a la arena, pasando por el primer local
de latas amarillas donde vendían cervezas, hasta llegar a una de las casas,
confirmando con eso dónde vivía la muchacha más buscada del mundo.
De manera que cuando sucedió aquel primer encuentro
de conversación en Cuatro Vías, él sabía perfectamente quién era ella y más o
menos a qué familia pertenecía en la ciudad. En vista de eso, se obsesionó más
con su imagen de víbora del desierto inmenso y personalidad desconocida. En
otra ocasión, cuando iba caminando por la negra carretera al lado de aquellas
primeras viviendas de Cooperativo donde había música, con destino a la morada
de su amigo Checho Redondo, desde el andén de cemento miró hacia el interior de
la casa donde la había visto entrar una vez. Le pareció ver que alguien de
color moreno similar a ella por sus pómulos mulatos, iba caminando de espaldas
y descalza por la sala. Agamenón Cervantes perdió la noción de lo demás, siguió
caminando por la carretera, escuchando más música del otro local amarillo
atendido por la famosa Antonia, y antes de llegar a El Portal donde estaba la
tercera entrada de Cooperativo, bajó a mano derecha por la carrera abundante de
arena mientras en la memoria perfeccionaba su imagen para siempre. Cuando entró
por el portón de la casa inacabada y en obra negra de su amigo Checho Redondo,
estaba por completo enamorado. De modo que después de hablar un rato con éste,
apartarse de uno de los cuartos, salir al patio oscuro donde estaba la enramada
junto a la alberca con unas matas de jardín al fondo, para sacar agua con un
balde y bañarse bajo la luna clara, pasó algo en su alma: la canción Es
imposible de Rafael Santos estaba sonando en el firmamento, subiendo y
bajando de volumen según la fuerza de la brisa, como si la naturaleza se la
hubiera compuesto de forma original a la muchacha. Desde entonces, ese tema
hizo parte del repertorio de las canciones que lo hacían acordar visualmente mejor
de ella.
En otra ocasión, cuando bajaba por la Avenida de los
Estudiantes viniendo de los lados de la playa, y pasaba de largo por el
Bienestar Familiar para atravesar la congestionada Cuatro Vías, sucedió de
nuevo. Estaba en esta carretera de la calle quince acercándose a la terraza del
supermercado Cumaná, cuando la descubrió como la cosa más natural en la vida.
Estaba más humana y simpática, e iba vestida de azul, confirmando que su
belleza radicaba en la facilidad como se dejaba mirar milímetro a milímetro,
desde los muslos hasta los labios pintados de rojo. Al mirar que antes de
cruzar la carretera donde pasaban los carros tomaba la mano de un niño, se
asustó con alarma, pero concluyó que podía ser su sobrino. Sin embargo, como no
estaba preparado para detenerla y hablarle como esperaba desde hacía rato,
siguió recto por la Avenida de los Estudiantes camino a la casa de su tío en la
calle diecinueve, sin preocuparse como en anteriores ocasiones creyendo que ésa
era la última vez que podía verla, porque ya sabía exactamente dónde vivía.
Después de eso la miró al lado de un muchacho en una
esquina del barrio Veinte de Julio, el mismo con quien la había visto la
primera vez. Le pareció que estaba más bella que siempre sentada en la terraza
frente al hombre, con unos aretes de fantasía que se movían según escuchaba y
asentía a sus palabras. Siguió caminando por la carrera pavimentada sin echar
de menos esa estupenda visión, sintiéndose en verdad impotente. Al ir llegando
a la esquina de la arenosa calle dieciséis donde vivía Eder, se encontró con
uno de sus primos y despertó del ensueño. Éste pudo ver a la muchacha sentada
en la esquina, cuando Agamenón Cervantes se la señaló con disimulo desde un
ángulo. La reconoció al instante, diciendo que hacía años la conocía porque
había estudiado en el colegio El Verde, donde él estuvo en otro curso con su
hermano. Para confirmar que sí era cierto, Yohandris se apartó de donde estaban
ambos, sin complicaciones. Se acercó a la esquina donde estaba la terraza, e
interrumpiendo la conversación con el muchacho que también conocía, le preguntó
por su hermano. La mujer dijo que estaba prestando servicio en el ejército, y
cuando Yohandris le indagó dónde vivía ella para cumplir con la petición
secreta de su primo, su respuesta confirmó lo que Agamenón Cervantes ya sabía:
-En Cooperativo.
En cambio, cuando tuvo la oportunidad de hablar a
solas con ella, Agamenón Cervantes se sintió comprometido con moralidad de
saludarla de ahora en adelante. En la histórica conversación sostenida por más
de media hora en Cuatro Vías, se abstuvo de decirle qué clase de aventuras
había hecho anteriormente para que la ley de la atracción trabajara a su favor,
por temor de que ella interpretara que era un loco obsesivo.
Fue por eso que desde que era su amigo andaba
tranquilo, como una tarde cualquiera que venía en compañía de Jeison Barros de
la terminal de transportes, donde había estado preguntando por un giro de
dinero que siempre le ponía su hermana mayor desde Barranquilla. No reclamó
nada, pero al igual que cada vez que estaban juntos, los dos amigos iban
caminando por la carretera de la calle quince hablando con pasión sobre música
vallenata, sus grandes autores, sus mejores intérpretes, compartiendo el mismo
gusto por la manera de canto de Adaníes Díaz. En ese tema estaban, cruzando una
carrera sin salirse de la orilla de la negra carretera, cuando algo contundente
los interrumpió. La imagen de Alexandra Pitre con el cabello negro y suelto
sobre los hombros como una india guajira, en una de las terrazas por donde iban
a pasar, se volvió una autenticidad en su vida sobre todo cuando ella misma le
salió al paso para saludarlo. Le extrañó que estuviera sonriendo apuestamente,
confirmando con eso que le seguía cayendo bien hasta cuando se acordaba de él.
Agamenón Cervantes se retiró de la acera para medio entrar en la terraza y
saludarla como debía hacer, y de paso presentársela a su fiel amigo, teniendo
en cuenta que ya había tenido la oportunidad de hablarle de sobra maravillas de
esa mujer.
En cuanto la tuvo cerca, le dio un beso en la
mejilla porque se sintió con derecho. Alexandra Pitre, a su vez, estaba un poco
contenta con la situación, dejándose conocer tanto por dentro como se había
dejado conocer por fuera. Le indicó que la casa que estaba detrás de ella era
donde vivía su abuela, señalando a una señora morena vestida de negro que
estaba sentada en un mecedor, observando algo en la distancia que los demás no
veían. Al mismo tiempo una persona apareció en la escena, y ella la presentó como
su hermana menor. Era una muchacha de cabello negro y liso, color de piel más
oscuro y simpática en la parte física, que Agamenón Cervantes creyó haber visto
desde hacía mucho más rato, aunque no supo dónde. De paso le presentó a su
hermano también de color negro, que de seguro era el amigo de su primo
Yohandris que estaba prestando servicio en el ejército. Al quedar sola frente a
Agamenón Cervantes, éste se sintió motivado para preguntarle cuándo podía
aceptarle la invitación de tomarse una gaseosa. «No acepto invitaciones», fue
muy específica ella. En seguida, él se sintió derrotado antes de emprender su
primera campaña de amor en una guerra declarada, un poco apenado por su
lanzamiento desde antes de tiempo.
-Es verdad –reconoció él, algo bajo-. No es bueno
que aceptes la invitación de un extraño.
-Tú no eres ningún extraño –aclaró positiva ella.
Eso le levantó nuevamente el ánimo al muchacho, y lo
estimuló para seguir insistiendo en aquella amistad verdadera. Se olvidó rápido
de ese diminuto desdén por parte de ella, y siguieron hablando como personas
conocidas, tocando temas que más tenían que ver con la embrujada situación
pasada que con el presente en la terraza, dándose el lujo de arrancarle a veces
una sonrisa de la cara. Ella era de lo más natural y amigable al lado suyo,
haciéndolo sentir mejor desde que le había presentado a su familia. Después de
unos minutos, Agamenón Cervantes recordó que ella había tenido la gentileza y
amabilidad de salir a saludarlo cuando de seguro estaba pendiente de otro asunto,
y decidió que era hora de marcharse y seguir de largo por la calle quince junto
a su amigo que estaba apartado esperándolo, para no aburrirla y dañar la misma
imagen varonil de la primera vez. Entonces se acercó una vez más a su lado para
darle un beso honesto en el cachete, que le caía tan bien.
Por supuesto, al apartarse junto a su amigo Jeison
Barros, cambiaron la discusión sobre música vallenata por la de la belleza de
aquélla. Siguieron caminando por la calle 15, atravesando una carrera
pavimentada y pasando de frente por la esquina del sindicato, que reconocían
como parte de sus identidades. Caminaron por varios negocios, como el taller de
embobinar de Álvaro Rozo, el billar de Toribio donde se sentaba la gente a
jugar dominó y bajaras en la parte de afuera, el restaurante El Mondongazo
donde vendían la mejor sopa de mondongo de la tierra, y en la terraza del local
de dos pisos donde descansaban siempre se encontraron con su primo Anuar,
alguien que el año anterior había regresado en forma definitiva de Bogotá.
Estaba a punto de abrir un depósito de madera para poner en práctica su
habilidad positiva de empresario, que venía madurando desde que había leído
unos libros de autoayuda como El vendedor más grande del mundo. Al
llegar lo saludaron como era de esperarse, y al sentarse a su lado Agamenón
Cervantes le contó que ya era amigo de la muchacha exótica sobre la cual le
había hablado tanto, y que durante tantos días había querido conocer. De manera
que cuando vieron sin esperarlo que ésta venía acercándose por la misma acera
junto a su hermana y hermano, Agamenón Cervantes le señaló quién era. Cuando
iba pasando frente a los espectadores de aquella terraza de escalones,
Alexandra Pitre lo descubrió entre todos y lo saludó feliz con la mano,
confirmando a su primo que era cierto lo que decía Agamenón Cervantes respecto
a esa nueva amistad. En aquellos días, también éste estaba enamorando a una mujer
bella, trigueña y de ojos claros llamada Arleth, que trabajaba en un
restaurante de pollo asado en el centro de la ciudad. En vista de eso, Anuar
señaló a la que acababa de pararse al lado derecho en la panadería de la
esquina junto a sus hermanos menores, sin tener la menor duda.
-Ésta está mejor –aseguró.
Dándose cuenta de eso, Agamenón Cervantes tuvo
razones suficientes para creer que así como avanzaban las cosas se convertiría
en el novio público de Alexandra Pitre, algo que a la vez despertaría la admiración
de los demás por la imagen religiosa de ella. La idea de que muy pronto eso
ocurría, le cambió un cincuenta por ciento la personalidad, llevándolo incluso
a vestirse mejor al salir a la calle, aunque fuera consciente de que no iba a
verla. En cualquier parte de Riohacha, presentía que iba a encontrársela en el
instante menos esperado y en la situación menos imaginada, sabiendo que delante
de ella tenía que ser un poco más atrevido que la última vez. Era de esos
hombres con la certidumbre de que tenía que suceder algo rápido entre dos
personas que se atraen, antes de que la mujer le cogiera fastidio de tanto
saludarlo como al mismo aparecido de siempre. Era algo que le había ocurrido en
días anteriores con otras mujeres, por su falta de experiencia. Entonces tomó
la determinación de declarársele en el nuevo encuentro que tuvieran, porque
estaba seguro de que él no era la única persona sobre la tierra que estaba
esperanzado con su amor.
Una noche en que se quedó a dormir en la casa de su
tío José María, se le ocurrió una excelente idea. En la tienda que estaba
diagonal en esa calle diecinueve, compró unas hojas de block y un lapicero
negro con que escribir una carta necesaria, donde vaciara aquellas cosas de su
interior que no daba para decirle de frente. En verdad, no sabía escribir con
habilidad, pero en esa ocasión llenó dos papeles de manera tan espontánea que
pensó que así debía ser toda la literatura. Desde el principio, demostró que
estaba firmemente enamorado de ella, de su inteligencia, de su intuición única,
admirado de que al recordarla sintiera más amor por su espíritu oculto que por
su fabulosa belleza. Añadió que no debía sentirse tan sola en el mundo por la
ausencia física de su padre, porque alguien que dejaba en la tierra a una hija
tan hermosa no ascendería tan rápido al cielo. La razón es que permanecería a
su lado sin que ella misma se diera cuenta, cuidándola durante el día mientras
caminara por la calle, al estar tomando un taxi rumbo al mercado, comprando un
jabón en la droguería, y desconfiando en la noche de su ángel guardián cuando
estuviera profunda en la cama, hasta que supiera defenderse astutamente en la
vida terrenal. Por último metió la carta terminada en un sobre especial para
hacérsela llegar al día siguiente, sin atreverse a abrirla durante ese curso
por temor de que perdiera la magia que al momento de leer pareció respirar.
La persona encargada para hacerle ese dos se
llamaba Chemita Brito, su primo hermano y buen amigo, quien más adelante sería
un contramaestre afortunado en Cartagena de Indias trabajando en un barco que
navegaba por el mar Caribe, el cual lo llevaría a muchos puertos donde se
encontraban bares de ensueño con prostitutas de caderas voluptuosas, que
encantaban más al marinero que las mismas sirenas. Estaba en Riohacha de
casualidad porque había llegado en un barco que cargaba sal en la población de
Manaure, situada a pocas horas de allí por carretera. Desde niños habían sido
unas personas de mucha confianza, que se sabían repartir la felicidad y hasta
el hambre para aguantarla menos. Cuando Agamenón Cervantes le contó con lujo de
detalles sobre la apariencia morena de la muchacha, Chemita Brito tuvo más
interés en conocerla de cerca que en dirigirse hacia ella para hacerle el
urgente favor. A la mañana siguiente, estaban temprano en un muro de la esquina
del restaurante El Reposo en Cuatro Vías, dándole a éste las últimas
indicaciones sobre lo que tenía que hacer al entrar en el barrio de
Cooperativo, frente a la carretera. Entonces lo despidió deseándole una buena
suerte antes de cruzar la avenida, como nunca se la había deseado siquiera a sí
mismo antes de conocerla en persona para hacerse su amigo. Pasaron más de
veinte minutos esperándolo frente a las cuatro esquinas del sector donde
pasaban imparables los carros, sin desesperarse para nada porque se lo
imaginaba más allá de Texaco. Cuando por fin lo vio aparecer por la calle
quince cruzando la parte externa de Cumaná, lo miró sonreír antes de llegar y
se dio cuenta de que era una señal de buenas nuevas: había llegado a la
indicada terraza de la casa en Cooperativo donde fue atendido por otra
muchacha, en el preciso momento en que Alexandra Pitre salía de una casa vecina
donde había estado metida. Al atenderlo en persona recibió la carta y sonrió en
seguida, reconociendo la firma del muchacho lanzado que se la había enviado.
Desde entonces, en todo lugar de la tierra donde se
encontrara, Agamenón Cervantes sospechó que ella tenía que estar pensando un
poco más en él. No consideró necesario buscarla en las calles como en días
anteriores, porque la atracción espiritual estaba fortaleciéndose de tal
manera, que era como un imán que los uniría aunque fuera contra la voluntad
sentimental de ella misma. De todos modos, andaba bastantes horas en Cuatro
Vías para no perder la costumbre. Era el ambiente que más le gustaba, al lado
de personas conocidas y risueñas con él, que lo identificaban casi igual que
cuando se miraba en el espejo. En las tardes se sentaba a cuidar la venta de su
amigo, para aprovechar y escuchar música a todo volumen esperando que ella
pasara. De tanto estar en ese lugar donde la pasaba otra gente, entró en
confianza con la madre de Jeison Barros, quien atendía el restaurante detrás
del pequeño punto de compactos. En cuanto terminaba de almorzar allí, en los
ratos en que ella estaba desocupada, hablaban de cualquier tema, de su hijo
Ibrahín que había perdido a los diecisiete años de edad víctima de un cáncer, y
como veía que aquél andaba a la deriva en la calle, por pedido suyo llegó a
dormir dentro del local de comidas en un cuarto apartado de la cocina, cuando a
las diez de la noche llegaba la hora de cerrar. En la soledad de aquellas
cuatro paredes, escuchaba más música para sentirse bien, sobre todo las
canciones clásicas de Adaníes Díaz, un gran cantante que la historia no dejaba
callar. Era alguien que admiraba desde que tenía memoria, a quien quería imitar
en el corte de pelo, en la carismática sonrisa y hasta en la manera anticuada
de vestir, por lo que pensaba que si algún día hubiera sido cantante vallenato
le hubiera encantado ser como él.
Mientras tanto, durante el día la vida sin Alexandra
Pitre no parecería tener sentido. Era como si la realidad del sol caliente no
tenía nada que ver con ese sueño que nacía solamente al atardecer, ni había
tantas personas que la conocían para convencerse de que ella estaba respirando
cuando no estaba con él. La idea de que fuera a cambiar de actitud amistosa
hacia sí lo tenía preocupado, por lo que concluyó que tenía que decirle las
cosas en persona y no por escrito. Esperaba que en algún instante tenía que
verla aunque fuera caminando en el sector de Cuatro Vías, porque éste era un
paso obligado en su vida para ir y venir de donde su abuela, o cuando regresaba
por la Avenida de los Estudiantes del colegio Almirante Padilla. Fue algo que
hizo por varias noches, sentándose en las afueras del restaurante El Reposo con
la música alta de los bafles, mientras la esperaba. En una ocasión nocturna en
que estaba cuidando el puesto de discos de su amigo Jeison Barros, le pareció
ver que alguien parecido a ella iba atravesando la carretera de la Avenida de
los Estudiantes, para seguir de largo por la calle quince. Iba al lado de otra
muchacha menor con la camiseta blanca y azul de estudiante, delante de un grupo
de jóvenes del Liceo Almirante Padilla que ya había abierto sus puertas.
Agamenón Cervantes creyó que era la oportunidad acercándosele y así solucionar
el terrible problema de su timidez, pero primero intentó saludarla con una
señal de la mano. En ningún momento, al mirar ella al lado izquierdo se detuvo
para responder, por lo que no pudo comprobar si se trataba de la misma mujer.
Por otra parte, sentía que tenía que buscar un lugar
donde establecerse porque andaba como un verdadero vago en Riohacha. En varias
partes se quedaba a dormir, como sucedía en Cooperativo donde su amigo Checho
Redondo, en la calle diecinueve donde su tío José María y en el restaurante
de la madre de Jeison Barros, con tal de no regresar a Dibulla donde solamente
podía soñar como los demás mortales. Sentía que Riohacha era un lugar donde la
pasaba muy bien, sobre todo en el universo de Cuatro Vías en cuyo restaurante
El Reposo se quedaba a veces durmiendo, escuchando hasta medianoche la música
eterna de Adaníes Díaz. La dueña del local se daba cuenta de ese estilo de vida
que él llevaba, y esperaba que en cualquier momento se fuera en busca de un
bienestar mejor. Fue por eso que él intentó encontrar una rápida solución a ese
problema, pero siempre y cuando se mudara cerca de este casco urbano, donde
respiraba el mismo aire que –aunque no podía verla- en algún momento del día
tenía que absorber Alexandra Pitre al pasar.
Entonces después de buscar un cuarto por la arenosa
veinte, se fue a vivir en una casa de la calle dieciséis a cuadra y media de la
terminal, en cuya terraza bajo la sombra de un mango estaban enterradas unas
llantas donde se sentaba la gente. Era de la tranquila señora Livia Mena, quien
tenía por costumbre arrendar piezas en su patio. Al lado de su marido Eliécer
Pana, la serena mujer le mostró el patio lleno de árboles de guanábana, níspero
y mangos, que le daban una frescura de pueblo. En vista de la sombra y el
fresco que proyectaban las ramas sobre el suelo húmedo, por una alberca que con
constancia estaba derramándose cerca del baño, Agamenón Cervantes se entusiasmó
en seguida. A un lado del patio había tres piezas, dos de las cuales ya estaban
ocupadas por unos inquilinos. Agamenón Cervantes se decidió por el único cuarto
desocupado en medio de ambos, el cual tenía un precio mensual de setenta mil
pesos. La primera tarde la habría de pasar bien adentro, metiendo un colchón en
el suelo al lado de un abanico de metal que echaba más ruido que aire. Su
intención era quedarse en ese lugar mientras conseguía un trabajo que le
permitiera vivir sin depender tanto de su madre radicada en Estados Unidos,
pero sería un espacio donde escucharía abundante música gracias a una vieja
grabadora que todavía conservaba.
En el transcurso de los días fue conociendo a varias
personas, vecinos de los cuartos contiguos que se encontraba en la calle o
simplemente al salir por el callejón, pero lo mejor de todo era cuando se ponía
a conversar con Eliécer Pana, alguien que tuvo un volteo para transportar arena
que él mismo bautizó como La Coñona. Se trataba de una persona casi
anciana que estaba de mal genio cuando no estaba fumando, y peleaba bastante
con sus hijos mayores. Era de pocos amigos en la calle y trataba mucho menos
con los inquilinos, pero con el muchacho dibullero tuvo una rara excepción.
Entraron en confianza en una ocasión en que no había luz en la ciudad, porque
Agamenón Cervantes confundió su mal genio con el humor de tartamudo desesperado
y cantinflesco. En cuanto tuvo la oportunidad de arrancarle la palabra en la
oscuridad del patio, donde estaban sentados algunos inquilinos mirando las
estrellas, Agamenón Cervantes se reía de los cuentos del señor, el cual narraba
que la madrugada anterior había espantado a unos ladrones que se le habían
querido meter, para robarle los cerdos que él tenía y alimentaba echándoles
desperdicios en un fango del traspatio. Días más tarde, a raíz de cómo el
muchacho se reía de sus gestos exaltados, tenían más confianza que antes,
hablando sobre cualquier cosa que les gustara. Eliécer Pana tenía carisma para
hablar con humor, a pesar de ser un cascarrabias que se podía encender con un
fósforo mojado, y podía referirse a varios temas del presente y el pasado. Fue
así que en una de las charlas contó haber sido amigo del difunto cantante
Adaníes Díaz, describiéndolo como buena gente y asiduo visitante a un hombre
parrandero a donde también llegaba él. Al escuchar este dato sobre su más
grande ídolo, que consiguió lo mejor de su vida profesional en Riohacha
cantando en los inolvidables días de la marimba, bastó para que Agamenón
Cervantes le siguiera pagando arriendo por ese cuarto durante unos meses más.
Fue por eso que aumentó su entusiasmo de escuchar la
música de ese intérprete excepcional. Estaba alegre cuando alguien pensaba lo
mismo que él respecto al talento innato de este cantante con carácter, que se
escuchaba de lejos sin necesidad de micrófono. Canciones como Bendita duda
le daban ánimo para seguir respirando mejor en la vida, para soñar con que
algún día sería alguien admirado y querido en Riohacha, como aquel famoso
cantante de tamaño corpulento. También escuchaba viejas canciones cuyas
melodías le daban más esperanza de algo con Alexandra Pitre, como Compréndeme
y el tema romántico Pase lo que pase, con el que creía recordar una
imagen lejana de Adaníes Díaz sin haberlo conocido. Cuando escuchó y repitió
muchas veces Juana se enamoró de esta canción, por tratar sobre una mujer
engreída que al principio no quería tener ninguna relación amorosa con el
compositor de la letra. Era una historia buena, divertida, ejemplar, porque al
final después de tanto insistir conseguía enamorarla, para entusiasmo febril de
ella. Como le sucedería algún día con el narcotráfico, entre más escuchaba la
música de Adaníes Díaz, más se sentía cerca del amor de Alexandra Pitre.
Una noche estaba nuevamente en Cuatro Vías, sentado
en el puesto de venta de música como ya era costumbre verlo. En el momento en
que la gente caminaba con prisa hacia sus casas y se cerraban los negocios
cercanos, él escuchaba canciones de la nueva ola. Estaban a punto
de cerrar el restaurante El Reposo detrás suyo, por lo que estaba esperando que
apareciera su amigo Jeison Barros para comenzar a guardar primero los bafles y
la chaza con los CD’s, acomodando todo en un rincón al interior del local de su
madre. Mirando a todos lados en aquel ámbito familiar, de pronto ocurrió de
nuevo. Alexandra Pitre en carne y hueso cruzaba la carretera negra de la
Avenida de los Estudiantes de manera veloz, sin dejar tiempo para que los demás
repararan su majestuosa belleza. Se había puesto una blusa blanca con un
pantalón largo del mismo color, llevando una cartera encima que le daba más elegancia
y seguridad impetuosa de adulta, y se veía tan distinta a la mujer que conocía,
que parecía imposible que alguien como ella pudiera acordarse de él. Agamenón
Cervantes dejó de escuchar lo que estaba escuchando, bajándole el volumen a la
música mientras se ponía de pie, sin importar que tuviera que dejar solo aquel
puesto que le habían dejado cuidando. Se acercó caminando al andén, para gritar
con las dos manos puestas en la boca:
-¡Alexandra!
Ésta se detuvo al instante, buscó con la vista en el
vacío quién era la persona que la llamaba, y al reconocerlo se asustó en el
corazón. De inmediato el muchacho atravesó la carretera sin darle tiempo de
seguir de largo, con un amor elevado en el alma que ella percibió primero que
su perfume varonil. Se acercó con educación, le tomó una de las manos y le
buscó la mejilla para darle un beso. Después de intercambiar unas cuantas
palabras de protocolo y saber que sólo se dirigía a su casa, le preguntó si
podía acompañarla. Pero Alexandra Pitre, inesperadamente, hizo un movimiento
negativo con la cabeza.
Notando que estaba delante de una mujer más fría y
diferente, Agamenón Cervantes insistió con ahínco.
-Pero si eso no es nada.
-Bueno –aceptó ella.
Comenzaron a caminar por la oscuridad de la calle 15
y las afueras de Cumaná que ya había cerrado, mientras algunas personas
con el uniforme del Liceo Almirante venían detrás de ellos. En la conversación
iniciada, cuando iban pasando por debajo del puente de cemento que conectaba al
supermercado con el Bienestar Familiar, Agamenón Cervantes aprovechó para
decirle algo, apartado de esos estudiantes que se dirigían a los lados de
Cooperativo y Las Tunas. Una noche atrás le pareció que alguien igual a ella
había pasado con otra joven en medio de un grupo de colegialas, sin responder
al saludo cuando él le emitió una señal con la mano. Al escuchar eso, Alexandra
Pitre también aprovechó para aclarar actitudes de su personalidad. Era una
muchacha, según dijo, que no era de muchas amigas ni menos de andar reunida en
grupo. De modo que probablemente se había equivocado de persona en aquella
situación, porque era muy raro que a ella la vieran con alguien sobre todo si
era mujer.
Estaban acercándose a unas casas de dos pisos donde
habían cerrado el negocio de venta de gasolina por pimpinas, cuando decidieron
cruzar la carretera para ir en la otra acera. Al lado derecho del bar de
Cecilia, había dos nuevas estaciones de gasolina con una casa de material, y
bastante terreno para que llegaran los carros que se lavaban en el día. Pasaron
frente al local de gasolina de Jacob Barros, quien de seguro ya estaba
durmiendo adentro. Se sentía muy orgulloso de ir al lado de aquella muchacha,
en medio de una soledad tentadora como nunca se imaginó, y hasta deseó que
alguna catástrofe meteórica sucediera en toda la tierra, para tomarla con los
brazos y convertirse en su gran salvador. De manera que cuando cruzaban una
estrecha carrera antes de pasar por la Chevron Texaco, que siguiendo sin parar
bajaba hasta Coquivacoa, un carro precipitado casi se mete en el camino corto
de ella, y él la contuvo adelantándose con su cuerpo. «Primero me mata a mí»,
dijo con ese estilo de admirador, despertando la sonrisa maravillosa de
Alexandra Pitre. Siguieron por Texaco, subiendo de nuevo a la carretera para ir
caminando mejor, y ante la luz de las lámparas de los postes consecutivos en
mitad de la larga carretera. En su interior, el muchacho iba alegre con lo que
estaba pasando en su vida, para envidia de los soldados que custodiaban el
interior de la fortaleza. En el trayecto cercano hacia su casa, ella siguió con
el tema de su personalidad referente a las otras mujeres, con las que nunca se
había podido llevar bien. Como si hubiera sacado las uñas de su personalidad
provocadora, aclaró por eso que prefería cinco mil veces la amistad de los
hombres con quienes no tenía ningún problema al ser genéticamente menos
intrigantes, sin preocuparle lo que pudiera pensar la gente.
-No importa lo que digan de mí –apuntó.
Más adelante, cuando pasaban por un solar abandonado
conocido como Coral donde alguna vez se cultivó algodón y había una casa
grande, cambió de tema. Estaba un poco aburrida de estar en Riohacha, lejos del
amparo de su madre. Según dijo con toda naturalidad, quería irse a vivir de
nuevo a Hatonuevo porque era un lugar donde se sentía más libre y feliz, y no
tenía tantos obstáculos ni problemas económicos para seguir adelante como le
sucedía allí en la ciudad. Agamenón Cervantes se asustó al conocer esa noticia,
por supuesto. Le dijo, como si quisiera ayudar a construir su bien, que lo más
conveniente en su vida era que continuara en Riohacha para que prosiguiera con
los estudios. Pero con un poco de humor negro, la muchacha aclaró qué era lo
más seguro:
-Yo me voy a morir.
Era imposible dominar su carácter y doblegar su
decisión madura. Con una dosis de inteligencia, Agamenón Cervantes creyó que lo
mejor era cambiar el tema de la inesperada conversación, para aprovechar al
máximo un asunto que ella no parecía muy interesada en tocar.
-Por ahí te mandé una carta.
-Sí –recordó ella-. Está muy buena.
Agamenón Cervantes se sintió feliz al tener ese
conocimiento. Con el ánimo nuevo trató de caminar lo más cerca de ella, cuando
iban pasando por la bomba Ballenas donde estaba una pantalla grande de Mobil
que tenía luz blanca, contento con que hubiera ocurrido el primer milagro en su
vida. «Mi prima la vio, y dijo que parecía un periódico», se refirió ella por
lo largo del texto.
Iba sumamente contenta, como si también hubiera
estado esperando la ocasión oportuna para escurrir el tema.
-Muchos hombres me han escrito cartas, y yo las hago
pedacitos. En cambio, ésta la tengo guardada en un cofrecito.
-Ojalá yo fuera esa carta –dijo emocionado, para que
ella comprendiera que él era el que necesitaba esa atención.
Alexandra Pitre siguió hablando de la impresión que
le había causado esa buena lectura, por haberla retratado a la perfección de un
óleo y haber tocado bien el caso de su padre. Pensaba conservarla en su poder
durante un buen rato, por lo que dijo:
-Ahora que vaya al pueblo, se la voy a mostrar a mi
madre.
Para Agamenón Cervantes, ésa era la prueba más clara
de que las cosas estaban funcionando con acierto. Creía que el origen de esa
aceptación estaba fundamentado en el tema de su padre, donde la estimulaba a la
vida, advirtiéndole que no por el hecho de que alguien como aquél se hubiera
ido de este plano material, desde el otro mundo permitiría que de la noche a la
mañana cualquier hombre la conquistara a primera vista. Le agradó la idea de
que su madre, desde el municipio de Hatonuevo, se enterara de que alguien como
él estaba interesado en la adolescente Alexandra Pitre.
Se fijó en que ya estaban entrando en Cooperativo, y
que la oportunidad de seguir al lado de ella se terminaba. Frente a la negra
carretera, estaba el primero de los dos locales amarillos donde vendían licor y
había música a todo volumen, bajo un gigante árbol que en la noche daba sombra
ante la luz de los postes y las lejanas estrellas, llamando el viento fresco.
En ese momento se detuvieron bajo una de las ramas de bejuco rozando la arena,
como si la distancia que les faltaba para ser más amigos no acabara allí,
porque Alexandra Pitre había cambiado repentinamente de ánimo al lado suyo,
estaba más amable que una princesa de cuento de hadas, y no parecía tener nada
que ver con la mujer diferente y desconocida que unos minutos antes en Cuatro
Vías no quería que la acompañaran hasta su casa. En medio de la conversación
mantenida, sintiendo el ángel del amor bastante cerca, Agamenón Cervantes se
paró al lado de ella y le preguntó si algún día de ésos podía aceptarle una
salida. Con toda la naturalidad que la caracterizaba por momentos, la bella
muchacha le dijo que sí, sin tener sorpresas en su alma, alimentando con eso la
posibilidad de ser algún día su novia. En ese estado iluminado estuvieron a
punto de llegar a la terraza de su casa para seguir hablando, a la vez que la
muchacha dijo que le hubiera gustado que la acompañara a la propia puerta y se
sentara en la silla un rato, pero no quería llamar la atención de las personas
a la vista que se habían sentado primero. Sin importarle eso, Agamenón
Cervantes se despidió de un beso en el cachete muy contento, alcanzando a
sentir que había llegado el instante de declarársele con la misma facilidad que
se miraban en las caras transparentes. En vez de regresarse solo por donde
había venido, permaneció a su lado, tranquilo, valiente, sintiendo su alma
femenina cerca, abierta hacia él, unidos por el imán de la amistad y la
atracción corporal, y confirmando por su cambio de temperatura que en verdad sí
iban a salir juntos de paseo la próxima vez en que se vieran. Finalmente
decidió despedirse con un segundo beso en la mejilla que se improvisó, tan
cerca de los labios que tuvo la seguridad de que también ella lo sintió.
Enclaustrado en su cuarto de aquel patio en la calle
dieciséis, esa noche pensó que ya estaba llegando el momento de ser su novio
con seguridad. Le pareció que Alexandra Pitre lo estaba dejando acercar más de
lo que él pudo recrear alguna vez en sus sueños de arco iris, y sintió que
besar sus labios en un nuevo encuentro sería tan normal como saludarla en el
cachete. Se la pasó escuchando canciones de Adaníes Díaz, para ayudar más a esa
ilusión idílica que se estaba volviendo material como el cemento. Sobre todo la
canción Juana, cuya letra lo identificaba con ese instante de embrujo
que estaba viviendo porque sentía que aquel amor, a pesar de las primeras
murallas en el camino, ya lo estaba ensalzando a un buen ritmo. Se sintió el
hombre más feliz en la historia del mundo, y comprendió que tenía que mantener
la misma actuación para seguir avanzando. En pocas palabras, todo dependía de
él para que ella tomara la última decisión.
Fue astuto cuando una semana después, se presentó
una noche en las afueras del Liceo Almirante Padilla, decidido a esperar que
ella saliera de clases para acompañarla nuevamente en el camino hacia su casa.
Este centro estudiantil de bachiller debía su nombre al mítico almirante José
Prudencio Padilla, el héroe naval más grande en la historia del mar Caribe. En
una época cuando los criollos revolucionarios luchaban por la independencia de
una América dominada por los reyes de España, había sido protagonista crucial
de incontables epopeyas y luchas legendarias como la de la Laguna Salada en
Riohacha, y después estuvo al frente en la batalla del Lago de Maracaibo, con
un gran número de barcos y ruido de cañones donde resultó victorioso a pesar de
que enrojecieron por completo a las aguas, por lo que además de la historia
merecía ser recordado por un poeta poseído por el mar como Homero o un
dramaturgo universal de la estatura de William Shakespeare. El liceo que desde
el siglo XX llevaba su nombre, era un plantel del que dependían miles de
personas en Riohacha y en los pueblos cercanos, y en sus salones se había
graduado la mayor parte de los ciudadanos en el pasado reciente. Cada vez que
por la jornada de la mañana, de la tarde y en el horario nocturno abría sus
puertas para que los estudiantes salieran, las calles de Riohacha se llenaban
con cientos de personas vistiendo ese uniforme. Toda la vida, había sido un
importante orgullo de identidad en los riohacheros llevar encima la camiseta
blanca, con el escudo y la raya azul en el cuello y las mangas.
Durante más de media hora, en compañía de su primo
Chemita Brito, estuvo sentado en un paradero de bus al otro lado de la
Avenida de los Estudiantes con un poco de miedo porque no sabía cómo podía
reaccionar ella al verlo, cerca del parque Simón Bolívar donde se abrazaban las
primeras parejas. Se sentía un poco seguro por la camisa nueva y de estilo
hawaiana verde con blanco que llevaba puesta, la cual le daba la apariencia de
ser más simpático de lo que era. Estaba bebiendo un jugo de leche con zapote
que había comprado en un puesto de venta de frutas detrás del paradero, cerca
del andén y antes de un restaurante donde vendían salchipapas, perros
calientes, pizzas y pollo a la plancha, para satisfacción de los clientes que
les gustaba comer por esos lados del viejo parque. Chemita Brito, como siempre,
estaba esperando que terminara de beber del vaso para él tomarse la mitad.
Cuando menos lo esperaban, Agamenón Cervantes vio que la muchacha morena y
bonita que imaginaba estudiando en uno de los salones de enfrente, venía con un
jean azul y la camisa blanca del Liceo Almirante Padilla tomada de la mano por
un hombre negro de los lados del hospital Nuestra Señora de los Remedios, como
señal de que no había estado en clases. Trató de hacer lo posible para que ella
no lo viera cuando pasara frente al puesto donde estaba sentando, bajando la
cabeza para despistarla como si se tratara de cualquier ciudadano común que se
tomaba un jugo. Pero al parecer, Alexandra Pitre disfrutó con que alguien como
él se enterara de que tenía su novio público para que la dejara tranquila de una
vez por todas, al levantar la mano y saludarlo sin discreción.
-Adiós –dijo.
Nunca en su vida había recibido un golpe tan mortal.
Se consoló cuando observó a Chemita Brito sentado al lado derecho, no porque
éste estuviera dolido como él sino para comprobar que ambos habían sufrido la
misma espantosa visión. En la cara silenciosa de éste, se manifestó que era lo
más natural del mundo que una de las mujeres más bonitas que podían concebir,
fuera compañera sentimental de alguien antes de ser conocida por su primo. De
manera que como no tenía más sentido estar allí frente al liceo, donde los
demás estudiantes comenzaban a salir, y algunas mujeres a sentarse en el parque
para besarse con sus novios ante la estatua de Bolívar sin respeto a la
historia, se levantaron del paradero de bus. En su interior, Agamenón Cervantes
sentía que definitivamente ninguna mujer bella sobre la tierra podía estar
exenta del pecado.
Pensó que si quería llegar hasta Cuatro Vías no
sería caminando de largo por la Avenida de los Estudiantes, sino por una
carrera llena de arena cruzando varias calles catorces que también llevaban a
ese destino, porque no deseaba encontrarse para nada a la muchacha a lo mejor
parada en una esquina de esa dirección, abrazada y besándose con su novio en la
oscuridad. Buscó ese rumbo pasando frente a la venta de comidas rápidas y
alejándose del parque Simón Bolívar, muy triste, sin pronunciar una palabra,
pensando que era el hombre con menos suerte en este mundo. En ese estado de
postración se encontraba, cuando por cosas de la vida se le dio por mirar el
cielo estrellado. Mirando el firmamento, se preguntó cuándo se transformaría en
ese espíritu permanente y superior que siempre había anhelado ser, el cual
todavía estaba más cerca de las estrellas que de la raza humana.
En el curso de los días siguientes, andaba con la
moral baja como si nada tuviera sentido en la vida. La idea de una relación
seria con Alexandra Pitre se había desvanecido, y delante de su recuerdo las
mujeres llenas de hermosura llamaban su atención, pero carecían por completo de
amor. Fue por eso que tuvo la idea de aplicarle la misma indiferencia con que
sepultaba en el olvido a las demás mujeres aparecidas por accidente en su vida,
cuando éstas no quisieron tener ninguna relación con él. En un momento
determinado llegó a pensar que ni siquiera valía la pena seguir estando en
Riohacha, ahora que sabía que un tipo negro tenía la oportunidad de ser el
humano más feliz de la tierra, en lugar de él. Más adelante cambió de idea
cuando recordó que no era ningún pelao como antes, y que aún podía tener
las puertas abiertas de ser alguien en la vida de ella, si tomaba aquella
lamentable situación como si nunca la hubiera visto.
En una ocasión por la tarde planeó encontrársela de
una forma que pareciera casualidad, cuando estuviera caminando por la calle 15
en sentido contrario a él, y se dirigiera con su uniforme al Liceo Almirante
Padilla. En esa andanza se cruzó con mucha gente menos con ella, terminando
prácticamente cerca de su casa, y cruzó al otro lado de la carretera donde
buscó refugio en una llantería metida entre árboles, teniendo al lado derecho a
la bomba Los Remedios. Esperaba que en cualquier momento Alexandra Pitre
saliera de su casa con el uniforme de colegiala y una agenda en mano, para así
acercársele precipitado como si fueran cosas del azar, y poder acompañarla
hasta la puerta del liceo. En la carretera pasaron toda clase de carros, de
motos, el crepúsculo apareció en la vía a Santa Marta, los minutos avanzaron en
su reloj, y únicamente los jóvenes que se dirigían al Livio vestidos con unas
camisetas blancas con rojo, junto a los del Liceo Almirante Padilla con sus
reconocidos uniformes, caminaron dispuestos por allí hasta que dejaron de
pasar, y entonces tuvo razón suficiente para pensar que ya habían cerrado las
puertas en todos los planteles educativos de la ciudad. Se decepcionó
enormemente, porque creyó que de pronto Alexandra Pitre se había dirigido al
Liceo Almirante Padilla desde otra parte, como por ejemplo desde la casa de su abuela.
El hombre trigueño que estaba en la terraza de la llantería moviéndose de un
lado a otro, no cruzó una sola palabra con él. En un momento dado comenzó a
meter sus instrumentos de trabajo para cerrar el negocio, cuando cayó en cuenta
de que nadie más llegaría en su carro con la llanta dañada. Al ver eso Agamenón
Cervantes se puso de pie, derrotado, sin tener el suficiente valor para cruzar
la carretera, bajar la acera y acercarse a aquella terraza donde de seguro
seguía sin salir Alexandra Pitre.
Se regresó por donde había venido en la carretera de
la calle quince, andando por la estación de gasolina Ballenas, por el frente de
las oficinas de Texaco, y al pasar por una llantería pequeña entró en una
gasolinera, propiedad de Jacob Barros. Era un local de latas, bajo un techo
ante el fresco de los mangos, donde varias personas que llevaban sus carros
para echarles pimpinas de gasolina venezolana a precio más barato, se quedaban
sentadas durante un rato conversando con buena amistad, discutiendo de política,
fútbol y otros temas influyentes, como la restricción del contrabando. Entre
los principales protagonistas, figuraba Chide que todas las tardes llegaba con
su camioneta llena de pimpinas, y Edesnel Freyle, alguien de cabello negro y
crespo, de rostro trigueño y bigotes gruesos, dueño de una voz a veces
estruendosa pero con filo de oratoria espontánea para hablar bien del
mandatario venezolano Hugo Chávez, asegurando que era el presidente que
necesitaba Colombia. En esa ocasión, Agamenón Cervantes no tuvo el mismo ánimo
de otras veces para sumarse a la conversación de los particulares, y bajo el
techo del local se sentó aparte donde estaba acomodado en el suelo Ángel
Barros, el hijo mayor de Jaco. Se encontraba arreglando una motocicleta al lado
de otra persona, al igual que siempre cuando estaba desocupado de cargar las
pimpinas de gasolina para abastecer a los carros de los clientes. No había
puesto muy bien el taburete, cerca de la entrada del único cuarto donde había
tanques de gasolina sin abrir y una cama tendida con un abanico ante el
televisor pequeño, cuando Ángel Barros le ofreció un trago de whisky de una
botella Macgregor que estaba media, que sin dudas había estado bebiendo desde
hacía rato. En ese instante, al recibirlo y echárselo por la garganta, Agamenón
Cervantes sintió de veras que algo cambiaba dentro de su organismo y subía a su
cerebro, sintiendo que la sangre le circulaba más rápido. Él mismo tomó la
botella y sirvió el trago repetidas veces sin ocultar su inspiración resurgida
de la nada, madurando la misma fuerza espiritual que sentía cuando escuchaba la
voz sansónica de Adaníes Díaz, y creía que era capaz de enamorar a cualquier
mujer aunque no hablaran el mismo idioma. Sólo cuando la botella se terminó del
todo, comprendió que no podía dejar escapar ese buen momento de energía por el
que estaba pasando, ya que la imagen cercana de Alexandra Pitre tomó una
aparición inesperada en el espacio como si se tratara de un espejismo que no
titilaba. Se despidió de su amigo, quien a través de los lentes no tenía la
menor idea a dónde iba, y entonces se alejó del local buscando el mejor rumbo
hasta su casa, para poderla ver y aclararle que se estaba muriendo de amor.
No vio obstáculo en seguir derecho en ese estado, a
pesar de que había oscurecido por completo en la carretera a donde apenas se
acercaba. Una fuerza superior a él lo empujaba a ir sin detenerse cuando siguió
por la llantería de Baro, parada al lado de la venta de gasolina donde
había estado bebiendo, y ni siquiera el miedo a la posibilidad de verla en
carne física fue atajo en el camino para desistir de esa empresa donde
psicológicamente estaba metido. Era consciente de que tenía que llegar lo más
pronto a su puerta, antes de que se desapareciera el efecto prodigioso de aquel
trago, que había logrado meterle en la sangre el combustible que necesitaba su
cuerpo. Al pasar por el frente de Texaco recordó que alguna vez había caminado
al lado de ella por ese lugar, antecedente que lo estimuló más en el trayecto
como si se acabara de tomar otro trago de whisky escocés. Le daba una sensación
de temor lo que estaba haciendo, pero la brisa fuerte lo espoleaba a continuar
derecho por la negra carretera de la calle quince, sin mirar siquiera hacia
atrás donde quedaban los fantasmas. Pasó de largo por la terraza de la bomba
Ballenas donde estaba el aviso grande de Mobil, y pensó que le hubiera gustado
tener un amigo trabajando allí con la manguera disponible, que lo hubiera
saludado, detenido, y así tener una buena excusa para no seguir con su cuerpo.
Cuando entró en el panorama del barrio Cooperativo, despertó un poco de aquella
aventura hasta darse cuenta de que no venía flotando en el aire sino caminando
con sus propios pies. Se resignó a ese sitio donde lo esperaba la oscura
guillotina, pasó por uno de los locales amarillos donde había música a bajo
volumen, sabiendo que lo que estaba viendo estaba sucediendo en la vida suya y
no en la imaginación de otra persona apartada que pensaba la escena por él. Se
detuvo un poco cuando llegó frente a la casa donde no había estado nunca,
sintiéndose liberado de un peso que producía que él fuera la persona más tímida
de la tierra.
En la terraza no había ninguna persona, y eso
aumentó su carga tortuosa de encontrarse en un lugar donde a parte de la morena
muchacha, nadie podía reconocerlo. A través de la puerta abierta miró hacia el
interior de la sala, donde tampoco parecía haber habitantes humanos, e hizo
entonces sentir su presencia.
-Buenas –dijo.
Alguien salió de uno de los cuartos al lado derecho
de la entrada, descorriendo una cortina encima de su piel, en pantaloneta,
descalza, dejando ver que era la propia Alexandra Pitre en carne y hueso. Le
gustó haberla encontrado en ese estado, en ropa informal de estar en casa,
porque permitía verla más humana de lo que aparentaba y quizás así se podía
dejar tratar mejor que cuando era una mujer vanidosa en la calle. Con educación
la muchacha salió a la terraza para recibirlo, dejándose saludar de un beso en
el cachete, pero en la cara se le veía que no era la misma persona con la que
había terminado hablando bien las últimas veces.
Agamenón Cervantes se sentó en una silla plástica
que estaba afuera. A la vez ella entró un instante en la sala y sacó una más
para sentarse junto a la puerta, cumpliendo así la formalidad de recibir una
visita cualquiera. Agamenón Cervantes hizo todo lo posible por recuperar
aquella armonía que los caracterizaba cuando comenzaban a hablar, pero la
muchacha no parecía querer caer de nuevo en ese estado irreal, para que él no
se volviera a tomar el atrevimiento de visitarla en su puerta. Entablaron
varios temas, pero ninguno cuajaba en la comunicación, ni era el más prudente
para la ocasión. En el rostro de ella se percibía más interés en cosas ajenas a
ese ambiente, mirando de vez en cuando al interior de la sala donde estaban
otras personas viendo una telenovela, como si estar frente al televisor fuera
más importante que escuchar las palabras de aquel aburrido admirador. Agamenón
Cervantes no sabía qué hacer con su propio cuerpo, y cuando entonces le
preguntó si lo que quería era ver televisión, ella cambió la compostura y le
aclaró con pena que no. De un momento a otro, el único tema que quedaba
maduraba en silencio. Él decidió que era hora de tomar la decisión más
importante de su vida, porque hasta el aire que respiraban estaba
desapareciendo. Bajó la cabeza con humildad para pensarlo mejor, y antes de
volver la mirada a ella ya le estaba diciendo:
-Alexandra, tú me gustas.
La mujer que lo examinaba con ojos de serpiente,
parecía haber escuchado eso cinco mil años antes. Su rostro continuó igual,
tranquilo; su alma no perdió el resplandor ni su respiración cambió de aire. Al
contrario, sintió que había llegado la oportunidad de poner las cosas en su
puesto, y aclarar cuál era la postura inicial de su vida. Señaló que él era un
muchacho que no le caía mal, pero a quien jamás había visto más allá de la
simple acción de saludar. Dejó en claro que no tenía ánimos de enredarse de
manera sentimental con alguien en esos días, evitándose así más problemas en su
vida. En verdad, sólo estaba recordando su particular forma de ser. Agamenón
Cervantes la escuchó en silencio, sabiendo que nunca había sido nadie
importante en su conciencia. Sentía una opresión en el pecho que no lo dejaba
respirar, y le hubiera gustado no haberse presentado allí para eludir padecer
esa vergüenza que sufren muchos de los hombres.
-Desde hacía rato te quería conocer –le dijo.
En serio tocó una fibra interior de la joven, pero
no modificó su modo de ser. Sabiendo que estaba de sobra en aquel ámbito donde
no era nadie, se levantó de la silla plástica con la intención de irse, para
lamentarse con tristeza en otra parte donde la música que sonaba y el aire que
llegaba no estuvieran contaminados por ella. Delante de la muchacha, sabiendo
que ya no tenía ni el derecho de despedirse con un beso en el cachete, extendió
la mano en forma de despedida. Conmovida desde su silla, Alexandra Pitre se la
retiró rápidamente. «La tienes fría», dijo con razón. Él se agarró de ese
argumento, para darle una explicación distinta al efecto del alcohol en la
sangre.
-Quién no se va a poner frío con una respuesta como
ésta –le dijo.
En seguida miró hacia otra parte, antes de dar la
media vuelta que necesitaba para respirar mejor. Ella recordaría siempre esa
actitud personal suya, al alejarse sin volver a mirar atrás, con unas ganas
horribles de llorar a su edad madura, y de estar lo más lejos posible para que
nadie se burlara más nunca de él. Bajó la terraza caminando por la arena,
bastante acongojado. Antes de alcanzar la carretera, cuando iba pasando por uno
de los locales de latas amarillas donde vendían toda clase de tragos, ya
Agamenón Cervantes era un hombre completamente diferente. En silencio, sudando
rabia, iba pensando que necesitaba ser alguien en la vida, un ser humano
poderoso capaz de conseguir objetivos más imposibles que su huracanado amor.
2
Había nacido en Dibulla, un pueblo a orillas del mar
Caribe. Era un lugar tan pequeño, que al amanecer la mayoría de sus habitantes
se podían dar los buenos días mutuamente. Muchas de las personas que vivían en
la población, eran amigos cercanos o miembros de una misma familia, por lo que
las historias cotidianas no faltaban en la cocina de nadie. Tenía una iglesia
sencilla y más de una escuela de primaria, donde educaban a los niños para que
crecieran más rápido. Las casas comenzaban a ser de material para ser más
duraderas, aunque ciertos ranchos de bahareque que todavía se mantenían en pie,
manifestaban que al interior del pueblo el tiempo transcurría más despacio que
afuera de él. La cultura local era reconocida por su gente fundamentada, por
sus cultos hombres que iban a describir el paisaje inolvidable desde otras
partes de la región; siendo un buen sitio que tenía como fiesta principal el
Festival del Plátano ante el júbilo del público, pero a pesar de que contaba
con un centro vacacional como Maziruma, y ya era un municipio que elegía a su
propio alcalde desde los años noventa del siglo pasado, durante el día algunos
de sus habitantes seguían sintiendo un sentimiento de soledad. Al bajar a
margen izquierdo quedaba la Boca de Dibulla, donde desembocaba el río Jerez en
el vasto mar para identidad atractiva de su gente. En la playa ubicada al otro
lado de la corriente, también se desarrollaba un buen panorama de palmeras que
dejaban caer jugosos cocos, algo que volvió más fotogénico aquel costado de la
población.
Las canoas de madera se parqueaban constantemente en
la arena, listas para los pescadores artesanos. Eran de cualquier forma y todos
los tamaños -algunas con motores en la parte de atrás-, con nombres que hacían
pensar más en el amor que en la nativa soledad, como La Sirena y Afrodita.
Al igual que en otras poblaciones costeras del Caribe, la mayor parte de sus
hombres había usado chalupas de esa clase para cargar a los barcos que en alta
mar recibían la marihuana, de manera que algunos viejos pescadores se referían
al pasado con nostalgia perpetua. En el presente se dedicaban a tirar la
atarraya cuando estaban en la lejanía de las aguas, en cuyas canoas a veces
dormían bajo el sol con unos sombreros de paja y fumaban lo que fuera para
combatir el miedo a los tiburones, mientras al atardecer le narraban increíbles
circunstancias de la bonanza marimbera a Agamenón Cervantes. En sus redes
cazaban incontables pescados como la sierra, cojinúa, bonito, pargo rojo, pargo
blanco, mojarra, boca colorada, carita y lebranche, que después repartían como
mercancía en otras partes del departamento.
En el pasado, Dibulla era apenas un caserío donde
sus habitantes eran sanos campesinos. El espacio estaba lleno de gente buena
que creía más en el amor para toda la vida, y era posible ver a todo el mundo
unido en la temporada de verano como en el invierno crudo de octubre. Las
mujeres tenían un valor sagrado y especial, y en caso de que una muchacha
saliera embarazada por accidente de su primer novio, ambas familias encontraban
la manera de hacerlos casar. Ser compadre de alguien, significaba ser un
miembro más de la familia hasta la muerte. Muchos niños del pueblo, a veces
contaban más con la ayuda del padrino que del mismo padre que los había
engendrado. Mientras tanto, en las puertas de sus ranchos se sentaban los
viejos todas las tardes, con vistosas pipas en la boca. Bastaba verlos un solo
instante, para que las personas que pasaban frente a ellos los saludaran con
respeto, porque estaban seguras de que si se trataba bien a los ancianos todos
los seres humanos podían llegar a esa edad. Tenía un teatro reconocido en la
gran región, donde las personas tuvieron la oportunidad de conocer el cine y
hacerse familiares con personajes estelares como Cantinflas. La música que más
se escuchaba en el ámbito crepuscular era la ranchera, al igual que en varias
partes de la intendencia de La Guajira olvidada por el gobierno nacional, sobre
todo las canciones de Jorge Negrete, de Antonio Aguilar y del más grande de la
historia, José Alfredo Jiménez. Por eso cuando estaban en las cantinas sus
pobladores querían estar con armas de fuego, más para parecerse a esos
tradicionales hombres de la música y las películas aztecas, que porque tuvieran
problema con alguien vecino en los alrededores. Antes de que la noche comenzara
a caer, el mundo entero se transformaba dentro de Dibulla. Sus moradores
miraban numerosos campesinos bajando de La Cuchilla, paraje que estaba más
cerca de la Sierra Nevada, llenado de felicidad e ilusión a todos, y de más
gente conocida a las calles. Al lado de sus animales de carga, traían la yuca,
el ñame, la malanga, la ahuyama, el plátano y el guineo largo, que cuando era
de buena cosecha abastecía a toda la región circunvecina, y como siempre
sobraba algo al interior de los sacos se repartía gratis entre los vecinos. La
gente que recibía a los hombres en las puertas, en las frescas salas, en los
patios donde se prendía la leña, escuchaba cuando éstos contaban lo que estaba
sucediendo en cercanías de la carretera como Mingueo, Río Ancho y Palomino, en
donde con permanencia estaba lloviendo.
De manera que cuando se supo la noticia de que
estaban sembrando Cannabis en la Sierra Nevada de Santa Marta, nadie se
imaginó que en la tierra fueran a cambiar las costumbres. En muchas partes del
litoral ya varias personas se estaban dedicando a cultivarla y cosecharla,
estimuladas por el dinero de los norteamericanos, que conocían científicamente
que en este rincón de Suramérica crecía la mejor marihuana del mundo. Los
hombres se arriesgaban a dejarlo todo atrás y entregarse a eso desde algunas
partes de La Guajira, para trabajar con la marihuana internacionalmente
conocida como Santa Marta Gold. La gente de Estados Unidos pagaba muy
bien con sus dólares, por lo que incontables campesinos se olvidaron de sembrar
el café. El estilo de trabajo se volvió distinto en general, provocando que
aparecieran más y más hectáreas de hierba, cambiando la cara del terreno.
Muchos individuos que comenzaron a soñar con el
cultivo de la marihuana, se internaron en los ranchos más apartados. No
importaba que tuvieran que soportar la soledad, el violento frío bajado de los
páramos y el ataque de los mosquitos carniceros, porque ciertos campesinos
envueltos en humo encontraron la fórmula mágica para sentirse más cerca de las
estrellas. En las noches oscuras, cuando la hoja de la planta derramaba un
líquido como el rocío, daba la impresión de ser infinitas luciérnagas vivas.
Ésta crecía hasta su desarrollo normal antes de los cinco meses, cuando se
encontraba en un buen estado. Una vez completado este proceso se comenzaba a
arrancarla, con práctica de recolección. De modo que en ese ritmo se reunía una
cantidad considerable de marihuana sacada del Cannabis, que comenzó a
cambiar la vida de la gente más humilde. Se volvió una verdadera costumbre que
llegaran mulas cargadas de hierba o camionetas repletas de sacos en la parte de
atrás, en cualquier costa desierta ante el mar, sin importar que desde los
pueblos cercanos se dieran cuenta de eso. Las 350 se detenían casi a la orilla para
cargar las avionetas piloteadas por los propios gringos, o simplemente
esperando meter bultos en las canoas que después los transportaban hasta los
barcos, los cuales se distinguían al estar parados en el mar las veinticuatro
horas del día.
En pocos años, comenzaron a aparecer los primeros
protagonistas de la bonanza. Eran campesinos que al principio no sabían cómo
despachar a manera de exportación la marihuana que cosechaban, y se las
entregaban a los gringos que sí sabían qué hacer con ella. Estas personas
entonces se la llevaban a Estados Unidos desde unas costas importantes en el
departamento del Magdalena -o de la misma ciudad portuaria de Santa Marta-, y
después les mandaban las cajas de dólares por vía marítima o en pequeñas
avionetas, que de paso venían en busca de más marihuana. Cuando esos gringos
quedaron establecidos sólo como contacto desde el extranjero, la historia
cambió para siempre en toda la Costa Caribe. Los propios nativos decidieron que
la podían enviar a EE.UU. directamente desde más puertos clandestinos, de forma
que aquéllos no tuvieran necesidad de venir a buscarla para contar con ella,
produciendo que aparecieran los primeros ricos en Santa Marta. Fue algo que
funcionó bien, a pesar de que los norteamericanos se ganaban el ochenta por
ciento del negocio porque después la exportaban a Europa y Asia donde estaba el
mercado más grande y rentable, dando paso a la famosa bonanza marimbera. La
demanda creció descomunal de esa manera, y en La Guajira lejana y desconocida
se posaron los ojos del mundo entero.
Cualquier personaje que coronaba por mar o aire y
recibía la cantidad inusitada de dólares en las avionetas, se sentía inspirado
para celebrar la buena nueva al lado de sus más cercanos compadres. Uno de los
tragos que los guajiros más importaron fue el Old Parr de contrabando, que se
conseguía barato en Maicao. Este whisky escocés y fino corría por las venas más
que la misma sangre de los marimberos, y todas las personas estaban convencidas
de que por fin Dios se había acordado de esta tierra. Cuando estaban en una
parranda en medio de la fogata resplandeciente, algunos hombres se servían de
los mismos dólares para encender los cigarrillos Kent o Marlboro que fumaban.
Los demás miraban la pecaminosa extravagancia, y después el horizonte marítimo
donde estaba cambiando todo, para saber que ni aún así el dinero volvería a
faltar en sus vidas.
Se puso de moda que los hombres de Dibulla
anduvieran en una Ranger, último modelo. Eran camionetas majestuosas de
carrocería larga, que en los años setenta recorrían todos los caminos y trochas
penosas de La Guajira. Bastaba con que un individuo estuviera en un vehículo de
esa clase, para que lo señalaran como un marimbero o alguien de futuro en aquel
negocio. Se volvían fáciles de andar en cualquier camino de la región, e
incluso servían para cargar marihuana en la parte de atrás y entregársela a
algún socio. Los guajiros perdieron tanto el sentido con ellas, por la mejor
apariencia de charros que les daba, que en esta tierra se compraron más
que en otro lugar de Colombia. Muchas de esas camionetas extensas e intactas en
el presente, seguirían siendo señaladas como protagonistas por excelencia de
esas tardes de la marimba.
Las personas con armas se volvieron comunes y
corrientes. Muchos tipos se acostumbraron a salir a la calle sólo si tenían
encima el revólver 38, guardado dentro del pantalón de lino. En cualquier caso,
creían que así se ganaban más el respeto de sus propios compadres. Eran de
marca Smith, Magnum y la poderosa pistola 45, que identificó a unos más que su
propio dinero. Estar armado se volvió un estado natural del guajiro, como si un
hombre exento de ella o con el proveedor vacío, no tuviera la vida asegurada.
En una reunión de amigos donde no había nadie con la cacha hecha en madera y el
cañón de hierro, no parecía surgir ningún tema interesante.
Como en toda bonanza de la historia mundial, comenzó
a influir la competencia. Desde el principio existió la sociedad entre dos o
más hombres, por lo cual se presentaron graves problemas porque después del
corone de marihuana en el extranjero, algunos no quedaban contentos con lo que
consideraban una injusta repartición del dinero. Para evitarse eso, ciertos
marimberos eliminaban a sus primeros socios que les habían puesto la marihuana
en las manos antes de mandarla a su lejano destino, con el propósito de no
pagarles. En distintas situaciones, los marimberos avivados explicaban que el
embarque donde se invirtió tanto esfuerzo, plata e ilusión se había caído antes
de llegar al territorio estadounidense, para quedarse con toda la ganancia.
Debido a esta noticia inesperada, varios comerciantes quedaron quebrados y en
bancarrota, sin ánimos de volver a arriesgar su capital para nuevos negocios de
esa clase. En cambio, unos de éstos ordenaron la muerte de los marimberos de
mala fe, cuando se daban cuenta de que efectivamente sí habían ganado
suficiente dinero con el embarque gigante, y se lo habían reservado.
Mientras tanto, sintiendo que eran las personas más
importantes de la generación, organizaban grandiosas fiestas para que la gente
los recordara. Era normal por eso ver cantantes de moda en la música vallenata
como Jorge Oñate, Los Hermanos Zuleta, Silvio Brito, Adaníes Díaz y su
compañero del alma Héctor Zuleta, Toby Murgas y Ender Alvarado, el Binomio
de Oro con Rafael Orozco e Israel Romero al frente del buen grupo, Miguel
Herrera y Los Betos, presentes en sus fiestas y cantado en seco en parrandas
legendarias. Mientras en cualquier lugar de La Guajira y parte de la Costa, el
público compraba los discos del joven Diomedes Díaz y su acordeonero Colacho
Mendoza, porque estaban de moda en la radio y en los equipos de sonido
bombardeando permanentemente a las calles, los marimberos apenas gastaban su
dinero en comprar un long play de plástico, porque se daban el lujo de tener al
artista en persona cantando Tres canciones, Lluvia de verano y El
Gavilán Mayor, en las salas de sus casas. Les pagaban de manera
normal, pero también les regalaban dólares, cadenas de oro, finos relojes y
hasta camionetas de placa colombiana, si la canción les gustaba más tocadas en
vivo que en el LP. Agradecidos por ese gesto amistoso, cuando iban a los
estudios de grabación, los cantantes los mencionaban con sus respetivos nombres
y apodos populares, para que la humanidad entera los conociera.
El amor se puso de moda en La Guajira, más que en
cualquier otro lugar de la tierra. Muchos hombres ricos tuvieron la suerte de
tener a sus lados bellas esposas, a veces tratándose de la misma mujer que en
ningún momento les prestó atención en el pasado, por ser simples macheteros o
pobres personas malucas, con la barriga abultada. En el bíblico apogeo de la
fortuna, los marimberos se dieron el lujo de conquistarlas con toda clase de
fantasías y brillantes obsequios de ensueño, regalándoles camionetas y hasta
casas grandes antes de meterse a vivir con ellas. Éstas habían cambiado de
perspectiva hacia los hombres en general, y comenzaron a verlos más atractivos
a través del espejismo babilónico que estaba durando años. Sin pensarlo demasiado
aceptaban encantadas convertirse en sus amantes públicas, porque siendo
sabiamente más terrenales eran conscientes de que aquella bonanza no iba a
durar toda la vida.
Lo único malo era que los marimberos se
acostumbraron a ser muy mujeriegos, como si obedecieran a un impulso genético.
Se metían a vivir con alguien completamente enamorados desde el alma hasta la
carne, pero en seguida estaban entusiasmados con otras mujeres increíbles que
alcanzaban a desarrollarse más rápido en la adolescencia, para no quedar por
fuera de aquellos dorados tiempos. Las mujeres inmaduras y solteras, sabiendo
que eran hombres ajenos, apenas los despreciaban cuando brillaban por su
galantería al mejor estilo guajiro, y se aseguraban de al menos parirles un
solo hijo para asegurar el futuro. De esa forma polígama o machista, éstos se
encontraron viviendo con distintas mujeres. En más de una ocasión, se conoció
que varias de estas mujeres que se disputaban el marido vivían en una misma
calle, contra la voluntad, como vecinas.
En las postrimerías de los años setenta, no fue
fácil continuar con el contrabando de marihuana ante la restricción adoptada
por el gobierno de Estados Unidos, desde Carter hasta el republicano Ronald
Reagan. Decían que el consumo de marihuana había terminado por hacerles serio
daño a sus ciudadanos, cuando la verdad es que se habían servido de ella para
estimular a sus tropas militares, en la guerra eterna contra el asiático pueblo
de Vietnam. Entonces presionaron con diplomacia al nuevo gobierno colombiano
con la determinación de que les cerrara el paso a los marimberos de la Costa
Caribe, que desde el mandato del presidente Alfonso López Michelsen habían
tenido cierto beneficio particular, y entraban a los bancos con sacos de dinero
sin tener que decir de dónde lo habían sacado, además de hacer filas enteras
para cambiar incontables dólares durante el día, teniendo una tranquila vida de
respetados comerciantes. La medida de seguridad fue impuesta en tierra y sobre
todo por mar, como si ambos países les hubieran declarado la guerra abierta a
los marimberos. El mar Caribe estaba prácticamente militarizado teniendo barcos
patrullándolo con constancia, cerrándole el paso al tráfico ilegal. El Ejército
de la Segunda Brigada con sede en Barranquilla fue puesto a un lado, por haber
tenido participación directa en el surgimiento de la bonanza, abriéndoles el
camino a cuantiosos cargamentos. Cada día eran menos los camiones llenos de
marihuana que andaban tranquilos por las trochas, y en los restantes caminos de
la comarca, por la implacable operación de nuevos e incorruptibles agentes
antinarcóticos.
En ese sentido a principios de los años ochenta, la
popular bonanza marimbera comenzó a irse a pique. Unos marimberos que no
estaban preparados psicológicamente ante eso, que se habían gastado fácil la
plata en parrandas bobas, en carros que más demoraban en adquirir nuevos que en
chocar contra un muro, y regalando el dinero para asegurarse el amor de la
gente, perdieron de inmediato la razón. Se imaginaron que todavía quedaba
alguna oportunidad de seguir teniendo suerte como antes, mandando embarcaciones
desde alguna costa, que entonces se hundían repletas de marihuana en altar mar.
Se enloquecieron con desespero, perdieron el control, arriesgando el poco
patrimonio económico que aún les quedaba con la idea de mandar alguna
embarcación cuya ganancia devolviera la máquina del tiempo para corregir
errores garrafales, sin reconocer la consecuencia de que no sólo los dejaba más
pobres que antes, sino debiéndoles a los otros marimberos que fueron más
inteligentes en plena bonanza, e invirtieron en tierras y ganado vacuno en vez
de malgastar el dinero, sabiendo que eso no iba a demorar toda la vida. En el
futuro temprano, estas personas pensadoras serían los verdaderos protagonistas
de aquella época, siendo respetados en la sociedad al haber invertido en
negocios legales. Sin embargo, aunque después quedaron sin un carro para
evitarse la humillación de andar a pie y almorzando arroz con huevo perico como
cualquier cristiano, algunos de los ex marimberos varaos continuaron
siendo mitos vivientes gracias a sus hazañas del pasado. Seguían siendo parte
de la vida real y tenían perdurables cosas que contar a la nueva generación,
aunque la gente al mirarlos pasar en la calle sólo se tomara la molestia de
señalarlos y no de saludarlos.
Agamenón Cervantes creció escuchando estas
historias, que influirían bastante en su personalidad. En cualquier parte de
Dibulla, era lo más natural de la vida que ciertos seres se refiriera a la
bonanza de la marihuana, como lo mejor que había sucedido para tener por fin un
importante pasado que diera la cara por ellos. Decían que era algo bueno que
les había ocurrido a los pobres aunque no lo hubieran sabido aprovechar, porque
habían sido olvidados por el gobierno centralista. En razón de eso, muchas
personas que nunca en sus putas vidas habían tenido con qué comprar un burro o
una mula de cuatro patas, de un día para otro sin haber pasado por la
bicicleta tenían una camioneta Ranger, siendo en la actualidad personas
prósperas de dinero que no tenían nada que envidiarle a un presidente de la
república en el momento de tocarse el bulto del bolsillo. En cambio, alguna
gente no le perdonaba a la marihuana la cantidad de odio esparcido en la
atmósfera y los muertos que dejó bajo tierra. Eran incontables las personas que
guardaban luto por culpa de esa maldición que les marcó el modo de ser,
recordando a un sobrino difunto que salió a la calle a jugar con los amigos y
lo mató entonces un borracho engreído que estaba pasando, el marido que se
levantó temprano dirigiéndose a cuidar la caleta en la finca de alguien y no
regresó jamás, la mala hora de las doce de la noche que se anticipaba a la luz
de la tarde cuando la abuela apenas estaba moliendo la yuca para vender caramañolas,
y otros más que desafortunadamente se murieron sin haber tenido la oportunidad
de conocer el televisor a color.
El muchacho pensaba más en los que habían podido
mantener sobrado dinero, respeto y poder, por supuesto. Eran personas rodeadas
de un aura de entes magnánimos, que tenían el don de seducir a las más bellas
mujeres nada más con mencionar el apellido. De vez en cuando, algunos de estos
hombres se escapaban un rato a la inolvidable Dibulla donde se habían criado,
despertando la admiración de los nativos. Por eso el adolescente decía que
cuando fuera grande, iba a ser un importante marimbero como esas personas que
vivían en el barrio El Rodadero de Santa Marta y en la misma Barranquilla donde
más de un jefe de clan evolucionó en sus negocios de inversión, creyendo
ingenuamente que la bonanza marimbera iba a regresar algún día como justicia
divina para los que nacieron pobres como él. Desde bien temprano, esa ilusión
estable fue algo que lo diferenció de los otros jóvenes de su edad. A cada momento
estaba hablando de eso como si lo hubiera visto en un programa de televisión,
en vez de jugar fútbol en la cancha de barro como los demás niños de la
población dibullera. En la posteridad se veía como alguien muy trascendente en
la historia, y por eso pensaba que lo mejor o peor que le había sucedido a su
vida, era haber nacido en el mismo año cuando la bonanza marimbera comenzó a
desmantelarse.
Su madre Nina Luz era una persona morena, de
facciones perfectas y un alma transparente, que en su juventud fue la mujer más
bella del pueblo. La gente particular la quería como si fuera una pariente que
faltaba en su familia, y cuando sonreía inundaba de paz a los demás, dejando en
claro que era la persona más buena del mundo. Tenía un modo de ser muy
espiritual cuando estaba en la prosperidad y abundancia, y le gustaba estar
bien vestida, algo maquillada y arreglada como la actriz inglesa Elizabeth Taylor
a quien admiraba, aunque esa tarde no fuera a la calle. De esa manera, tenía un
imán interno y corporal que la conectaba con las mejores amistades del pueblo.
Éstas siempre llegaban a su casa en las tardes, con la intención de aprender la
costura a su lado, hablando de sus logros, de los inconvenientes personales, e
incluso del problema con sus maridos. Fue una persona que sabía escuchar y daba
buenos consejos, que amaba la vida terrenal porque la mantenía cerca de sus
hijos, dos hembras y dos varones. En el caso de Agamenón Cervantes Brugés era única con la maternidad, y prueba
de esa influencia directa fue que más adelante cuando éste se convertiría en un
narcotraficante de bastante renombre, su gesto humanitario sería igual al de
ella.
Mientras tanto, su realidad era una máquina de coser
con que tenía la única entrada de la casa. Con ese instrumento de manivela no
sólo le fabricaba la ropa a mucha gente del pueblo, sino que con la tela
sobrante les hacía prendas a sus propios hijos. Éstos eran unos niños felices
que tuvieron todo en la vida, desde juguetes y buena libertad, pero como cosa
principal dependieron de su amor. Ella era muy feliz con ese resultado de la
crianza, razón por la cual estaba dispuesta a seguir batallando en el mundo.
«Primero mis hijos», era su eslogan de madre. Cuando se portaba bien con la
gente de la calle, regalándoles algo para el almuerzo, prestándoles un pasaje,
empeñando las valiosas joyas de su cofre con la intención de resolver el
problema de alguien y ayudando económicamente a su familia, era por una
sencilla razón. Sabía que algún día lejano, cuando ella no estuviera viva,
éstos recibirían la bienaventurada recompensa.
La gente la recordaría como una persona que dejaba
de comer de su propio plato para que se alimentara la humilde vecina de la casa
de al lado, y con su máquina de coser atrajo la atención del resto de su
familia. Fue por eso que sus hijos siempre estuvieron cerca de su abuela Meme,
una mujer nacida en Riohacha que desde joven llegó a vivir en Dibulla. Ésta tenía
levantada su casa en el pueblo de Mingueo ubicado a orillas de la carretera,
donde se dedicaba a vivir de la miel de calabazo que ella misma conseguía de
los palos vecinos y preparaba al carbón, y se había consagrado a sembrar
hermosas flores en el jardín para generar riquezas y llamar buenas energías,
siendo una anciana tiesa que siempre llegaba acompañada de algún nieto que no
se le despegaba de la falda. En interminables ocasiones, se presentaba una
camioneta color verde de donde se bajaba José María con su revólver 38 en el
pantalón, para felicidad de su sobrino Agamenón Cervantes que antes de
saludarlo le sacaba monedas del bolsillo. Se presentaba por las noches La
Negra, la hermana que más se quería con Nina Luz, quien vivía cerca de allí
y guardaba luto cerrado por el único hijo que tuvo en la vida. También se hacía
presente su hermana Abadesa que vivía con sus hijos en la vecina población de
La Punta, y Enilce, la menor, quienes ayudaban de vez en cuando a Nina Luz
cortando la tela. Por eso sus hijos Chavela, Lenin, Antonio y Agamenón,
tuvieron contacto con todos sus primos hermanos en un recreo que no terminaba
nunca, haciendo una de las familias más unidas del pueblo.
Nina Luz se había separado de su marido, unos
cuantos años antes. Éste era un habilidoso vendedor de publicidad, a quien ella
había conocido en Caracas a principios de los setenta. En cualquier ocasión del
año, Antonio Cervantes se presentaba a visitarlos sin previo aviso. Siempre
traía buena salud, dinero, ropa, regalos a su familia y un poco de autoridad
para los varones. Había vivido alguna vez en Dibulla por unos cuantos meses,
donde había hecho ciertos amigos parientes de su mujer y conocidos de ésta, y
era un formidable intelectual como la Enciclopedia Inglesa hasta en la
manera de hablar con serenidad desde el mecedor. Sin embargo, se regresaba tan
rápido a Venezuela, que parecía llegar a Dibulla más en plan de vacaciones que
de ver a sus hijos.
Nina Luz sintió que nunca sería una persona con
bienestar mejor, si no se marchaba de Dibulla. En el fondo, sentía por momentos
que ella no podía sola sacando adelante a sus hijos, por las deudas en que se
había metido para mantenerlos, darles estudios y todas las cosas buenas en la
vida. Su hermana La Negra, fue la primera de ambas en marcharse para
siempre del pueblo. Era una tranquila y querida mujer que sufría con tristeza
en la oscura soledad, desde que su hijo Jaimito había muerto en un accidente de
tránsito, en la vía que de Riohacha conduce a Maicao. Se distinguió por vestir
de luto desde el velorio, y después cuando andaba en la calle, saludando a los
demás, visitando en las noches a su buena hermana que trabajaba con la costura;
entre más hacía calor bajo el sol cruel más le provocaba la tela negra,
manteniendo esa costumbre por unos años, al principio por perpetuar la memoria
del difunto hijo y más tarde porque no tenía dinero para comprarse ropa de
color. En una triste época de su vida, pasó una mala racha cobrándoles a las
personas que le habían fiado bastante ropa en el almacén hasta quebrarla por
completo. Estimulada por la buena y animosa Nina Luz, La Negra había
tenido el valor moral para intentar tener una nueva vida, e hizo un viaje al
consulado de Barranquilla donde le dieron la visa norteamericana. Su entusiasmo
fue contundente, tanto que al regresar a Dibulla su madre Meme se vino desde
una finca en la región de Bongá donde estaba de paseo, para despedirla antes de
tomar el vuelo internacional. Fue a parar a la exclusiva ciudad de Miami, donde
el panorama que tenía de la vida nativa fue sustituido por una nueva visión
planetaria. En cuanto tuvo la oportunidad de hablar por teléfono con su hermana
menor, le aseguró emocionada que Estados Unidos era otro mundo.
En vista de que también Nina Luz quería salirse de
Dibulla, no dejaron caer el contacto telefónico. Ésta se sentía muy alegre
desde que su hermana estaba empezando una nueva vida, y cuando la gente de
confianza le preguntaba por ella decía que estaba irreconocible, como si desde
el fondo del alma se hubiera practicado inconscientemente una cirugía.
Simultáneamente, después de la muerte de su madre dejó la máquina de coser a un
lado. Sin ningún secreto, comenzó a hacer sus propios planes de viaje. Sabiendo
eso, La Negra le mandó algunos dólares para que pudiera moverse sin
necesidad de trabajar con la costura y comprara el pasaporte, evitándose más
pérdida de tiempo. Nina Luz aumentó su práctica en el manejo de lo que estaba
haciendo, por lo que viajó a la fría Bogotá el día menos pensado. Estando en la
sala de la embajada estadounidense, mantuvo la buena fe que la caracterizaba.
La persona que la atendió en ventanilla le autorizó la visa con buena estrella,
más por el carisma con que respondió a las preguntas que por los requisitos
legales que llenaban sus papeles. Se le cumplió la ilusión de su vida, mientras
al lado de ella otras personas de aspecto elitista y aristocrático, se tiraban
a un rincón lamentándose de muerte porque les habían negado la entrada al
Sueño americano.
Tuvo poco tiempo de estar de nuevo en Dibulla,
despidiéndose así de la gente que la quería y de su familia a manera de
relámpago. Algunas personas se dieron cuenta de que se iba al país del norte
donde estaba su hermana, y le mandaron saludos especiales a La Negra.
Nina Luz se los agradeció, sabiendo que su hermana mayor era una persona muy
recordada por la gente. Siendo consciente de que también sus hijos tenían que
irse de allí, les pidió que prepararan las maletas. Se los llevó consigo hasta
Barranquilla, la capital del Atlántico, ubicando a sus dos hijas donde una
gente de los Levette, que le harían ese favor mientras ella conseguía trabajo
en la Florida, para mandarles algo de dinero que les permitiera mudarse solas a
otro barrio. Su hijo Antonio fue llevado a casa de sus hermanos por parte de padre
en el barrio Recreo, teniendo buena suerte con eso. El único que apenas se
enteró de la alteración que estaban sufriendo todos fue Agamenón Cervantes,
quien por esos días estaba en la Sierra Nevada en la finca Buenos Aires de su
tía La Negra, que cuidaba un indio guajiro llamado Rauche. Al regresar a
Dibulla donde esperaba encontrarse con su madre que tenía asegurada la visa, se
enteró de que ésta no sólo se había llevado a sus tres hermanos para
Barranquilla, sino que a esa misma hora en la mañana ya estaba tomando un vuelo
directo a Miami. Se sintió olvidado por ella cuando no era así, y no escuchó
consejo de nadie cuando le dijeron que se marchara a Barranquilla. Fue algo que
marcaría para siempre su modo de ser.
En realidad, queriendo comenzar de nuevo en la vida,
Agamenón Cervantes seguía con su antiguo anhelo de ser igual que los
marimberos. Se salió momentáneamente del pueblo, metido con todo el ánimo en
Casaluminio donde la única bonanza existente era la del plátano. Las hectáreas
cerca de la entrada de Dibulla, al lado derecho de la carretera Troncal del
Caribe, estaban sembradas con interminables plantas de esta clase para trabajo
continuo de los campesinos durante el día, y cuando llovía se reproducían de una
forma tan fecunda, que no había más solución que cortarlas aunque no fuera
tanto para acumular gajos como por despejar el terreno. Al principio le costaba
esfuerzo manejar el machete cortando cada rama y hoja de plátano, pero después
sabía abrirse camino con el filo tajante entre las plantaciones. Las horas de
la mañana se le iban en esa práctica rutinaria, haciendo sonar el machete
tirando gajos y más gajos al suelo, y en ese proceso alcanzó a matar peligrosas
culebras como la cascabel, boca dorá, coral y mapaná, a veces con precaución y
otras de modo accidental, cuando intentaba dejar caer los plátanos. Se
acostumbró al ruido constante de su machete campesino entre las ramas, que
parecía invocar a los truenos. La lluvia se desprendía de las nubes de manera
no pronosticada, como si eso fuera una bendición y a la vez una maldición de
humedad, por estar tan cerca de la Sierra Nevada. En más de una ocasión, cuando
era sorprendido por el aguacero torrencial observó cómo éste le colaboraba con
el trabajo, ya que los luminosos rayos caídos atravesaban las plantas para
dejarle más gajos en el suelo.
Una tarde cuando iba saliendo de Casaluminio para
regresar a Dibulla donde dormía en las noches, conoció a Aníbal Rivadeneira,
alguien que tenía una 350 blanca. Era una persona carismática y gentil de las
tantas almas que ayudarían en la edificación de su vida, porque la pasaba
viajando por muchos sitios, y era reconocido en cualquier parte de la región
por transportar numerosos bultos de plátanos. Durante varios años había vivido
de ese negocio, y la gente se había acostumbrarlo a reconocerlo más por el
ruido ensordecedor de su camioneta al ir perdiendo velocidad cuando llegaba a
un lugar, que por su sonrisa placentera. En cuanto tuvo la dicha de conocerlo,
Agamenón Cervantes anheló ser su amigo. Aquél en seguida le pidió que lo
acompañara en su camión 350, con el que viajaba todas las tardes a Riohacha.
Al lado de este conductor profesional, Agamenón
Cervantes se acostumbró a pasar por delante de los pueblos vecinos en la
transitada carretera Troncal del Caribe. Aníbal Rivadeneira estaba
acostumbrando a esa clase de vida desde hacía dos décadas, y antes de pasar el
puente sobre las aguas claras y con piedras llamativas del río Jerez, reconocía
alguna nueva grieta sobre la carretera que no hubiera estado la tarde anterior.
Sin descuidar el timón, le gustaba narrar hechos, anécdotas, curiosidades y
casos sobre la época de la marimba, tema interesante que lo unió más con
Agamenón Cervantes. Al mismo instante, le contaba cómo fue aquella noche en que
la guerrilla se tomó a Campana Nuevo, volviéndolo un pueblo fantasma después de
las personas a las que ejecutaron a sangre fría, y por la emigración en masa
que se formó. Era común ver unos habitantes en las afueras de este pueblo que
habían regresado, porque una mayoría se había quedado para siempre en Riohacha
y en otros lugares de la región. Agamenón Cervantes lo escuchaba con
admiración, y se daba cuenta de que su verdadero trabajo era hacerle solamente
compañía a un hombre, que despertaba de su discurso histórico cuando iban
pasando por la entrada de Camarones, donde vendían gasolina. Entonces la
camioneta seguía de largo por dieciséis minutos más, en medio de aquella
naturaleza desértica al lado de la autopista donde poco después entraban, y al
anochecer ya estaban viendo las primeras luces de las casas en Riohacha, la
capital del departamento.
El lugar donde se detenían definitivamente era el
Mercado Nuevo, situado en las afueras de la ciudad en la vía que conduce a
Valledupar. Era una parte muy grande para el abastecimiento alimenticio de la
desierta localidad de Riohacha, en cuya entrada principal se tomaban
colectivos, taxis, busetas, y había chazas de gaseosas, puestos de comida,
quioscos de libros usados y venta de ropa. En sus mesas interiores bajo techo,
había hortaliza, bastante bastimento, productos contrabandeados de Maicao desde
la Harina Pan hasta la leche en polvo La Campiña, y en otras mesas había mucha
carne de res, chivo fresco, y todos los pescados y mariscos del mar Caribe,
convirtiéndose en un punto importante para la gente de la ciudad. También
contaba con productos venidos del interior del país, y en un costado exterior
había chivos que eran sacrificados delante del mismo cliente. En la parte de
atrás había unas pequeñas fondas de comida, enfrente unas ferreterías y ventas
de carbón en sacos, por parte de las indias. La mayoría de los productos como
la carne, el chivo, los pescados, el aguacate de Puente Bomba y el tomate de
Matitas, arribaban en la noche. De manera que al igual que todas esas cosas,
los plátanos que traían de Casaluminio se guardaban en una bodega a esas horas,
para estar expuestos a la venta al día siguiente, al lado de otras mercancías.
Eso era todo el trabajo de ambos por la jornada, momento que aprovechaban para
descansar, tomar tinto y hablar con otra gente conocida. En cuanto el camión de
Aníbal Rivadeneira se marchaba, Agamenón Cervantes se embarcaba junto a él
rumbo a su querido pueblo de Dibulla.
Riohacha era para él una ciudad caliente y arenosa,
que nada tenía que ver con su vida. Era una tierra donde emigraba mucha gente
desde localidades como Mingueo, Dibulla, La Punta, Puente Bomba y Camarones, y
humanos de los lados de la Provincia como eran Barrancas y Fonseca, porque la
consideraban un pueblo grande. En ese lugar desconocido para él, fue de donde
escuchó que nacieron y evolucionaron míticas historias sobre la bonanza
marimbera en sus mejores días. Se decía que la mayoría de las fiestas
organizadas por los hombres guajiros, cuando mandaban una embarcación a Estados
Unidos, sucedió en esas calles donde ahora caminaban los perros buscando algo
que nadie les había dejado en el suelo. En la actualidad, la vida era ajena a
la nostalgia y algo más tranquila que antes, a pesar de la presencia de los
paramilitares. En reiteradas ocasiones, Agamenón Cervantes recorrió sus calles
hasta el cansancio, teniendo la oportunidad de reconocer personas que hacía
rato no veía en Dibulla. Entre esa gente, se encontraba su tío José María. Era
alguien que vivía del arriendo de un restaurante y un billar en Cuatro Vías,
que también ganaba algo con el negocio de la madera, a quien las personas
conocían como El Tigre. En ese lugar de reunión de la calle 15 al
lado del restaurante El Mondongazo, éste encontraba varias de sus amistades como Wilfrido Pinto
con su carretilla de yuca, y William Redondo que venía saludando a todas las
personas por la carretera cuando bajaba de La Parajá, y en los últimos días
estaba viviendo en una casa alquilada de la calle diecinueve en cuya terraza
dejaba su F-100 roja, frente a donde estaba la morada de dos plantas de Camilo
Valdeblánquez, quien era el amigo que menos dejaba de visitarlo. A la vez
llegaban personajes como William Moscote, que vivía en una casa de dos pisos al
lado, Eliécer Pinto más conocido como Chucho residente en la misma
acera, y el señor Carlos Fragoso que en ningún momento dejaba de caminar por
Riohacha con su conocido sombrero.
Fue por eso que Agamenón Cervantes conoció a un
muchacho de color negro llamado Jeison Barros, ya que siempre que caminaba por
Cuatro Vías lo veía atendiendo un puesto de compactos con dos bafles en la
acera, que atraía transeúntes y clientes frente al supermercado Cumaná en
las afueras del restaurante El Reposo. Era alguien muy conocido desde niño en
ese sector comercial, por ser hijo del famoso Jaco que tuvo un picó llamado El
Campeón sonando en ese restaurante donde también vendió cervezas, y que
ahora comerciaba gasolina por los lados de Texaco. En cuanto se hicieron a la
confianza, lo dejaban cuidando la venta de CD’s detrás de la vitrina a un lado
del reproductor sobre el amplificador, por lo que él aprovechaba y colocaba la
música de Adaníes Díaz a alto volumen, para que la nueva generación de
transeúntes se familiarizara con ella como si se tratara de la nueva ola. Sentado en aquella silla plástica y
escuchando de todo, conoció más personas como Jaider –primo de Jeison Barros-,
y a Ángel Barros quien de vez en cuando llegaba en una ruidosa moto, bajándose
y entrando al restaurante de su madre. También tuvo la complacencia de hacerse
buen amigo de Darwin Castañeda, alguien que siempre pasaba por ese andén
vestido con una camisa azul manga larga cuando se bajaba del bus que lo traía
del Cerrejón donde era soldador, al irse caminando hacia Las Tunas. De manera
que cuando tuvo la oportunidad de hablar por primera vez con Alexandra Pitre,
Agamenón Cervantes ya había decidido quedarse viviendo en Riohacha, gracias al
dinero que le mandaba su madre desde Estados Unidos.
En cuanto a esta muchacha, desde que lo había
rechazado su relación con el mundo había cambiado. Se había encerrado rabioso
en las cuatro paredes de aquel cuarto anhelando distanciarse de la realidad,
escuchando muchas canciones vallenatas para sentirse mejor. Era como si toda la
vida desde su nacimiento, las cosas que él quería fueran más difíciles de
alcanzar que las que otros ambicionaban. Le había sucedido más de una vez, y
siempre con la bella mujer que le gustaba. En su delirio de pasión, creía que
las personas que lo rodeaban se habían dado cuenta de la firmeza de Alexandra
Pitre de no quererlo, y pensaba que la sociedad entera algún día tenía que
pagar el peso completo de su frustración. Le pareció que la única manera de
tener un reencuentro con ella, y declarársele a cambio de un amor justo, era
cuando fuera un trascendental narco.
En cambio, a veces pensaba que en el presente
todavía le quedaba aire para seguir insistiendo. Sentía que era alguien joven y
apuesto como todo hombre, con fuerzas para aspirar y encontrar su verdadero
amor antes de tomar la decisión de meterse al narcotráfico, donde nadie de
visible poder se pone a medir la vida por los años que pasan sino por los
muertos que tiene. Era un muchacho que tenía cierta personalidad agradable en
el trato humano, que caía bien a la gente nada más con saludarla de lejos.
Además le pareció que ella, al momento de evitarlo en su alma, no había estado
tan segura de lo que hacía como sucedió con otras mujeres. Era como si le
llamara la atención su amistad, y algo más allá de ella, pero un amor profundo
e interior que guardaba por alguien le impedía aceptarlo incluso como amigo.
Chemita Brito apareció una tarde en su cuarto, con
la idea de ver cómo estaba. Con sólo mirarlo de pies a cabeza, Agamenón
Cervantes se transformaba en seguida, como si a su lado estuviera sujeto el
recuerdo sensible de Alexandra Pitre. La razón era que aquél había sido uno de
sus mejores confidentes, en cuanto a ese delirante proceso de conquista que no
se pudo consumar. Por eso antes de saludarlo, le preguntó si en esos días no
había visto a la bonita muchacha en Cuatro Vías. Chemita Brito, como la cosa
más natural de la vida, se acordó de algo nuevo en su mente.
-Está ahí -le dijo, señalando hacia afuera.
Agamenón Cervantes no pudo creer en sus palabras,
pero ya se había enterado con anticipación de que a dos casas a mano izquierda
de la terraza de Livia Mena, estaba la casa de la tía de la muchacha situada en
una esquina. Su primer impulso fue tratar de verla, pero se le bajó la moral
cuando su primo le terminó de contar que la había visto hablando al lado de un
muchacho en la puerta de otra morada, situada entre la casa de la esquina y un
pequeño apartamento, que también tenía alquilado la señora dueña del cuarto
donde él vivía arrendado. Sin darle importancia a eso, Agamenón Cervantes
planchó corriendo la camisa manga larga que se quería poner, para verse mejor.
Era una prenda con la que se sentía muy identificado, por el color rojo y de
cuadros azules. Su intención era esperarla en alguna parte de la ciudad donde
ella tuviera que pasar, cuando se marchara de esa calle.
Cuando salió por el portón que daba a la calle
dieciséis, su cuerpo y alma estaban en suspenso. Al andar en la terraza donde
estaban enterradas unas llantas bajo la sombra de un árbol de mango, volvió la
mirada a su lado izquierdo. En efecto, reconoció al muchacho que vendía perro
caliente por las noches en aquel mismo sitio, que se encontraba sin camisa en
su puerta y hablaba con alguien, que una pared correspondiente no dejaba ver.
Entendió que ese alguien tenía que ser ella, y quitó la mirada cuando el
extraño se dio cuenta de su curiosidad sospechosa. Parecía la misma persona con
quien iba de la mano aquella noche cuando estaba caminando por el Liceo
Almirante Padilla, tal como también le pareció a su primo Chemita Brito.
Naturalmente, Agamenón Cervantes se dio la vuelta
por la calle diecisiete y dieciocho, y llegó al lugar donde se había
acostumbrado a estar sentado en soledad. En la misma terraza en forma de
escaleras en la calle 15 al lado del restaurante alquilado de su tío, estaba
seguro de que en cualquier momento ella pasaría por allí, aunque sólo fuera a
ponerse el uniforme en Cooperativo para ir al Liceo Almirante Padilla. Esperó
con serenidad, sin acordarse de su decisión de no verla más, mientras siguiera
siendo un pobre anónimo del que no se enamoraba nadie. Sintió la necesidad de
fumar algo en vista del temor aumentado por lo que iba a ver, pero tuvo en
cuenta que eso sería enturbiar más la pobre imagen que Alexandra Pitre tenía de
él. Con el transcurrir de los minutos en la espera, distinguió a la muchacha
viniendo por la carretera negra de modo urgente, teniendo entonces la ilusión
de que ella tuviera un poco de humor para conversar con él. Cuando pasaba al frente
se miraron y reconocieron, por lo que Agamenón Cervantes le hizo una señal con
la mano para que se acercara, con la autoridad de un pretendiente cuya
intención ya es conocida por una mujer. Sólo que Alexandra Pitre no
correspondió a su llamado, siguió la marcha y aceleró más rápido mientras
señalaba su reloj explicando con eso que no podía pararse, porque apenas tenía
tiempo de cambiarse en su casa y correr al Liceo Almirante Padilla antes de que
lo cerraran. Por último, al ganar unos pasos más allá del solitario y vacío
carro de perro caliente que estaban por abrir, volvió la mirada hacia él para
ver en qué estado desdichado había quedado su espíritu.
Agamenón Cervantes no tuvo dudas de que tenía a la
misma naturaleza en contra para ser feliz con alguien como ella, y entonces se
levantó de allí para caminar y respirar mejor. Su espíritu parecía arrastrado
por el suelo, lleno de un pesimismo mortal, hasta el extremo de llegar a
echarle la culpa al sector de Cuatro Vías por no darle suerte en nada. En su interior,
creía y aceptaba que para él conquistar el amor de una mujer hermosa, era tan
imposible como ganarse la lotería sin comprar el billete. Se hundió con
profundidad en la depresión al alejarse sin rumbo definido por la carretera,
triste, acabado, cuando recordó su intención de ser algún día igual que los
legendarios marimberos, pero consciente de que en este caso tenía que ser en el
campo de la coca. Al mismo tiempo, tomó la irrevocable decisión de no hablarle
a la angelical adolescente, aunque volviera a cruzarse con ella en la calle.
En el cuarto donde estaba bajado se ilusionó con ser
alguien grande en la vida, para que Alexandra Pitre fuera la mujer a quien
llevaría al altar. El sólo pensamiento lo llevó a refugiarse en la impenetrable
soledad, madurando más la idea. Se abstuvo de salir a la calle durante varios
días, para que ella no lo viera en seguida y se sintiera superior a él, pero
sobre todo para cuando volviera a salir de esa cárcel auto impuesta, sería
alguien más fuerte en la vida y seguro de sí mismo. Su consuelo era escuchar
mucha música, alimentándose de los vallenato buenos, oyendo tantas canciones
que más adelante cuando se acordaba de eso, se preguntaba cómo no se quedó
sordo teniendo tanto volumen alto inflándole el oído. Uno de los cantantes que
más lo acompañó en ese estado destrozado fue nada más y nada menos que Adaníes
Díaz, un inolvidable personaje de espíritu magno que le hubiera gustado conocer
para decirle que se había declarado su más inquieto seguidor. Era el hombre más
feliz de la tierra cuando escuchaba temas como Problema tuyo con su
timbre descomunal, El cobarde del pueblo, que tenía una letra para
muchachos como él, el llamado de Mi proclama y El aviso,
colocando sus canciones con tanta frecuencia que los vecinos del patio contiguo
llegaron a creer que aquel cantante había resucitado. Toda la vida escuchó que
cuando Adaníes Díaz estaba vivo, formó al lado del novel Héctor Zuleta la mejor
pareja musical de la época, tratándose éste de un ávido acordeonero, buen
compositor y espontáneo verseador, como si fuera la reencarnación vallenata de
Mozart. Su manejo de la vocalización era artesanal y portentoso como la
catapila en acción, ante el asombro de sus colegas y fanáticos entusiasmados
con su estilo, y cuando estaba en temple en memorables parrandas acompañado de
amigos como su compadre Carlos Rojas y Olaris Ibarra, toda la fuerza ciclónica
del universo salía por su garganta. Durante tantos días lo estuvo escuchando en
su grabadora, repitiendo intensamente bellas canciones como Pase lo que pase,
que en pocas palabras desde su cuarto logró que nuevamente se pusiera de moda.
También era amante de escuchar las canciones de la
nueva ola, un nuevo sonido con bastante aceptación entre la gente, que
tenía influencia sin duda alguna en la conciencia de Alexandra Pitre. En las
tardes ponía un casette especial con las canciones de Rafael Santos e Iván
Zuleta, un bueno del acordeón que parecía tener las mismas dotes de su
desaparecido tío Héctor Zuleta, más que todo cuando entraba a versear con
contundencia aumentando la llama de la piqueria. Escuchando de esta prometedora
pareja canciones como No es tan fácil, lo hicieron feliz por
interminables horas teniendo en cuenta que era el tema que estaba puesto cuando
estaba sentado en la acera del supermercado Cumaná, la primera vez que habló
con la encantadora muchacha. De resto colocaba canciones como Volverás,
que tenía una melodía y letra excelente que despertaban imágenes positivas en
su álter ego, y que con sólo repetir y repetir, sentía que actualmente era esa
persona que atraería a su alrededor las más exorbitantes mujeres del universo.
Era como si hubiera entrado en la mejor etapa de un ensueño, que algo
inconsciente lo ayudaba a ir corrigiendo errores del futuro, porque de tanto
querer salir adelante y escuchar las canciones de Adaníes Díaz iba formando su
personalidad. La canción que más le gustaba de Silvestre Dangond en esas noches
era Me vuelvo loquito, en versión de parranda cuyo sonido disparado lo
transportaba a un estado del espacio donde se sentía muy bien cien por ciento,
sin necesidad de acordarse de la morena muchacha. Cada día parecía nacer un
nuevo talento dispuesto a que la agente se enamorara de él sin descuidar la
escuela de los juglares, sonando rotundamente y metiéndose como un boom en las
diferentes emisoras del país, marcando un nuevo capítulo en el desarrollo
internacional del vallenato inspirado por el auge del reggaetón de Puerto Rico,
pero no olvidaba para nada la música clásica del inmortal Adaníes Díaz
interpretando Marianita, el cantante que pudo llegar a ser el más grande
de la historia.
En una ocasión por la noche cuando estaba encerrado
en el cuarto, sintió la ansiedad de fumar algo. Se había acostumbrado a
depender del cigarrillo más desde que se sentía solo, y a veces se sentaba en
el patio aspirando humo al lado de Eliécer Pana, riéndose de sus cuentos
jocosos. De modo que salió al patio, sabiendo que faltaba casi nada para que
fueran las diez de la noche. Se metió por el callejón que daba a la terraza de
arena, por donde entraban y salían los inquilinos. Sin esperarlo, notó a
alguien atraído por el ruido del portón al salir a la terraza, estando en la
casa vecina donde vendían perro caliente. Era Alexandra Pitre sentada en una
silla como un cliente, que por instinto miró a donde estaba él en la penumbra,
sin lograr reconocerlo. Agamenón Cervantes siguió derecho su camino sin perder
la compostura, sin dejar que comprobaran que él era él, teniendo claro que ya
ella no era nada importante en su vida.
Andando por la calle pavimentada dobló en la esquina
siguiente a mano derecha, buscando una tienda donde comprar algo para fumar. En
aquellos momentos ya una de la calle diecisiete estaba cerrando, pero pudo
comprar unos cuantos cigarrillos marca Belmont. Sintió un descanso al
guardarlos en la pantaloneta, porque para él era más importante fumar en esos
instantes, que haber tenido la oportunidad de ver una vez más la imagen
lunática de Alexandra Pitre. Al regresar a la calle dieciséis y antes de
meterse por el portón, agudizó la mirada queriendo comprobar si la mujer que lo
había mirado era en realidad ella. Al ir pasando cerca, vio en efecto que lo
era, sentada en una de las sillas frente al carro de perro caliente, esperando
al muchacho que le estaba pasando un perro preparado. Ella lo tomó veloz
directamente de las manos de aquél, que parecía ser su novio.
Al entrar en su cuarto, Agamenón Cervantes
comprendió que de ahora en adelante iba a ser normal verla en esos lados, por
tratarse de una calle que era familiar en la vida de ella. Le causó pánico
encontrársela, porque había jurado no volver a dirigírsele, siempre y cuando no
fuera nadie en la vida. Recordó que necesitaba estar más horas encerrado,
porque creía que mientras fuera alguien pobre continuaría siendo humillado
delante de la belleza nubia de Alexandra Pitre. El encierro no le inquietaba,
porque toda la vida se había acostumbrado como si la vida material fuera una
celda. Se imaginó que ella lo había visto al salir esa noche, estando al tanto
de que vivía allí en uno de los cuartos de ese patio, como cualquier indigente
con un colchón tirado en el suelo. Esa evidencia lo hacía sufrir como nadie,
produciéndole una impotencia que sólo quedaba bloqueada cuando escuchaba
música.
En verdad, no quería volver a saber más nada de
Alexandra Pitre. Tenía la certidumbre de que únicamente el día en que fuera
alguien famoso y rico, tendría el imán suficiente para atraerla, ser su amante
sin necesidad de andar detrás de ella y declarársele como un tonto. La imagen
negativa que le había quedado en la memoria, al haberla visto tomada de la mano
de un muchacho negro pasando por el frente del Liceo Almirante Padilla, lo
torturaba en la vida física. Le daba tanta mente al caso, que más tarde cuando
oía una canción de Fabián Corrales al lado del acordeonero El Cocha
Molina nombrada De cuándo acá, se hacía en la mente una secuencia a
continuación más desastrosa que eso. Le pareció que lo mejor era mudarse de ese
cuarto, para no verla siquiera por casualidad, teniendo en cuenta que podía
hasta conocer a alguno de los inquilinos vecinos suyos. En cuanto escuchaba la
radio, trataba de alejarse más de aquel infierno que era estar bajo techo, pero
entonces se encontraba con que todas las canciones de la estación radial lo
hacían acordarse más de ella. En esas noches de pesadilla, escuchó
repetidamente una hermosa canción conocida como Tú mi loquita, en la voz
del cantante Fabián Corrales. No entendía qué tenía que ver esa letra con
Alexandra Pitre, ni el cambio de melodía en el coro que lo dejaba en un éxtasis
musical, pero muy pronto entendió que cuando un hombre se encuentra enamorado
sin ser correspondido, cualquier canción de moda se parece a la triste imagen
que desde su interior está proyectando.
Sin poder evitarlo, se hundió más en la onda musical
como antídoto contra el desamor. En cuanto entraba a su cuarto, encendía la
grabadora, prendía la radio o simplemente metía un casette, abría la página de
la vida que ya estaba pasando por adelantado en sus sueños profundos. Eran
canciones de reggaetón, de merengue y salsa afrodisíaca de taberna latina, por
lo que al conocer una nueva canción de Luifer Cuello llamada No aguanta,
sintió más alegría por esa novedad que si en esos momentos fuera el consentido
número uno en el corazón de Alexandra Pitre. De tanto atenderlo se sintió muy
identificado con el tema, y lo sintonizaba tanto en las distintas estaciones
que más tarde cuando las personas lo escuchaban, al instante se acordaban de
él. Además se daba cuenta de que las vecinas suyas al lado derecho del patio,
también lo cantaban cuando se iban a bañar o por cosas simples estaban
tendiendo la ropa que acaban de lavar. Era el nuevo cantante que abría la
puerta de la fama, que con su trabajo musical La nueva ola puso de moda
esta marca en la nueva generación del vallenato.
En aquellos días, Agamenón Cervantes hizo un viaje a
Dibulla buscando tener una mejor perspectiva de la vida. En cuanto anduvo por
las calles del pueblo natal, recuperó la identidad que el fracaso del amor
había empañado. Se asomó a la desembocadura del río Jerez, dándose varios baños
en el mar de lodo y tomando agua de coco. Estuvo bajado en la casa de su tía
Enilce, que estaba al costado izquierdo de la población. En ese lugar, sintió
la paz que necesitaba su cuerpo. En una grabadora nueva y de marca Sony
escuchaba bastante música, especialmente la de Luifer Cuello y su pegajosa
canción No aguanta. Al igual que él, la gente del pueblo estaba
enamorada de todo lo que sacara la nueva generación vallenata. Se puso contento
cuando salió por fin el segundo trabajo musical de Silvestre Dangond con su
fiel acordeonero Juancho de la Espriella, titulado Más unidos que nunca.
En ese nuevo compacto, estaba completa La colegiala con la tan esperada
segunda estrofa y un mejor sonido de estudio, y algunas nuevas canciones que le
gustaron en seguida, como Me la juego toda y el tema La mentira
que ya tenía asegurado unos enloquecidos oyentes. Se sintió feliz con humildad
por el triunfo de aquel cantante urumitero, y hasta pensó quedarse viviendo en
Dibulla por esa sensación de alegría. A la casa llegaban unas muchachas de
visita, y aunque le gustaba una de ellas, no se le declaró por miedo de ser
ignorado. También admiraba la música con estrella de Fabián Corrales, como la
canción La tira piedra, que lo estimulaba a nuevas cosas por sucederle
en la vida. Le cayó bien al alma como los primeros temas en la historia del
cantautor rubio, y cuando la escuchaba sin parar, sentía que ser un gran
narcotraficante era algo que ya habían programado en su fuerza genética. Tuvo
en cuenta que ahora sí tenía que ser ese esperado hombre del que se comentaría
en todas partes del departamento y el país, porque así como estaban teniendo
buena suerte varios cantantes jóvenes, también la podía tener él.
De vuelta a Riohacha, sintió que ya no necesitaba
ver la presencia corporal de Alexandra Pitre en Cuatro Vías para sentirse bien.
Al contrario, sentía que tenía una deuda con su primer sueño verdadero, y tenía
que concentrarse sólo en eso. Desde que llegó a la ciudad profundizó más su
amistad con El Negro, uno de los hijos del dueño de la casa. Al lado de
éste y El Albino, hizo un grupo de buenos amigos reuniéndose en
cualquier momento del día para hablar. En más de una ocasión, el primero lo
sacó del cuarto y se lo llevó a la terraza de la casa, donde estaban tomando
chirrinchi en botellas recicladas de Old Parr. Fue por tal motivo que se sintió
mejor, dándose cuenta de cómo El Negro enamorado de una muchacha blanca
residente en el apartamento de al lado, escuchaba continuamente la canción A
blanco y negro de Silvestre Dangond, en nombre de ella. Era el tema que
había desatado más el silvestrismo en la nación, tal como se veía reflejado a
todo volumen a lo largo de la pavimentada calle dieciséis.
De la noche a la mañana, Agamenón Cervantes sintió
la necesidad de un cambio inmediato. La sensación de que en cualquier momento
volvería a encontrarse con Alexandra Pitre en esa calle, lo llevó a la
conclusión de que seguía condenado a recordarla aun sin pensarla. Sentía que se
ahogaba de calor en aquel cuarto en el nuevo semestre del año, como si se
encontrara en la región más baja del infierno. El techo que tenía encima era de
eternit, algo que producía bastante fogaje durante el día, mientras que en la
tarde llovía de forma tan turbulenta, que desvanecía la noción de que todo eso
hubiera sucedido en un mismo día. El invierno entrante le decía que la
temporada era señal del nuevo comienzo en su vida, de manera que tomó la
determinación de mudarse en una ocasión por la noche. A la hora de hacer el
pequeño trasteo, contó con la ayuda de su amigo El Negro, alguien que siempre
estaba disponible para él. Éste se había convertido en uno de sus mejores
amigos, y lo seguiría comprobando después de marcharse.
La casa de Eufemia García estaba situada en la calle
catorce, al lado de una esquina. Era de fachada rosada y morada con una terraza
cómoda para sentarse, desde cuya calle pavimentada se alcanzaba a ver la
Avenida de los Estudiantes, que estaba antes del estadio Calancala. Era una
anciana prima lejana de su madre, que vestía siempre de luto y estaba a punto
de cumplir sus primeros noventa años de edad. Fue a su casa donde el muchacho
se mudó, teniendo en cuenta que era respaldado por la familiaridad. Según la
gente, enterada de que él se iba a mudar para uno de esos cuartos al interior
del patio, le lengua de Eufemia García castigaba hasta a los duendes que le
escondían las chancletas y los cigarrillos bajo la cama, y a los malos
espíritus que le recordaban la muerte. Era una fama más vieja que ella misma,
nacida desde su calle hasta La Pajará, e incluso era respetada todavía en la
población de Treinta. Por costumbre se sentaba un rato en la terraza de la
calle para respirar mejor, donde saludaba a la gente que pasaba pero sólo
cuando la reconocía por la voz.
La noche en que se mudó a su nueva morada, Agamenón
Cervantes sintió el cambio. Era un buen apartaestudio por un costo de ciento
veinte mil pesos mensuales, donde había más comodidad y tenía una sala amplia.
Al fondo de ésta, había un cuarto del mismo tamaño y un estrecho baño interno.
En pocas palabras, era un sitio para estar tranquilo sin que nadie se diera
cuenta de cómo vivía. El patio lleno de sombra, era húmedo y fresco. Tenía
árboles de mango, de guanábana y plantas de rosa lavana, que en principio le
daban un encantamiento de jardín al panorama. En el mismo patio estaba
arrendada otra pieza, cuyos inquilinos no conoció en seguida porque estaban
durmiendo. Era una gente a la que después aprendería a tratar y conocer bien.
En el interior de aquel apartaestudio, Agamenón
Cervantes sintió más libertad consigo mismo. Sentía que esa situación de retiro
era lo que más necesitaba su espíritu, mientras la sensación de paz lo
conectaba mejor con la vida planificada que ansiaba vivir, recibiendo sólo la
visita de El Negro y El Albino que lo invitaban a tomar cervezas.
Éstos aparecían en el momento menos esperado del día, y lo ayudaban a cocinar
en la estufa de gas, para después sentarse a comer en el patio y hablar paja.
Cuando estaba solo y algo aburrido, Agamenón Cervantes encontraba en seguida la
solución. Salía entonces al patio lleno de sombra y aire fresco, y se sentaba
en la puerta junto a Eufemia García que también descansaba en esa parte del
corredor, a un lado de su dormitorio. Se la pasaba fumando cigarrillos Piel
Roja, hablando siempre negruras de alguien, de una hija o del ladrón que se
metía en las noches para robarle las guayabas. Era algo que la caracterizaba
perpetuamente, al igual que la compañía singular que representaba su nieta
Carolina. Agamenón Cervantes entró en confianza con la sabia anciana, por la
forma como ésta hablaba mal de cualquiera sin perder nunca el buen humor.
A raíz de eso, Agamenón Cervantes sintió que era muy
importante quedarse a vivir durante un tiempo en ese apartaestudio. En caso de
que alguien quisiera visitarlo, le bastaba con entrar por el callejón para
encontrarlo, como sucedía con El Negro quien lo acompañaba por horas y
horas, hablando de todo tema y ayudándolo en muchas cosas. Cuando se quedaba
solo y acostado en la cama de madera, encendía el televisor grande. Se la
pasaba viendo canales internacionales, pero por mucho que viera TV Cable sentía
por momentos que su cuerpo necesitaba ejercicio. Se daba cuenta de que tanto
encierro idiota por nada le estaba haciendo daño a su salud, por lo cual a
través del callejón salía a la calle, para respirar un aire puro que le diera
nuevos colores a su imaginación gastada. Se podía dirigir a Cuatro Vías donde
veía a su tío al lado del conocido restaurante El Mondongazo, al negocio de
Jeison Barros o sentarse de más en el puesto de gasolina de Jaco, frente a un
gran parqueadero que servía como garaje de carros particulares. En este lugar
donde llegaban los vehículos buscando combustible encontraba gran entusiasmo,
hablando con Edesnel y otras personas más que paraban de visita, tocando el
tema de política que afectaba al país y el municipio riohachero. En ningún
momento, cuando comenzaban a pasar los estudiantes del Livio y el Liceo
Almirante Padilla por la negra carretera, tenía la intención de encontrarse con
Alexandra Pitre.
En octubre, tuvo la idea de conocer Matitas. Era un
lugar cerca de Tigreras y Choles donde estaba viviendo su amigo Enrique Márquez
Nobles, quien en el pasado trabajó como ayudante de un operador, que manipulaba
la motosierra de su tío José María. Al enterarse de su llegada por boca de
otras personas, se encontró con el amigo visitante en una tienda del diminuto
pueblo. Se lo llevó esa noche en su casa, como si nunca se hubieran dejado de
ver. Entonces trataron de mantener la amistad de siempre, en vista de que nunca
se olvidaba de él, escuchando las canciones doradas de Rafael Orozco. Al mismo
tiempo, se hicieron presentes unos personajes con ganas de tomar chirrinchi al
lado de los chinchorros, lo que aprovechó Agamenón Cervantes para sacarles
información sobre el mítico Juan Pinto.
Al amanecer, sintió un poco de guayabo metido en el
chinchorro donde durmió. Al lado de Enrique Márquez Nobles, que no trabajó ese
día por hacerle compañía, fueron a una finca donde pasaba un buen arroyo,
dándose un baño de recuperación. Se sentía poseído por una fiebre inaudita, y
al calentar el sol se fueron a almorzar en un restaurante apartado y situado al
lado de la carretera, donde pasaban las mulas de carbón del Cerrejón. Le fue
servido un plato corriente con gallina guisada, que recuperó un poco su
fisiología. Después volvieron a la parte central del pueblo, donde ya todos lo
conocían. La gente común aprendió a tratarlo como si fuera un buen amigo,
porque siendo apreciado por aquel campesino de Sahagún, tratarlo bien era una
obligación para sus vecinos. En la tarde se fue a motilar en una casa al
extremo del pueblo, donde unos jóvenes amigos de Enrique Márquez Nobles. En el
momento en que terminaron de pasarle una máquina eléctrica por la cabeza, trató
de conocer más detalles sobre aquella comunidad donde se había criado Juan
Pinto, después de que su padre se trajera a la familia entera de Treinta.
Estuvo al lado de personas que dijeron conocerlo, antes de tener problema con
sus primeros enemigos de apellido Berti en ese pueblo. «La casa donde vivieron,
ya se cayó», le dijeron, señalándola en las afueras donde había desaparecido a
raíz del monte. Agamenón Cervantes sintió nostalgias, al saber que ya no
quedaba siquiera un hermano de Juan Pinto en aquel lugar. Un rato más tarde
hicieron los preparativos, para irse con su compañero a Riohacha. Eran casi las
cuatro y media, cuando junto a Enrique Márquez Nobles y otras personas, tomó
una camioneta en la avenida.
En el trayecto por esa vía, Agamenón Cervantes iba
contento porque llevaba al lado a su viejo amigo. Pasaron por pueblos como
Choles donde unos hombres negros trabajaban en una llantería, y más tarde
vieron parte de Tigreras, antes de desembocar en la reconocida carretera
Troncal del Caribe. La camioneta dobló a la derecha, y de inmediato entraron en
velocidad y pasaron por Perico. En Camarones vieron la entrada en curva, y
estuvo distraído mirando el paisaje de trupios y cactus antes de llegar a su
destino. En el momento en que iban mirando las primeras casas de la ciudad
capital, el cielo se había puesto nublado. Fue como regresar a la única
realidad que tenía, en el buen sentido de la palabra.
En la negra carretera de la calle quince, algo
marcaría de nuevo su vida e interrumpiría la conversación con Enrique Márquez
Nobles. Transcurrían por el frente del supermercado Cumaná debajo del puente
peatonal de cemento que lo conectaba con el Bienestar Familiar, cuando vio
andando por la orilla a una significativa mujer que en seguida lo regresó a sus
orígenes. Caminaba rápido y decidida, con una apariencia de más belleza notoria
e increíble que la última vez que la había visto. El chofer bajó la marcha del
carro ante el semáforo en rojo de la esquina, y el muchacho comprobó en efecto
que era Alexandra Pitre la que estaba en su vida, envuelta en una nube que no
la dejaba pisar el suelo, vestida como cualquier mujer lejana a sus sueños,
pasando por el centro de Cuatro Vías. Por supuesto, era ajena a su curiosidad
sensitiva, sin tener la menor idea de quién le estaba dando más poder femenino
al contemplarla.
Cuando el semáforo se puso en verde ya ella había
ganado distancia, por lo Agamenón Cervantes agudizó la mirada para seguirla
reparando mejor. Su imagen estaba tan transformada, su piel más lozana y
delicada con el rubor de una diosa mediterránea, que parecía una simple ilusión
el hecho de que alguna vez hubiera hablado con ella. Mirándola hasta el estudio
físico, viendo su desarrollo y metamorfosis prematura en tan pocos meses, se
humilló ante la idea de que se hubiera arreglado y maquillado de esa refinada
manera, porque estaba enamorada profundamente de alguien. Se alejó más por la
esquina del restaurante El Reposo y demás locales comerciales de la calle 15,
indiferente con la gente espectadora que se volvía invisible automáticamente
delante del paso de ella. Agamenón Cervantes se esmeró en verla por una última
vez, considerando que iba dentro de un campo seductor donde se sentía un millón
de veces mejor que él. Era la mayor prueba de que aún no había conseguido el
suficiente poder espiritual y material, para llamar la atención de la mujer que
más amaba en el mundo.
Esa tarde al entrar por el patio de Eufemia García
se encerró en su cuarto, con el ánimo apagado. En las cuatro paredes de aquel
lugar, estaba derrumbado y abatido sin querer hablar siquiera con Enrique
Márquez Nobles, quien estaba emocionado de estar nuevamente en Riohacha donde
alguna vez había vivido. En medio de su mutismo inesperado, le pareció que
Alexandra Pitre había caminado de una manera tan selectiva y aristocrática, que
en su nuevo estilo de respirar manifestaba que no se acordaba para nada de él.
La idea de que ella estuviera viviendo su vida como si nunca lo hubiera
conocido a sus diecisiete años, lo sumió en el anonimato de los anonimatos. Fue
por eso que con más furia leónica que antes, aquella perturbadora imagen de
perfección lo impulsó a tratar de ser con apresuramiento el hombre poderoso que
pretendía ser. Se sintió mal de verdad con la revelación, como si ese logro
supremo fuera lo único que ella esperaba de alguien humilde como él. Estaba
lejos de saber –por supuesto-, que esa tarde acababa de ver la última imagen de
Alexandra Pitre en unos años.
En el curso de la noche, estuvo en un rincón del
patio hablando con su amigo Enrique Márquez Nobles sobre las cosas difíciles de
la vida. Cualquier tema tuvo relevancia en la conversación, como el de la
carencia de la gente humilde. Les parecía que era casi imposible salir de
aquello, por lo que no había más solución que aceptar la esclavitud cotidiana
del trabajo. En ningún momento, su interlocutor le escuchó decir algo sobre su
amor platónico y ya poco adolescente, aunque estaba al tanto del antiguo sueño
de Agamenón Cervantes de ser igual a los marimberos. Éste persistía con la idea
de que en algún momento su vida iba a cambiar con asombro, aunque no se atrevía
a dar el primer paso en la práctica por puro miedo. «Seré alguien en la vida»,
apuntó de todas maneras. En verdad, ni él mismo tenía la menor idea de cómo su
vida se transformaría en esos días.
En la piel percibía que octubre era un mes que lo
inspiraba, como ninguna temporada del año. Era una sensación que toda la vida
lo envolvía, admirado de los continuos aguaceros que causaban desastres pero a
él satisfacción espiritual, porque le gustaba sentarse en la puerta y ver llover
en el patio, como si ya fuera un anciano. El aire fresco que invadía el cuarto
al anochecer, le dio una fuente de armonía para ordenar todos sus recursos
mentales e ideas astrales, y comprobar en carne propia que por fin estaba
sufriendo la metamorfosis psicológica e imprescindible que necesitaba tener.
Era como si paulatinamente en el retiro deseado, hubiera encontrado el
fundamento que necesitaba su vida para ponerse en acción. La única manera de
salir adelante con aquel sueño donde se metía, no cuando cerraba los ojos con
cansancio sino cuando escuchaba la música que lo anestesiaba contra el amor,
era introducirse en un espejismo que al alcanzarlo sí se volvía materia: el
narcotráfico. Se trataba de un fenómeno social que le había cambiado la vida a mucha
gente en su país desde hacía décadas, aunque algunos no habían vivido lo
suficiente para contarle a los demás cómo hicieron tanta plata. Era consciente
de que no tenía la menor idea de cómo era este universo amenazador y plenamente
ajeno para él, pero había escuchado tantas cosas sobre la bonanza marimbera
desde su juventud, que se sentía seguro de hablar con un actual capo de la
cocaína sin tanto perendengue.
En una ocasión, salió temprano en la mañana por el
callejón de la casa de Eufemia García en plena calle catorce, con la intención
de ir a donde alguien adinerado del que se hablaba sin parar. Cuando iba
pasando por la pequeña tienda situada al lado de la salida estrecha, saludando
a El Vecino que siempre estaba sentado vigilando a los clientes,
no tenía la menor idea de cómo haría para ver en seguida al hombre que buscaba,
por tratarse de un narco millonario. Era un mafioso de los que más se parecían
a la propia palabra, un personaje de aspecto parecido y bien querido que las
veinticuatro horas del día vestía de blanco, manifestando así mejor su
personalidad para admiración de las más vanidosas mujeres. Al parecer, este
hombre tenía tantos guardaespaldas a su alrededor, que era más fácil que éstos
lo abandonaran por aburrición a que lo mataran sus enemigos. Sin restarle
importancia a eso, Agamenón Cervantes siguió sin mirar atrás cuando cruzó la
esquina donde estaba una casa grande, e iba avanzando por una carrera arenosa
buscando el centro de la ciudad, argumentándose por dentro que en caso de que le
pasara algo malo en el intento, al menos se habría demostrado a sí mismo lo que
era capaz de hacer por la pasión maldita de Alexandra Pitre. Era la única
elección que tenía de entrar en ese cosmos hasta entonces desconocido para él,
que le abriría algún día las puertas del mundo entero.
Siguió bajando en esa carrera, pasando por la 14 A.
Pasó una calle catorce más en el recorrido y dobló a la izquierda,
encontrándose así con el panorama del parque Simón Bolívar, en la pavimentada
calle trece. En uno de estos bancos estaba sentado en pantaloneta su amigo
Juancho Cuento, a quien saludó con familiaridad cuando lo vio fumando.
Se mantuvo en ese ritmo por la misma carrera, hasta ver la entrada de urgencia
del hospital Nuestra Señora de los Remedios. Sin abandonar los pasos en este
ambiente donde estaban unas farmacias, siguió algo sereno en su sendero. Al
pasar unas calles y desembocar así en la Calle Ancha, se dio cuenta de que en
ambas aceras había carros con fachadas de lujo. En vista de eso, y de unos carros
majestuosos andando por la famosa calle, se contagió más las luces de la
galaxia de aquel personaje donde apenas penetraba. Era claro que bastante gente
en la sociedad lo reconocía al verlo en cualquier terraza, mientras que él se
encontraba en una situación contraria: de haber tenido al individuo al lado,
quizás le hubiera preguntado dónde podía encontrar a fulano de tal. Sin perder
la autoestima continuó avanzando con ánimo, cruzando después a mano izquierda,
donde estaba una licorería cerca del cementerio principal frente a la carrera
que llevaba al mar. Se encaminó más hacia el centro de la ciudad, sintiendo
cada vez más una energía positiva en su mente.
La casa de Héctor Pugliese quedaba frente al parque
Almirante Padilla y al lado derecho del teatro Aurora, en el mejor lugar de la
ciudad. La fachada era sencilla, inspiraba tranquilidad en su pintura exterior,
y tenía dos plantas. Tenía una ventana grande en la parte superior que robaba
la atención desde lejos, y era casi una obligación mirarla para cada transeúnte
que pasaba por la calle cuarta. Nadie tenía la oportunidad de entrar comúnmente
por esa puerta, pero algunas personas que se dieron el lujo de estar un rato en
la sala, juraban que al interior de ésta había adornos más maravillosos que el
mismo oro. En medio de todo, estaba respaldada por mucha seguridad tanto en la
parte de adentro como en la propia terraza, siendo aquel un modesto palacio que
el capo compartía con su mujer Elizabeth Gnecco. Eran más de cuatro hombres
permanentes en la parte de afuera, pendientes de cada movimiento de la gente,
de la prisa que llevaban, e incluso cuando aumentaba la brisa del mar, sentían
que eso era una codificada señal de la naturaleza y se ponían en guardia.
Se repartían en partes por la calle, a la
expectativa de todo movimiento desde el teatro Aurora. Unos dos se paraban
afuera de una heladería, y en plena entrada del antiguo teatro sellado, donde
había una chaza de cigarrillos y dulces, pendientes del estado de ánimo de cada
transeúnte que pasaba cerca. Si alguien iba caminando y miraba más de lo normal
aquella mansión porque le gustaba, todos se ponían de acuerdo en la acera del
parque Almirante Padilla para darse cuenta de qué estaba pensando. En caso de
que un carro particular quisiera estacionarse cerca de la casa de dos plantas,
no le era permitido hacerlo a excepción de si se trataba de un amigo íntimo de
Héctor Pugliese. La pasaban en alerta, en insomnio, sin tener un reloj en la
mano para que nadie los distrajera preguntándoles la hora. Era la mejor muestra
de una buena seguridad, teniendo en cuenta que era un lugar bastante transitado
por tratarse del centro de la ciudad.
Agamenón Cervantes se presentó en esa ocasión, con
la intención de dirigirse a uno de ellos. Era un hombre moreno que tenía una
escopeta 12 niquelada sobre la espalda, dando vueltas por el ámbito de la
calle. Se dio cuenta de inmediato de su presencia que no disimulaba la
curiosidad, poniéndose en alarma. De manera que cuando lo vio acercarse como un
inocente, lo mantuvo parado a la prudente distancia de un metro. Sintiéndose
tranquilo y lleno de fe, el muchacho lo enfrentó en la cara.
-Quiero conocer a Héctor Pugliese –dijo.
El primer vigilante no entendió su mensaje, por lo
que perdió la compostura inicial. Era normal que algún desconocido se acercara
para decirle cualquier cosa, pero no mencionaba siquiera el apellido Pugliese
por inevitable temor. Con un instinto de protección miró alrededor suyo, para
cerciorarse de que nadie oculto lo estaba respaldando. Únicamente pasaba la
gente distraída, señores con otro horizonte establecido, mujeres con carteras y
bolsas de compra que nada tenían que ver con él. Lleno de clara desconfianza, el
vigilante le preguntó:
-¿Para qué?
-Para ser guardaespaldas suyo.
Se quedó observándolo en la cara, sin entender. En
ninguna ocasión pasada de su vida, alguien se había presentado secamente en ese
espacio con semejante petición.
-Él no recibe guardaespaldas así –le aclaró.
Los demás escoltas próximos se enteraron de la rara
plática que mantenía el compañero con el desconocido, en estado de alerta. Les
parecía algo fuera de lo común, que un personaje como él aparentemente
inofensivo, hiciera perder un rato a un miembro de ellos que ya revelaba
desconfianza. Con profesionalismo creyeron que aquello era una estrategia
peculiar del enemigo para distraerlos mientras otras personas iban a atacar,
como si ese individuo se tratara de una bomba humana. Más de uno comenzó a
hablar en radio con el compañero cercano, para ponerse en posición ante la
novedad del desconocido. En pocos segundos, hasta los vigilantes que estaban
afuera de la catedral Nuestra Señora de los Remedios a mano derecha, sabían
sobre la presencia de aquel extraño personaje.
Por su parte, Agamenón Cervantes seguía dialogando
tranquilo con el primer vigilante. Le aseguró que sólo quería hablar un momento
con Héctor Pugliese, para pedirle en persona una ayuda. El interlocutor armado
le aclaró que ésa no era la mejor manera para hacer tal petición, además de
darle a entender que su vida estaba corriendo peligro. Con algo de
inteligencia, le dijo que el patrón no se encontraba allá adentro. «Está en
Santa Marta», afirmó, cambiando con eso la cara del muchacho. En esos
instantes, estaba sucediendo algo. Los demás escoltas se acercaron prestos a la
reunión, para darle apoyo y protección al primer vigilante. Sólo entonces
vieron de más cerca al joven dibullero, desde un buen ángulo para dispararle a
quemarropa si lo exigía el caso. Les pareció alguien manso que no representaba
ninguna amenaza, pero no se fiaron de las engañosas apariencias. En su
interior, Agamenón Cervantes era consciente de ese primer problema que se
interponía entre su sueño y la búsqueda del objetivo real, pero no se rindió al
intuir que le estaban diciendo mentira sobre la presencia del capo. Así que muy
bien rodeado, tenía mejor estado de ánimo y aire para respirar que los demás.
-Lo puedo esperar –dijo.
Los hombres se quedaron mirándolo con cólera dura,
por lo que trataron de mantenerlo lejos de la terraza de la casa. Agamenón
Cervantes sintió el peso de lo que pensaban sus mentes, y se alejó al parque
donde se veía la estatua caballerosa del almirante José Prudencio Padilla, un
poco avergonzado de su ambiciosa pretensión. Se sentó en un muro de ese parque
bajo el sol caliente, con la conciencia cansada. Era una experiencia que no
esperaba vivir, que lo comenzaba a desplomar de inmediato.
En la sala de aquella mansión, se encontraba Héctor
Pugliese en persona. Tenía puesta una bata azul clara y estaba sentado en uno
de los muebles, con la elegancia de un emperador romano. Su apariencia fuerte y
masculina era la de alguien fuera de serie, gente de buena clase, que casi no
tenía necesidad de dormir en la vida para obtener eso que los demás soñaban. En
las cuatro paredes que lo rodeaban había cuadros de varios estilos y de todos
los tiempos, pero llamaba la atención un original de Monet. El aire que
respiraba cargaba tranquilidad, como si ésta dependiera de cada paso paciente
del reloj de péndulo. Al lado derecho de los muebles estaba una pecera
grandiosa, con corales artificiales y luz fosforescente, donde había peces de
invariables colores navegando sin parar, algunos tan grandes y otros tan
diminutos, que estos últimos sólo parecían hacer parte del pensamiento de los
más voluminosos cuando pasaban delante de sus ojos estables. En otra parte del
ámbito había floreros, cristales, muchos adornos de cerámica china, pero sobre
todo objetos de porcelana brillante.
Resultaba imposible conocer a alguien más singular
que aquel hombre de aspecto blanco. Parecía vivir mejor cuando estaba en el
hondo silencio, y era de aquellos seres humanos que nadie sabe en qué piensa
hasta que no lo expresa. Era una conducta particular que lo distinguía de los
demás mortales, dejando en claro que la serenidad tangible en que vivía, era
por haber tenido un fabuloso sueño que al despertar le duraba más. Estaba
rodeado de tanta armonía amiga delante de todos esos suntuosos muebles, los
estupendos adornos, la alfombra de origen oriental y la lámpara de cristales
venecianos encima suyo, que parecía mentira que en algún momento de su vida
hubiera tenido la necesidad de lavar dólares. Era el narco número uno de Riohacha
en toda la historia.
Sin quererlo, notó que dos de sus escoltas estaban
algo turbados. Eran los del cuerpo de seguridad, que cuidaban en la parte de
adentro dirigidos por el lugarteniente. Se movían de un lado para otro en la
sala, en el corredor, cerca de la cocina, con un radio en mano. En ese proceso
escuchaban la información proveniente de afuera, la estudiaban y entonces
mandaban mensajes desde la parte de adentro. Era como si en la calle se
estuviera desarrollado un problema, y evitaban hablar duro para que el patrón
no se sintiera molestado. Héctor Pugliese se fijó en esa alarma, dejando de
pensar en las blancas playas de Aruba donde había estado de vacaciones una
semana antes. Se dirigió exclusivamente a uno de ellos, indagando qué carajos
pasaba. «Hay alguien allá afuera, preguntando por usted», le dijeron.
Héctor Pugliese no entendió. En seguida averiguó
cuál era la razón para que alguien que no conocía estuviera preguntando por él.
-Dice que sólo quiere ser guardaespaldas suyo.
La aclaración dejó al narco riohachero pensativo,
claro está. En ningún instante de su larga vida, alguien se le había presentado
en la puerta pidiéndole trabajo de esa forma y menos a esas alturas, por lo
cual tuvo un minuto de desconfianza. Si alguien quería trabajar con él, bastaba
con que buscara empleo en cualquier tienda, en un restaurante, en cierta
ferretería y en alguno de los supermercados de la ciudad, que estaban a nombre
de sus testaferros, para quedar satisfecho. Durante un instante, quiso
interpretar si esa novedad era una señal de la Divina Providencia o sólo un
frágil accidente de rutina. La idea lo dejó abstraído por encima de su razón,
por lo que pensó en tener más detalles serios de aquel personaje. Le preguntó a
uno de sus hombres si ya lo habían requisado, y le contestaron que sí. Héctor
Pugliese ya tenía tomada una decisión.
-Bueno, déjenlo pasar -autorizó.
Un minuto después Agamenón Cervantes apareció en su
puerta, sin creer que aquello le estaba pasando en la vida real. Al ingresar en
la sala acompañado de dos hombres armados, le pareció que estaba entrando en un
lugar fantástico de la vida donde la gente soñaba mejor que cuando estaba
durmiendo. Se dio cuenta de que había muchos más hombres allí dentro,
examinándolo con desconfianza letal. Naturalmente sintió un poco de temor, por
la tardía sensación de que de pronto habían estado esperado que entrara a ese
sitio, para someterlo a una oculta tortura y arrancarle una información clara,
que permitiera establecer qué clase de enemigo lo había mandado. Sólo que la
presencia magnética de Héctor Pugliese en bata de estar en casa, le devolvió la
calma. Lo reconoció por el cabello negro, la cara de actor italiano
neorrealista y los ojos verdes que apenas conocía, pero de los cuales las
mujeres hablaban tanto como de su dinero. Con respeto y educación se acercó al
mueble principal donde estaba sentado el narco, consciente de que los demás
estaban mirándolo, pendientes de que no cometiera ninguna locura. Mientras
tanto, Héctor Pugliese lo estudiaba de manera inteligente, antes de donarle
parte de su energía positiva al estrecharle la mano derecha. Le pareció que no
era alguien que representaba alguna amenaza como sentían los demás, aunque sí
tenía apariencia de haber perdido todos los sentidos, por lo que estuvo en
silencio esperando que él mismo hablara.
-Quiero trabajar con usted –le dijo el muchacho.
Héctor Pugliese estaba esperando esa oportunidad,
para formularle una pregunta.
-¿Cuál es la razón?
-Es que lo admiro mucho.
Héctor Pugliese entendió menos su personalidad
inesperada. Era claro que aquel muchacho se había equivocado de hombre al tener
esa intención, aunque reconocía que el ochenta por ciento de las personas que
estaban con él lo consideraban un mito viviente. Admitió que era otro fanático
más de los que lo idolatraban, un hecho que no tenía registro anterior en la
historia de Riohacha. Era un suceso con el que había aprendido a convivir, que
hacía parte de su entorno familiar y sobre todo callejero. Pensando como narco
que era a fin de cuentas, le pareció que era más fácil deshacerse criminalmente
de él que hacer algo bueno por él. Entonces lo miró con más intensidad que
antes, como a un subalterno, y aceptó que estaba ante alguien sin madurar para
quien casi no tenía sentido existir: al igual que la mayoría de los escoltas
que llegaban a su vida.
3
En menos de lo que esperaba, Agamenón Cervantes
comenzó a ser un guardaespaldas. Era del cuerpo de seguridad en la segunda
Toyota Prado que iba al lado de la camioneta oficial del narco, porque pasarían
algunos meses antes de que se sentara cerca de Héctor Pugliese, cuando tuviera
mejor manejo con el revólver calibre 38 que le entregaron. En un principio le
daba miedo tenerlo encima, porque le estorbaba más dentro del pantalón que las
ganas de orinar. Sentía que además de pesado era muy frío, y le pareció que
nunca sería capaz de dispararlo en caso de que se presentara un problema.
Después con el transcurrir de los días, se fue acostumbrando tanto a su peso y
al poder oculto que le daba, que sólo parecía otro miembro más de su cuerpo.
Sus compañeros eran personas que habían nacido en el
mundo primero que él. Estaban despiertos a cada momento, siendo sagaces,
perspicaces, y eran tan desconfiados de la sociedad en general, que al comienzo
no querían aceptar al nuevo compañero. Éste necesitó bastante rato en el trajín
diario, antes de empezar a recibir confianza de los demás. Era consciente de
que tenía que aprender lo suficiente de ellos para mejorar como persona, pero
para conocerlos como deseaba primero le tocó dejarse conocer en profundidad a
sí mismo. Entonces se veía más cerca de aquellos que tuvieran su edad, porque
le trasmitían más entendimiento y mostraban su poco accesible lado humano. Se
hicieron buenos amigos, identificándose intencionalmente cuando el carro
andaba. Sin embargo, se volvió a sentir distante de todos cuando se enteró de
que ya muchos habían matado a su primera víctima, antes de prestarle servicio a
Héctor Pugliese.
Se dio cuenta de que la mayoría de ellos, habían
hecho parte del grupo paramilitar de extrema derecha de la Sierra Nevada. Antes
de que eso sucediera y tomaran rebeldemente las armas, fueron reclutados en los
parajes y pueblos circunvecinos de la región, por voluntad propia. En los
campamentos montunos donde llegaron aprendieron de todo, desde dormir en
cualquier lugar del monte donde los sorprendiera la noche, matar serpientes
venenosas, fumar marihuana contra las pesadillas, pelear consigo mismos para
conocerse mejor, hasta enamorarse de la tenebrosa oscuridad donde actuaban
mejor que a la luz del día. En innumerables ocasiones les había tocado
enfrentarse con ejércitos de la guerrilla, en cuya rencorosa conflagración hubo
bajas de ambos lados. Ésa parecía ser la verdadera razón para que los hubieran
tenido en cuenta como guardaespaldas, por sus congénitos sentidos de supervivencia
y el manejo ágil con el arma. Eran seres humanos que se identificaban mejor
cuando formaban un grupo que cuando estaban solos, y alguna persona gentil que
se acercara con anticipada sombra bajo los pies les inspiraba recelo. De manera
que desde que estaban al lado de Héctor Pugliese, sentían que la vida era mucho
más tranquila. Era alguien claramente carismático, que hasta el momento no
sufría ningún atentado.
Agamenón Cervantes tenía en cuenta que deseaba ser
uno de los guardaespaldas más substanciales, para ganarse la aprobación de los
demás. En vista de que le sobraban las ganas pero le faltaba la usanza, avanzó
con consideración cuando el resto sintió que se preocupaba más por la seguridad
del capo que por la amistad de ellos. Fue ante esa actitud insospechada,
inesperada, que le tomaron cariño, se acercaron más a él, quien a la vez les
escuchó inhumanamente cuál era la única verdad de un escolta: su objetivo
fundamental no era matar a alguien por autorización del narco que los
acompañaba, sino servirle como carne antibalas. Tenían que estar alertas de
cualquier movimiento extraño, y en caso de que se presentara un atentado contra
Héctor Pugliese, tendrían que adelantarse y protegerlo con sus propios cuerpos
para asegurar su vida. «Hace parte del contrato, compadre», le recordaban. Eran
personas introducidas en aquel medio desde antes de lo que cualquiera podía
imaginar, por lo que le tenían más miedo al desempleo que a la misma muerte.
Estaban entrenados para afrontar la peor emboscada y adversa balacera que se
pudiera presentar, y cuando Agamenón Cervantes veía las armas activas que
poseían, desde granadas, pistolas, revólveres, escopetas guacharacas,
metralleta R-15 y la letal Galil, sentía más terror delante de eso que de los
enemigos intangibles. Le alarmaba todo lo que descubría consecutivamente,
sentía el peso mayúsculo y desconsolador de la profesión peligrosa en que había
ingresado, pero se había enterado de tantas evidencias oculares y había
aprendido tanto sobre el arte de matar y de los lugares clandestinos donde se
despachaba cocaína al extranjero, que retirarse a esas alturas era firmar su
propia sentencia de muerte.
Simultáneamente, sus compañeros le referían más
detalles sobre Héctor Pugliese que lo ayudaban a hacerse una mejor imagen de su
personalidad. Le decían que era un personaje muy astuto e inteligente, que se
la pasaba muchas horas en silencio porque a cada segundo necesitaba estar
concentrado. Estaba pendiente del detalle más mínimo de su empresa de
alucinógenos, porque no paraba de mandar embarques enormes a Estados Unidos. En
ningún momento, Agamenón Cervantes se dio cuenta de cómo se realizaban esos
embarques de droga aunque reconocía el territorio eventual, porque el capo se
la pasaba bastante en Riohacha y todo lo dirigía como un técnico desde el
teléfono. Estaba pendiente de cualquier circunstancia, de la lancha que salió
veloz de la Boca de Camarones rumbo a Jamaica, de la avioneta que se abastecía
de gasolina en las Bahamas antes de seguir de largo en el aire hacia los Cayos
de la Florida, del contacto cubano con quien había establecido un buen canal de
recibo, de la caleta de dinero que tenía en un barrio de Santa Marta y que
había sido tomada por las autoridades, sin tener en cuenta quién era su dueño.
De todas las armas conocidas, el muchacho supo en seguida que el celular era la
más auténtica de un narco.
Era normal que sus colegas le hablaran de su amistad
con los demás capos. En este tema Agamenón Cervantes era un buen receptor,
porque alimentándose de ese dato conocía mejor parte del cosmos mayor en que se
desenvolvía Héctor Pugliese. En todas partes de la ciudad, era común que lo
llamara alguien como Duncan Jr., el hijo mayor del hombre más rico que
dejó la bonanza marimbera. Este último
era un individuo de dimensiones mitológicas, que también hacía parte de la
historia regional, y cuando hablaban del formidable negocio de la marihuana
nunca faltaba ese nombre referente. En el presente, su hijo gozaba de gran
admiración en el comercio de la coca, a lo largo y ancho de La Guajira. La
sincera amistad con él, catapultó a la cima a Héctor Pugliese cuando apenas era
un muchacho de veintiséis años de edad recién regresado de Estados Unidos,
donde había abandonado los estudios de medicina en la Universidad de Columbia,
para cumplir con la demanda de coca a unos socios sicilianos. En todo caso,
eran dos personas que asiduamente mantenían la comunicación, aunque no hicieran
negocios.
La mayoría de los narcos locales eran amigos suyos,
como el conocido Sony Ocampo. Era una persona que alguna vez trabajó con
el contrabando de electrodomésticos, y había traído tantos equipos de sonido
con esa marca desde Maicao, que quedó bautizado con ese sobrenombre. Su fama
también era alimentada por el hábito de escuchar música a todo volumen en el
barrio El Faro, donde vivía con su mujer e hijos, recibiendo buena
consideración de sus amigos. En varios casos, Héctor Pugliese contaba con
excelentes amistades en el círculo de la mafia, como sucedía con Eudes Curvelo
y Henry Salchar. Éste era un hombre nacido y criado en Dibulla, aunque Agamenón
Cervantes nunca tuvo la oportunidad de conocerlo en aquel pueblo. Eder Bernier
era un narco dueño de altísimo poder, a quien pudo reconocer como alguien
sencillo en persona. En incontables ocasiones fueron a su casa cerca del barrio
El Tatual, y los escoltas se quedaban en la terraza mientras el jefe narco
estaba de visita. Cuando se acababa la reunión en la sala y la gente empezaba a
salir, Agamenón Cervantes se quedaba entonces en absoluto silencio: miraba cuando
Héctor Pugliese salía acompañado de este amigable sujeto. Al reconocerlo
agudizaba tanto la mirada, que Eder Bernier se habituó a saludar al joven nada
más con pestañear.
Santo Pinedo era un narco sumamente poderoso, que
vivía en la ciudad de Santa Marta. Era dueño de un cabello liso y bastante
canoso, de unos ojos azules como el cielo despejado y ostentaba la elegancia de
un monarca de sangre. Era alguien de actitud sabia y buenos consejos ante sus
discípulos asiduos, que le entregaba continua mercancía a Héctor Pugliese para
que éste la despachara desde cualquier puerto al norte de La Guajira. En cuanto
se asomaba por Riohacha en su burbuja azul, la primera persona a quien buscaba
era su mejor alumno Héctor Pugliese. En verdad, aunque establecían una de las
mejores sociedades en el negocio de la droga, los unía más la lealtad. Cada vez
que tenían la oportunidad de estar juntos por varias horas, organizaban
parrandas cerradas y gastaban cajas enteras de Buchanan`s, para celebrar
siempre por esa eterna amistad. En vista de eso, Agamenón Cervantes los
reparaba hasta el estudio penetrante, buscando aprender de sus actos y ademanes
de alteza, que le servirían a él más adelante.
De todas aquellas amistades, uno de los nombres más
escuchados era el de Hermes Hernández alias HH, el legendario jefe
paramilitar que dominaba la zona litoral de la Sierra Nevada de Santa Marta. Se
trataba de un personaje reservado en la sombra y venido del interior del país,
que desde las altas montañas mandaba a un grupo con más de cinco mil hombres
alzados en armas, siendo responsable de la mayoría de droga que salía por el
departamento del Magdalena y de La Guajira. Era alguien que creía en el proceso
de paz adelantado por el gobierno nacional, aunque todavía no pensaba en desmovilizarse
por ser más puntual con sus asuntos terrenales. Su simpatía con Héctor Pugliese
estaba bien definida desde hacía años, dando como resultado que éste fuera uno
de los mejores socios de Hermes Hernández. En varias ocasiones, Héctor Pugliese
sacaba bolsas de coca perteneciente al narcoparamilitar, tanto en las cercanías
de Riohacha como en el municipio costero de Manaure.
De manera que la única forma de que existiera un
plan de ataque contra el capo, seguramente sería del lado de la guerrilla, más
por la amistad que éste mantenía con el narcoparamilitar Hermes Hernández que
porque se hubiera ganado esa hostilidad. Era un grupo insurgente de izquierda,
dueño de un considerable poder en el territorio, tanto militar y económico,
aunque al moverse por el monte era más silencioso y moderado antes de dar paso
a la acción belicosa. En los alrededores de la carretera Troncal del Caribe y
en Riohacha había tanta presencia paramilitar, que cualquier clase de
guerrillas encontraba serio problema si pretendía caminar calmoso por esa
tierra. Héctor Pugliese era alguien tranquilo en ese sentido, que tenía
guardaespaldas al lado sólo para mantener la tradición de la mafia. En su
interior, la única preocupación activa era que sus despachos de droga no se
cayeran en el espacio marítimo. El infinito dinero que todo eso le dejaba, le
abría las puertas de la sociedad entera.
Como era de esperarse, con esa variada información
Agamenón Cervantes fue aprendiendo a ser un escolta de los buenos. En cuanto se
reunía con sus colegas íntimos estaba dispuesto mentalmente para lo que se
presentara, aprendiendo a aferrarse más a su arma de fuego que al aire que
respiraba. Al mismo momento, la compañía de aquellos semejantes le fue
enseñando que no había nada mejor en la vida que estar metido en el próspero
universo de la coca, aunque fuera únicamente como guardaespaldas. Se transformó
por completo en alguien diferente y desconocido por todos, creyendo que tenía
que ser así para crear una barrera invisible. Se retiró de su antiguo estilo de
vida como melómano empedernido y también de sus buenos amigos en Cuatro Vías,
para que nadie corriera alguna amenaza por el simple hecho de conocerlo. Éstos
apenas se dieron cuenta de su cambio general, de la metamorfosis individual que
lo estaba arrastrando a otra vida de corta duración. Si se iba bajando de un
carro y estaba pasando alguien conocido de Dibulla, como le sucedió una vez
cerca del parque de La India, le hacía el favor de mirar hacia otra parte para
no saludarlo.
De ese modo todas las noches una Toyota Prado lo
llevaba hasta el portón de la calle catorce donde se había mudado, a una sola
cuadra de La Pajará. Nadie en esa calle sabía quién era aquel muchacho ni qué
clase de vida llevaba, pero a más de un vecino le llamó la atención que a veces
por las madrugadas se presentara en un sorprendente carro de lujo. Los vecinos
que se sentaban en sus puertas por las tardes, bajaban la voz cuando aparecía
de nuevo aquella camioneta impresionante. Entonces veían que bajaba por la
puerta despidiéndose de sus compañeros y entraba por el callejón sin saludar a
nadie, sabiendo que todos allí estaban pendientes de él. De resto en la soledad
donde estaba sin escuchar música de ninguna clase, no tenía comunicación con
nadie. Cuando le tocaba salir lo hacía de manera prepotente y antisocial,
viendo las caras de las mismas personas sentadas en las terrazas de sus
respectivas casas.
Eufemia García se sentaba casi todo el día en la
puerta que daba al patio, buscando respirar mejor. Simultáneamente, para
estimular la salud y mejorar su estado espiritual, recibía la visita de ciertas
personas. Eran vecinas de esa cuadra y de la otra calle catorce, con quienes
compartía una vieja amistad. En más de una ocasión, cuando estaba en su cuarto,
Agamenón Cervantes sintió que conversaba con esas señoras vestidas de negro, a
quienes ya no les podía echar la suerte por su ceguera. Aún así era frecuentada
por bastante gente, gracias a la clarividencia de su espíritu.
En realidad, era una anciana complicada y temerosa.
En cualquier momento salía de discusión con alguien, dependiendo del estado de
su dolencia física, aunque fuera con una de las hijas que la visitaban. Una vez
se daba cuenta de que alguien no le convenía en su ámbito, cambiaba de repente
el semblante. Se sentaba en la puerta del patio y cuando estaba en compañía de
alguien, se ponía a hablar mal del inquilino cuyos pasos escuchaba avanzar por
allí. En un principio éstos le disimulaban sus ataques ofensivos y la
respetaban por su edad, e incluso tomaban las cosas con humor. Pero cuando la
anciana daba paso a la injuria y grosería injusta, se mudaban en un santiamén.
Con Agamenón Cervantes no fue la excepción, por supuesto. En cuanto se enteró
del inconvencional camino en que andaba metido, se pasaba el día dando vueltas
en un rincón, delirando con posesión débil, diciendo que en aquella casa
rondaban maléficos espíritus. Se sentía profundamente asustada, porque concebía
que eso representaba una sombría amenaza ante su decadente salud. De manera que
cuando alguien la visitaba en ese fresco corredor, a un lado de la puerta que
daba del patio, se sentía con ánimos propicios para desahogarse. En seguida
entablaba el tema del muchacho dibullero, que residía en el primer
apartaestudio del patio.
-Es paraco -murmuraba.
Si alguien le advertía que aquél desde su cuarto con
alguna posibilidad la estaba escuchando, Eufemia García tenía mejor compostura.
Sin preocuparle eso, como si lo estuviera esperando, añadía en voz alta:
-Si yo lo que quiero es que se mude.
Al inicio, Agamenón Cervantes trató de sobrellevarla
de algún modo. Salía y entraba con sigilo por el estrecho callejón
aprovechándose de su ceguera, para no verle la cara con mal humo. De forma que
cuando estaba al fondo del fresco apartaestudio, sólo sentía el ladrido de la anciana
echando vocablos de fuego sobre él. «Me voy a conseguir el teléfono de Nina Luz
en Estados Unidos, para contarle esto», decía ella. Él fingía que no le
interesaba, porque si había perdido contacto con la música, mucho más lo había
hecho con el caldero hirviente de los chismes. En caso de que quisiera
entenderse por la cuestión mensual del arriendo, se acercaba a su nieta
Carolina. Ésta era más tratable y amable con los inquilinos, y decía que no le
prestara atención a su abuela porque estaba enferma. Agamenón Cervantes le hizo
caso por unos días, pero cuando sintió que en verdad Eufemia García podía poner
a su madre al corriente de sus malos pasos, decidió mudarse para otro lugar.
En su interior, Agamenón Cervantes no quería que
nadie supiera que su vida estaba cambiando radicalmente. Sentía que eso era
peligroso para él y los demás, razón por la cual trataba de no dejarse ver de
alguien originario de Dibulla. En este pueblo había mucha gente que de haberse
enterado de su cambio humano, hubiera llamado en seguida a su madre, que
trabajaba como alguien humilde en Estados Unidos. Era algo que no le gustaba
que sucediera, por el recuerdo que ésta le tenía de hijo consentido. En caso de
que estuviera en Cuatro Vías en las horas libres, simulaba ser alguien más en
la vida y no demostraba con quién trabajaba. En cuanto tenía la oportunidad de
hablar con su gran amigo Jeison Barros en su chaza de CD’s fuera del
restaurante El Reposo, no tocaba siquiera el tema del amor, para que nadie
intuyera que era la causa suprema que lo había cambiado.
Por encima de todas las personas particulares, la
sola idea de que algún día su madre se diera cuenta de su nueva condición de
vida, lo tenía hondamente preocupado. Ésta estaba tranquila en Miami, porque
creía que él llevaba una vida sana, al igual que sus demás hijos. En ningún
momento había logrado convencerlo de que se fuera a Barranquilla para que
estudiara como aquéllos, pero ya se había olvidado de eso y lo apoyaba con que
permaneciera en Riohacha, haciendo un curso de informática en el SENA. En
cuanto le sonaba el celular, Agamenón Cervantes respondía con la conciencia
sucia de culpa. Fue así que en una ocasión le contó que estaba trabajando para
alguien que tenía una pesquera junto a la desembocadura del río Ranchería,
refiriéndose a uno de los tantos negocios del capo Héctor Pugliese. Enterada de
eso, Nina Luz estuvo más tranquila, creyendo que ya su hijo se daba para
defender solo en la vida. Ésa era la razón de peso que producía que no lo
llamara con tanta frecuencia como en días anteriores, algo que para él era
mejor, porque así estaría más concentrando en seguir ascendiendo en su empleo.
En el fondo, Agamenón Cervantes sabía que cualquier
día la sociedad entera iba a conocer lo que ejecutaba. Era consciente de que era
una realidad de la cual no podía escapar, porque entre más ganara campo al
interior de ella más permitiría la entrada visual de los curiosos. Su actitud
seria ya levantaba sospechas, por su novedosa costumbre de estar constantemente
apartado y en raro silencio. Era un asunto personal con el que tendría que
aprender a convivir, pero pensaba que más adelante cuando su madre y el resto
de la familia se enteraran en verdad de qué clase de vida tenía, ya sería
alguien de poder inevitable. El narco grande llamado Agamenón Cervantes, que
con tanta cotidiana información se le estaba desarrollando inexorablemente por
dentro.
En ese estilo de vida definido, se fue sintiendo uno
de los mejores hombres. Sin darle importancia al hecho de que no compartía la
misma camioneta con el célebre capo, el diario aprendizaje, su instinto sutil
de intrepidez, le valieron rápidamente la fama de ser alguien que nadie sabía
lo que pensaba ni aunque estuviera diciéndolo. En caso de que le tocara
conversar con los compañeros más curtidos en la profesión, Agamenón Cervantes
hablaba sobre el ancestral miedo a la muerte como un fenómeno natural que hacía
de la vida diaria algo mejor. Era como si hubiera entendido que la muerte de un
guardaespaldas, convive regularmente con él en el menos esperado de sus
bolsillos. La idea de matar a alguien en una cercana oportunidad lo tenía sin
cuidado, porque de tanto escuchar hablar a sus compañeros sobre la práctica
homicida, ya tenía la impresión de que él también había pasado por esa fría
experiencia, sintiendo el olor de la sangre espesa. Sentía con conciencia que
ese puesto se lo había ganado, como si de prueba registrara cicatrices mortales
en la carne.
En ningún instante perdió la esperanza de ser gran
amigo personal de Héctor Pugliese, a pesar de permanecer separados por las
diferentes camionetas. Éste siempre estaba en silencio, apartado de los demás,
y daba la sensación de que sólo gastaba palabras cuando estaba en compañía de
otro narco. En cuanto llegaban a algún lugar de la ciudad, Agamenón Cervantes
se acercaba lo más posible para estar al lado de él, y aprender de su argot
mafioso. Era una experiencia fuera de serie, en la que aprendía del mínimo
gesto, para ir creando su propio estilo teatral en el futuro. Como nada más era
un guardaespaldas del montón, sintió que entablar un tema con él era algo
etéreamente restringido, y aceptó la realidad de su condición: como mucho sólo
podía dirigírsele para darle los buenos días. Héctor Pugliese le contestaba
entonces todas las mañanas, con más frecuencia que a los demás. Fue por eso que
Agamenón Cervantes deseó que al narco se le dañara el reloj, para que éste le
preguntara la hora en el suyo, pero Héctor Pugliese era tan diligente desde que
amanecía que parecía marcar el ritmo consecutivo de su reloj de oro en la mano
derecha.
Simultáneamente, el capo riohachero cambió su
actitud hacia él. En efecto, se había dado cuenta de que era uno de los
muchachos que más andaba pendiente de la mínima prisa suya, y por ratos era tan
pegado a su humanidad que lo confundía con su propia sombra. Era una sensación
que le transmitía seguridad, confianza, sin sospechar que Agamenón Cervantes se
le acercaba más para aprender manías suyas que queriendo protegerlo. En vista
de eso, sin que Héctor Pugliese se explicara el porqué, le fue cayendo bien. Le
comenzó a dirigir la palabra más que antes, y Agamenón Cervantes se le acercaba
astuto para satisfacerlo. Éste se hizo más presente a su lado, mientras el
narco notaba que su temperatura anatómica daba un mejor clima durante el día.
Fue por eso que Héctor Pugliese decidió que había llegado la hora de tenerlo en
su misma camioneta, donde se montaba con los mejores guardaespaldas, porque de
seguro había aprendido lo adecuado en su función andando con los miembros de la
otra Toyota Prado. En una ocasión en que salieron de un restaurante, y Agamenón
Cervantes se iba a montar en la segunda camioneta, Héctor Pugliese lo jaló del
brazo.
-Ven acá -le dijo.
Sin pensarlo tanto, el muchacho se subió por primera
vez en aquella Toyota Prado color rojo y plateado, que tenía todas las
condiciones y comodidades para recibir a Su Majestad. Se sentó en la parte de
atrás, al lado de unos escoltas serios con quienes tenía menos amistad. Supo
que entre éstos faltaba uno, entendiendo al tiro la razón por la que el narco
lo había tenido en cuenta. Un instante después se embarcó Héctor Pugliese al
lado del conductor, con su elegancia de rey sin corona. Le recordó al chofer su
propósito de hacer un nuevo mandado a un barrio apartado de Riohacha, recorrido
rutinario que el muchacho dibullero guardó para la historia.
Más adelante, cuando cayó en cuenta de que se
convertiría en un guardaespaldas cercano a Héctor Pugliese, tuvo un momento de
duda. En ningún momento de su vida había enfrentado algo peligroso ni disparado
contra nadie, como para merecer ese afortunado puesto. Sostenía que la única
manera como podía salvar de un atentado a Héctor Pugliese no era por su
destreza con el arma de fuego, sino adelantándose con su propio pecho abierto a
los proyectiles que buscaban acabarle la vida. Era lo único que le garantizaba
haber sido un buen guardaespaldas, aunque fuera un punto más que se ganaba
después de muerto. Sin embargo, no tenía palabras para expresar la locura
disparada al interior de su alma. Estar las veinticuatro horas del día al lado
del capo riohachero, se había vuelto una enérgica obsesión, semejante a cuando
estuvo enamorado de la bella muchacha de Hatonuevo.
De esa manera afortunada, fue aprendiendo todo lo
que tenía que conocer del ser humano Héctor Pugliese. Estar tan próximo a su
mundo casi íntimo, le permitía analizar su aire inteligente para después
emularlo como un actor de academia en la soledad. De resto, también tenía la
oportunidad de escucharlo hablar por teléfono. En la mayoría de las
situaciones, respondía al llamado de personas importantes en Santa Marta como
Santo Pinedo. Entonces aprendía bastante de él, e incluso cuando hacía un
comentario sobre las mujeres. Éstas eran amantes de paso, entretenimientos
secretos, asiduas en su celular, aunque cuando les atendía las llamadas
prefería no llamarlas por sus nombres. Al contrario de lo esperado, Agamenón
Cervantes no buscó su amistad interna tan rápido, porque disfrutaba tanto
estudiando a Héctor Pugliese en el lado exterior, que hacerse su buen amigo con
anticipo sería interrumpir ese esencial proceso de aprendizaje. En cambio,
aquél comenzó a dirigirse habitualmente a Agamenón Cervantes de modo común, sin
entender cuáles eran las intenciones de éste para asimilar al cien por ciento las
actitudes de un millonario narco, más perseguido por el amor de las mujeres que
por la justicia de su país.
Con el transcurso de las semanas había aprendido
tanto de Héctor Pugliese, que reconoció ser alguien más cercano a él que todos
los que andaban a su lado sin asimilar su alma. Se había dado cuenta de que
cualquier capo, por lo general le tiene más miedo a la pobreza que a la muerte.
Su amistad con las autoridades estaba bien establecida, instituida, y cuando se
reunían con ellas lo hacía de una forma tan diplomática, que los corruptos sólo
parecían ser los comandantes de la policía. Éstos estaban siempre de su lado,
por lo que Agamenón Cervantes intuyó que debían recibir una considerable tajada
de dinero, de la mano del capo riohachero. De otra parte, el muchacho había
conocido otro crucial secreto. Tener carisma es una de las bases más
trascendentales de un narco para conseguir dinero, poder y mujeres.
Sin que los demás lo notaran, poco a poco se fue
sintiendo un ser importante en este planeta. Estar metido en el mismo sueño
desde que despertaba, lo mantenía en persistente alimentación de la naturaleza
que lo rodeaba. El silencio sabio del narco, su inteligencia que manifestaba
autoridad en la vida y su estilo transigente, eran tan importante para ponerlo
rápido en práctica como acumular por sí solo abundante dinero producto del
narcotráfico. En ninguna situación observó que éste hacía gala de su dinero, ni
hablaba nada en absoluto de él. Por el contrario, no veía inconveniente en
pedirle prestado un billete de cinco mil pesos a uno de sus guardaespaldas,
para tomarse una gaseosa en la tienda más cercana. Era alguien a quien todas
las personas admiraban, por su sencillez congénita. En ese sentido, trataba a
cualquier gente sin importar su clase y estrato. De manera que cuando veía todo
eso, tomando apuntes y notas mentales de aquel personaje poco común, el
muchacho se preguntaba cómo pudo perder tanto tiempo detrás de una mujer de
diecisiete años llamada Alexandra Pitre, existiendo paralelamente en la tierra
alguien tan querido como Héctor Pugliese.
Su interés de formación se fue desviando hacia el
chofer, que manejaba aquella majestuosa Toyota Prado color rojo y plateado.
Mientras los demás guardaespaldas se la pasaban mirando por las ventanas para
mantener la seguridad de Héctor Pugliese, el muchacho dibullero comenzó a
analizar el manejo del timón, y el manipulable aparato de cambio, por parte del
conductor. Era un hombre trigueño que conducía con convencimiento, que conocía
a Riohacha mejor que cualquiera de sus ciudadanos. El tipo se dio cuenta de la
curiosidad extraña del nuevo escolta, a los dos días de estar éste echándole el
vistazo. Se hicieron buenos amigos cuando estaban solos, porque a Agamenón
Cervantes le gustaba escucharlo hablar. El conductor no pudo creer en la
ocasión en que el muchacho le dijo que no sabía manejar, y de inmediato
encontró la solución. Le anticipó que un día de ésos, al estar desocupados,
haría que aprendiera a manejar como cualquier persona.
En varias ocasiones en que se encontraban libres, se
iban a una parte despoblada y arenosa de la ciudad, donde un conductor amateurs
no pusiera en riesgo ni la vida de los perros callejeros. Sentado frente al
timón, Agamenón Cervantes no podía creer que eso estuviera sucediendo, cuando
metía la llave y acababa de encender el motor. Nunca se imaginó que iba a estar
embarcado en una camioneta, puesta en marchara por su propia maniobra. Era una
experiencia que le marcaría el modo de ser, que le daría más seguridad sobre la
tierra aunque días después se encontrara nuevamente caminando en la calle. En
el curso de la semana aprendió a manejar en las calles normales, cuando era de
medianoche y había pocos carros andando. Siempre prefirió ir despacio, contento
con ese paso, y en caso de que estuviera a punto de pasar un carro en su vía,
deteniéndose y aguardando a que él siguiera de largo para cruzar la calle, algo
asustado esperaba que el otro chofer lo hiciera de primero para después seguir
solo. Después manejaba en cualquier parte de la ciudad bajo la luz del día, en
una avenida donde estuviera congestionado el tráfico, hasta darse cuenta de que
ya era un hábil conductor, cuando notaba que otras personas que manejaban en
Riohacha sabían hacerlo menos que él. Se iba por las calles donde más lo conocían,
buscando sentir el auténtico cambio en su vida. En muchas ocasiones bajaba la
ventana del distinguido carro, para que la gente conocida quedara admirada de
su original paso por este mundo.
El chofer era un tipo que venía trabajando por
varios años al lado de Héctor Pugliese, y lo conocía mejor que cualquiera de
sus escoltas. Sin quererlo -mientras profundizaban la predestinada amistad-,
Agamenón Cervantes fue aprendiendo algunas cosas íntimas del capo, que ni
siquiera sus compañeros de armas conocían. El narco se sentía más tranquilo con
un buen chofer, que con un guardaespaldas de mil batallas. «Es lo único que
casi no cambia: de chofer», le dijo el otro. En el fondo, Agamenón Cervantes
estaba contento con tanta información retenida en su mente, y cada día
concluido sentía que pasaba muchas páginas de lectura de la Biblia que
representaba Héctor Pugliese en su vida.
Un mes después, el chofer que lo preparó sintió que
había llegado la oportunidad de renunciar, porque se mantenía apartado de su
familia. Durante más de diez años había sido el conductor oficial del narco
riohachero, y habían compartido numerosos carros, según las diferentes épocas y
la moda automotriz. En dos ocasiones había chocado un carro, una vez contra un
poste y la segunda vez porque se le salió el control a una mujer que estaba con
él, pero dio la casualidad de que nunca llevaba de pasajero a su patrón Héctor
Pugliese. A raíz de eso, éste siempre lo consideró como su único conductor. De
modo que cuando lo escuchó decir que quería retirarse de ese puesto, no lo
entendió. El chofer le indicó que tenía la ilusión de dedicarse a algo nuevo,
para pasar más rato cerca de su familia y su hija que había terminado el
bachillerato en la Divina Pastora, y que iba a estudiar administración de empresas
en la Universidad de La Guajira. Con el dinero que había ahorrado en los
últimos años, aspiraba montar una tienda grande como la de los cachacos.
-Está bien –le dijo Héctor Pugliese, sonriente y con
carisma-. Pero ya sabes que no puedes quebrar con la tienda.
Por eso cuando el chofer no volvió a la mañana
siguiente, ya Agamenón Cervantes sabía manejar adecuadamente. En esa ocasión,
se montó junto al timón y condujo hasta el barrio Coquivacoa como la cosa más
normal de la vida. Se quedó un momento dentro del carro, una vez que Héctor
Pugliese se bajó en una casa donde había un árbol de mango de las tantas
viviendas de dos pisos del sector, sin poder creer que estaba reemplazando a
alguien no sólo en el puesto sino en el espíritu. Más tarde Héctor Pugliese
volvió a salir por la puerta de la casa, se despidió de los habitantes en la
terraza y se embarcó en la camioneta, diciéndole que quería ir al Guapuna. El
muchacho siguió manejando tranquilo sin demostrar emoción, mientras el narco
apenas distinguía que el chofer de siempre había cambiado de cara y ante todo
de edad. En verdad, se sentía sereno desde hacía un momento no tanto porque el
joven supiera manejar bien, sino porque había sido entrenado por un buen
profesor.
De esa manera, Agamenón Cervantes pasó a ser la
primera persona que estaba en el carro, antes de que se embarcara el famoso
capo vestido de blanco como los ángeles. En cuanto arrancaba desde el garaje de
la mansión con todo el personal a bordo, prefería ir a baja velocidad, con
moderación, pero cuando sentía que estaban llegando tarde a un lugar indicado,
aceleraba de tal modo que nadie quedaba con un recuerdo del paisaje urbano por
la ventana. Se volvió ajeno a cualquier conversación que el narco sostenía por
teléfono, concentrado sólo en el manubrio. Fueron tomando más confianza de la
que se tenían por eso, y alcanzó a darse cuenta de algo: aunque permanezca
sordo y en silencio, un chofer es indiscutiblemente la mano izquierda de un
narco. En realidad, alguien como Héctor Pugliese que no recibía atentado de
ningún lado, sentía que su vida diaria dependía más del chofer y el patrimonio
económico. Sus guardaespaldas silenciosos apenas existían en la práctica en la
parte de atrás, mientras Agamenón Cervantes era un repaso constante en la agenda
de su mente.
La mayor parte de las veces se dirigían a las
mansiones de ciertos narcos locales, pero su responsabilidad aumentaba cuando
tocaba ir a Santa Marta. Estar viajando por una estrecha carretera como la
Troncal del Caribe era bastante complejo, pero en el recorrido de kilómetros y
kilómetros Agamenón Cervantes se fue sintiendo más seguro con el trayecto. En
esta solitaria vía tenía que esquivar de vez en cuando un bus de pasajeros, un
carro particular o una pesada tractomula de carbón, mientras que en las
enredadas calles de la ciudad tenía que eludir varios carros en todas las
direcciones y personas imprudentes cruzándose al paso, que no dejaban espacio
para pensar. Se habituó a sacar dinero de su bolsillo para pagar los peajes,
por la plata extra que le daba el patrón. En Santa Marta aprendió a recorrer
incontables calles, a memorizarse su nomenclatura, metiéndose por una larga
avenida al llegar. Recorría gran parte de la población samaria pasando por
varios barrios reconocidos, hasta desembocar cerca del centro. Casi con
inmediatez, seguía de largo hasta llegar a la Avenida del Libertador, en uno de
los tantos sectores exclusivos donde estaba la mansión de Santo Pinedo. Éste
resultaba un extraordinario anfitrión, dueño de buen trato y carisma con el
mejor sentido de la vida.
En cuanto Héctor Pugliese se bajaba del carro y se
iba a descansar, le dejaba las llaves a Agamenón Cervantes. Éste se quedaba con
la camioneta roja y plateada, introduciéndola en el garaje de la mansión ante
el parque Almirante Padilla. Él mismo la llevaba a un lavadero de carros al
aire libre frente al Bienestar Familiar, al lado de la Avenida de los
Estudiantes, para tenerla a cada momento impecable y en buenas condiciones de
uso. Sacudía los tapetes con entusiasmo, limpiaba los cojines, pagaba para que
fregaran las ventanas en cualquier avenida congestionada donde estuviera
detenido por el semáforo, y sabía arreglar los cables al interior del capó
donde estaba la batería. En caso de que la camioneta sufriera algún percance
cuando iban viajando, frenaba a un costado de la carretera, se bajaba y
arreglaba el problema como un mecánico ávido. En todo sitio a donde llegaba era
identificado como el nuevo chofer, y cuando su patrón se bajaba de visita en
alguna parte ya no podía acompañarlo a la puerta de la casa como los
silenciosos guardaespaldas, pero más adelante era el único individuo entre
ellos que podía conocer qué había ocurrido en la reunión. En más de una
ocasión, cuando Héctor Pugliese se montaba a su lado derecho, el muchacho de
Dibulla le recordaba entonces a dónde era que tenía que ir, como si el papel de
chofer le permitiera ser la memoria concreta de su itinerario. Con ese trato
justificado, fue ganando más terreno en su espacio subjetivo. El sueldo que le
pagaban había subido, por lo que hubiera podido comprar un carro personal, pero
Agamenón Cervantes amaba tanto su insustituible puesto, que fue considerándose
una de las personas más trascendentes en la vida del capo.
En los momentos libres en que no conducía para nadie,
manejaba a lo largo y ancho de la ciudad deseando sentir que era alguien en la
vida. Entonces aprovechaba su primitivo hábito de escuchar música a todo
volumen, apoyando la fama que estaba teniendo el cantautor vallenato Kaleth
Morales, con el éxito nacional Vivo en el limbo que salía de las
estaciones radiales como un tsunami, y si en el trayecto descubría a una mujer
de su gusto personal le pitaba desde el carro para que se montara a su lado,
dándose el caso de que más de una cumplió con la petición. Era consciente de
que en Riohacha nada más bastaba con tener un carro aunque fuera de matrícula
venezolana, para que las mujeres crean por naturaleza que el hombre que está
dentro es más fundamental en la vida que el que va caminando por el andén.
Algunas damas inmaduras se montan en los carros que les paran en ese juego
diabólico, y al sentarse a un lado se presentan por sí solas para desvestir a
los tímidos. Se hacen a la confianza ligera, como si hubieran estado enamoradas
de esa clase de personas desde antes de nacer. En más de una ocasión, acaban
dejándose desnudar nada más por pagar el precio de ir sentadas en un carro que
a veces sólo es del padre, del tío o del amigo de quien lo maneja, y cuando
abren la puerta y bajan orgullosas a la calle, se acuerdan más de la camioneta
con fachada de lujo que de la cara del hombre con quien estuvieron haciendo el
amor. Es lo que los propios riohacheros han denominado gasolineras,
mujeres que se enamoran más de alguien cuando casi no pisa el suelo, y que al
reparar una vistosa cuatro puertas pasando al lado, sienten que por su juventud
y belleza son más indispensables para estos carros que la misma gasolina.
En ese nuevo estilo de su existencia, Agamenón
Cervantes conoció a varias más mujeres que cumplían básicamente ese papel. De
vez en cuando iba manejando por cualquier calle de la ciudad, y si notaba un
ejemplar de esa especie que le hipnotizaba como un sueño parada en una acera de
la Avenida de los Estudiantes, en seguida detenía la camioneta de manera lenta.
Acto seguido bajaba el vidrio automático para invitarla a la aventura con ese
simple detalle, y algunas abrían la puerta montándose sin conocerlo, como si
desde que él andaba en la camioneta lo hubieran estado esperando. Se hacían sus
amigas superficialmente, las mismas que de haberlo conocido caminando bajo el
sol caliente en la calle hubieran volteado la cara a la carretera donde pasaban
los otros hombres en buenos carros. Algunas quedaban tan encantadas con el
atractivo paseo y la relación de abrazos, besos y caricias dentro de aquella
Toyota Prado color rojo y plateado, que le daban su número celular apeteciendo
repetir la fantasía en la vida que para ellas apenas comenzaba. Agamenón
Cervantes se ilusionaba con unas que no pasaban desapercibidas por su dotada
apariencia, y se acostumbraba a visitarlas en las puertas de sus casas delante
de los padres. En esa aparente simpatía se mantenía por semanas, hasta terminar
la relación. En cambio, con otras acababa el romance en el mismo instante en
que en una residencia de paso se acostaba con ellas.
En su vida profesional, seguía siendo un chofer
comprometido con su misión. En cualquier parte por donde pasaba, manejaba con
tanta desenvoltura que cuando hacía un viaje de dos horas a Santa Marta, a
veces Héctor Pugliese se quedaba dormido a su lado. Era la mejor muestra de la
seguridad que le causaba, en forma elemental. Agamenón Cervantes era alguien
que andaba al día con las necesidades del carro, que antes de ser chofer había
aprendido cuáles eran las estaciones indicadas donde tenían que acercarse para
abastecerse de gasolina. Era consciente de los sitios buenos de la ciudad,
donde Héctor Pugliese acostumbraba a almorzar. En muchas ocasiones, cuando éste
iba a comer al mejor restaurante de mariscos tenía al lado a su esposa
Elizabeth Gnecco, una mujer blanca de cabello negro y brillante, dueña de una
belleza de caché. El muchacho se sentía afortunado con ese trabajo, y hasta de
la confianza que la mencionada mujer le demostraba, algo que en esencia lo
acercaba más al orbe de su marido.
Mientras tanto, su nueva condición lo fue empujando
a la amistad inseparable del narco riohachero. En cuanto tenían la oportunidad
de hablar, Agamenón Cervantes tomaba una actitud seria delante suyo, casi
anticuada, que no parecía la de un chofer sino la de un socio naciente. Héctor
Pugliese se asombraba de su modo de ser cuando lo oía hablar de datos, cifras y
fortunas secretas, como si no recordara que el mismo muchacho de Dibulla había
escuchado mencionárselas a él cuando hablaba en un rincón aparte con Santo
Pinedo. Le encantaba hablar sobre temas de narcotráfico, no tanto para que
Héctor Pugliese entendiera que era alguien inquietante con el buen dato, sino
para salir de tormentosas dudas en cada aprobación de su mirada. Desde entonces
éste le fue tomando más confianza, llegando un momento en que nada más bastaba
con que se vieran las caras, para comenzar a charlar como atraídos por un
fuerte imán donde se fundía el mismo sueño. Se hicieron muy buenos amigos, por
tener la seria certeza de que Agamenón Cervantes era de esos pocos hombres que
había que conservar al lado.
Sintiendo que dependía en serio de su compañía,
Héctor Pugliese fue el primero en darse cuenta de que era un diamante en bruto.
Agamenón Cervantes poseía una memoria abrumadora, fenomenal, exacta en la
cuenta de los años y la historia regional, a tal punto que no sólo le recordaba
a dónde tenían que ir, sino por dónde no tenían que pasar por una amenaza
aunque fuera insignificante. Se había fijado en que su inteligencia era más
natural que fabricada, con una personalidad sedienta de información
escrupulosa, que a veces costaba creer que siguiera siendo un modesto chofer.
En varias ocasiones cuando quedaba solo en el carro, le hacía pequeños mandados
sin estar acompañado de los guardaespaldas. Agamenón Cervantes se dirigía en la
lujosa camioneta al lugar indicado, volviendo casi en seguida con buenas
noticias. Cualquier lugar de Riohacha a donde lo mandaran, era cercano y
espontáneo al manejar para él. Sin pretenderlo, estaba demostrando ser bueno
para la diligencia necesaria por su espíritu serio y positivo, por lo que le
fueron repetidos los pedidos.
Estimulado por eso, Héctor Pugliese decidió que
tenía que regalarle un carro propio para darle más alas y libertad. Si tocaba
hacer un mandado y no quería ir en persona, enviaba a Agamenón Cervantes por él
en aquella nueva y aparatosa camioneta Toyota Prado color plateado. Éste
manejaba con dos guardaespaldas particulares y se presentaba instantáneamente a
su destino, haciéndole entonces una llamada al celular para comunicar que todo
estaba bien. «Ockey», le contestaba Héctor Pugliese. En posteriores situaciones
se repitieron los mandados, y ante la habilidad del muchacho, la respuesta
optimista del narco era la misma. Era como si Agamenón Cervantes, le
transmitiera una paz y seguridad por encima de sus más antiguos hombres. Se fue
metiendo en su mundo interior, prudente y algo arrollador. En ese sentido, en
toda parte de la ciudad donde el capo era requerido se comenzó a presentar
Agamenón Cervantes sin discusión, imponiéndose como su nueva mano derecha.
Fue así como éste se enteró del celeste poder que
tenía Héctor Pugliese, introduciéndose en una órbita desconocida incluso para
otros narcos de La Guajira. De vez en cuando le tocaba ir donde algún capo
popular por referencia suya, y al tener el encuentro le parecía falso que
ciertos personajes que tenían fama, mujeres y sobrado dinero, nada más fueran
testaferros de aquél. Eran personas en apariencia dueñas de incontables
negocios, empresas privadas, casas de préstamo, de cambio de dólares y euros,
formando telúricamente parte de un fabuloso imperio. Durante un tiempo,
Agamenón Cervantes sirvió de puente entre estas personas y su magnífico jefe,
respirando un aire diferente que le serviría en la posteridad, cuando comenzara
su carrera como alguien independiente. La gente más acaudalada se acostumbró a
la cara de él, en todas partes de la ciudad. Las cosas marchaban bien, su
espíritu se tragaba y digería todo aquel enfoque como si formara parte de las células
del cuerpo, y hubo un momento en que para llegar a Héctor Pugliese primero
había que tener contacto con Agamenón Cervantes.
Si tocaba viajar a Santa Marta ordenado en llevarle
un mensaje a un narco amigo, Agamenón Cervantes se embarcaba en su camioneta
Toyota Prado color plateado, y en menos de dos horas y media ya había informado
a aquél sobre el encuentro. Se volvió una costumbre aumentar la velocidad
cuando atravesaban el puente Guerrero, pasando de largo por la añeja población
de Camarones para encontrarse con algún paramilitar importante, cuyo verdadero
nombre sólo Dios conocía. Se le hizo habitual almorzar en Mingueo y caminar por
las calles de Palomino, donde estaban mandando ciertos paramilitares que se
habían apoderado últimamente hasta del invierno. Se detenía un rato en los lados de Guachaca,
lugar de florecientes matas a la orilla de la carretera Troncal del Caribe,
teniendo encima a la Sierra Nevada de Santa Marta, donde les entregaba cajas de
dólares a raros individuos que subían a las montañas para ponerlas en los pies
de Hermes Hernández alias HH. En el lugar donde estuviera, dejaba en
alto el nombre del narco riohachero. Éste, por su parte, se mantenía en
permanente contacto con él.
Sin aspirarlo, se dio a conocer como el hombre que
estaba por delante de Héctor Pugliese. Se le veía diligente en varias partes, y
cuando el gran capo no podía estar presente en una reunión, el muchacho
dibullero recibía el mismo trato especial de su jefe. En la calle, su relación
con la sociedad aumentaba de manera gradual, estando al tanto de los negocios
puestos en marcha por otros capos de la competencia. Se llamaba telefónicamente
con Héctor Pugliese a cada hora, mientras éste le daba indicaciones de reserva
con absoluta confianza, sin retener que cada informe suministrado alimentaba la
imaginación de un narco que llegaría a ser más descomunal que él. El trato que
el capo le daba infundía admiración y respeto, y a éste nunca se le ocurrió la
idea de eliminarlo, cuando fue consciente de que guardaba demasiada información
confidente sobre su entorno hermético. Por eso el invencible anhelo de Agamenón
Cervantes de ser alguien poderoso e independiente en la atmósfera del
narcotráfico estaba congelado en una parte de su yo, al tener en cuenta
que a esas alturas, estando al lado de alguien sumamente rico, respetado en La
Guajira y en Santa Marta, ya le era suficiente para pretender el amor
tempestuoso de Alexandra Pitre, pero en esos días a alguien se le había
ocurrido que había llegado la última hora de Héctor Pugliese.
En un lugar de Riohacha, vivía alguien que durante
varios años venía estudiando la vida del hombre que ordenó la temprana muerte
de su hermano. Se trataba de Beto Bonivento, un narco de menor envergadura que
moderadamente había levantado una gran fortuna, y que tenía una de las mejores
casas de la ciudad situada en una esquina de la Calle Ancha, a pocas calles de
donde vivía el conocido traficante de cocaína Héctor Pugliese. Era un hombre de
aspecto claro y mandíbulas gruesas, de unos cincuenta años de edad, y sus
amistades eran en la práctica las mismas del principal narco que había en la
capital de La Guajira, dueño éste de un aura intocable por ser el socio
consentido de los paramilitares de la Sierra Nevada. En su poder reservado,
Beto Bonivento había logrado reunir más de cien millones de dólares en cuatro
años de esfuerzo y buen manejo de la empresa, una cantidad que lo hizo sentirse
un mafioso con derecho de usar arsenal de guerra larga. Tenía buenas amistades
en el negocio de la droga, penetración en la justicia e innumerables sicarios a
su disposición. La antigua idea de matar a Héctor Pugliese fue cobrando fuerza
cuando comenzó a tener un poco de suerte al mandar sus embarques de coca al
extranjero, y subió al nivel de prepotencia donde alguna vez estuvo su difunto
hermano José Bonivento.
Éste era un personaje querido y respetado en un
principio en toda Riohacha, quien desde siempre se dedicó al narcotráfico.
Cualquier persona que lo conocía de cerca, hubiera creído que su amistad con
Héctor Pugliese era la mejor que podía presentarse en la sociedad de narcos en
el departamento, y el propio José Bonivento parecía satisfecho con aquella gran
asociación. Héctor Pugliese ya era entonces el narco número uno en cuanto al
negocio provincial, y su suerte con los despachos de cocaína era semejante al
que tenía con las más complacientes mujeres, desde su temprana adolescencia. En
donde estuviera presente, alguien de humanidad morena y voluptuosa lo estaba
acompañando de la mano e invitándolo descaradamente con afán de satisfacer
fantasías de carnaval antillano en la cama, y ciertos hombres no podían
sobrellevar la molestia que les causaba que él tuviera tanto éxito en las cosas
de esta vida, y que para remate pronunciara un inglés perfecto con la misma
imaginación que hablaba el español. Si estaba en Santa Marta, Héctor Pugliese
recibía un trato exclusivo por ser el principal narcotraficante de La Guajira
en toda su historia, algo que llenaba de celo recóndito a José Bonivento.
Mientras tanto, en Riohacha Héctor Pugliese era una persona a quien la multitud
quería tocar al menos el hombro por la creencia supersticiosa de que eso
llamaba plata, que podía andar a pie por las calles sin ningún problema cuando
se aburría de estar tantas horas sentado dentro de un carro, y a quien las
autoridades jamás le habían allanado la casa.
La envidia comenzó a tentar por debajo a José
Bonivento, que de un momento a otro quería ocupar el trono mayor y adueñarse de
sus buenas rutas, para que la gente se diera cuenta de que él era mejor. Se
volvió una persona de personalidad diferente, cambiando sus buenos amigos por
tipos extraños que habían sido atacados por el mismo virus del celo antes que
él. Estas personas anónimas para el común de la gente, estaban humilladas desde
hacía años, debido a la pasión casi católica que despertaba Héctor Pugliese en
La Guajira. Más de uno había trabajado para éste cargando avionetas en el
desierto en los años ochenta, y no entendían cómo alguien en apariencia tan
inofensivo, pudiera ser un genio de las finanzas. Fue por eso que estuvieron
planeando algo en contra suya, madurando el complot. La única solución para
curar esa enfermedad inicua, era eliminando al narco idolatrado del panorama de
Riohacha.
En una fiesta matrimonial celebrada en el club
Nicolás de Federman de esta ciudad, Héctor Pugliese se hizo presente al lado de
su esplendorosa mujer. Fue saludado en seguida por todos los invitados, e
incluso por los novios fotografiados, debido a su vigente trascendencia dentro
de la sociedad. Se sentó aparte con Elizabeth Gnecco ante una mesa y al lado de
unos amigos, sintiendo las murmuraciones de los demás como sucedía en cualquier
sitio donde llegaba, a raíz de su fama resplandeciente. A la media hora de
estar allí, hablando y recibiendo un trago de whisky por parte de un senador de
la república que lo acompañaba sonriente en la mesa, vio que un desconocido le
hacía señas con disimulo, y como cosa inesperada se paró, cruzó la sala y sin
dar explicaciones, salió a la terraza del club. En las afueras de aquel lugar
donde soplaba la mejor brisa del mar Caribe, y teniendo a la derecha la vista
del edificio Lotería de La Guajira, se detuvo para respirar mejor buscando con
la mirada a la persona desconocida. Observando los carros pegados unos al lado de
otros, a los invitados que entraban y salían, y a los clientes que estaban del
otro lado de la carretera donde había kioscos de perros calientes,
hamburguesas, cócteles de camarón y demás mariscos al lado de un CAI, alguien
se le acercó delante de sus hombres, presentándose como un temido sicario.
Según dijo, al igual que a su compañero que estaba cerca de ese lugar, les
habían pagado para matarlo en cuanto tuvieran la oportunidad de verlo.
Enterado de tal situación alarmante, Héctor Pugliese
buscó a su esposa, se montaron en el carro y ordenó al chofer que cambiara la
ruta de siempre. En su cara era claro ver el lado inquietante de la sorpresa, y
a la vez de la decepción humana cuando la camioneta pasaba frente al Cementerio
Central. «Me cuesta creerlo», iba diciendo al lado de su mujer y entre sus
hombres, cuando terminaban de pasar de largo por el barrio El Guapo. Al llegar
a una esquina donde había una licorería y entrar en la solitaria Calle Ancha,
cruzaron a la derecha para seguir en esta vía, sintiéndose a salvo de un
atentado que había quedado congelado en la Calle Primera. En el sector del
Mediterráneo segunda etapa, respiró con más tranquilidad antes de bajarse del
carro. Unas personas importantes acudieron a su llamado, para darle la misma
información al respecto. Al parecer, era casi pública la envidia de José
Bonivento por estar debajo suyo en el mercado de la droga, teniendo mejor
perspectiva como narcotraficante cuando habían empezado casi al mismo tiempo, y
sólo alguien tan afectuoso como Héctor Pugliese no parecía haberse dado cuenta
de nada.
De manera que éste necesitó un rato para meditar. En
medio del silencio, tomó una decisión ineludible. Al lado de ciertas personas
de su confianza, expuso el plan sobre la maqueta. Cuando cuatro sicarios
estuvieron dispuestos para darle muerte al enemigo -entre ellos los dos volteados-,
Héctor Pugliese era alguien totalmente diferente al que todos conocían. Su
recomendación fría les heló la sangre:
-En caso de que las autoridades los capturen,
díganles que yo di la orden.
Una semana más tarde, José Bonivento iba saliendo
por la puerta principal del hotel Mar Azul, al lado derecho del Riíto. Estaba
bastante feliz porque había recibido el pago de dos embarques de droga, por
parte de un socio que acababa de llegar de las Bahamas. Se estaba subiendo en
su carro y despidiéndose del portero del edificio, cuando sonaron unos disparos
en el aire. Fue algo apresurado, porque al instante José Bonivento estaba con
lamento desangrándose en el pavimento. Sus dos escoltas corrieron y como un
carro enemigo venía del otro lado del puente, se tiraron al río donde los
alcanzaron los tiros, cuya corriente estaba desembocando en la playa. Fueron
encontrados más tarde en el mar rumbo a la punta del muelle.
En seguida, Héctor Pugliese recibió asesoría de
otras personas diciéndole que había que matar a sus dos hermanos, para no tener
problemas en un futuro. Se trataban de Beto y Pedro Bonivento, quienes
eran los hombres de confianza del muerto, y por derecho natural les
correspondía heredar la fortuna y el destino opuesto de José Bonivento. De
paso, echarse encima la obligación fraternal de venganza guajira. Sintiendo que
eso no era lo más adecuado en el momento, Héctor Pugliese les perdonó la vida
creyendo que ellos no se atreverían a meter consigo porque cualquier plan
siniestro que les naciera en las cabezas, primero pasaría por el canal
telepático de él y sus secuaces. Fue su sentencia de muerte postergada.
Beto Bonivento, el mayor de ambos, había estado esperando
ser una persona de más terreno y poder económico para llevar a cabo esa
venganza anunciada, y de paso arrebatarle parte de su fortuna a la persona que
había provocado que se hubieran quedado sin el capo con más promesa de la
familia. Al lado de Pedro Bonivento, había mantenido en secreto esa implacable
sed de venganza, y cuando se sintieron con los dólares suficientes con que eran
considerados por la sociedad, pensaron que necesitaban cometer un crimen con
dimensión de magnicidio en los titulares del noticiero, para ser más respetados
dentro de ella. En compañía de nuevas personas, que tampoco podían soportar que
un hombre parecido y de cuna rica estuviera por encima de ellos en la sociedad
de la droga, concibieron en definitiva su muerte. Entre esas personas,
participaron J.J. Padilla y Henry Salchar, individuos prepotentes que
fueron socios del carismático narco con anterioridad, y que no habían podido
superarlo profesionalmente cuando decidieron continuar en los despachos de coca
por sus propias cuentas. También se encontraba un sobrino asesino de Santo
Pinedo, que había desertado de éste. La reunión se llevó a cabo en la casa de
Beto Bonivento, tomando whisky Sello Azul y fumando Belmont, a pocos metros de
donde en esos momentos estaba Héctor Pugliese en la alcoba con su mujer,
viéndose una película de DVD. En sus mentes, creían que Héctor Pugliese era uno
de los más grandes culpables de que Riohacha estuviera algo paramilitarizada.
De manera que descartándolo de la vida física no sólo estarían consumando una
reparación familiar, sino que les darían a una lección a los tantos
paramilitares rondando cerca, a quienes lo único que les faltaba era cobrarles
un impuesto mensual a los ciudadanos por el aire que respiraban.
Sabían cuál era su itinerario por la ciudad. Estaban
al tanto de la avenida que tomaba al salir de su casa, y las calles comunes por
donde prefería andar con los guardaespaldas y el nuevo chofer, visitando a sus
buenas amistades. Su majestuosa Toyota Prado color rojo y plateado, delataba su
presencia en alguna parte donde paraba. En cuanto se dejaba ver, para remate
era fácil distinguirlo por su belleza real y al estar eternamente vestido de
blanco. En conclusión, se habían dado cuenta de que no era nada difícil matar a
Héctor Pugliese. La razón era que éste se creía libre de enemigos, era amigo de
los transeúntes pasajeros que lo saludaban, y era normal verlo unas mañanas
parado cerca de los bancos del parque Almirante Padilla frente a la esquina de
la Casa Municipal, reunido con ciudadanos uniformes y políticos engreídos al
tratarlo de cerca. La mayoría de las personas corrientes, orgullosas de haberlo
conocido en carne y hueso, decían que eso había sucedido en la misa de cinco de
la tarde, dentro de la catedral Nuestra Señora de los Remedios. Era un católico
aplicado y apasionado, como sus viejos padres que se habían marchado para Santa
Marta, y entraba con frecuencia al lado de su elegante esposa Elizabeth Gnecco.
Al igual que cualquier persona nacida en Riohacha,
Héctor Pugliese era un seguidor ferviente de la Virgen de los Remedios. Cada
vez que sacaban a pasear la imagen de madera de la Santa Patrona, él se
levantaba desde muy temprano en la mañana para estar presente en la fiesta
católica. De vez en cuando acompañaba caminando la procesión iniciada en las
mismas puertas de la catedral que llevaba su nombre, dándole la vuelta entera
al parque Almirante Padilla, pasando un momento frente a su mansión y antes de
regresar a la iglesia por nada alcanzaba a quitar la vista de la Vieja Mello.
Durante toda la vida, aseguraba que gracias a ella le habían ocurrido los
milagros. Era tan fanático de esa virgen, que sus mismos amigos afirmaban que
el día más fácil para matar a Héctor Pugliese era entonces un dos de febrero.
Como si lo estuviera presintiendo, Héctor Pugliese
se mostró más amable con la vida y su gente. Estaba de buen humor para todas
las personas a su alrededor, y aquellos que lo admiraban pensaron que era el
único narco que no parecía un traficante de drogas, por su amor al bienestar
humano. En la calle, seguía siendo objeto de un fanatismo sin antecedentes.
Sobre todo, por parte de las mujeres lanzadas que no disimulaban las ganas de
estar a su lado, sin preocuparles que algunas veces la distinguida Elizabeth
Gnecco estuviera de espectador. Se veía como un hombre que está feliz de la
vida y del papel que le ha tocado encarnar, y trataba de recordarles a los
demás que era la persona más buena que podía haber sobre la tierra.
En el caso de Agamenón Cervantes, era abismalmente
aparte. En todo momento pensó que aquel muchacho era alguien con quien valía la
pena hablar, por su interés para aprender del menor detalle. En cuanto entraron
en intimidad incondicional, éste llegó a contarle que años atrás había conocido
a una muchacha de singular belleza llamada Alexandra Pitre, que a pesar de su
perseverancia manifiesta nunca se había enamorado de él, ante lo cual se sintió
el hombre con menos fortuna en el mundo. «Su padre fue asesinado por unos tipos
a quienes les hacía una carrera», le explicó, pensando que Héctor Pugliese
podía recordar quién había sido la víctima. Éste dijo que sí sabía de quién se
trataba, por la protesta con cintas moradas en las ventanas de los carros que
había tenido un grupo de taxistas en la ciudad. Sin desearlo, Héctor Pugliese
sonrió, porque no podía entender cómo un ser humano pretendía ser alguien
importante en la vida nada más para sanar una herida de amor. Era algo que no
podía concebir debido a su suerte congénita con las mujeres, pero lentamente se
fue acostumbrando a su humilde modo de ser. Entonces buscando ayudarlo, le
narraba algunas cosas acontecidas en su vida, cuando apenas era un muchacho que
recién llegaba de Estados Unidos, para ponerse al frente desde La Guajira con
los despachos internacionales de la
coca.
De todas maneras, sabía que algún día Agamenón
Cervantes no podía seguir a su lado por cualquier asunto, y lo había declarado
su mejor amigo. En los momentos en que sentía un vacío natural, cuando aceptaba
que estaba confundido por haber desencantado a sus padres, que al ver que no
volvía un médico excepcional sino un narcotraficante con sed de plata se habían
marchado para Santa Marta, Agamenón Cervantes lo escuchaba. En aquella época,
su vida estaba llena de alegría, amor al prójimo y ayuda al necesitado, pero
cuando se acordaba de que no podía fecundar hijos la furia lo impulsaba hasta
estimular a su mejor alumno en su anhelo de ser un gran narcotraficante fuera
de serie, para al menos moldearlo a su imagen y semejanza. En su interior,
Agamenón Cervantes se sentía culpable de que no pudiendo tener al menos un hijo
con Elizabeth Gnecco aquél le transmitía el cariño a él, jurando que en caso de
que se apartara de Héctor Pugliese quería comenzar de cero para poner en
práctica lo que había aprendido, y no reemplazarlo en el timón de la nave que
hacía años ya había salido del puerto. Sentía que a esas alturas había
aprendido tanto de Héctor Pugliese, que podía ser un narco superior a los
coterráneos, sin estar respaldado por un peso en el bolsillo a la hora de
hablar del primer negocio.
Héctor Pugliese prosiguió diciéndole que si quería
ser el narco que anhelaba, él lo apoyaría en su primer embarque al exterior. De
esa forma le estaría dando una básica plataforma en la vida, para que pudiera
defenderse solo cuando no estuvieran juntos. Sin embargo, Agamenón Cervantes
estaba tan bien, encariñado con su mujer y valorando su envidiado puesto de
mano derecha, que no se apartó de su lado no por miedo de enfrentarse a lo
desconocido sino porque para él era más importante tener una familia como ésa,
que ser el gran narcotraficante que abriría por fin los ojos alucinados de
Alexandra Pitre. En vista de esa lealtad, Héctor Pugliese lo quiso más que
nunca, entendiendo que aquel muchacho de todos modos podía llegar a donde
quería, porque parecía ser orientado por una estrella lejana y gigante en el
universo que más nadie percibía. En su mente, Agamenón Cervantes sentía que lo
que el capo quería era retirarse de aquella embarazosa empresa de tráfico de
drogas, vivir tranquilo de sus dólares y acumulada riqueza en Santa Marta, pero
que antes quería dejarle una inversión para que no le tocara como le tocó a él,
moviendo cielo y tierra desde el principio. Eso le demostraba una vez más que
su buena suerte había comenzado cuando decidió desde el patio de Eufemia García
buscarlo a él, habiendo otros narcotraficantes en Riohacha. De todos los narcos
reconocidos, Héctor Pugliese era su álter ego, la persona que más le hubiera
encantado ser, como antes le sucedió con el fallecido cantante Adaníes Díaz.
Su mujer Elizabeth Gnecco, a quien había conocido en
Santa Marta, era el ser humano más importante en su vida, y ella le daba tanto
amor y cariño que no había posibilidad de que pudiera dejarla por otra. En
cualquier parte donde se encontraran, tan pronto como se veían las caras la
besaba con pasión en los labios, como si fuera la primera vez que lo hiciera.
Era la amante y la mejor compañera de su alma, la persona que más se daba
cuenta del afecto que le tenía a aquel muchacho, quien había cambiado el
horizonte de su vida nada más por un triste rechazo de amor, como él mismo lo
consideraba. En realidad, costaba bastante imaginarse a una mujer más selecta,
refinada y aristocrática en Riohacha. Era una dama de pasarela que se colocaba
los mejores vestidos, que entraba en los más caros almacenes y salía con las
bolsas llenas sólo para tener una rutinaria distracción en que gastarse el
dinero. En todo lugar donde llegaba se colmaba de cadenas de oro, pulseras de
platino y objetos de diamante duro, piedras preciosas, en especial el jade,
anillos de rubí, gemas de perla, zafiro y esmeralda, y al mover sus ojos azules
dejaba en evidencia un hechizo superior a las mismas joyas. En ese sentido
vanidoso y tratable, era dueña de las mejores amistades de la ciudad, y de
lugares cercanos como Santa Marta y Cartagena.
Elizabeth Gnecco terminó por adorar a Agamenón
Cervantes, cuando descubrió la estimación que le tenía su marido. Lo trataba
con profundidad y aprecio, permitiéndole el trato confidente ajeno al resto de
sus hombres, pero cuando se enteró del hecho de que se había metido como
guardaespaldas para iniciar la peligrosa carrera de narco por culpa de una
decepción amorosa, se sintió más conmovida tremendamente y lo quiso con su
propio corazón. Él terminó de contarle el resto de la historia, y le indicó que
algún día de su vida, esa mujer llamada Alexandra Pitre iba a cambiar de
parecer. Se volvieron más amigos y conversadores, y aparte de ser el hombre de
confianza de su marido, era el que la acompañaba en su oculta rabia cuando
estaba celosa. Por momentos, Agamenón Cervantes sentía que quería tanto a
Elizabet Gnecco, que le daba miedo aceptar que por un enigma se había enamorado
de ella. Le bastaba con entrar en la alcoba donde estaba acostado Héctor
Pugliese, quien lo había mandado a llamar por algo, para ver a la hermosa mujer
sentada en bata de dormir y peinándose el largo cabello suelto, ante el espejo
del tocador. «Entra», lo despertaba ella, pensando que tenía pena de hacerlo,
cuando en verdad él estaba nervioso por esa clásica belleza de ensueños que
lamentablemente sólo despertaba amor. El muchacho respiraba convencido de que
los quería a ambos por encima de sí mismo, y cuando andaba por el patio y la
veía con su cuerpo esbelto en traje de baño saliendo de la placentera piscina,
ella lo invitaba a meterse. Él le hacía caso y se metía al agua azulada bajo el
fogoso sol, con la confianza de un hermano. Fue por eso que al enterarse del
atentado cobarde que les habían hecho, que comprendió que no volvería a
encontrar una familia tan humana en la vida.
El día de su muerte, Héctor Pugliese estaba más
feliz que siempre, con una energía y fortaleza vital que hacían pensar en
muchos años de vida. Alguien que no lo conocía bien, al verlo visto vestido de
blanco como un siciliano quizás hubiera interpretado que se estaba preparando
para su propio funeral, pero en verdad Héctor Pugliese mantenía esa costumbre
de vestimenta, desde que pasaba idílicas vacaciones en los hoteles y
restaurantes inolvidables de Curazao. Se había bañado con la fragancia de su
colonia María Farina, que parecía causarle protección corporal contra la mala
influencia que había en el aire. La apuesta elegancia que lo rodeaba lo hacían
sentir tan seguro con su apariencia de semidiós, que no tuvo necesidad de
mirarse en el espejo para comprobar que estaba perfectamente igual a como se
sentía. Antes de salir a la calle, se había quedado en el cuarto hablado un
rato con su esposa. Ésta decidió acompañarlo hasta la farmacia a donde él se dirigía,
sin seguir perdiendo tanto tiempo. Héctor Pugliese deseaba comprar con urgencia
una pastilla que aliviara su dolor de columna. «Casi no me dejar sentar», le
había dicho. Era una dolencia que le incomodaba para todo desde hacía varios
años, y que los médicos describían como hereditaria.
En el garaje tenía la costumbre de meterse dentro
del carro antes de salir a la calle, para evitar así algún intento de secuestro
por parte de la guerrilla o el acto inesperado de un loco suelto. Mientras
tanto, hablaba unos dos minutos con las personas allí presentes antes de abrir
la puerta, desde la empleada del servicio hasta el jardinero, pero en esa
ocasión estuvo hablando más de la cuenta junto a sus guardaespaldas. En verdad,
echó de menos la presencia noble de Agamenón Cervantes. Éste, al parecer,
estaba descansado en una nueva casa de dos plantas en la calle catorce, situada
a una cuadra del estadio Calancala. Era el mejor regalo que le había hecho su
jefe, hasta ese momento de su vida. Media hora antes de despedirlo en su
terraza, Héctor Pugliese le había dicho jugando:
-Apúrate con tu primer embarque.
Su mujer Elizabeth Gnecco, por supuesto, estaba diez
veces más bella que él. En la mirada se le veía algo intranquila por el
desequilibrio de la relación, porque ella misma intuía que esa opresión
repentina dentro del pecho era más por el celo de que su marido estuviera en
esos días enamorado de otra mujer, que por el oscuro presentimiento de que algo
funesto le iba a suceder. En cuanto entraron al carro, él notó que algo había
cambiado en la atmósfera que respiraban, y sin percibir nada negativo la
abrazó, la besó y le recordó con eso que era su única mujer. El chofer de piel
morena encendió la Toyota Prado color rojo y plateado, teniendo al lado en la
parte de alante a uno de los hombres armados. En esos momentos, habían abierto
el garaje automático para que la primera camioneta saliera. En seguida a través
de la ventana los deslumbró la luz fosforescente de esa tarde de agosto, y
vieron el mismo panorama alrededor del parque principal donde se sentaba la
gente en sombra, y la estatua insigne del almirante José Prudencio Padilla. En
la parte que estaba más adelante a la derecha, apareció de costado la catedral
Nuestra Señora de los Remedios, donde se habían casado años antes. Héctor
Pugliese apenas la miró, ni sintió el presagio al darse cuenta de que Elizabeth
Gnecco la estaba observando con una nostalgia humana, consciente de que casi no
tenían nada que ver con esos dos novios aplaudidos, que con especiales mariachis
traídos de México, bombos y platillos, salieron una tarde de allí sobre la
alfombra roja para acercarse a un Mercedes Benz sin estrenar que los esperaba,
en medio de la boda más grande registrada alguna vez en la historia de la
ciudad.
En otra parte, se había informado por celular que la
camioneta señalada había salido acompañada de otra, del garaje de la casa
ubicada frente al parque Almirante Padilla. Era el mensaje secreto más esperado
en las últimas semanas. Beto Bonivento estuvo tan informado segundo a
segundo de los móviles del crimen, que más adelante habría de recordar la
escena final de su principal enemigo como si la hubiera presenciado
personalmente. Al lado de algunos hombres como J.J. Padilla, sería un
espectador mental y a distancia de lo sucedido esa tarde. Entonces dio con
paciencia la orden de que no perdieran rastros de su movimiento, porque el
instinto le estaba dictando que ese momento era único en la vida. Era un plan
criminal en el que confiaba bastante, por la simple metodología que usó.
De otro lado, dos camionetas salieron de un garaje
grande con portón rojo ubicado en una carrera de la calle doce, cuando llamaron
para indicar por dónde supuestamente pasaría Héctor Pugliese. En el interior de
ambas burbujas, había más de ocho hombres bien armados. Unos eran tan jóvenes,
que ni siquiera tenían la menor idea de la fisonomía del hombre a quien iban a
matar, pero tenían indicaciones específicas de abrir fuego contra el sujeto que
estuviera vestido de blanco hasta el cuello. Siguieron a mano izquierda de la
carrera, hasta que atravesaron dos calles, y entraron en el ambiente sereno del
hospital, frente a las farmacias. Pasaron por la parte de urgencia de este
hospital, con la intención de seguir de largo hasta la Calle Ancha. Sólo que en
la última esquina del hospital Nuestra Señora de los Remedios, vieron algo a la
izquierda más por accidente que porque estuvieran basándose en el guión. La
Toyota Prado rojo y plateada del capo riohachero acompañada de una camioneta
azul de igual estructura, acababan de pararse ante una de las otras farmacias
del lado de la calle. Al darse cuenta de eso, en las dos camionetas sigilosas
continuaron su marcha después de la esquina por unos cuantos metros, y pararon
con disimulo en un puesto donde nadie los veía, para bajar y ponerse rápido en
acción.
Por costumbre, Héctor Pugliese se bajaba de su
camioneta en persona y se dirigía a una de las farmacias para comprar la
tableta de pastillas. En seguida llamaba la atención de la clientela presente,
por su aroma fascinante y el aire limpio que respiraba en el ambiente, como si
éste no hubiera estado allí antes de llegar él. Se encaminaba directo a la
ventanilla donde lo tenía en cuenta un hombre que se había hecho su amigo de
tanto atenderlo, consciente de que era Héctor Pugliese el que llegaba, y que
por su parte él era una de las pocas personas con quien podía demorar hablando
más de cinco minutos en la vida. Éste era un señor con canas, lentes
transparentes y una bata blanca que a pesar de ser un simple farmacéutico, había
salvado más vidas con sus recetas sabias que los mismos médicos que laboraban
en el hospital de enfrente. Al tenerlo frente a frente, el señor le pidió
disculpas a la joven morena que estaba atendiendo, y lo encaró con cortesía.
-Buenas -le dijo Héctor Pugliese-. Cómo está.
El señor le contestó con una sonrisa saludable, y el
capo no tuvo necesidad de decirle qué pastilla necesitaba para que el
farmacéutico se la buscara en el mostrador. Tomó la tableta y se la trajo en
seguida, sonriente por tener de nuevo en su negocio a ese famoso cliente.
Héctor Pugliese agarró la tableta, y dijo que aquella medicina era una
salvación en su vida porque la noche anterior había tenido un dolor de espalda,
como si hubiera estado sepultado bajo los escombros de un edificio desplomado.
El hombre le indicó que no se la tomara tan tarde en la noche sino antes de la
típica cena, para que alcanzara a tener mejor efecto. Pero cuando sacaba el
recibo de la caja y le entregaba los vueltos del billete de veinte mil pesos,
Héctor Pugliese no se los recibió. «Es de buen síntoma quedarse con ellos», le
dijo, creyendo que el hombre de canas lo necesitaba más que él. Una vez tenido
ese gesto se despidió, dejando un vacío en el recinto, con la intención de
acercarse a su camioneta. Su mujer Elizabeth Gnecco había dejado la puerta
abierta, para que no se atrasara un solo segundo en el acto de embarcarse de
nuevo.
En los alrededores, todo transcurría lo más de
normal hasta que Héctor Pugliese reapareció en la escena. Estaba acercándose tranquilo
a la Toyota Prado roja y plateada, cuando comenzaron a sonar los primeros
disparos. Dándose cuenta de que el atentado sólo podía ser por él, Héctor
Pugliese entró en carrera apremiante, pero le pareció que ese metro y medio que
lo separaba de su puerta blindada quedaba al otro lado de la vida.
Simultáneamente, sus hombres cercanos entraban en acción beligerante y
encaraban a los desconocidos, que abrían fuego contra la segunda camioneta.
Éstos se habían acercado reservadamente por la acera hasta estar cerca de la
farmacia para tener un buen blanco, y estaban respaldados por más hombres que
iban apareciendo como bichos repetidos en el espacio, según el grado de miedo
mortal en las víctimas. Era un ataque contunde e increíble, donde la sorpresa
era un factor psicológico que ponía a los demás en desventajas.
Casualmente bastante personas estaban caminando en
esos lados, visitando a un enfermo o entrando a las pequeñas farmacias, y
cuando se sintió el primer tiro comenzaron a correr como si estuviera cayendo
un aguacero diluvial, entrando en llanto y desesperación desde la Avenida de
los Estudiantes donde se veía la esquina de la Clínica Riohacha, hasta lo largo
de la calle once. La gente que estaba en la principal esquina del hospital
donde había unos puestos de fritos, arepas de queso y café con leche,
recordaría que ésa fue una de las situaciones más dramáticas de sus vidas, y
los inocentes heridos alcanzarían a decir con orgullo que estuvieron a punto de
morir en la misma fecha y a la misma hora en que murió el narco riohachero más
famoso de la historia. Desfalleciendo de miedo, los transeúntes corrieron en
todas las direcciones, escaparon a la carretera sin miedo a los carros cuyos
chóferes no entendían bien lo que pasaba en ese ambiente, y una mayoría se
refugió más allá de la ancha terraza y al interior mismo del hospital Nuestra
Señora de los Remedios, donde la vida era más larga y segura. Más de una
persona quedó mareada con el susto, a otras les dio fiebre y cruda diarrea, y
de paso quedaron internadas por varias semanas. Los dos carros que se quedaron
parqueados habían sido bloqueados por el desconcierto, siendo los blancos más
próximos para pánico y llanto infinito de Elizabeth Gnecco, que había quedado
atrapada en el interior de la Toyota Prado color rojo y plateado. En la
farmacia de donde acababa de salir el principal objetivo militar, la gente se
había amparado en medio de la confusión, y estaba desesperada dando gritos
esperando que alguien que fuera valiente cerrara la cortina de hierro mientras
se desarrollaba eso.
Héctor Pugliese apenas podía levantarse del suelo,
siendo una de las primeras víctimas del atentado. No encontraba el sitio de su
cuerpo donde hubiera penetrado el disparo que le sacudió la carne, sentía que
aún estaba vivo, con unas ganas y fuerzas de seguir hasta el interior del carro
blindado, pero sólo cuando se vio en medio de un charco de sangre se enteró de
que lo suyo era bastante grave. Tuvo el intento de incorporarse así manchado
como estaba, para darle protección a su mujer que daba gritos de auxilio como
una loca, pero no le dieron una segunda oportunidad. Uno de los sicarios que le
había disparado segundos antes, se arrimó cerca de donde estaba tumbado, ante
la impotencia de sus hombres heridos y unos muertos al acto, y le soltó de
frente una ráfaga de R-15, haciéndolo tambalear y estremecer físicamente.
Seguro de que no se podía salvar de ese golpe a quemarropa, corrió junto a sus
demás compañeros a la vuelta de la esquina donde las dos burbujas estaban
esperando, mientras a Héctor Pugliese no le quedaba otra batalla que pelear en
esos instantes para no perder la conciencia.
Elizabeth Gnecco salió de la camioneta tratando de
hacer algo, consciente de que lo habían dejado solo. Se arrojó junto al cuerpo
de su marido desangrando, lleno de dolor, que apenas alcanzó a sentir por el
tacto que a ella no le habían hecho nada, y que estaba rogándole cerca de los
oídos por la salvación de su vida. Estaba casi inconsciente, temblando contra
su voluntad sanguínea, sin escucharla cuando ella le suplicaba con profundo
dolor que no se muriera en un idioma que ya él no entendía. Elizabeth Gnecco
trató de reanimarlo dándole aire y colocando la débil cabeza en su falda,
esperando que algunos voluntarios se le acercaran para cargarlo y hacer algo
por su cuerpo, ya que tenían el hospital muy cerca. Fue una intención que no
encontró frutos, debido al miedo en general y a su mortal estado de gravedad.
Entonces sintió la desesperada necesidad de untarse de la sangre en su carne
para morirse con él, cuando dejó de respirar y vio que los ojos más esmeralda
que había conocido se tornaron grises y fríos.
4
Alguien llamó en seguida al celular de Agamenón
Cervantes para comunicarle la noticia. Éste se encontraba en su nueva casa de
dos pisos ubicada en cierta esquina a una cuadra del estadio Calancala,
descansando en la sala amplia mientras sacaba una cuenta de las finanzas del
capo, y al enterarse de la tragedia recibió un duro golpe en el pecho que
dejaría un vacío eterno en su vida. Esperaba irse pronto para reconocer la
escena del crimen, pero algo más primordial lo abstuvo de dirigirse a esa calle
del hospital. En menos de lo que podían imaginarse, ya estaba al tanto de qué
clase de personajes habían planeado ese asesinato que nadie en la ciudad
esperaba, y conoció más detalles claros sobre el narcotraficante Beto Bonivento,
alguien del cual su feje nunca le había dicho nada respecto al problema del
pasado. Mientras familiares, amigos y seguidores de Héctor Pugliese se
preparaban para el funeral de esa noche, él se puso en contacto con unos
paramilitares con la determinación de contrarrestar la importante baja.
Eran como las siete de la noche, cuando más de diez
sujetos estaban preparados para consumar circunspectamente la venganza. Se
trataba de un grupo de paramilitares que estaba bajo el mando del socio duro de
Héctor Pugliese, y que tenía la orden exclusiva de seguir las instrucciones de
la mano derecha del difunto capo, en cumplimiento del objetivo militar. Se
reunieron con algunos sicarios agregados por Sony Ocampo, que quería
honrar la memoria del buen amigo aportando ese grano de arena. El meticuloso plan
era dirigirse a una esquina de la Calle Ancha en la casa de Beto Bonivento,
donde en esos momentos estaba reunido con su hermano Pedro y los principales
responsables de la muerte del narco, quienes en los últimos días no se dejaban
ver las caras de una sola alma humana en la calle, para que nadie se acordara
de ellos cuando Héctor Pugliese muriera. Agamenón Cervantes creyó que lo más
adecuado era acompañarlos para asegurarse del éxito de esa empresa,
demostrándole al mundo que era una de las personas más dolidas por la fría
situación. Pero varias personalidades –entre ellas el sabio Santo Pinedo-,
consideraron que lo más prudente era que se mantuviera al margen de la
operación para no entorpecerla.
En el interior de esa casa grande, los hermanos
Bonivento no tenían la menor idea de que los secuaces del muerto se habían
enterado de que eran los autores intelectuales de aquel homicidio, por culpa de
una fuente sin identificar que llamó por teléfono a uno de los hombres fuertes
de Héctor Pugliese, para confesar que había estado presente en una de las
secretas reuniones donde se maduró el plan. Estaba apartado por una
inconformidad de negocio de la casa de Beto Bonivento, quien con disimulo
estaba festejando aquella victoria sin trago y música alta, para no poner en
alarma a los allegados de la víctima que estaban sumidos en la honda tristeza.
Para este último, el hecho de que un narco tan trascendente en la sociedad
estuviera muerto, le despejaba mejor el horizonte para expandir su creciente
poderío en la agresiva competencia del narcotráfico. «El niño bonito se está
poniendo maluco», repetía con burla, como si estuviera sintiendo el olor a
formol. Varias de las personas que estaban presentes en la sala, pensaron lo
mismo. Estuvieron hablando por más rato, teniendo como participante especial a
su hermano Pedro Bonivento que no paraba de hablar. Éste estuvo al lado del
personal hasta las siete y cuarenta, teniendo pocos guardaespaldas en la parte
de afuera, con la idea de que nadie imaginara que se estaba protegiendo de
algo. Después se despidió de ellos, diciendo que esperaba despertarse temprano
al día siguiente para seguir trabajando, y se alejó de la sala. En verdad,
esperaba encontrarse con una calle calmada donde el pensamiento general del
pueblo estuviera concentrado en una sincera cuestión lamentable, que nada tenía
que ver con él.
Al lado de la terraza estaban cuatro carros
parqueados, por lo que sí era posible que la gente de la calle sospechara que
unos capos estaban reunidos por algo misterioso en aquella lujosa casa de dos
plantas, situada en la esquina. Sus hombres armados estaban esperándolo al lado
del carro, fumando con ansiedad. Pedro Bonivento se dio cuenta de la presencia
de todos, y respiró como pocas veces. Donde fuera que entrara y saliera siempre
se la pasaba armado, y era un poco más gordo que su hermano mayor. Por
costumbre antes de embarcarse en el carro, decía:
-Llegó el hombre, no joda.
Desde un ángulo de la calle seis a pocos metros de
la Calle Ancha, varios paramilitares camuflados por la sombra de la noche y
vestidos como civiles, avanzaron silenciosamente por el mismo andén. Tenían en
cuenta que Pedro Bonivento y sus hombres responderían ante la amenazadora
aparición, pero no se contuvieron por eso. Éste se fijó temprano en ese
sospechoso movimiento en la oscuridad, y no supo si devolverse por la puerta
donde habían quedado su hermano y los demás amigos, o correr lo que faltaba
para refugiarse dentro del carro. Una ráfaga de metralleta alcanzó a su
humanidad, dejándolo inmovilizado en el aire, como si el alma de Héctor
Pugliese se le hubiera aparecido en la cara en esos relampagueantes instantes.
Se derrumbó lento en el suelo, al lado de una de las llantas de la camioneta
cuatro puertas, donde moriría finalmente. Sus hombres trataron de defender el
sitio, pero dos de ellos ni siquiera alcanzaron a disparar cuando ya estaban
acalambrados. Al ver que el primer objetivo estaba acertado militarmente, los
paramilitares regresaron por donde habían venido y se montaron en una camioneta
sin placas parqueada a la vuelta de la esquina, mientras los últimos
guardaespaldas sorprendidos todavía trataban de comenzar a disparar con
fundamento.
Agamenón Cervantes se enteró en seguida del triunfo
de la operación, y guardó su celular. Se apartó de los demás hombres que veían
en él al nuevo patrón, se derrumbó en la sombra del cuarto y derramó todas las
lágrimas que no lo dejaban respirar bien. Nadie hasta entonces se había
imaginado lo que significaba Héctor Pugliese para él, el cariño personal que
los unía más que el ejercicio diario de la profesión. Era algo que lo sumía en
la más profunda oscuridad experimentada en su vida, en un agujero negro que se
tragaba todo. En cuanto logró ver una luz en ese torbellino sempiterno y pudo
inspirar, regresó a donde los demás con el aire que necesitaba para caminar.
Salieron por la puerta y se embarcaron en la Toyota Prado color plateado
parqueada en la arenosa calle, que había sido el primer regalo valioso que le
había dado su jefe.
El improvisado velorio se estaba desarrollando en la
terraza de la mansión, frente al parque Almirante Padilla. Las sillas plásticas
se habían apoderado de la sala, de los corredores, del patio fresco alrededor
de la piscina grande donde no cabía más gente. En la calle había tantas
personas sentadas en las sillas, que no permitían el paso de ningún carro
común. Se necesitaron los bancos de cemento del parque, para que se sentara más
gente aparecida en el ámbito con la intención de participar en aquel rito
funerario, como pocas veces había sucedido en la capital de La Guajira. La
multitud alcanzaba a estar de pie al lado de estos bancos, en el espacio
despejado y en las afueras de la catedral Nuestra Señora de los Remedios. Desde
simples curiosos, personas que una vez lo conocieron de vista o se quedaron sin
conocerlo, hasta importantes personajes y políticos, estaban presentes en la
cita. Se llegó a murmurar que habían visto a Hermes Hernández sentado un rato
en una de las sillas, alrededor de varios hombres armados, aunque no se pudo
comprobar.
Unas personas se levantaron de sus respectivos
puestos saludando a Agamenón Cervantes cuando apareció en la escena, como si
después de la viuda fuera el hombre más indicado para recibir el pésame. Éste
estaba haciendo un esfuerzo de no llorar mientras no viera el muerto, sobre
todo cuando se dio cuenta de la magnitud humanitaria del velorio. Después
siguió de largo por la terraza, sintiendo que no tenía tantas fuerzas para
continuar de pie. En la sala le costó trabajo respirar, debido a la atmósfera
intensa. Alrededor de la gente sentada en silencio estaba el ataúd, centro de
toda la atención. Al interior del cristal, Héctor Pugliese había recuperado esa
blancura italiana que lo caracterizó durante su juventud, y que el sol del
Caribe había logrado eclipsar. Estaba serio y sereno, sin preocuparle la muerte
donde estaba atrapado sino la bella mujer que se había quedado sin él. Sentada
a un lado, forrada de negro hasta las muñecas y consolada por otras mujeres sin
maquillaje, estaba Elizabeth Gnecco. En cuanto la descubrió, Agamenón Cervantes
sintió la necesidad espiritual y física de acercarse a ella para abrazarle y
darle calor, dejando en silencio a los demás que preveían ese instante. Hasta
el momento ella no había cruzado palabras con nadie debido a la fatal impresión
que le había dejado el último aliento del muerto, pero delante de aquél sintió
con raro misterio que volvía a iluminarse el alma de su marido.
-¡Ay, por qué! –lloraba débil y como desahuciada.
Al lado de Elizabeth Gnecco estaba la madre del
muerto, vestida de negro y algo borrada por los años. Tenía tomada la mano
temblorosa de Lucas Pugliese, su marido. Éste era un anciano italiano de nacimiento,
lleno de canas y con una calma visible, que pensaba menos de lo que miraba.
Agamenón Cervantes recuperó su compostura cuando saludó a los dos hermanos
menores de Héctor Pugliese, quienes se habían ido a vivir a Santa Marta para
que no los relacionaran con éste. Ambos se levantaron de sus puestos, al
recibir la condolencia en la mano y espalda.
Una parte de la gente lo miraba a él como una de las
personas más significativas que había en la casa con la muerte de Héctor
Pugliese, algo que incomodaba profundamente a Agamenón Cervantes. Estuvo
sentado en silencio, al igual que todos en las honras fúnebres, teniendo la
mente en blanco. Algo pesaba en el fondo su alma, como si fuera una laguna de
lamentaciones. Entonces se reunió en la terraza un momento después con los
amigos del narco difunto, ocupando una nueva silla. En especial con Santo
Pinedo, para quien Héctor Pugliese era más que un hermano. «Los hombres buenos
no demoran mucho», decía aquél. Agamenón Cervantes escuchó sus palabras, y
entendió el sentido mortal de esa sentencia.
Cerca de ese grupo sentado en sillas plásticas,
había incontables personas viviendo en silencio. La mayoría estaba en ese
estado, sintiendo que el único que faltaba durante la noche para abanicar más
de una conversación era el mismo Héctor Pugliese. En los bancos del parque
Almirante Padilla también había varias personas sentadas, hablando en voz baja
algunas cosas buenas en su memoria. Era algo que no se podía evitar, siendo la
única manera de mejorar el ambiente cuando miraban la mansión de dos plantas.
En la sala de ésta, era posible escuchar de vez en cuando el llanto solemne de
la destrozada viuda.
Antes de las diez se había comenzado a comentar la
muerte de Pedro Bonivento y dos de sus hombres, en la terraza del hermano. Al
parecer, esa misma noche habían preparado su cuerpo en el anfiteatro del
cementerio, y el velorio común se estaba desarrollando en una casa lejos de
donde fue asesinado. Muchas personas estaban sentadas en aquella calle arenosa,
aunque con menos proporciones que allí en el centro. El único que no estaba
presente era Beto Bonivento, de quien se decía que se había refugiado dentro de
un armario en su alcoba cuando escuchó el tiroteo, con la intención de no
dejarse ver en los días siguientes, al igual que en otra parte de la ciudad ya
lo había hecho J.J. Padilla. En ningún momento Santo Pinedo y el muchacho
dibullero sintieron placer al tener en cuenta esa consecuencia, porque el alma
de Héctor Pugliese seguía tan encendida en ambos, que no tenía tanto sentido
alegrarse al pensar que se había dado el primer paso de la venganza.
Santo Pinedo tenía pendiente en Santa Marta un
asunto personal. Al despedirse de manera momentánea de la gente en el velorio,
y regresar en un carro esa misma noche a su ciudad, le confirmaron en seguida
que su sobrino había sido capturado. En vista de esa esperada noticia, Santo
Pinedo se fue a donde lo tenían para encararlo e intercambiar unas cuantas
palabras con él. «Eres la peor decepción», le dijo sin perder la calma papal
que lo caracterizaba. Era apenas un muchacho de unos veintidós años de edad,
maltrecho con la camisa rota y raspada en el lado de la costilla, al haber
puesto resistencia tratando de escapar de los captores por un sucio callejón.
Al ver a su tío, le pidió una segunda oportunidad estando a su lado, trabajar
con él, y con ese propósito le contó quiénes más habían estado detrás de ese
crimen, como Henry Salchar. Una vez enterado de eso, el narco salió en silencio
del cuarto sin escuchar sus desesperados ruegos. En ese momento, escuchó cómo
al otro lado de la puerta el sobrino fue sometido a despiadados tiros, para que
al menos aprendiera algo de la última lección.
En la mañana siguiente, Henry Salchar decidió
fugarse de Riohacha como fuera. Era un hombre de piel trigueña y ojos claros
como el olivo, que tenía una pistola en el pantalón, acompañado en la parte de
atrás por su hermano Miguel Salchar, una persona que había pertenecido a una
célula urbana de la guerrilla y lo ayudaba en los despachos de cocaína al
exterior, con que lavaban dólares comerciando productos de Maicao. Cuando
pasaron por el primer peaje de la carretera e iban por el caserío de Pelechua
con el chofer y un joven más que tenía una Browning 9 milímetros en las
piernas, se dieron cuenta por el retrovisor de que un carro los seguía a
sorprendente velocidad. Ligeramente trataron de reaccionar y disparar por las
ventanas, pero la camioneta de atrás se adelantó primero. La cuatro puertas
roja se fue a un lado de la carretera, sin contar con tanta fortuna. Todos sus
ocupantes murieron al instante, y nadie dudó del origen de esa emboscada.
Durante el resto de ese día, la noticia más
comentada de Riohacha y de la Costa Caribe seguía siendo la muerte de Héctor
Pugliese. La gente que pasaba en colectivos o en busetas cerca del velorio
desarrollado en su mansión, se asombraba de la gran muchedumbre concentrada
afuera a la hora de más calor. Entre esas personas amontonadas, sobresalía
Agamenón Cervantes que seguía sin encontrarle sentido a la vida. En cuanto
llegó la hora en que iban a almorzar, no quiso probar nada a excepción de un
vaso de agua para lavarse la cara. La muchedumbre más cercana a la sangre del
muerto, estaba en la parte interior ante el magnífico ataúd de caoba rodeado de
velones, teniendo al lado a la viuda que se había quedado pálida
asombrosamente, como si en vez de derramar caudalosas lágrimas hubiera perdido
gran cantidad de sangre. Durante el resto de la tarde, más personas seguían
arribando desde otras partes de la región. Entraban a la sala, para darle el
pésame a su viuda sin conocerla bien y de paso asomarse al cajón, donde la
belleza de Héctor Pugliese también comenzaba a morir. Simultáneamente, en la
parte de afuera, Agamenón Cervantes se movía mejor al lado de los otros
hombres. Estaba sentado en la sombra, cerca de Santo Pinedo que había vuelto
esa mañana de Santa Marta, frente al parque Almirante Padilla donde soplaba una
brisa fresca. En ese estado estuvieron hablando de los nuevos muertos hasta
altas horas de la noche, recibiendo consecutivos tragos de whisky, delante de
varios carros y hombres silenciosos con poderosas armas.
Agamenón Cervantes despertó la segunda mañana en su
casa de la calle catorce, con un cuerpo más nuevo. Estuvo con su gente de
confianza comentado sin parar la muerte de Héctor Pugliese, y antes de las diez
se fue un rato a la mansión donde seguía el mismo ambiente funerario. A la hora
del almuerzo, decidió sentarse a la mesa como hicieron numerosas personas, y
comer algo por primera vez en dos días. Después de haber terminado, habló con
una gente que lo conocía bien, se apartó a la esquina donde estaba la Toyota
Prado, y regresó a su casa para seguir bebiendo licor del puro con sus hombres.
Pasó más de una hora en ese estado, hasta que la imaginación comenzó a darle vueltas,
y se puso a hablar locuras que no tenían nada que ver con la realidad
manifiesta que los otros veían. Uno de sus compañeros comprendió que estaba
desfallecido por la pesada borrachera, y junto a los demás lo llevaron a la
cama, sabiendo que era algo que todavía necesitaba, debido a las noches que
demoró sin dormir. Sólo que a las cuatro de la tarde, lo despertaron en el
mejor momento del subconsciente, cuando estaba viendo a un Héctor Pugliese
caminando descalzo en el desierto, que le quería decir algo. Le pidieron que se
levantara y vistiera rápido, porque iban a dar inicio al multitudinario
entierro de su patrón.
Fue un acontecimiento poco común en la historia de
Riohacha. El ataúd fue sacado por fuertes manos de la mansión, en medio de la
expectativa ajena y el sombrío llanto desprendido de los humanos. Al lado de
los hombres que lo transportaban, aparecieron más voluntarios para ayudar con
algo en la corta procesión. Entraron un momento con el féretro en el interior
de la catedral Nuestra Señora de los Remedios, como era de esperarse. El padre
de turno, le hizo una misa solemne a sus despojos mortales y principalmente a
su alma filantrópica, con todas las distinciones de un hombre de sociedad.
Sentada en primera fila estaba su bella mujer, consumida en silencio. Al lado
suyo en la misma banca de madera, estaban más mujeres escuchando con atención
la ceremonia. Todos los presentes oraban desde sus puestos cuando tocó hacerlo,
pensando que desde algún lugar eran sentidos por el espíritu de Héctor Pugliese.
Era posible ver a numerosos humildes presentes y dolidos, que creían con pasión
en la santidad del muerto.
Un momento después las personas salieron con el
pesado ataúd que fue metido en la parte de atrás de un coche funerario, en las
afueras de la catedral Nuestra Señora de los Remedios. Le dieron la vuelta
despacio al parque Almirante Padilla, pasando la alcaldía, siguiendo de largo
por la carrera donde estaban unas oficinas, la esquina del teatro Aurora, hasta
avanzar en el callejón a continuación y doblar a mano derecha por la calle
quinta. El cortejo fúnebre siguió en esta vieja calle, con apasionados concurrentes.
La mayoría de las mujeres iban vestidas de negro, de gris, de blanco y de
morado, marchando lento con sus carteras de cuero. Fue posible ver que algunas
de éstas se lamentaban con el mismo dolor agudo de su esposa, dejando en claro
que eran las amantes secretas de su marido que no aguantaron más seguir
calladas antes de que lo enterraran. Todos los hombres iban de blanco, para
homenajear a la imagen de serenidad que siempre dejó Héctor Pugliese. En las
puertas de sus casas, ciertas ancianas estaban sentadas a pesar de la debilidad
y evidente ceguera, y le hacían una señal de adiós al extenso carro con la urna
del ocupante que les cogió la delantera. En cambio, unas personas de menos años
salían a la calle para unirse festivamente al popular entierro. De esa manera,
a medida que éste avanzaba incontenible, iba creciendo como un verdadero
monstruo humano. Fueron pasando varias casas hasta llegar al sector de El
Guapo, en cuya esquina principal donde vendían carne asada por las noches,
había más gente reunida. Era una parte de la ciudad que se había quedado allí
esperando, frente a un pequeño parque. En ese espacio había una cancha de
microfútbol, unos bancos de cemento y frescos árboles al final donde unos
ancianos aprovechaban la sombra tomando chirrinchi, sentados ante una mesa de
jugar dominó.
Enfrente se encontraba la fachada de muros blancos
del Cementerio Central, en cuya acera llamativa y calle pavimentada la multitud
se había detenido un momento junto a los mariachis para corear la canción Nadie
es eterno, de Darío Gómez. Fue algo triste, dramático, ya que la
desgarradora letra y la melodía erizaban los vellos incluso de los transeúntes
detenidos. En el interior del cementerio, todas las personas quisieron entrar
para no perderse un segundo de aquel episodio que consideraban parte
trascendental de la historia nacional. Con el ataúd cargado de nuevo por
obstinadas manos, recorrieron el largo pasillo principal en cuyo fondo estaba
la figura en blanco de una santa. En cuanto iban acercándose a esta venerada
imagen, buscaron un sendero a la derecha entre los sepulcros, donde estaba la
familia de la madre del muerto enterrada desde hacía años. En vista de eso, la
mayoría de las personas que despabilaban ante el último adiós se acomodaron
como pudieron, causando serios daños entre las demás tumbas cercanas que nada
tenían que ver con eso. Más tarde, alguien tuvo que tomar el cuerpo de la viuda
Elizabeth Gnecco vestida de negro, que desahuciada de pena no quería que lo
enterraran en seguida. Fue introducido rápido en su tumba, por obra de los
viejos sepultureros que ajenos a aquel sentimiento conmovedor, querían terminar
pronto ese trabajo para apartarse y comprar una botella de chirrinchi.
Una vez concluido todo, Agamenón Cervantes despertó
del drama. En cuanto la gente comenzó a salir del cementerio y aumentaba en
masa en la calle, se apartó de sus hombres para buscar a unas personas. Eran
los dos hermanos del muerto, Lucas y Jean Pugliese que estaban al lado de la
madre triste. Éstos, como era de esperarse, también estaban aguardando esa
oportunidad de encuentro. Agamenón Cervantes les recordó que había llegado el
momento de resolver el problema de la herencia, un tema del que nadie hablaba
pero que no dejaban pasar desapercibido en el aire. Era su deber como mano
derecha del narco difunto.
Como en ningún momento Héctor Pugliese perdió el
contacto con aquéllos que trabajaban en
una empresa legal de Santa Marta, gracias al computador portátil que dejó en su
alcoba, lograron establecer sus finanzas con exactitud y conocer uno por uno el
nombre de sus testaferros, desde el simple tendero de la esquina hasta el buen
banquero del centro de Cartagena, que hacían una fortuna de más de dos mil
millones de dólares. En seguida se pusieron en contacto con cada uno de estos
testaferros, para que siguieran en lo mismo pero ahora pasándoles facturas a
sus hermanos. En el tema de los bienes raíces, Agamenón Cervantes lo sabía casi
todo. Eran varias propiedades que conocía bastante bien, recordando incluso el
apartamento estupendo que tenía en Isla de Margarita. Estuvo de acuerdo en que
sus padres y hermanos eran los más apropiados heredando el cuarenta por ciento
de la herencia, su mujer el otro cuarenta, mientras el veinte restante se
repartía entre testaferros y trabajadores, como si estuvieran siguiendo las
instrucciones del mismo muerto, y el bueno de Agamenón Cervantes reveló el
paradero de ciertos dólares escondidos en unas caletas de Riohacha, que no
figuraban en el computador ni en el recuerdo de los demás. El dinero que le
quedó con la repartición no fue gran cosa, como si de pronto hubiera dejado de
tener la jerarquía que lo identificaba en los últimos días. En cambio, el carro
estupendo y la casa en la calle catorce que le había regalado el narco en vida,
tuvieron menos valor económico pero más dignidad apropiada para él. Sus hombres
imaginaron que debió quedarse con buena parte de la fortuna, pero cuarenta
millones de dólares no fue nada en comparación con lo que le hubiera dejado el
propio Héctor Pugliese. Sin embargo, más adelante cuando fueron testigos de su
primer embarque independiente, comprobarían que lo mejor que Agamenón Cervantes
heredó de su desaparecido patrón fue el optimista espíritu de negociante.
A sus treinta y seis años, Elizabeth Gnecco era una
mujer muy buena y generosamente gentil, cuya belleza esbelta era la envidia de
ciertos narcotraficantes, que veían en ella un botín más maravilloso para
arrebatarle a Héctor Pugliese que su inmenso dinero. En la admirable relación
que mantuvieron, nunca se escuchó decir que le había sido infiel con otro
hombre, y fue ella la que estimulaba a su marido para que adoptaran un niño
antes de verse obligada a dejarlo. Se quedó con buena parte de la fortuna por
consideración a ese amor y no por derecho matrimonial, además de la caja fuerte
donde estaban guardados más dólares y había joyas de rubí, perla y diamante,
que le daban el perfil de una reina de escultura jónica. En medio del silencio,
una vez se terminaron las nueve noches, alistó maletas y se despidió de las personas
más cercanas a sí. En las pocas en que seguía confiando, estaba Agamenón
Cervantes. Cada vez que podía estaba a su lado bastante tiempo dentro de la
mansión frente al parque Almirante Padilla, pensando que lo mejor era
acompañarla a donde se marchara para cumplir con el deber de cuidarla hasta la
muerte, pero la misma Elizabeth Gnecco le indicó tajante que no.
De todas maneras, desde Santa Marta le llegaron
noticias cuando ella se situó en uno de los mejores sectores, gracias a su
amistad con Santo Pinedo y la influencia de los paramilitares. Se mantuvo
informado en qué casa del conjunto residencial estuvo viviendo, y de la clase
de hermanas que la acompañaban cuando se montaba en el carro y salía a pasear,
o simplemente si iba de compras al supermercado. Estuvo al tanto del tiempo de
luto que le guardó a su marido, hasta que decidió quitárselo con sabiduría para
que nadie la relacionara con el narco muerto y la pudieran lastimar por eso.
Sin cambiar para nada con ese aspecto exterior, nunca se repuso del fuerte
dolor por la pérdida de su esposo. El día en que se enteró de que Elizabeth
Gnecco se iba para el extranjero, Agamenón Cervantes aceptó que era una buena
idea como si fuera él quien se la hubiera aconsejado, pero entonces sintió que
ahora sí se moría media parte de su vida. El destino era la capital de Francia,
donde tantas veces ella se llenó de joyas, ropa y zapatos en las mejores
boutiques, y donde podía comenzar una nueva vida sin estar amenazada por algo.
Las semanas siguientes, fue normal ver a Agamenón
Cervantes entrando y saliendo en silencio del Cementerio Central, con los ojos
rojos de lágrima. Al entrar andaba un rato por el corredor principal, doblando
después a mano derecha. En este lado buscaba en seguida la tumba de Héctor Pugliese
en uno de los lugares más cómodos para estar dentro del cementerio, y se
arrodillaba a llorar sin parar como si fuera su hijo. Reparando el rostro de
actor risueño y fotogénico grabado en la lápida de mármol, encima del inscrito
que decía Héctor José Pugliese Pulido (10 de enero de 1967 - 22 de agosto de
2006), pretendía escuchar sus últimos consejos abstractos para transformarse en
el extraordinario narco que lo sucediera bien. Las personas que estaban
alrededor suyo se conmovían por la eterna gratitud de haberle cambiado
radicalmente la existencia, escuchándolo a menudo decir:
-Fue el hombre más importante de mi vida.
Fue tantas veces a su lado, que cuando alguien
quería saber dónde estaba Agamenón Cervantes, nada más le bastaba con entrar un
instante en ese cementerio de Riohacha. En más de una ocasión, encontró junto a
la tumba a varias mujeres bellas de distintos colores llorando con lamento, y
entonces se les acercaba hasta reconocer que eran sus amantes. Con una de ellas
llamada Soraya Galván, que se presentó vestida de negro hasta los tacones,
sucedería algo inesperado una tarde. Al tratar de levantarla con un abrazo de
calor la besó por accidente, y cuando salieron a la calle buscaron un cuarto
común donde en nombre de Héctor Pugliese terminaron apasionadamente haciendo el
amor. Era una mujer de aspecto moreno y angelical, llena de carnes macizas por
todas partes, con quien mantuvo una relación enfermiza y clandestina durante
unas cuantas noches, hasta que cayeron en cuenta de que lo mejor era separarse.
«Es la única manera de comenzar una nueva vida», le aconsejó ella, contra su
misma voluntad. En cualquier parte donde estuviera, la realidad le manifestaba
esa cruda verdad al humilde muchacho dibullero, su espíritu positivo y
sorprendentemente perseverante atravesó por una de las etapas más nebulosas de
la vida, como si su intención de ser alguien importante en el narcotráfico
pareciera apagarse como una vela en la madrugada.
Su relación con el grupo paramilitar de la Sierra
Nevada del Magdalena y de La Guajira no decayó, algo inesperado para él. En
cuanto el funeral de Héctor Pugliese se ejecutó con los honores de un verdadero
héroe inmortal de Riohacha, este grupo rebelde y armado que trabajaba con el
narcotráfico, se puso en contacto con el muchacho para recordarle que había
quedado pendiente una gran encomienda de coca, esperando ser mandada al
exterior. Le indicaron que él en persona podía despacharla, debido a su
estrecha relación con el narco difunto. Estuvo a punto de decirles que ya no
valía la pena hacerlo porque esa carrera miserable para él se había terminado,
cuando el jefe paramilitar Hermes Hernández le hizo caer en cuenta de que por
consideración a la estima que le tenía Héctor Pugliese, podría poner esa
considerable mercancía en sus manos para enviarla a Estados Unidos, y ganarse
la mejor tajada del negocio. Era una manera de rendirle homenaje, a quien había
sido su auténtico padrino en el mundo del narcotráfico.
En la Sierra Nevada de Santa Marta, los grupos
paramilitares se habían apoderado de esa tierra a punto de espíritu desafiante
y valor prehistórico, desterrando a varios organismos de la guerrilla que
llegaron primero. Se habían adueñado de los caminos, de los interminables
dominios, de la aceptación de los grupos indígenas como los koguis y arhuacos,
de la gente en los pueblos aledaños y a orillas de la carretera Troncal del
Caribe, y de lugares precolombinos para el buen turismo como Ciudad Perdida,
con su ámbito sagrado y sendero de piedra eterna. Eran la única autoridad que gobernaba
con la aprobación de los campesinos, y ni un insecto andando en el aire, una
tarántula tejiendo su telaraña, una hoja seca de árbol cayendo al suelo o un
pájaro volando por el extenso valle, lo hacían sin la aprobación del
omnisciente jefe. En caso de que algún nativo curioso o un turista venido de
lejos quisieran subir por el camino hasta la cima donde estaban los páramos
blancos, tenían que obtener mentalmente su permiso. Sólo así podían trepar sin
ninguna amenaza humana, que era peor que la peste de las serpientes y las
fieras hambrientas, para conocer la nieve en la cumbre más alta de toda
Colombia. La prodigiosa naturaleza que le había permitido sobrevivir con sus
hombres ante el asedio de tantos inviernos, plagas, culebras, bestias,
guerrillas y común búsqueda de las autoridades, hacían de él un personaje
legendario fuera de lo común. En verdad, era como si ante el invierno los ríos
más crecidos y desordenados que se abrían paso con furia, tuvieran su
consentimiento para desembocar kilómetros abajo en las aguas del mar Caribe. De
paso financiaba la lucha antiguerrilla con el narcotráfico, su verdadera fuente
de ingresos. Era dueño de incontables campamentos con laboratorios escondidos
entre la espesura de la vegetación y la infinita selva, donde había unas
cocinas con químicos como el éter etílico y la acetona para el proceso del
alcaloide, reuniendo toneladas y toneladas de cocaína que constituían su
indestructible riqueza, base de un imperio colosal donde abundaban las armas.
En pueblos como Palomino en el departamento de La Guajira y al borde de la
carretera, estaban establecidos varios tipos disfrazados de campesinos y
civiles, laborando como informantes para los paramilitares, los cuales hacían
ronda de vigilancia en horas de la noche. En Marquetalia, Buritaca y
especialmente en Guachaca, Hermes Hernández alias HH era una leyenda
viviente, un personaje de la sombra que al venir del interior del país décadas
atrás, le había declarado la guerra a la guerrilla con unos cuantos hombres, y
al convertirse en la autoridad institucional de la Sierra Nevada a la gente
hasta se le permitía quejarse de Dios, pero no hablar mal del comandante. De
tanto recorrer aquellas tierras, reconocer el clima y su biodiversidad
necesaria, vivir noches de desamparo bajo las infinitas estrellas, había
aprendido a entender mejor el universo como sólo pudieron hacerlo los
exterminados tayronas antes de la llegada de los españoles. Eran contadas las
personas civiles y narcos que habían podido arribar allí, entre ellos Héctor
Pugliese que pudo ir más de dos veces a su vigilado campamento, para
entrevistarse con él.
Por consideración a esa amistad, Hermes Hernández
quiso ayudar al hombre más cercano al muerto en sus últimos días. Sin importar
que en cualquier momento se fuera a desmovilizar con sus soldados
paramilitares, al considerar como buena la propuesta de Ley de Justicia y Paz,
seguía traficando viciosamente con la cocaína. Por eso dio la orden a su hombre
de confianza, que también figuraba entre los más buscados por las autoridades a
raíz de sus antecedentes penales, para que sacara una mercancía de la fábrica
montuna. Éste se movió precipitado, y puso en ejercicio a los demás. Entre unas
personas del campamento, sacaron de un rancho unas bolsas de coca que montaron
detrás de una camioneta, tapándolas con varias hojas de plátano de manera
rutinaria. En la tarde ésta bajó por un camino hasta salir a Guachaca, teniendo
solamente a cuatro tripulantes. Sin preocuparles que iban en plena carretera
Troncal del Caribe, pasó por pueblos como Buritaca, Marquetalia, Palomino, y
más adelante bajaron la velocidad en el retén de Mingueo, donde a veces los
carros son requisados por la policía.
Siguió su marcha de largo por la entrada de Dibulla
en la esquina de Casaluminio, pasaron el puente sobre el río Jerez y un poco
más adelante Campana Nuevo. Pasaron por Puente Bomba y luego cerca de Pelechua,
donde estaba cerca el peaje antes de la entrada de Tigreras. Después siguieron
por Perico sin ningún problema, y sólo en Camarones cuando les informaron que
un carro de la policía venía de Riohacha, se detuvieron en la entrada de esta
población para abastecerse de gasolina por pimpina. Entonces arrancaron derecho
hasta llegar a Riohacha, sin que nadie detuviera la camioneta sobrepasada en velocidad.
En la esquina del Bienestar Familiar, doblaron a la izquierda en plena Avenida
de los Estudiantes. Continuaron en esta carrera pasando delante de Gases de La
Guajira, y cuando estaban frente al estadio de fútbol Calancala, se metieron a
la derecha por la calle catorce.
En la sala de su casa, Agamenón Cervantes observó
las bolsas repartidas en el suelo. En su interior, se sentía contento con esa
muestra de confianza por parte del socio paramilitar, sabiendo que ésa era la
gran oportunidad de su vida para comenzar desde cero con cien libras de coca.
Unos hombres estaban alrededor de él, siendo testigos de un momento
indiscutible que para ellos también era el inicio de una nueva carrera. Tomó
una de las bolsas para romperla con una navaja y degustar unos cuantos gramos
en la punta de la lengua, buscando comprobar que fueran de la más alta calidad
como había aprendido de su anterior jefe. Por referencia ajena y su propia
experiencia, tenía conocimiento de que algunas veces la cocaína se mezcla con
leche o cal para aumentar el peso del producto, presentándose el caso de que en
muchas ocasiones el alucinógeno malo crea más adictos que el bueno. La
intuición le indicó que los gramos eran de buena calidad, superando el primer
paso para avanzar en una empresa que le daría excelente resultados con sus
futuros socios.
Las dos camionetas estaban esperando en la arenosa
calle, para llevar aquella mercancía a su lejano destino de despacho. Una de
las Toyota Prado fue introducida de primero en el garaje a mano derecha de la
terraza con la intención de ser cargada con la droga, y cuando quedó equipada
debajo de los cojines, fue sacada para que metieran la otra. Jeison Barros fue
una de las personas que ayudaba para que todo se desarrollara sin ningún
problema, diligente, astuto, con una habilidad que lo habría de caracterizar en
adelante. Consciente de que para comenzar desde cero tenía que tener un nuevo
aire, Agamenón Cervantes pretendía estar rodeado de gente fresca como él, y si
al principio los unió el gusto por la música de Diomedes Díaz, el Binomio de
Oro y Adaníes Díaz, en esa nueva situación los acercaría más la responsabilidad
de despachar interminables cargamentos de cocaína al extranjero. Después de
terminado ese segundo proceso, Agamenón Cervantes fue el primero en meterse en
su camioneta plateada, para asumir la responsabilidad de líder. Estaba al lado
de la primera ventana del asiento derecho, sentado encima de una parte de las
bolsas de coca, e indicó a los demás que tuvieran cuidado con que no las
partieran al acomodarse dentro del vehículo, recordando que una camioneta no
fuera tan cerca de la otra para no llamar la atención de las autoridades. Las
bolsas blancas tenían la apariencia de ser oro puro, sabiendo por eso que en
caso de que se perdieran por cualquier accidente, le tocaría pagarlas de su
propio dinero.
Salieron de la casa a mano derecha en la arenosa
calle catorce, donde Agamenón Cervantes comenzaba a ser una referencia
indiscutible entre los vecinos. Las dos Toyota Prado iban separadas pero avanzaban
a una misma velocidad, llevando en su interior una cantidad de alcaloide que en
caso de ser interceptado por las autoridades, sería una escandalosa noticia en
toda la Costa Caribe y en el interior del país. Las camionetas dejaron de andar
por la arena, subiendo al pavimento sin terminar de la misma calle. Antes de
alcanzar la cuadra donde estaba la casa de Eufemia García, quien había muerto
un año atrás víctima de un infarto en el corazón, buscaron el lado derecho en
la esquina. De esa manera siguieron de largo por la última catorce donde
quedaba La Pajará, la calle más famosa de Riohacha. Unas personas estaban
reunidas bajo la sombra en las afueras de un billar, tomando cerveza, hablando
y escuchando música a todo volumen como era costumbre en el lugar, y algunos
presentes saludaron al carro color plateado que ya reconocían.
En la calle quince donde estaba el edificio de
Centromac, aumentaron la velocidad del primer carro cuando entraron en la
carretera. Era un lugar comprometido para él, debido al paso de la gente y el
tráfico intenso de la principal avenida con vía doble. En seguida siguieron
derecho por la carretera negra pasando delante del colegio María Cuesta más
conocido como El Verde, que Agamenón Cervantes miraba profundamente desde que
se enteró de que allí había estudiado Alexandra Pitre, siendo apenas una
muchacha. Pasaron por la escuela de monjas María Goretti donde además había una
parroquia llamada San Francisco, y cuando iban por la terminal de transportes
donde paraban los buses que venían de Maicao y salían unos de su patio grande,
se fijaron a un lado donde estaba un comando de la policía, cerca de la imagen
adorada de la Virgen del Carmen. Sin quitarle importancia a eso volvieron a
respirar tranquilos más adelante, viendo al lado izquierdo de la avenida y en
la otra vía, al blanco edificio de Telecom, en cuya terraza había un bonito
jardín. Cuando querían tomar la carretera que llevaba vía a Maicao, pasaron
primero delante del parque de La India donde se sentaban en la sombra muchos de
sus ciudadanos, frente al romboy en cuyo centro estaba la estatua inmortal de
Francisco el Hombre con su acordeón desplegado que ya no enfrentaba al diablo
sino a los siglos que le venían encima, cerca del Mercado Viejo. En el parque
también se estacionaban unos carros y cuatro puertas para llevar pasajeros a
barrios lejanos como el Dividivi, teniendo enfrente la sede principal de la
Policía de La Guajira. Agamenón Cervantes ni siquiera miró a la derecha de su
carro donde estaba este edificio verde y blanco con ciertos agentes en la parte
de afuera, y sólo cuando se alejaron con prudencia de la calle 15, ordenó por
celular que aumentaran la velocidad de la segunda camioneta que venían viendo
por el retrovisor.
La vía con rumbo directo a Maicao estaba un poco
despejada después de que pasaron por la última bomba, donde paraban los carros
para abastecerse de gasolina. En el recorrido de esta carretera, avanzarían por
unas casas, por un costado de la Laguna Salada, miraron la circunvalar que
llevaba hasta el mar en donde desembocaba el Riíto y estaba el hotel Mar Azul,
y más allá pasaron delante de la casa aislada de Radio Delfín, donde estaban
los mejores periodistas y locutores como Pepe Palacio, Jairo Romero, Eladio
Narváez y Betty Martínez. Era la altura del camino que necesitaban para
respirar, adentrándose más en la avenida casi despejada. Más adelante pasaron
por un puente encima del río Ranchería, haciéndose ilusiones de que todo
marchara bien ante la larga soledad que esperaba. Era un estado de la naturaleza
que precisaban, para reflexionar mejor en cuanto a la responsabilidad de
transportar esa droga. Un kilómetro después de haber salido del perímetro
urbano, se encontraron con la fortaleza del Batallón Cartagena donde estaban
los soldados rasos, frente a la hermosa sede de la Universidad de La Guajira.
El panorama militar no era de temer, teniendo en cuenta que Héctor Pugliese
había dejado buenas amistades allí dentro.
El viaje por la negra carretera duraba alrededor de
una hora, de manera que los tripulantes de la primera camioneta tuvieron tiempo
para hablar en voz alta, pensar y fortalecer su certeza de que en el desierto
cualquier aspirante a capo se siente más competente. Agamenón Cervantes iba al
lado del chofer teniendo el panorama del paisaje árido en su ventana, y se
había acostumbrado tanto a la mercancía blanca bajo de él, que se sentía cómodo
con ésta como si fuera otra forma del cojín. En ese ritmo, iba mirando la
infinita vegetación de trupios, cactus y espinosos cardones a su lado,
reconociendo una de las entradas que llevaban al seminario de niños en
Aremasain. En otra situación quizás hubiera ordenado detener el carro al ver un
grupo de chivos solitarios, para robarse uno y embarcarlo en la parte de atrás,
pero estos animales más bien tuvieron que apartarse de modo atropellado en
medio de la carretera, abriéndoles el camino a aquellas dos Toyota Prado que no
parecían compañeras de viaje sino rivales en adrenalina por la velocidad que
llevaban. Antes de arribar a la ciudad de Maicao, se cruzaba un puente arriba
de la carretera también conocido como Cuatro Vías. Encima de éste estaba la vía
de un tren que transcurría por allí con más de ciento veinte vagones, que
cargaba carbón procedente del Cerrejón e iba por todo el desierto directo hasta
la Alta Guajira donde estaba Puerto Bolívar, la terminal carbonífera a donde
arribaban los inmensos buques. Continuando de largo por la carretera, estaba a
unos kilómetro de distancia la apartada población de Maicao, ciudad fronteriza
con Venezuela y vitrina comercial del contrabando, a donde llegaba gente de
muchas partes buscando desde electrodomésticos hasta víveres de mercado a buen
precio. En cambio, a la izquierda se abría paso el camino de arena que llevaba
hasta la misteriosa comunidad de Uribia. Cruzaron por esta parte polvorienta
con decisión, donde el calor era tan físico que a través de la ventana parecía
la atmósfera de una película, para aquellos hombres cómodos bajo techo y con
aire acondicionado dentro del carro.
Era posible ir viendo el trayecto de rieles donde
pasaba el tren del Cerrejón con sus vagones llenos de carbón, al lado derecho
del camino. En el progreso de esa aventura en el desierto, se encontraron con
bastantes sabanas de arena nublando el panorama. Unos cuantos carros
particulares se cruzaban, viniendo del lugar a donde apenas él quería ir. En la
noche el ambiente de tránsito vehicular en ese territorio, era plenamente
diferente. Muchos camiones grandes venían atiborrados de contrabando,
respaldados por grupos de indígenas armados a la vista en el corto camino hacia
Maicao, donde el comercio de productos del exterior seguía siendo movido.
Durante ese espacio era más transitada aquella trocha por tales camiones y
demás medios de transportes, cuidándose ante la amenaza peligrosa de los piratas
terrestres. Según decían los mismos contrabandistas de Maicao como presión al
gobierno centralista y a la DIAN, en La Guajira olvidada se podía extinguir la
civilización occidental pero no la antigua tradición del contrabando. Era la
primera vez que Agamenón Cervantes se disponía a cumplir esa ruta por el
desierto con algo propio, conociendo más la geografía de una península donde
además del contrabando que procedía de distintos puertos del Caribe, se
despachaba la mayor parte de droga procesada en el departamento guajiro y en la
Sierra Nevada, y donde la república de Colombia estaba más cerca del mundo
verdadero.
Uribia era el último municipio a donde tenían que
arribar, antes de seguir derecho por la península. Era una comunidad habitada
por hombres blancos, mulatos e indios, que debía su nombre derivado al general
liberal Rafael Uribe Uribe. Estaba ubicada en el centro vertical de la
Península de La Guajira, y debido al paisaje desértico, la cultura milenaria y
su original artesanía wayuu, era considerada la capital indígena de Colombia
para orgullo de sus habitantes en la actualidad. A pesar de la atmósfera cálida
y lo distante que estaba del resto del país, su gente había aprendido a sembrar
árboles que dieran sombra para atraer más forasteros. En vista de eso, cada
quien se sentaba como si nada en su terraza a la hora de más calor. La
tranquilidad y sana alegría se veía en cada esquina del pueblo, impresión que
tuvo Agamenón Cervantes sin necesidad de bajarse del carro.
De un momento a otro, las dos camionetas se
detuvieron ante un restaurante común y corriente. En el local con carpa de
Postobón había pocas personas presentes, pero sí varias mesas plásticas para
sus disposiciones. Cada quien se sentó tranquilo en su puesto, creyéndose libre
de la amenaza de la carretera, pero sin dejar de ser conscientes de que en
cualquier lugar donde llegaban eran señalados como paramilitares, debido a la
imponencia de las camionetas con placas colombianas de las cuales se bajaban.
Una señora morena se acercó a las dos mesas para preguntar qué querían de
almuerzo, y alguien dijo por todos que arroz blanco con tajadas de plátano
verde, ensalada de lechuga y chivo guisado con leche de coco. En menos de diez
minutos ya habían sido servidos los platos, con gaseosas heladas de varios
sabores como uva y manzana. En esos instantes cuando mejor se encontraba
comiendo, Agamenón Cervantes atendió el celular que estaba sonando en su
bolsillo. Uno de los individuos, que se había adelantado con inteligencia en el
camino del desierto buscando el Cabo de la Vela, le informó que el sendero
estaba libre de encuentros con la policía o agentes anticontrabandistas de
la DIAN.
No hubo necesidad de entrar en Manaure, un pueblo
junto al mar espumoso, residencia de muchos indios que explotaban la sal en los
simétricos charcos. En la orilla de esta pequeña bahía, se podía ver
constantemente un alto cerro de sal refinada acumulada por una máquina
exclusiva que la iba procesando, dejando la forma de una particular pirámide
que parecía una de las nuevas maravillas del mundo en el desierto de La
Guajira. Los seres humanos vivían en perfecta armonía con la naturaleza,
teniendo varias escuelas y un llamativo parque de recreación, en cuyo espacio
corría el viento fresco del nordeste. Tenía una diminuta iglesia que hacía
sentir a la gente más cerca de Dios que de Riohacha, la capital del
departamento. Era una localidad tan pequeña, que el alcalde podía ser conocido
en persona por todos sus habitantes en un mediodía caliente. Era reconocido públicamente
que a sus costas también se acercaban los barcos privados que traían
contrabando procedente de Panamá o de las Antillas Menores, y unas naves
nacionales que venían en busca de la sal.
Desde la capital indígena tomaron el camino de la
Alta Guajira por el desierto peninsular. Era una ruta destapada por la cual
Agamenón Cervantes apenas se había metido unas dos veces en su vida,
acompañando a Héctor Pugliese. En ciertos sitios se presentaba dificultad en el
camino, pero lograban superar las incomodidades del sendero por donde viajaba
constante gente en plan de turismo desde el interior del país. Durante un gran
rato estuvieron en silencio ante la monotonía de aquel paisaje estéril, y de la
vegetación árida en la tierra que se repetía como reproduciéndose a la vista, a
medida que iban acercándose paralelamente al mar. Era una experiencia de
ensueños, que a pesar de tener la brisa en contra inspiraba espejismos por
fuera de la ventana. De vez en cuando el nuevo narco miraba todo a su
alrededor, queriendo llegar de inmediato a su destino. En medio de esa visión
de rancherías apartadas y monte inacabable, Agamenón Cervantes sentía en serio
que estaba comenzando un nuevo capítulo en su vida.
El Cabo de la Vela era un brazo de tierra mar
adentro, al lado izquierdo de la península. La majestad de sus alrededores
dejaba ver que no podían existir tantos lugares en la tierra como esa bahía,
que tenía un mar de aguas verdes ante una playa amarilla donde todo el que
llegaba se quería tomar una foto para la historia. Ese panorama mágico
confirmaba que era un lugar paradisíaco
precisamente por ser territorio virgen, donde la arena abundante creaba el
mejor espectáculo de cualquier desierto bañado por el mar Caribe. La sensación
de soledad las veinticuatro horas del día, era una bendición milenaria para los
nativos wayuus que cuando subían en acto religioso a la principal cima veían
dentro del mar una diminuta isla rocosa llamada Jepira, donde según sus
creencias iban a parar las almas de los nativos muertos, que después regresaban
a la tierra en forma de lluvia por obra del dios Juya. Durante el resto del
año, estaban llegando al Pilón de Azúcar turistas de distantes partes y
extranjeros que eran atendidos por los indígenas dueños del territorio
desértico, reconociendo que era el paisaje más bello de todo el país, como le
pareció a Agamenón Cervantes cuando se bajó de su aparatosa camioneta Toyota
Prado. De pie ante la brisa desmedida que soplaba, contemplando el hermoso
arenal y sintiendo el portentoso destino que le aguardaba, siempre había de
decir que su carrera como narcotraficante independiente quedó bautizada en ese
enigmático paraje de La Guajira.
Después de esa estación todo fue absoluta soledad,
en medio del peladero con las llamativas montañas de barro. La única realidad
perseverante era la misma: arena y árida vegetación, con la única diferencia de
que ellos parecían pertenecer a otro cosmos observando el entorno desde el
interior de las ventanas, en medio del aire acondicionado. El paisaje fue
cambiado a medida que avanzaban en los kilómetros, como cuando cruzaron por
encima los rieles donde continuaba su marcha el tren lleno de carbón arribando
casi a Puerto Bolívar, la terminal marítima donde sacaban el valioso carbón de
La Guajira. Para nada tuvieron que hacer escala en aquel complejo de ingeniería
portuaria en el desierto, donde los buques se estacionaban ante su sofisticado
muelle de hierro. De manera que entre más avanzaban por la Alta Guajira, más se
sentían seguros con la responsabilidad de aquel gran cargamento. Teniendo en
cuenta eso, Agamenón Cervantes reconoció sin discusión que el desierto de su
departamento se prestaba evangélicamente para cualquier clase de contrabando.
En la parte occidental de la Alta Guajira, había una
increíble bahía conocida como Bahía Portete en cuyo espacio náutico y tierra
adentro se mantenía una actividad portuaria, imparable y algo clandestina que
todavía duraba. Su escondida posición en la geografía marítima que calmaba a
las brisas, produjo que la antigua práctica del contrabando siguiera su ritmo
igual que en el pasado centenario, de modo que La Guajira apartada y remota,
olvidada en apariencia por la historia mundial y su propio gobierno, mantenía
abierta su amistad mercantil con el resto del Caribe. Simultáneamente, la profundidad
natural de sus aguas a pocos metros de la orilla, permitía que los barcos más
grandes se acercaran bastante para su pronto descargue. La persona que deseaba
comer con el hábito del contrabando, se iba hasta ese lugar para ayudar a
descargar los barcos procedentes del mar, comprobando entonces que la mayoría
de los productos como televisores, neveras, whiskys, ropa y zapatos de marca
norteamericana, procedían de Puerto Colón en Panamá. Era un universo
incomparable, donde se levantaba un caserío perteneciente a los indígenas que
vivían desde hacía décadas del negocio ilegal empujado por los barcos.
Unos años atrás aquel lugar fue escenario de una
matazón implacable, que no tenía antecedentes en la historia de la península.
Los indígenas, dueños por sangre de la comarca, se sintieron interrumpidos por
una fuerza enemiga, oscura y desconocida ante la madre naturaleza. Una de estas
personas, se ganaba la vida cobrándoles impuesto a los barcos que descargaban
los productos de contrabando en sus costas. De esa manera acumulaba con fortuna
el dinero, teniendo fama y gran respeto por eso desde su casa grande en
Riohacha. Se rumoreaba que también mandaba droga al exterior en los mismos
barcos que en apariencia partían vacíos en busca de productos, por lo cual
había aumentado su riqueza y los hombres armados en su entorno próximo. En una
ocasión se enteró de que una mercancía ajena de cocaína que estaba bajo su
poder, desapareció inexplicablemente del caserío por obra de algunos que
después se supo pertenecían a un grupo de delincuentes. Como el indígena, dueño
de una parte de aquel puerto, mantenía contacto directo con los paramilitares
de la Sierra Nevada de Santa Marta y de La Guajira, sintió que todo era por una
diferencia. Sabiendo que no podía quedar mal ni muerto con uno de los jefes
paramilitares de la Sierra Nevada que había puesto aquel cargamento de coca en
sus manos, tuvo en cuenta la necesidad de tomar venganza inmediata contra aquel
personaje lanzado y sus aliados, para demostrar lo que les pasaba a quienes se
atrevieran a robarle de ahora en adelante.
En menos de una semana, se presentaron las primeras
víctimas mortales. Fue un acontecimiento que no se esperaba, por parte de la
gente inocente que vivía en paz en la soledad de aquel desierto. En seguida se
presentaron más muertos en el terreno y represalias, en medio del fuego
infernal. Las muertes continuas fueron de lado y lado, llegando a muchas partes
y ranchos a lo largo de la bahía. Se conoció la noticia de que los
paramilitares, que habían entrado con la intención de controlar el puerto para
el despacho de la droga, estaban matándose con una banda aparte de indígenas que se habían revelado
valientemente con las armas. Al mismo momento, sintiendo que una amenaza más
terrible que un peligroso huracán, la mortal enfermedad del cólera, la penosa
sed, la presencia del hambre y el azote de malos espíritus wanülüs
aterrizaba sin aviso en esa comarca, las madres, hijas y hermanas indígenas se
pusieron en alarma con amargura, formando un éxodo como nunca antes se había
desarrollado en aquel territorio. Muchos buscaron la Media Guajira, mientras
otros huyeron por la frontera al vecino país de Venezuela, en cuyo suelo los
indios guajiros siempre se han sentido mejor tratados que en Colombia. Mientras
continuaban las muertes y la oscura batalla por quedarse con Bahía Porte, la
Cruz Roja Internacional se manifestó ante el dramático caso, clamando ayuda por
la extinción de los indígenas. La sangre de las víctimas se derramó con
frecuencia, dándose el caso de que las voces de llanto llegaban más lejos por
la presión de la brisa nordeste, que por los informes de la amedrentada ley.
El narcotráfico había penetrado de manera bárbara,
como si a los mismos guajiros les importara más la droga que salía al exterior,
que el tradicional contrabando que sólo se estaba convirtiendo en una mera
circunstancia para lavar dólares. Era tanto el dinero que se movía con ese
negocio, que cuando alguien queriendo conseguir trabajo humilde se iba a
descargar barcos en Bahía Portete, terminaba metido fácilmente con el
narcotráfico. Los narcos se trasnochaban con las armas que recibían
clandestinas en los barcos, permitiéndoles en poco tiempo ser los amos
originales de aquel territorio. Era algo que les convenía, para seguir
produciendo dólares y fortalecer su capacidad militar en toda la región. No
pasó casi nada antes de que se conociera que los narcoparamilitares eran los
dueños por excelencia de Bahía Portete, porque se habían apoderado de esa parte
de la península con su terrible maquinaria de terror. Si todo había vuelto a
marchar a un ritmo tranquilo, incluso en la descarga de los barcos de
contrabando, era porque tenían el control estratégico y militar de la zona.
Fue por eso que cuando Agamenón Cervantes llegó al
ambiente de Bahía Porte, lo recibieron como en el patio de su casa. Una vez que
abrió la puerta de su camioneta Toyota Prado, se movió como una persona que
llevaba bastante rato de estar allí, y quienes lo vieron no dudaron de que se
trataba de una persona de significativa jerarquía en el universo mafioso. De
inmediato recibió trato especial de un personal armado e inteligente, y le
llamó la atención que en aquel puesto del desierto se pudiera respirar el aire
más puro de toda la tierra. En su intercambio de palabras con uno de los
hombres que lo encaró, quedó establecido por quién era recomendado. Ante los
anfitriones paramilitares que lo respaldaban, se enteró de que su mercancía no
era nada en comparación con los kilos y kilos de coca, que salían a cada
momento de unas playas solitarias retiradas de los viejos camiones allí parados
que buscaban contrabando. En medio de esa brisa despertando polvo en el aire,
de esos niños pobres y sin camisa caminando descalzos cerca de sus madres
indígenas, observó cómo se movían millones de dólares regularmente.
En seguida, su estado nervioso aumentó cuando
terminaron de descargar un contrabando de neveras ELG y televisores marcas
Panasonic del barco El Navegante, donde se iba a cargar su droga. Era
una de las tantas naves de hierro gastado por la sal del Caribe, paradas cerca
a la orilla ante la espera de los grandes camiones. El capitán de cachucha
escocesa era consciente de que la mercancía tenía que ser introducida en otro
barco proveniente de Buenaventura y salido por el Canal de Panamá, antes de que
ingresara en Puerto Colón, para que el segundo siguiera su rumbo por aguas del
mar Caribe hasta el Golfo de México, al sur de Estados Unidos. En media hora,
habló las suficientes palabras que necesitaba hablar con Agamenón Cervantes
hasta dejar todo claro. Éste se quedó dando vueltas alrededor de la playa,
viendo en la distancia cómo los hombres
sin camisa descargaban otros barcos de contrabando. Esa visión de intercambio
comercial, sería algo que influiría bastante en su manera de ver el mundo.
En realidad, se sentía increíblemente bien en esa
estación del universo que quería conocer mejor. El panorama revelador y el aire
puro que respiraba, le daban una seguridad terrenal que antes no conocía. Fue
una experiencia intensa, extraordinaria, sobre todo al ver caer la tarde
delante de aquel paisaje de ensueños. El mar grande con los barcos a lo largo y
ancho de la bahía, le manifestó un mejor horizonte a su vida. Eran de distintos
tamaños y diferentes procedencias, moviéndose y parados a la distancia en las
serenas aguas como El Navegante. En cuanto llegó el turno por la noche
para cargar este barco apartado del lugar donde paraban los camiones,
comenzaron a moverse como si la presencia de la luna nueva los hubiera
inspirado. Agamenón Cervantes sacaba en persona las bolsas debajo del cojín del
carro, entregándolas al primer hombre que tuviera cerca, para que éste a su vez
las fuera acercando al barco. Cualquiera de ellos que las recibía, escuchaba
sus consejos de que tuvieran cuidado. Después él mismo se fue con dos bolsas en
una lancha hasta el interior del barco, donde los tripulantes estaban
acomodando la droga. En el fondo, su interés ya no era tanto verificar ese
proceso como reconocer la estructura interior de una nave, que constantemente
traía contrabando a los almacenes de Maicao.
Cuando comenzó a alejarse por el mar, él se sintió
bien delante de sus hombres. Se fue a caminar alrededor de la localidad
desierta, donde estaban haciéndose más cargamentos de cocaína aprovechando la
oscuridad del firmamento, al lado de sus compañeros que tenían tantas ilusiones
planetarias como él. Teniendo las puertas abiertas de aquel lugar y la
aceptación humana, esa noche se quedó durmiendo allí. Se acostó en uno de los
chinchorros bajo una enramada de palmas secas perteneciente a los pobladores,
donde recibía la descarga del viento glaciar. Una niña se le acercó dándole un
plato de friche con bollos de harina, y un vaso de chicha helada. Desde ese
paraje distinguió las últimas luces de El Navegante, donde estaban todas
sus esperanzas, alejándose pacientemente en medio de la oscuridad para salir de
la extensa bahía, convirtiéndose así en su primer corone como narco
independiente.
En los días siguientes se volvió una costumbre verlo
en los alrededores con mejor ánimo, trayendo más bolsas de coca para despachar.
Se convirtió en otro habitante de Bahía Portete, ambiente donde se sintió mucho
más identificado que cualquier nativo del departamento, siendo reconocido por
los pobladores como uno de los suyos. Se la pasaba tanto en ese contorno y
delante de aquel paisaje desértico con gente humilde, que aprendió a entenderse
con los indígenas wayuus en su propia lengua. De éstos aprendió la
clarividencia aborigen, la intuición milenaria para sobrevivir a todo, la
tierra apartada y silenciosa que daba más conocimiento que el ruido
ensordecedor de la ciudad, el alma de contrabandista que todavía le dejaba algo
al arijuna. Su relación con la gente del puerto le serviría más adelante
para seguir despachando droga sin obstáculo alguno, y unos amigos vinieron a
ayudarlo desde Riohacha, como sucedió con el buen Darwin Castañeda. La mayoría
de los barcos que eran cargados en ese puerto pasaban por las costas de Panamá,
antes de dar la mercancía a otras naves de empresas legales, que se abrían paso
hacia Estados Unidos. En una ocasión, cuando uno de esos barcos fue
interceptado pasando cerca de Honduras, y le incautaron droga camuflada cerca
de la quilla para informe en el noticiero del mediodía, no le importó. Era
consciente de que eso, en vez de ser el final, era sólo el comienzo de
aprendizaje en un verdadero narco. Siguió mandando más embarques de cocaína por
las aguas del mar Caribe, buscando también la ruta de Haití o de Jamaica sin
temor a un naufragio económico, porque ganaba tanto dinero con un embarque
coronado para poder recompensar las pérdidas de unos cuantos caídos.
En los alrededores del desierto se sentía totalmente
invulnerable. Cuando le tocaba dormir, abría entonces un chinchorro delante de
sus hombres mientras miraba todas las estrellas del universo. En ese estado de
tranquilidad y ensueño estelar, se acordaba por instinto de la bella Alexandra
Pitre. La veía claramente, con su imagen de princesa mediterránea, dueña de
aquel firmamento nocturno y del extenso mar donde era envidiada por una sirena
encantada, y cuando recibía la noticia de que un barco mandado por él había
tenido éxito en descargar la cocaína en una costa de EE.UU., se sentía más
cerca del amor de ella. En serio, no perdía la oportunidad de estar preocupado
hasta por la suerte de las embarcaciones ajenas, convencido de que si un colega
está prosperando en lo económico por ley de la naturaleza lo está ayudando a
crecer a él.
Naturalmente, veía cómo el contrabando traído del
mar seguía su camino por vía terrestre hasta bajar a la remota población de
Maicao. En esta pequeña ciudad frontera, se vendían variados productos que
llegaban también de Maracaibo, donde él estableció ciertas amistades. Las
personas venían desde distintos lugares de Colombia con la intención de
surtirse de compras a buen precio, para llenar sus almacenes al interior del
país, evitándose el impuesto nacional o mejor dicho, el IVA. Las calles de la
población estaban llenas de almacenes, con los aparatos de última tecnología a
menor costo que en Barranquilla, Cali, Medellín y Bogotá. En todo rincón el
comercio era la principal actividad, con electrodomésticos de última moda,
víveres y otros productos de Venezuela, gracias a lo cual algunos narcos habían
encontrado una buena manera de lavar sus dólares, invirtiendo en aquel negocio.
Muchos de estos almacenes, eran administrados por
testaferros de los amigos del difunto Héctor Pugliese. Con Agamenón Cervantes
esos camaradas siguieron el trato especial, y lo asesoraron cuando decidió
abrir un almacén de electrodomésticos, al lado de una joyería atendida por los turcos.
Éstos eran personas venidas de distintos países del Medio Oriente asiático,
atraídas por la manera fácil de hacer dinero sin tanto esfuerzo, y por la
posición desértica de Maicao que desvanecía la poética nostalgia por el paisaje
del antiguo imperio otomano. Era normal verlos a lo largo de la población,
dueños de ostentosos negocios de telas, de piedras preciosas y numerosos
almacenes de electrodomésticos a imitación de los zocos, vistiendo sus atuendos
tradicionales y manteniendo el hábito en las mujeres de que se taparan las
caras cuando caminaban bajo el sol en plena calle. Habían cumplido el sueño de
construir una mezquita –la segunda más importante de Latinoamérica-, con la que
sus visitantes musulmanes recordaran que no necesitaban estar en La Meca, para
cumplir el objetivo profético de Mahoma. En los últimos años se estaban
marchando de la población sumida nuevamente en la pobreza, debido al freno del
comercio ilegal por parte del gobierno, pero los que continuaban no perdían ocasión
de seguir haciendo su dinero mientras se mantuviera el más mínimo movimiento de
contrabando.
Agamenón Cervantes seguía establecido en Riohacha,
con la seguridad de que tenía bastante control en cuanto al despacho de la
cocaína. Más personas comenzaron a trabajar para él frecuentando su casa en la
calle catorce, cuando se conoció que el dinero llegaba a sus manos de forma
casi sanguínea. En varias partes de la ciudad, se comenzó a murmurar sobre este
asunto, debido a la excesiva fortuna que estaba acumulando a su temprana edad.
En verdad, había heredado tanta información fidedigna de su antiguo patrón, que
sin invertir una sola moneda de su propio bolsillo, Agamenón Cervantes ya era
un verdadero narco en el buen sentido de la palabra. La mejor prueba de eso,
era la manera como mantenía la relación estrecha con los paramilitares, a
quienes les mandaba parte de la ganancia cuando los dólares llegaban su poder.
Éstos confiaban ciegamente en él, viendo su ejemplar honradez.
En ciertos parajes de la Media Guajira, el muchacho
probó suerte con pequeños embarques. En una ocasión, en un sector ubicado al
lado izquierdo de la Boca de Camarones, cargaron un barco grande con quinientos
kilos de coca. Con constancia había suficiente droga a su disposición, para cargar
los barcos cerca de la playa de Las Flores o de La Punta de los Remedios, como
si estuviera de cuerpo presente en los días legendarios de la marihuana. Era
algo que le traía ventajas, mandando barcos sin parar por el mar Caribe,
sintiendo que la fortuna específica era como la brisa que estaba de su lado. En
cualquier parte sucedía lo mismo, por lo que Agamenón Cervantes aprovechó al
máximo el buen momento por el que estaba pasando.
En Dibulla puso en práctica su conocimiento, durante
unas cuantas ocasiones. Se presentaba personalmente tan discreto ante la
inminencia de los embarques, que la gente no se daba cuenta de la presencia de
Agamenón Cervantes a bordo de la Toyota Prado, porque mantenía cerrados los
vidrios ahumados. Sólo se bajaba de este carro en una playa retirada lo
suficiente del pueblo, para que nadie presintiera lo que iba a suceder. Mirando
el horizonte del mar, cumplía la nueva cita con un barco ya a la vista. La
totalidad de la gente estaba preparada con el cargamento, para pasar a la acción
con ritmo armonioso. En esa sinfonía como un buen director inspirado, el asunto
le daba buenas ganancias y credibilidad de todos los lados, ante lo cual
consideró que no solamente era necesario sacar mercancía por el paisaje grande
de La Guajira.
Santa Marta era su segunda oportunidad para seguir
creciendo, al ser una ciudad marítima que tenía una bahía magnífica considerada
la más linda de América. En sus playas de arena gris, era normal ver El Morro,
un peñasco incrustado en sus aguas azules que servía como faro para los barcos,
y de atracción turística a los espectadores. Antes de eso estaba la Avenida de
Bastidas para caminata de la gente, siendo uno de los orgullos de la ciudad
desde donde era posible ver a mano derecha la Sociedad Portuaria, en donde los
barcos entraban y salían. El centro conservaba parte de su estilo colonial, la
iglesia era considerada patrimonio arquitectónico, la vida, las calles y el
comercio eran típicos del Caribe, mientras era una ciudad metida entre cerros,
que algunas veces separaban unas carreras de manera lejana con las otras. La
idiosincrasia nacía del hecho de ser la última morada del Libertador Simón
Bolívar en la hacienda San Pedro Alejandrino, y por sentirse sus habitantes
dueños por acción de la naturaleza de la Sierra Nevada, cuya imponencia en el
panorama de la ciudad era difícil de ignorar con la vista. Conjuntamente, tenía
un importante ferrocarril que funcionaba desde los años esplendorosos de la
Zona Bananera. Éste aún circulaba desde Fundación, pasando por los pueblos
adyacentes a su trayecto como Aracataca y Sevilla antes de llegar a la Sociedad
Portuaria de Santa Marta, donde el mar turquí unía a la región encantada con el
resto del mundo.
En cuanto a su terminal marítima, se necesitaban
varios requisitos legales antes de entrar. Las autoridades locales tenían un
control conveniente en su entorno por tratarse de una zona privilegiada, y el
sólo hecho de entrar y caminar por su malecón, era seriamente complicado para
un narco principiante como él. Los barcos que eran despachados desde allí,
podían abrirse paso por el mar Caribe rumbo a todo país del mundo con los
requisitos legales, teniendo la oportunidad de descargar en los mejores puertos
de Estados Unidos y Europa. Cualquier producto que fuera sinónimo de exportación
pasaba por ese lado, pero uno de los que más seguían siendo exportados era el
banano. Sembrado a pocos kilómetros en la extensa Zona Bananera del Magdalena,
este producto generaba tanta demanda desde el extranjero, que la posibilidad de
introducir cocaína dentro de sus cajas se podía considerar constantemente. La
aduana le abría las puertas más que a otro producto agrícola para la
exportación mundial, algo que estimuló a Agamenón Cervantes, cuando supo que
los paramilitares sacaban cargamentos de coca por sus muelles. Era un
conocimiento que tenía desde hacía rato, desde que andaba al lado de Héctor
Pugliese.
Entre unas pocas personalidades samarias del
narcotráfico interesadas en el nuevo proyecto, mantuvo la ilusión. Su primera
intención fue hacerse pasar por un destacado paramilitar, teniendo el respaldo
directo de Hermes Hernández. En el interior de la Sociedad Portuaria, conoció a
un funcionario corrupto recién contactado por el jefe paramilitar de la Sierra
Nevada, con el final de sacar embarques clandestinos. Agamenón Cervantes lo
ubicó por teléfono haciéndose pasar como un mercader de algodón de ésos del
Cesar, para tener una cita con él. Se encontraron horas más tarde en su
oficina, dentro de la misma zona portuaria. El primer argumento del
funcionario, fue aclararle que era imposible que las personas dueñas de la
exportación del banano se prestaran para eso, pero que él sabía cómo acomodar
la mercancía dentro de los vacíos que dejaban las cajas de guineo en algún
barco. Agamenón Cervantes le preguntó cuándo podían comenzar a moverse, y el
señor calvo con gafas claras le dio una firme esperanza. «Dentro de unos días»,
le dijo. Agamenón Cervantes estuvo de acuerdo, se despidió con diplomacia y
salió feliz de su oficina.
Se bajó en uno de los más exclusivos barrios de la
ciudad en la gran mansión blanca de Santo Pinedo, cerca de la Avenida del
Libertador. Éste lo recibió como si se tratara de un sobrino cercano, teniendo
en cuenta que era el sucesor más brillante del desaparecido Héctor Pugliese. Si
almorzaba a gusto y después se apartaba en su cuarto de huésped para hacer la
siesta, Agamenón Cervantes despertaba de pronto con la sensación de que lo
estaban llamando por teléfono, aunque no fuera así. Si se dirigía al baño, se
metía en toalla y dejaba el celular en el lavamanos, esperando sentir su timbre
bajo la regadera abierta. Los demás amigos se dieron cuenta de que estaba
desesperado, un poco inseguro por estar en tierra ajena, y que no se parecía en
nada a aquel narco grande que comenzaba a mandar en los puertos de La Guajira.
Una noche cualquiera recibió la llamada directa del funcionario, de quien
recibió el santo y seña.
-El puerto está libre de huracanes –le dijo.
Debían ser más de las dos de la madrugada, cuando
apareció el camión pintado con el mismo logotipo de la empresa del banano en la
parte de atrás. Al principio, habían pensado que si retenían un automotor de
esta clase para esconder la droga, la compañía bananera hubiera reportado la
pérdida sospechosa, antes de que el barco cargado con coca estuviera a menos de
diez millas de Santa Marta, rumbo a Estados Unidos. En cambio, sí consiguieron
las cajas originales donde introdujeron las bolsas del alcaloide. Él se mantuvo
al margen de todo, sintiendo que eso era una prueba de fuego para ganarse la
máxima confianza del jefe paramilitar Hermes Hernández, quien comenzaba a verlo
con los mismos ojos verdes que lo vio alguna vez Héctor Pugliese. Cuando el
camión cargado salió del garaje cerca de la terminal terrestre y comenzó a
movilizarse, se enteró en seguida. Las principales avenidas de la ciudad
estaban despejadas, como era normal en las madrugadas de Santa Marta. El camión
siguió por varias de estas vías, teniendo cerca el carro de Agamenón Cervantes
con sus hombres. En cuanto iba acercándose a la calle primera donde estaba
cerca la Sociedad Portuaria de la ciudad, Agamenón Cervantes se distanció,
ubicándose a prudente distancia en los alrededores de la Avenida de Bastidas.
Mientras tanto, dentro de la terminal marítima
aquello se desarrolló como en una película de acción donde los miembros conocen
muy bien su papel. Las personas que estaban trabajando para él, se movieron
como nunca en sus vidas lo habían hecho, descargando con prontitud el camión
repleto. Una vez que las cajas de cartón estuvieron dispuestas, fueron
introducidas en los contenedores. Un montacargas los transportó y acercó a una
grúa Mamut que cumplía el trámite de rutina: los levantó uno por uno
ligeramente, sin que el mismo manipulador de la máquina supiera qué estaba por
dentro. Con maestría iba colocando esas cajas de hierro de manera milimétrica,
hasta darles posición justa dentro del barco bananero. Éste estaba parado
cerca, delante del principal malecón de la zona. El asunto de acomodar los
contenedores era bastante cuidadoso y complejo, pero confirmó que en la noche
todo puerto marítimo del mundo es fácil de corromper.
Agamenón Cervantes estaba un poco preocupado por lo
que pudiera pasar, manteniéndose a prudente distancia en las afueras de la zona
portuaria cuando el barco indicado zarpó. Unos minutos más tarde fue posible
mirarlo más allá de El Morro, donde estaba el luminoso faro que identificaba
más a la ciudad que la popular bahía. Mientras sucedía todo esto, el narco
dibullero regresó a su realidad. Se acordó de que el funcionario le había
indicado que no se preocupara, porque esa empresa de bananos para la
exportación tenía buena credibilidad en la ruta marítima del Caribe, haciendo
imposible que el buque fuera detenido y registrado antes de llegar a su destino
en el puerto de Nueva York. Fue por eso que sintió la necesidad de marcharse de
aquel lugar frente a la playa de palmeras, como si su cuerpo le estuviera
avisando que ahora que el cargamento de droga estaba alejándose en el mar, era
él quien estaba en posible amenaza en la Avenida de Bastidas por su presencia
sospechosa esa medianoche. No tenía miedo de lo que sucediera después en caso
de que el embarque se cayera, porque tenía ya acumulado suficiente dinero para
responder a su socio, pero lo que pasaba es que hasta entonces había tenido
tanto éxito con la mayoría de los despachos de coca mandados al extranjero
desde La Guajira, que no quería caerse desde un puerto tan importante como
Santa Marta en su primera aventura.
Una semana después, se presentó otra prueba de fuego
en la Sociedad Portuaria de esta ciudad, crecida entre ásperos cerros. Al igual
que en la situación anterior, todo se desarrolló dentro de aquel camión en
apariencia transportando guineo verde, encontrando las cajas con la etiqueta
oficial de la empresa, para introducir el alcaloide dentro de la terminal. En
el interior de estas instalaciones, las mismas personas participaron en el
cargamento clandestino como si sólo fuera una exportación de rutina, al lado de
otros contenedores con el verdadero producto. El barco partió hacia su destino,
esta vez a una ciudad importante al este de Europa. Fue un negocio que también
dejó abundantes euros como ganancia, repartidos entre él y sus socios de la
Sierra Nevada de Santa Marta. Ante este fenómeno de su vida, Agamenón Cervantes
respiró contento con lo que estaba pasando. Su espíritu emprendedor lo dejaba
satisfecho consigo mismo, con los demás compañeros, de modo que los
paramilitares dedicados al cultivo de la coca no vieron ninguna clase de problema,
para que siguiera sirviendo como puente entre sus ocultos laboratorios de las
montañas y el despacho efectivo por la terminal oceánica de Santa Marta.
Sin detenerse, se hizo un especialista en cuanto al
mecanismo de sacar la droga por esa vía marítima. Muchas personas comenzaron a
trabajar para él, incluso dentro de la misma Sociedad Portuaria de la ciudad.
Era algo trascendental en la historia del narcotráfico en la Región Caribe, al
ayudar a crecer a un narco guajiro por medio de ese importante puerto, que le
suministraba un substancial poder para ser un peso pesado en el mundo. Estuvo
al frente de numerosos embarques furtivos en varios barcos partiendo de ese
lugar, que no solamente llevaban bananos. Éstos alcanzaban su destino sin
problema, como sucedía con el norte de Europa que le dejaba buenos euros. Las
autoridades samarias fingían no darse cuenta de eso en ningún momento, por la
sencilla razón de que le tenían miedo a la represalia de los paramilitares. Era
una situación con la que no podían pelear, mientras este grupo estuviera
gobernando a media nación en todos los estamentos sociales, desde la Sierra
Nevada de Santa Marta.
Se mudó por unos días a El Rodadero, un barrio
exclusivo de Santa Marta con un paisaje extraordinario y varios sitios de recreación.
Era un terreno que se llenaba de hoteles, de una manera bastante creciente
hasta atraer turistas extranjeros en medio de la bahía árida que lo separaba
del resto de la ciudad. El panorama fantástico llamaba gente de distintas
partes del continente, que venían buscando un paraíso de descanso y goce
tropical, para olvidarse de los malos ratos del cuerpo y alimentar el paisaje
del alma. Siendo el lugar más preferido por los turistas en el país, aquel
sector encantador era dueño de unas playas blancas como la sal fina, con un mar
de aguas transparentes donde el bañista que se metía tenía la sensación de
estar adentro de una piscina. En ese ambiente de abundantes palmeras, viendo
los alrededores, los lugares vistosos para el caminante, con mochilas artesanas
fabricadas por los indios arhuacos de la Sierra Nevada de Santa Marta y más
muestras autóctonas dispuestas a la venta, nadie se arrepiente de estar allí
decenas de horas por muy lejos que haya quedado su patria al otro lado del
planeta. Recorriéndolo sin detenerse por su principal calle, Agamenón Cervantes
conoció mejor todo el panorama de ese Edén en el mar Caribe. En compañía de su
amigo Jeison Barros y del inconfundible Darwin Castañeda, caminaron por las
mejores partes de aquel ambiente, sabiendo que se encontraban en un lugar
increíble de la tierra.
Cuando se asomaba al balcón del hotel donde estaba
bajado, sentía que ése era un punto ideal para quedarse a vivir. Se enteró de
que varias personas mafiosas del Magdalena, el Cesar y La Guajira, tenían establecida
allí su residencia, por lo que consideró imprescindible comprar uno de esos
edificios en crecimiento, no tanto para lavar dólares como para pasar buenas
vacaciones cerca del mar más verde. El espectáculo residencial le encantaba, y
le pareció que desde ese ángulo hechicero era posible imaginarse la fantasía
existente en la exuberante geografía del mar Caribe, desde las Bahamas con sus
aguas cristalinas, Miami con los yates blancos para hacer bien el amor, el
malecón de La Habana donde las putas culonas sentían que se habían ganado el
justo derecho de salir del país, los castillos antiguos de República Dominicana
con sus noches de luna clara, la zona turística de Puerto Rico donde se
respiraba reggaetón, las nocturnas discotecas de Aruba que invitan a la pasión,
el paisaje de descanso en Isla de Margarita donde amanecía más temprano, hasta
la exótica Guayana Francesa donde los pájaros estrepitosos le cantan al mundo
entero. De modo que cuando bajaba y salía a la calle para andar por el aire
exterior, quería pertenecer más a ese centro turístico que a la vida misma. Le
gustaba lo que veía, el aire que absorbía, fascinado con el ambiente como
cualquier turista francés y no dibullero. Siempre almorzaba en un restaurante
frente a la principal avenida, donde nada más le bastaba con sentarse para que
el mesero que ya lo conocía, le trajera un plato de arroz de mariscos. El resto
de la tarde la pasaba caminando por la calle junto al mar, reuniendo recuerdos
para seguir con el samario sueño cuando estuviera lejos. Se colocaba una
pantaloneta, caminaba por la playa llena de palmeras y cambuches bajo el sol,
donde se acomodaban los turistas mirando mejor el panorama. Cuando se metía
dentro del mar cristalino, Agamenón Cervantes se zambullía como un niño, nadando
y bajando al fondo desde donde se podía ver la superficie y el cielo, con igual
claridad que desde afuera. En las noches, en compañía de su socio Jeison
Barros, Darwin Castañeda y unos hombres más, iban a distraerse en las
discotecas que estaban cerca, buscando vivir lo que le había gustado ver en un
programa de televisión del canal E! Entertainment Television conocido como Wild
On, viendo paisajes de Cancún, San de Juan de Puerto Rico y Curazao,
escuchando el reggaetón en distintas partes de la noche ante el show sensual de
las mujeres casi desnudas. Era un lugar nocturno de El Rodadero donde se podían
escuchar ritmos como merengue, vallenato y reggaetón, con todo el sabor posible
y el afrodisíaco sustancial para conseguir mujeres que bailaban bien en medio
de la penumbra maravillosa, con unas de las cuales terminó en su cuarto de
hotel.
La noche en que supo que un nuevo barco bananero
entraría al puerto de Nueva York, se reunió en el hotel con unos amigos
cercanos. Estaba su buen compañero Darwin Castañeda, quien tenía al lado a su
hermano Mecho Castañeda. También estaba presente Alberto Palmarroza, un
nuevo narco de Riohacha que estaba dando bastante qué hablar entre la sociedad
mafiosa. Con éste se sentía profundamente identificado por el segundo apellido
Brugés, siendo familiares de cuarto grado, y sería la primera persona en
recibir un trago de whisky cuando se enteraron del éxito del desembarque. La
idea era hablar mientras tanto antes de que comenzara todo, para dar inicio a
la parranda entre amigos selectos. En cuanto tuvieron noticias de que el barco
bananero estaba entrando en el puerto de la ciudad neoyorquina, quedaron en
silencio como si alguien hubiera prendido la imagen en el televisor de la sala.
Según se informó, los contenedores fueron descargados por una grúa ante las
narices de las autoridades aduaneras de aquella nación. La encomienda de banano
en que estaba la mercancía clandestina fue metida en una bodega grande, con una
disciplina de rutina. Casi en seguida, cuando los camiones de la empresa local
que recibía los bananos fueron a buscar las cajas de cartón para llevarlas a
una parte exterior de la ciudad donde se distribuían con normalidad, se
encontraron con que faltaban unas cuantas del pedido que tenían en demanda
desde el remoto puerto de Suramérica. La razón es que unos minutos antes, unos
infiltrados en la terminal marítima adquirieron las cajas marcadas
minuciosamente con una A, como la primera letra del nuevo barón del
narcotráfico. Enterado de eso, Agamenón Cervantes recibió un trago de Old Parr
de su amigo Darwin Castañeda Conhonor que escuchaba música
vallenata de su cantante preferido Poncho Zuleta, con mucho honor.
5
En cualquier parte, Agamenón Cervantes demostró ser
un narcotraficante que iba en ascenso demostrándoles a todos su espíritu
superior. El instinto le indicaba que tenía que seguir adelante por encima de
los inconvenientes que se iban a presentar, para mantenerse activo. Todo puerto
de La Guajira era favorable al despachar un embarque clandestino, en vista del
excelente momento por el que estaba pasando. De manera que cuando conocía la
noticia de que un barco mandado a
Estados Unidos había llegado a manos de los socios cubanoamericanos, no se
ponía a celebrar con tanto ruido porque sabía que eso era de mala señal. Por el
contrario, si lo llamaban para confirmarle que en efecto había coronado los
dólares, ya el narco estaba ocupado en una nueva demanda de cocaína al
extranjero. Se mantenía en ese ritmo imparable, perseverante, moviéndose como
pez en el agua, para alcanzar el objetivo que se había impuesto desde su
juventud.
Entre los demás narcos locales, se comenzó a hablar
de él asegurándose que su extraordinaria habilidad en el negocio que le estaba
permitiendo ganancias astronómicas, era por ser un buen puente entre los
laboratorios de los paramilitares de la Sierra Nevada y los puertos desiertos
de la Alta Guajira. En la ciudad de Riohacha, su poder económico y social iba
creciendo desmesuradamente con el transcurrir de los días, al igual que una vez
sucedió con Héctor Pugliese. Él se había adueñado de ese vacío dejado por aquél
sin quererlo, llenándolo con una competitividad maestra que ascendía hasta la superficie
como la espuma. Con la presencia de Agamenón Cervantes, la exportación de
cocaína se multiplicó durante una buena temporada en el departamento guajiro.
La razón era que desde que estaba supervisando esa gran demanda, las
embarcaciones de droga iban viento en popa al salir desde parajes apartados
como Bahía Portete.
De un día para otro, era un hombre que estaba en
boca de las personas comunes y corrientes en Riohacha. En todas partes de la
ciudad, se comenzó a hablar de él como el nuevo narco de moda. Se comentaba que
era alguien amigable y de sobresaliente poder, el cual estaba reuniendo más
dinero que todos los narcotraficantes locales juntos. De forma que cuando veían
pasar con admiración su majestuosa Toyota Prado por una calle normal, se quedaban
contemplándola en silencio. «Ahí va Agamenón Cervantes» decían acto seguido sin
disimular. Los demás dirigían sus miradas a la camioneta señalada cuando pasaba
por enfrente, con un ritmo a veces despacio. Como mantenía cerrada la ventana
derecha de espejo para no dejarse ver la cara, la mayoría de la gente comenzó a
reconocerlo más por su extraordinaria Toyota Prado color plateado transitando
eternamente, porque se volvió parte de su identidad personal.
Para él la vida había dado una vuelta admirable, incuestionablemente.
Le bastaba con darse cuenta de que varios hombres importantes lo buscaban, para
saber que lo estaban ayudando en el avance fabuloso de su sueño. Nunca dejaba
de hablar por su celular Motorola con pantalla, dando la impresión de que conversaba
más por medio de este aparato que delante de las personas. En cuanto recibía
las cajas de dólares procedentes del exterior, el personal de trabajo quedaba
satisfecho con la repartición correspondida, sobre todo los socios
paramilitares. De igual modo, este grupo seguía poniéndole toda la cantidad de
droga que requiriera su intuición al querer mandarla al gigante país del norte,
para obtener ganancias maravillosas. Simultáneamente -aunque tenía motivos en
particular de sentirse superior ante eso-, Agamenón Cervantes notaba que aquel
negocio se estaba creciendo tanto, que se le salía de las manos. En su
interior, sentía que no podía continuar solo bajo ese ritmo inacabable que le
estaba quitando las mejores horas a su vida, por lo que necesitó la ayuda de
Darwin Castañeda: un hombre de cabello liso y negro, de piel blanca y alta
estatura para impresión de las mujeres, que venía trabajando al lado suyo desde
que se salió de su empleo como soldador del Cerrejón. Era su mejor amigo, razón
suficiente para constituirlo en la mano derecha.
De manera que algo más libre Agamenón Cervantes se
fue a las playas blancas de Riohacha, donde estaban parqueadas unas lanchas con
buenos motores para dirigirse a alta mar. La mayoría de los pescadores eran
indios, carpinteros artesanos a la hora de fabricar canoas de madera y hábiles
en concebir atarrayas junto al malecón donde caminaba la gente, frente a unos
quioscos de mariscos y perro caliente, por la edificación de Lotería de La
Guajira. En cuanto regresaban con las lanchas en las tardes, una multitud se
concentraba entre las bajas palmeras de la playa para ver lo que traían,
escogiendo los mejores pescados del mar. Era una venta atrayente, como si la
carne de pargo y mojarra hicieran parte de una feria artesanal. En cualquier
parte de Riohacha y de la región, se había vuelto natural que la gente
almorzara frescos pescados adquiridos en ese lugar.
En la Calle Primera, el narco decidió abrir una
pesquera conocida como Mares del Caribe. Era un punto situado en el reconocido
parqueadero usado siempre para hacer casetas musicales en el mismo andén del
club Nicolás de Federman, donde había un patio considerable y unos cuartos
pequeños con congeladores en que guardaban toda clase de pescado cazado en el
mar, desde la pequeña boca colorada hasta vistosos tiburones. En los días
siguientes, varias personas estaban empleadas, debido a la gran demanda de la
clientela. El producto se vendía fresco como la sierra, la carita, el
lebranche, el pargo y la mojarra, tanto que bastante gente en Riohacha cuando
quería comer pescado del bueno, se encaminaba hacia aquella pesquera. Se
vendían a un precio tan barato, que los primeros curiosos imaginaron que el
verdadero y desconocido dueño había encargado a un testaferro de esa fachada,
para lavar sus dólares. Fue una locura disparada, donde todas las personas en
la ciudad quedaban satisfechas.
En la misma acera de esa calle marina, decidió abrir
un original restaurante. Era un lugar seductor, algo lujoso, que en seguida
llamaría la atención de los mismos riohacheros y los turistas, enloquecidos por
los mejores frutos del mar Caribe. En su interior, el lugar recordaba toda
imagen idílica de las aguas marinas y universales, con diversas pinturas en las
paredes donde sobresalía a blanco y negro la de un pescador de los años
cincuenta, sujetando a un pez tiburón por la larga cola. Las mesas eran de
madera al igual que las sillas, para transmitir más tranquilidad y frescura
bajo la sombra de aquel techo de palmas secas. El cliente disfrutaba de todo, desde
platos de langosta, arroz de camarón, presas de tortuga jugosa con arepa asada,
pescado de cualquier clase, pulpo guisado y el delicioso arroz de mariscos que
tenía buena digestión, pero la especialidad era la sopa de bagre con leche de
coco. En repetidas ocasiones, era posible ver a gente importante allí sentada,
desde ricos locales hasta reconocidos políticos, gozando hasta morir con los
más apetitosos manjares de este mundo, que se conseguían en la importante
pesquera situada a cuadra y media de ese local.
En realidad, su interés era ayudar a impulsar el
turismo de la Calle Primera, donde llamaba la atención el hotel Arimaca situado
en una esquina. En la parte de abajo de este edificio salmón, había una
rockola, almacenes con ropa de marca norteamericana, restaurantes atractivos,
bares de licores que jalaban turistas al pasar. En el fresco Callejón de las
Brisas, había un espacio especial para que la gente se sentara a las mesas de
gozo, frente a unas discotecas de emoción reggaetonero por las noches. Era un
espectáculo a la vista las veinticuatro horas del día, siendo agradable
sentarse en la terraza del hotel Las Delicias, donde estaban acomodadas las
indígenas wayuus con sus collares, brazaletes, mochilas y demás artesanías
indígenas, para la venta internacional. Caminar esa calle era algo maravilloso
en el espíritu humano, por lo cual era normal ver muchos carros estacionados
junto al atractivo andén. Las personas sentían un aire de libertad como en
pocas partes de la ciudad, teniendo en la acera de enfrente la Avenida de la
Marina que brindaba un orgullo por ser la primera calle de Suramérica. En el
recorrido por esta acera de buena arquitectura al mejor estilo, se apreciaba
mejor el panorama de una ciudad como Riohacha nacida a orillas del mar Caribe,
donde en otra época abundaron las perlas. El panorama frondoso de las palmeras
de cocos invitaba a la blanca arena, donde se tenía la sensación de soñar
despierto en esa parte del trópico. A un lado de la playa en sombra comenzaba
el muelle turístico, mantenido y cuidado por la empresa Chevron Texaco. Era una
estructura con tablas de madera y base de hierro que tenía una baranda a la
derecha metida varios metros mar adentro, donde al atardecer las parejas de
novios iban tomadas de las manos para tener el mejor recuerdo del amor.
En pocas semanas, había en Riohacha varios negocios
abiertos. En toda esquina estaban nuevas personas atendiendo microempresas,
como sucedía en las papelerías y puestos de fruta en la calle segunda,
generando bastante empleo a lo largo de la Carrera del Comercio. Era posible
darse cuenta de la transformación en los almacenes de artesanías indígenas,
joyerías y restaurantes de mariscos, sin entender bien qué estaba pasando. Era
común ver a la gente caminando y mirando todo, aunque no supieran quién era el
verdadero dueño. Había tiendas de ropa, de zapatos, licorerías, cigarrerías,
oficinas para la venta de computadores, con buenas fachadas que ponían en
evidencia el resurgido movimiento económico de la Calle Ancha. Mientras tanto,
ante la Cámara de Comercio estos negocios estaban a nombre de personas con
referencias sanas, como sucedía con ciertos almacenes de ropa norteamericana,
bajando por la misma carrera seis. Sin saber qué era lo que pasaba en unos
negocios del centro, en la Carrera del Comercio cerca al Mercado Viejo, se
sospechaba que detrás de aquellas fachadas estaba el dinero penetrante de algún
narcoparamilitar de sumo poder.
Fue por eso que a más de una persona le abrió un
negocio grande en Cuatro Vías, con la intención de ayudar a la gente. Si estaba
en presencia de un amigo cercano de este conocido sector en la calle 15, le
preguntaba cuáles eran sus necesidades y de inmediato le instalaba un buen
negocio: un nuevo restaurante. Se conocieron más tiendas, restaurantes de sopa
de mondongo, talleres de mecánica, compraventas y almacenes de ropa fina. Estas
personas, a su vez, contrataban más gente para salir adelante en el negocio,
como sucedió con una gran licorería donde se vendían los mejores whiskys del
mundo traídos en contrabando desde Maicao. En poco rato, cientos de personas en
ese nuevo centro trabajaban para Agamenón Cervantes sin saberlo. Las ganancias
continuas que tales negocios generaban, iban de manera legal a las diferentes
cuentas del banco.
Su tío José María fue una de las personas con más
suerte en esa bonanza financiera, porque pudo ver cumplido su sueño de tener un
gran depósito de madera. Éste fue abierto en el apartado barrio Los Nogales,
ante una calle pavimentada desde donde se alcanzaba a ver la torre de control
del aeropuerto Almirante Padilla, con el extraordinario nombre de El Cañaguate.
Estaba rodeado por altas paredes de cemento de cuatro metros, electrificadas en
la parte superior para que en la noche no se metieran los ladrones y se
encontraran con un perro doberman ligado con rottweiler, endemoniado y conocido
como Él Muerde. Contaba con la última tecnología, al tener unas máquinas
para cortar la madera traídas desde Aruba, en un barco de contrabando. En pocas
semanas se fue acumulando la madera en los alrededores del depósito, con
tablones de roble, trupio, caracolí y guayacán, material suficiente como para
darles trabajo a sus hijos menores. En la 350 Ford de larga carrocería y
matrícula colombiana que también le regaló, podía dirigirse al monte cuando
quisiera para recoger la madera que estaban cortando. En esas tierras
retiradas, se estaba laborando más de doce horas al día con unas motosierras de
potente motor, dirigidas por Carlitos y los hábiles operadores.
En uno de esos encuentros en la calle 36 C, José
María estuvo conversando al lado suyo en la terraza fresca de su casa. Era una
persona que desde su juventud había estado muchos años en el monte, cuidando
fincas y sembrando bastimento como la yuca y el plátano, para venderlo en el
mercado de Riohacha. En vista de ese conocimiento, el hombre le dio la idea de
que invirtiera parte de su dinero en tierras. Al escucharlo con atención,
Agamenón Cervantes consideró esa propuesta como buena para extender su poder en
el territorio, porque no encontraba más manera de seguir lavando su dinero sin
que las autoridades se dieran cuenta. Su tío advirtió el encantamiento e
insistió en el tema.
-También
puedes meter cabezas de ganado –le dijo.
Agamenón Cervantes pensó que eso era una buena idea.
En su interior, sabía con inteligencia que un narco que se respete, es dueño de
incontables hectáreas e infinitas cabezas de ganado vacuno esparcidas en la
tierra. Era algo que le daría más poder concreto, mando en el mundo terrenal, y
haría algo en favor del campesino. Era consciente de que cuando dejara de ganar
dinero fácil producto de su bonanza personal en el narcotráfico, quedaría
siendo dueño de grandes tierras que mantendrían el patrimonio legal de su
riqueza.
En compañía de su tío José María, se fue a comprar
bastantes tierras para seguir lavando su dinero del lado este ante el mar
Caribe. En el primer encuentro que tuvieron, se dirigieron a las inmediaciones
de Camarones, donde había terreno estéril con cactus y trupios. Sin perder
tiempo habló con sus propietarios indígenas, y compró más de cien hectáreas de
suelo junto a la carretera donde estaban unas ventas de gasolina por pimpina,
decidiendo meter numerosos chivos y de paso cortar algo de madera. Se
embarcaron en la camioneta Toyota Prado, andando por la misma carretera. En las
cercanías de Tigreras compró buen terreno, y se dirigió entonces a la población
de Matitas para encontrarse con Enrique Márquez Nobles. Éste aún estaba en el
pueblo, muy bien considerado por sus amigos, dedicado a vivir del cuidado y la
tranquila recolección de hojas de tabaco. Al lado de su tío, de aquel buen
amigo y de Darwin Castañeda, recorrió un terreno cercano al río Tapias,
buscando adquirir muchas tierras que en otra época sirvieron para la siembra de
marihuana. Agamenón Cervantes las compró más por la nostalgia que le daba eso
que porque en verdad le gustaran, pero dejó encargado de todo a su amigo
Enrique Márquez Nobles que se dedicó a cultivar hortalizas, mientras cerca de
allí se aprovechaba el tamaño imponente de los árboles para cortar la madera.
En cambio, cuando en la misma camioneta Toyota Prado
entraron a Puente Bomba, su visión e interés fueron diferentes. La única calle
que tenía este pueblo era la carretera Troncal del Caribe que lo atravesaba por
la mitad, teniendo casas a lado y lado de la vía, pero al caminarlo con calma
de inmediato le llamó la atención el puente que pasaba sobre el río Tapias. Con
varios hombres acompañándolo, duró más de dos días recorriendo bien las tierras
al otro lado del río, para hacerse dueño de casi mil hectáreas cerca de donde
comenzaban a nacer las macizas montañas, a cuya finca le puso el nombre de La
Extraordinaria. En se proceso provincial, escogió lo que le pareció el mejor
terreno para levantar una casa de material, con todas las comodidades de una
quinta grande. En la parte de afuera hizo un potrero donde metería caballos
pura sangre y de paso firme, y más adelante trajo tantas cabezas de ganado con
su marca particular a hierro caliente, que eran una tentación a distancia para
la guerrilla. En los alrededores la gente trabajaba continuamente sembrado
verduras, y al otro lado de la carretera en cercanías con el pueblo de Las
Flores, compró más tierra plana con la meta de que se dedicaran a cosechar la
famosa palma africana.
En compañía de su tío José María se encontraron con
Aníbal Rivadeneira en la esquina de Casaluminio, y al lado de éste llegaron a
Dibulla, donde no se dejaba ver la cara desde antes de meterse como
guardaespaldas de Héctor Pugliese. De inmediato, llamó la atención de la
población que desde esas calles de barro aparentemente olvidadas, ya sabía en
qué clase de vida andaba él, el impresionante dinero que había acumulado, como
si estuviera en la carne del desaparecido marimbero Duncan. En cualquier
esquina donde se paró, se sentó y se puso a conversar con los hombres más
viejos, reunió una cantidad considerable de personas a su alrededor. Sobre todo
las mujeres de mayor edad, que se le acercaban, lo saludaban con familiaridad y
después se apartaban con cuidado a susurrar. «Es imposible de creer», decían
obnubiladas. «Es el hijo menor de Nina Luz.». En aquel pueblo, compró unas
cuantas casas de material que llamaron la atención en su niñez, por la buena
posición que tenían en el suelo. Muchas personas fueron escogidas para vivir en
su interior sin pagar alquiler, con la condición de cuidarlas. En la playa a un
lado de la desembocadura del río Jerez, se bañó contento como si los años
juveniles no hubieran pasado y el sueño principal de su vida estuviera lejos de
concretarse, atrayendo en seguida la atención de los pescadores que regresaban
de la faena del mar. Al reconocerlo vestido de lino beis como un respetado
capo, éstos no podían creer que se tratara del mismo muchacho que los ayudaba a
tirar la atarraya en el agua esperando que al descanso en la playa le contaran
sucesos míticos y hasta anécdotas jocosas de las tardes de la marihuana, y
bastante humanizado con ellos les compró motores a sus canoas, para que
pudieran pescar más lejos en alta mar y regresar más temprano.
Después salieron del pueblo y se dirigieron a
Mingueo, el corregimiento de cantinas ubicado a un lado de la carretera Troncal
del Caribe. Este lugar contaba con varias casas al fondo, un pequeño mercado a
un lado de la carretera y una estación de la policía, siendo el mismo sitio
donde vivió su madre unos días con su padre, cuando nació su hermana Lenin. La
imagen del río lleno de piedras en la parte debajo del puente que se estremecía
con cada carro que pasaba, le despertó nostalgias y se encaminó a la Poza, el
lado más profundo de la corriente donde los jóvenes bañistas se tiraban desde
una piedra grande. Uno de los hombres más conocidos del pueblo era Aripito, un
individuo de piel morena que tenía una camioneta, en la que montaba pasajeros
que llevaba y traía de Riohacha. Era uno de los mejores amigos de su tío José
María desde la más temprana juventud, por lo que cada vez que éste entraba en
Mingueo, a la primera persona que visitaba era Aripito. Al igual que en
situaciones anteriores, buscaron su casa para hacerle la visita. En cuanto se
reunieron en la sala y acabaron de saludarse, José María dio paso a la
principal conversación: su sobrino quería tener buenas tierras en esos lados.
Después de la aclaración, cuando los sorprendió
una lluvia tempranera, se montaron en la
camioneta con Aripito y salieron del pueblo rumbo a las montañas, con la idea
de subir loma adentro hasta las cercanías de la Sierra Nevada. Al mirar el
potrero de madera dura de lo que fue la finca del difunto Diomedes Zubiría, Agamenón
Cervantes entró en nostalgias. Durante años, cuando en compañía de su madre, su
tía La Negra, su hermano y unos primos se dirigía por entre las montañas
hasta la remota región de Bongá donde estaba la finca Buenos Aires, recorrían
ese mismo camino y se encontraban con el deslumbrante y silencioso paisaje, que
regresaba el sentido humano a la prehistoria. En el sendero, iba en armonía con
toda la vegetación silvestre que redescubría, con la soledad extensa en aquel
camino y el canto consecutivo de los pájaros, volviéndose dueño
instantáneamente de cada centímetro que pisaba. En esa andaza campesina,
entraron en la finca Quebrada Andrea, donde treinta años antes su tío José
María había vivido con la madre provinciana de su hijo Anuar. Siguieron de largo
por el camino entrando en el reino absoluto de La Cuchilla, un paraje obligado
antes de seguir a la Sierra Nevada, donde había buenas tierras y se cosechaba
bastante bastimento como el guineo largo, con que lo alimentaba su madre en
Dibulla. Su tío José María aceptó pasar por allí sólo porque estaba acompañado,
teniendo en cuenta que era un lugar que le daba miedo mirar hasta bajo la luz
del día, al ser donde había muerto su antiguo amigo el difunto Pedro Luis.
Una semana más tarde, Agamenón Cervantes, Darwin
Castañeda, Mecho Castañeda y los distinguidos guardaespaldas, se fueron de
descanso a Santa Marta. En esta ciudad marítima continuaban saliendo grandes
cargamentos de cocaína, por intermedio de su gran amigo Jeison Barros. Era
alguien que se había establecido por esas circunstancias en la ciudad, teniendo
buenas amistades y manteniendo su pesado pulso en la Sociedad Portuaria. Éste
los recibió en su casa, presentándoles a unas importantes amistades que estaban
presentes. De paso se enteró de que Agamenón Cervantes y su comitiva no estaban
con el propósito de sacar cuentas financieras de nada, sino únicamente en plan
de parranda.
-Vamos para Barranquilla –le dijeron.
Jeison Barros, que a esas alturas ya tenía el alias
de JeiCD, no tuvo ningún obstáculo en unirse al grupo. Se paró del
asiento y se despidió de su mujer, sacando en seguida su carro del garaje. De
esa forma placentera, en dos camionetas realizarían el viaje por carretera. En
el momento en que se alejaban del barrio El Pando, y salían con el tráfico
congestionado por La Lucha, Jeison Barros sintió una revelación. Mientras veía
todo aquel movimiento mercantil en la popular avenida, al lado de los ásperos
cerros, tuvo en cuenta que aquella experiencia por vivir sería una de las
mejores en su vida.
En el transcurso del camino, iban viendo las últimas
casas de la ciudad, pero podían reparar suficientes fábricas. Mirando ese
paisaje que no parecía acabar, Agamenón Cervantes comentaba entre amigos que
quería gozar más en la vida. Después de ganar unos kilómetros, pasando por el
sector donde debía estar la pista del aeropuerto Simón Bolívar junto al mar, se
quedaron en silencio viendo el fenómeno hotelero que seguía a continuación. Al
lado derecho de la carretera se levantaban bastante edificios y unos por
construir, e incluso llamaba la atención uno inacabado alzado sobre un
montículo. Era admirable ver todos aquellos hoteles en la zona, que estaban
impulsando el aire turístico en esa encantadora parte del mar Caribe. Resultaba
agradable ir distinguiendo las posibles comodidades de las habitaciones, e
imaginarse cómo era el hospedaje en la parte de adentro. Se podían ver piscinas
afuera, canales usados por las lanchas que buscaban salir al mar, teniendo
claro que incontables narcos de la Costa y del interior del país, aprovechaban
ese fenómeno para lavar sus dólares. A lo largo de la playa, más edificios
salían a la vista ante el verde del mar sereno. Agamenón Cervantes consideró
que era una buena idea, adquirir o construir un edificio allí en el futuro que
simbolizara más su poder, debido a que quedaba más tierra desierta antes de
llegar al puerto de la multinacional Drummond, donde estaba un muelle con una
llamativa línea férrea, para despachar el carbón marítimamente al resto del
mundo.
Pasaron por Ciénaga, donde había pequeñas casas y
gente moviéndose sin descanso. Mientras estaban en una calle a la vuelta de la
principal carretera, donde había buen comercio en los almacenes y ambulantes
vendedores de comidas para los pasajeros de los buses de paso, cerca del
monumento a una estatua desnuda que recordaba la matanza de las bananeras,
Agamenón Cervantes tuvo la idea de quedarse un rato en ese pueblo. Se metieron
por una carrera buscando el centro, enamorado de ciertas casas al estilo
antiguo en el buen sentido de la imaginación. En el recorrido por esta carrera
vieron más comercio, transeúntes y curiosas ventas de fruta. Más tarde
empezaron a ver las mansiones grandes, que eran patrimonio arquitectónico como
la tienda Las Quince Letras, situada en una esquina. Alrededor de la Plaza del
Centenario, donde se sentaban los ciudadanos en la fresca sombra estaba
levantado el Templete, símbolo arquitectónico e histórico del pueblo. En el
presente la vida giraba alrededor de este templo al mejor estilo francés, con
mucha gente que se sentada a leer periódicos o hablar sobre las anomalías que
ocurrían al interior del Palacio Municipal, sin importar que el alcalde a veces
los sintiera desde la ventana. La actividad comercial giraba en torno a este
sitio desde el pasado, cuando se alzaron unas casas grandes con la bonanza del
banano. En esta época, el pueblo había tenido la oportunidad de recibir a gente
diversa desde distintos rincones del mundo, que establecieron el comercio, los
almacenes, las panaderías, trajeron la historia y mejoraron la raza. Enfrente
estaba la blanca catedral de Ciénaga, donde los feligreses iban a misa sin
faltar en horas de la tarde.
En una esquina de la calle nueve a dos cuadras de la
Plaza del Centenario, estaba el lugar donde quería llegar. Era una casa grande
con fachada al mejor estilo republicano, cuyas ventanas y puerta doble
permanecían cerradas las veinticuatro horas del día. En la calle estrecha y en
apacible soledad, era posible ver a las personas que preferían andar en
bicicletas que en carros. La Toyota Prado y la segunda camioneta se pararon a
un lado en el andén, bajo el sol de las dos de la tarde. Sin bajarse para tocar
la puerta, donde vivía el hijo mayor de su difunta tía Bolivia, Agamenón
Cervantes quedó silencioso en un mar de nostalgias. Sin necesidad de entrar, se
imaginó todo el interior de aquella casa, desde el alto techo donde a la hora
de más calor dormitaban boca abajo los murciélagos, la sala extensa y los dos
cuartos con tablas de madera, donde en la madrugada los muertos hablaban el
mismo idioma de los vivos. Se imaginó la salita del comedor, la biblioteca
donde estaban los libros universales que formaron mejor la personalidad de su
padre. Se imaginó el mecedor de madera color marrón, a un lado de la puerta del
patio extenso para el que se sentara disfrutara de la corriente de aire fresco
proveniente de la eternidad. Se imaginó el patio amplio, donde había
incontables árboles de guanábana y varias ramas de guayaba que atraían a los
pájaros de colores diversos, y había una perra pastor alemán de rabo mocho
llamada Perla con que la jugaba feliz, sintiendo de todas maneras y para
siempre que ya nada de eso tenía que ver con el mismo sitio de infancia
irreparable, donde en varias ocasiones había llegado visitando a su padre
cuando éste se vino a morir resignado desde Caracas.
Después se marcharon del pueblo, en las camionetas
lujosas. Siguieron el camino por la principal carretera, viendo el mercado a la
izquierda y una decaída esquina en la calle diecinueve, al lado de la casa
donde vivió Eliodoro y parrandeaba con el inmortal guitarrista Guillermo
Buitrago cuando la gente sólo se moría de muerte natural, mirando en el mismo camino más casas a ambos
lados de la vía, y más tarde un paraje en cuya orilla estaban unas canoas donde
terminaba el agua extensa, antes de salir de Ciénaga; siguieron entonces por la
carretera con mangle de ese lado durante un rato, para pasar de largo por
Pueblo Viejo donde estaban las casas de los pobres pescadores. En el camino,
cuando pasaron el puente para llegar a la pequeña comunidad de La Isla y la
inundada Tasajeras por el presente invierno, tuvieron la oportunidad de ver
parte de la Ciénaga Grande que era dueña de una vastedad oceánica a mano
izquierda. Era un paisaje increíble, donde se alcanzaban a divisar ciertas
casas de madera metidas dentro del agua. Era una zona de los mejores pescadores
de la tierra, donde los asiduos pasajeros a veces se detenían para almorzar
comida corriente. Al llegar al peaje, no tuvieron problemas de ninguna clase
con la policía, a pesar de tener en los dos carros a varios hombres armados. En
el recorrido posterior por la carretera, se distrajeron mirando el panorama que
presentaba un cataclismo ecológico. Eran interminables mangles resecos y
blancos que estaban destruidos por la acción del hombre en la naturaleza,
buscando establecer esa carretera que no permitió la vital comunicación del
agua salada con la dulce, para atención alarmante de la vista humana. De ambos
lados de la carretera iban distraídos, viendo por momentos a la derecha las
alborotadas olas del mar azulado, pero Agamenón Cervantes venía madurando un
plan en la cabeza que apenas le permitía ver lo que estaba mirando. Era algo
con respecto a su intención de seguir creciendo en el universo del narcotráfico,
perdiendo su interés por el paisaje de la carretera en medio de aquellos
mangles inacabables.
Barranquilla era una ciudad y puerto fluvial que los
pasajeros distinguían por sus edificios nublados debido al aire y la distancia,
situada del otro lado del río Magdalena. Era necesario atravesar la ancha
corriente por el conocido puente Pumarejo, que tenía unas bases sólidas ante el
paso del agua y había sido inaugurado en el año 1974 por el entonces presidente
Misael Pastrana, lo que había estimulado a que muchos clanes de La Guajira
poblaran más esta ciudad. Al instante, quien arribaba a la metrópoli notaba que
había llegado a un lujar ajeno a la imaginación del campesino, descubriendo el
mismo placer que debieron sentir sus ancestros guajiros cuando buscaban nuevas
propiedades en la tierra, para gastarse el dinero en la bonanza de la
marihuana. Era un contagio instantáneo, que le sucedía al que venía del Cesar,
del Magdalena, de Bolívar, de Sucre y de Córdoba, migraciones que hacían de tal
ciudad la capital indiscutible de la Costa Caribe. En su atmósfera estaba el
mismo aire y el sol caliente de las diez de la mañana, pero había más felicidad
y distracciones para vivir como en pocas partes del país, siendo ideal para que
la gente del presente pensara asentarse en ese suelo, buscando que sus futuras
generaciones crecieran en La Arenosa.
Era un lugar de poca historia, pero esa limitación
no era impedimento para que hubiera crecido urbanamente de manera veloz. En esa
tierra habían nacido unos de los hombres visionarios más transcendentes para el
progreso del país, cuando en un principio la localidad estaba al lado del río
grande dependiendo de la línea férrea que la unía con Salgar, y después con el
recién fundado pueblo de Puerto Colombia, donde llegaba el ferrocarril a
recoger todas las maravillas inimaginables que en aquellos días arribaban al
largo muelle marítimo. En el centro, tenía verdaderos lugares significativos
como la mansión donde estuvo bajado en sus últimos Simón Bolívar, la iglesia de
San Nicolás donde los indigentes estaban acostados esperando la mano de Dios
que les sanaría la enfermedad del hambre, la calle San Blas donde se mantenía
el comercio como antaño, y el Paseo Bolívar que en días pasados recogió a
inmigrantes de distintas partes del mundo, como europeos, árabes, judíos y
chinos, para prosperidad de la ciudad. Prueba de su actividad adelantada a
principios de siglo, fue que allí llegó temprano el cine, en su cielo se
inauguró la aviación en Colombia y se fundó la primera emisora. Su gente era
cosmopolita e intelectual, para bien de la sociedad y el desarrollo humano, por
lo que fue un lugar que abrió importantes librerías buscando tener los mejores
lectores de su tiempo. En ese ritmo de motor se mantuvo por algún período como
la ciudad con más futuro del país, gracias después a las terminales fluviales
de la Sociedad Portuaria y Regional, a donde anclaban barcos mercantiles de
diferentes partes del mundo. En la actualidad, era considerada apenas la cuarta
ciudad más desarrollada del país, teniendo más calles que antes, antigüedades
como el barrio El Prado que inspiraban historias de fantasmas para cualquier
cineasta, y modernas construcciones al norte de la ciudad, con empresas
funcionando en los lados de la Vía Cuarenta, espacio donde en febrero la
sociedad entera se transformaba. En estos días era normal ver a ricos y pobres
transmutados, revueltos en una misma fiesta divertida, bailando en medio de la
cumbiamba, la Guacherna embriagante y la Batalla de Flores, con numerosos
disfraces y las máscaras de marimonda que daban la cara al mundo, contando con
un sonido de tambor que no se apagaba ni en las horas de más calor en la calle,
y resucitaba el antiguo espíritu de Barrio Abajo.
Agamenón Cervantes se sintió fascinado con lo que
iba mirando, recorriendo varias calles y sabiendo que había bastante gente de
La Guajira estudiando en universidades como la CUC y la CIAC, a pocos metros
del abandonado coliseo Humberto Perea que estaba en la esquina de la calle 58.
Frente a estas corporaciones universitarias, paradójicamente estaban unos
establecimientos de cerveza donde se emborrachaban los estudiantes apenas
salían de clases. La Universidad Simón Bolívar quedaba en el barrio Viejo
Prado, en una esquina más arriba donde cuando llovía pasaba un peligroso
arroyo. En seguida, le atrajo la atención el ambiente diferente de esta
universidad, porque era un lugar donde en unas de sus sedes estudiaban muchos
jóvenes guajiros. Principalmente, queriendo sacar adelante la carrera de
derecho. Muy cerca en la misma calle, se encontraba la Segunda Brigada del
Ejército, custodiada por los soldados. Se trataba nada más y nada menos, que
del principal batallón de la Costa Caribe.
La antigua casa donde iban a llegar, estaba a
escasos metros del ejército en una carrera del Viejo Prado. Era una morada de
fachada elegante, con una terraza fresca para sentarse a disfrutar la brisa de
la tarde. En varias ocasiones había funcionado como pensionado, donde habían
llegado muchas personas de distintas partes de la región, pero más que todo
gente de La Guajira. Su hermano Antonio Cervantes se había graduado como
publicista y diseñador gráfico, cumpliendo el gran sueño de su vida, y ahora
estaba viviendo como propietario de esa casa donde fue un pensionado común y
corriente. De manera que había abierto una oficina de publicidad en el
apartamento de al lado, donde había un taller de imprenta, con litografía offset,
impresión digital, varios computadores y un personal de diseño que le servían
como lavado de dólares, a contados metros de la Segunda Brigada. Las personas
lo admiraban bastante por su imaginación en el diseño editorial cuando estaba
en el computador, su avance prodigioso en la creatividad y la técnica en
materia de tecnología. Era algo en lo que intentaba estar al día, con su
servicio de Internet banda ancha. Aún así, lo relacionaban más por el nombre
con el ex campeón mundial de boxeo Antonio Cervantes “Kid” Pambelé que
con el nuevo narco de moda en la Costa, Agamenón Cervantes.
Era una persona que tenía más contacto con su madre,
la cual seguía viviendo en Estados Unidos. Ésta sabía desde antes de la muerte
del narco Héctor Pugliese, en qué clase de vida estaba su hijo menor Agamenón
Cervantes, razón por la que después de algunos intentos suplicantes para que se
retirara de eso, no había aceptado que él le regalara una casa en Miami Beach
como le propuso. De modo que al darse cuenta de que también su otro hijo estaba
en lo mismo, apenas lo llamaba con frecuencia. En cambio, sus hermanas mayores
Chavela y Lenin que se fueron a vivir primero a Costa Rica, habían arreglado
sus papeles desde la capital San José y después volaron a Miami, instalándose
en un barrio de cubanos. En esta hermosa ciudad vivían al lado de su madre,
para su felicidad infinita. Era una casa que habían comprado con sus propios
ahorros, sin pensar para nada regresar a Colombia, aunque ya Agamenón Cervantes
decidiera retirarse a esas alturas del narcotráfico.
La primera tarde hicieron una parranda en la terraza
donde estaba la oficina de publicidad, en cuanto terminaron de almorzar.
Sacaron un equipo de sonido Sony al lado de las sillas plásticas, dejando las
dos camionetas Toyota Prado en la acera de la calle. En pocos minutos, todos
los vecinos miraban esa terraza donde estaban regocijándose unos guajiros sin
duda adinerados, presentándose amigos de Antonio Cervantes como Lucho, que
trajo a su tío Chester también conocido como El Poeta de las Cinco de
la Tarde, y no faltó entonces el popular Juan Carlos Martínez que era más
feliz cuando le decían El Cole. La música estuvo presente en la
celebración intensa, con las canciones clásicas del cantante Diomedes Díaz
colocando sin parar el tema La reina, por parte de Antonio Cervantes. En
seguida, quedó claro que sin conocerse mucho pero teniendo el mismo gusto por
esa canción, Jeison Barros sería el mejor amigo de Antonio Cervantes en
adelante. El whisky Old Parr se derramó en el suelo, se bebió en cantidad
extrema al ser servido por el entusiasmo de El Cole, que no paraba de
contar historias o de inventarlas para que sonaran mejor. Tantas cajas de
botella de esta marca escocesa regadas por el piso llamaron la atención de los
vecinos y transeúntes, que pasaron la voz de alerta a miembros de la Segunda
Brigada, los cuales se acercaron a esa terraza intentando darse cuenta de
quiénes eran los amigos sospechosos del anfitrión. Agamenón Cervantes se
levantó de la silla, se apartó y los atendió en persona, y nada más bastó con
que supieran que era socio del jefe paramilitar de la Sierra Nevada de Santa
Marta, para que lo dejaran tranquilo.
En la fiesta, llegó a la agencia de publicidad un
misterioso personaje que de inmediato atrajo la atención porque estaba vestido
de negro. Su hermano Antonio Cervantes le dijo al narco principal que aquél era
un traqueto de la ciudad, y apenas se acordó bien de su nombre cuando
indicó que se llamaba Carlos Bermúdez. «Pero le dicen Satas», aclaró. El
mismo tipo que recibió un trago de bienvenida por parte de El Cole,
demostró que le gustaba más que lo llamaran así que caerle bien a la gente. Era
su manera estelar de hacerse sentir como alguien rebelde.
Se trataba de una persona que había vivido varios
años en esa misma acera del barrio El Prado, donde fue criado por una anciana
que nunca pudo tener hijos. Desde temprana edad, Carlos Bermúdez tuvo claro que
le gustaban más los cuentos de miedo que los mayores contaban a la medianoche,
que jugar con los demás niños en el recreo del colegio. Nadie le conoció fuerte
amor a la música vallenata, al merengue, el rock o la balada de moda de los años
noventa, cuando la sentía en el radio de su cuarto o al sentarse a beber
gaseosa con pan en la tienda El Trópico, que estaba en la esquina principal.
Pero cuando descubrió que existían grupos organizados dedicados a cantarles a
las fuerzas del más allá, se volvió el fanático número uno de la música
metálica. Leía innumerables revistas sobre estos grupos oscuros con brazos
llenos de tatuaje, piercings en las cejas y recuerdos personales del infierno,
que estaban decodificando el lenguaje en jeroglífico del Anticristo en el
paisaje urbano del mundo para conocer la fecha exacta de su llegada, quería
vivir como ellos y sólo salía a la calle si estaba vestido de negro, aunque
fuera a la hora de más calor. Se dejaba crecer el cabello hasta los hombros
como una mujer, pero de pronto se lo cortaba hasta raparse por completo como
una forma de penitencia, cuando soñaba con dolor que la noche anterior su
querido Satanás había sido víctima de una crucifixión en un monte eterno. Desde
entonces conoció a más personas de vida oscura que compartían su misma visión
del universo y las estrellas aliadas, tratando nada más con gente que hiciera
parte de su religión diabólica. Como era natural, probó en incontables
ocasiones la placentera marihuana, cuyo efecto lo hacía sentir más cerca de una
vida mejor pregonada por la secta satánica que cuando escuchaba a todo volumen
su grupo preferido Iron Maiden, para escándalo de los vecinos en la Ciudadela
Veinte de Julio, donde estaba la casa de su verdadera madre. En uno de los
conciertos de música metálica, conoció a alguien que le cambió la perspectiva
abstracta que tenía de la vida. Era su amigo Xabit, un profesor de escuela y
estudioso seguidor de esta música rechazada, que tenía más influencia en la
realidad mundial de lo que los cristianos pensaban. Éste lo metió en el negocio
del narcotráfico consciente de que era alguien que le caía bien, dándole a
Satas la oportunidad de conocer distintas partes del planeta reclamando
dólares, lo que el último aprovechaba para asistir a conciertos de sus grupos
preferidos, como sucedió en una plaza multitudinaria de Londres donde se
presentó el grupo Black Sabbath, ante un millar de aficionados que se trababan
con azufre. Cuando su amigo Xabit cayó preso en la cárcel Modelo de
Barranquilla, Satas siguió metido en aquel negocio hasta pasar a ser un
traficante de referencia de la ciudad, razón por la cual se hizo amigo
inmediatamente de Agamenón Cervantes.
En la conversación que mantuvieron apartados de los
demás bajo el fresco de un roble, Satas escuchó al narco guajiro hablar
de negocios. Éste le indicó que su intención era tener buenas amistades en la
ciudad, para establecer una mejor sociedad. La idea de que se pudiera hacer un
embarque grande desde Barranquilla, era algo que reforzaría su horizonte donde
pretendía ser alguien más fuerte en la vida. Satas le dijo que por ese
lado no tenía problemas, porque él conocía importantes personas que ayudarían a
meterlo en esa nueva atmósfera para él. Era amigo de muchos narcos famosos, que
Agamenón Cervantes nada más conocía de boca, por lo que le preguntó cuándo llevarían
a cabo una reunión para hablar de asuntos económicos.
-En cualquier momento –le aseguró Satas.
Después de aclarar eso, volvieron a mezclarse en la
parranda que crecía como una marea bajo un huracán peligroso. En la cara de
Agamenón Cervantes se veía una gran satisfacción, recibiendo tragos de Old Parr
como si fuera agua pura, sabiendo que en algún momento iba a ser una persona
más importante no sólo dentro de La Guajira, sino de la Costa Caribe en
general. Su amigo Darwin Castañeda Conhonor se dio cuenta de su actitud
ensoñadora, y oyó cuando Agamenón Cervantes le dijo que se quedaría unos
cuantos días en Barranquilla, una ciudad que le gustaba como el amor. Nadie se
imaginó hasta qué extremo eso sería verdad.
Se bajó en el hotel Royal, uno de los mejores de la
ciudad. Era un edificio situado en la carrera 54 con calle 68, a poca distancia
del majestuoso panorama con palmeras reales del Hotel El Prado, y desde aquel
cuadro de la ventana se habituó a conocer una localidad más grande de lo que
parecía a simple vista. La habitación que le tocó tenía todas las comodidades
para un presidente de su país, y disfrutó de lo que su importante atención
merecía en el ambiente que rodeaba la cama. En especial, cuando descansaba y
hablaba por teléfono adelantando sus asuntos. En el mismo edificio, estuvieron
de paso significativas personalidades de la música, del deporte y de la
política. Incluso, un ex ministro del Interior de renombre, se bajó en una
habitación al lado de la suya. En la parte de abajo donde estaba la fresca
terraza, estaban las camionetas Toyota Prado parqueadas las veinticuatro horas
del día, con sus hombres esperándolo por si necesitaba algo. De vez en cuando
bajaba y salía, subiendo en carro por toda la carrera 54 para comprar ropa de
bastante elegancia en los mejores almacenes de la calle 72, adquiriendo
colonias y finos zapatos, y dedicándose a pasear por una caribeña urbe donde se
sentía mejor que en cualquier otro lugar del mundo.
En seguida se puso en contacto con una agencia de
lindas mujeres prepago, para disfrutar en el momento de la vida. En la
misma habitación donde estuvo, recibió el catálogo de uno de sus hombres que
fue a buscarlo en un sitio exclusivo de la ciudad, y tuvo la oportunidad de ver
en las páginas chicas estupendas de todos los colores y las formas humanas,
vendiéndose por ciento veinte mil pesos en adelante. Había mujeres tan bellas,
sensuales y bien cuidadas con pulcritud, que creyó que de haberlas visto cuando
caminaban vanidosas en la calle, saliendo de un almacén o simplemente haciendo
fila en el banco, hubiera creído que eran alguna otra cosa menos putas que sólo
se conocían por la voz de alguien. En caso de que estuviera dispuesta, la mujer
podía presentarse a domicilio en su cuarto en menos de media hora, y prestarle
un servicio de amor que se pareciera al sueño. Agamenón Cervantes se sintió
atraído por una bella mujer de cabello negro, rostro lindo y moreno con anchas
caderas de cimarrona, cuyo nombre era Vanesa, natural de Pereira. En su
refinada mirada se veía un aire de ser angelical, llena de un amor tan profundo
que no tenía nada que ver con el pecado. En cuanto la llamó a su celular, ella
misma le contestó en persona. «Sí, estoy en servicio», le confirmó. Media hora
más tarde, la mujer bien cambiada como una modelo de pasarela y llena de
fantasía, apareció en su cuarto cien por ciento vanidosa y con aire de chica pupi,
que tenía más urgencia de ganarse el dinero que en dejarle un buen recuerdo. Se
enteró por intuición de que estaba delante de un narco guajiro, y la buena
noticia hizo que se enamorara de él de la misma manera como se enamoraba de los
amantes anteriores, sin meterlos en su alma. Estuvieron hablando un rato,
manteniendo una conversación que profundizaba la confianza provocativa, hasta
que el fogaje hizo que la mujer empezara a desnudarse como si la estuviera
quemando el calor. De inmediato se acostaron en la cama y tuvieron sexo, con un
hombre que se aferraba en su carne por miedo de que pudiera desaparecerse el
espejismo. Se quedó a su lado viendo televisión hasta altas horas de la noche,
cuando nuevamente comenzaron a hacerlo violento, mirando a una mujer embrujada
que ponía en evidencia con sus bruscas tetas de mulata, que un narcotraficante
podía ser el más feliz de los hombres aunque no alcanzara a llegar a viejo. El
dinero exorbitante que le dejó a cambio, fue suficiente para que la simpática
mujer se vistiera mejor que antes y se comprara extraordinarias joyas de perla
y oro puro, que sus compañeras envidiaron más que su femenina belleza.
Mientras tanto, Agamenón Cervantes se dedicaba a
esperar algo de sus nuevas amistades en Barranquilla, sin descuidar la
importante relación con los paramilitares de la Sierra Nevada. Este grupo lo
apoyaría nuevamente en toda iniciativa suya fuera del Magdalena y de La
Guajira, teniendo en cuenta que la misma naturaleza lo ayudaba. Se iban a
comunicar por teléfono en cualquier momento, dependiendo de la gestión secreta
de Satas. Éste se había hecho su buen amigo, y el narco guajiro confiaba
en sus palabras sobre una reunión que iban a tener con unos nuevos socios en
una parte de la ciudad. De esa manera, Satas le presentaría a ciertas
personalidades, que podían ayudarlo en el plan que venía madurando en la
carretera de Ciénaga antes de llegar a Barranquilla. Era algo en lo que el
narco dibullero estaba enclaustrado, para ir fortaleciendo el mundo a su
alrededor, con la significativa influencia de una nueva plataforma.
En una reunión sostenida en la casa de Satas
en el barrio Paraíso, se hicieron presentes los narcos más famosos de la
ciudad. Uno de ellos era Max Ripoll, más conocido como Maicena, un
narcotraficante de mucha fama e influencia hegemónica en la sociedad, hijo de
un traficante de cocaína que en días anteriores fue considerado el jefe del
cartel de la Costa por la prensa nacional, cuando fue capturado para ser
extraditado a una cárcel de Estados Unidos. En la actualidad, Max Ripoll era
una de las personas encargadas en mover la mayoría de droga que de Barranquilla
salía hacia el exterior. También participó Duncan Jr., el hijo del finado
riohachero que en los días de la marimba había tenido asombroso poder en el
mundo. Los demás invitados eran personajes perseguidos por las autoridades del
Magdalena, como El Compa´e Monsalve y El Loco López, quienes
estaban metidos en el paramilitarismo y valoraban la importancia ascendente de
Agamenón Cervantes, en la atmósfera del narcotráfico.
En medio de la conversación y el whisky Jhonny
Walker bien servido, Agamenón Cervantes se sintió identificado con Maicena.
En una ocasión tomó la voz cantante, dueño de un parlamento iluminado que pocos
humanos hasta entonces conocían, sabiendo que en la reunión estaba respaldado
por amigos como Darwin Castañeda Conhonor, Mecho Castañeda, Alberto
Palmarroza, Jeison Barros y su hermano Antonio Cervantes alias Carlos.
Según puntualizó, con aquel embarque gigante -más que por la gran ganancia-
establecerían una sociedad nueva y sin duda la más fuerte en la Costa Caribe.
Muchos se asombraron cuando conocieron la cantidad que pensaba mandar, porque
diez toneladas en una misma noche era algo que apenas cabía dentro de cualquier
barco considerable, salido de la terminal fluvial y marítima de la ciudad.
Cuando le preguntaron por qué quería arriesgarse con tanta cocaína en un
cargamento por vía de la Sociedad Portuaria y Regional de Barranquilla,
Agamenón Cervantes les dijo:
-Porque quiero entrar en la historia con ustedes.
Los demás creyeron que estaba pasado de tragos, pero
los más sobrios e inteligentes percibieron que hablaba inspirado por la misma
Divina Providencia. Entre esas personas estaba Maicena, que sí quería
establecer algún contacto con alguien como él de La Guajira, para un mejor
futuro. Quizás por eso, unos estuvieron de acuerdo en seguida como Duncan Jr.
que se veía relucido. Al parecer, éste dijo poner parte de su dinero y
arriesgarlo en aquel embarque descomunal, de manera que si tenía suerte todos
ganaban, y si naufragaba en el mar por acción de los antinarcóticos, nadie
perdía. Agamenón Cervantes sintió orgullo de sí mismo ante su poder de
persuasión, cuando en silencio recibía un trago de Alberto Palmarroza alias Palma.
Estaba desarrollando una nueva facultad al hablar ante un público, para que
todos creyeran más en su intuición que en la lógica.
En las cercanías del gran centro comercial
Buenavista, al norte de la ciudad, Agamenón Cervantes quedó encantando en uno
de sus paseos en carro. Le pareció que allí estaba el futuro de la famosa
ciudad que apenas conocía, viendo el crecimiento de bastantes edificios y
comercio efectivo, y bellos conjuntos residenciales al bajar por la carretera
que llevaba al Corredor de los Universitarios. Era un lugar de vistoso
movimiento y tráfico de carros, donde llegaba con frecuencia la gente de
compras. En ese sector, el panorama mejoraba la apariencia moderna de una
hermosa Barranquilla que quería dar su mejor cara al mundo. Era posible ver
numerosos edificios construidos y aún por construir, a un ritmo imparable.
En vista de eso, decidió comprar un apartamento en uno
de esos edificios, diagonal al gran centro comercial. Era un sitio con
tranquilidad para respirar, donde se sintió mejor que en otra parte conocida de
la ciudad. En la cómoda sala y en la habitación, había toda clase de agrado, de
serenidad, con una antena parabólica para la distracción eterna. Durante la
noche, se la pasaba viendo televisión en canales extranjeros. Muy cerca de
allí, residían ciertos socios de Hermes Hernández, el jefe paramilitar de la
Sierra Nevada de Santa Marta, quien estaba por mandarle la mercancía, tan
pronto como Maicena terminara de hacer sus gestiones al interior de la
terminal fluvial. Estuvo de visita en más de dos casas donde vivían estas
personas, acompañado de Darwin Castañeda, Jeison Barros JeiCD y Antonio
Cervantes, quienes también compraron apartamentos en una de esas
construcciones.
Desde ese panorama y asiento de la localidad, era
posible ver al margen derecho los largos tajamares de Bocas de Ceniza. Era el
lugar donde desembocaban al mar las aguas del río Magdalena, el más grande de
Colombia. Éste era un río donde surcaban barcos de todos los tamaños y
nacionalidades extranjeras, que acercaban más Barranquilla con el mundo entero.
La corriente transcurría serena en su curso milenario, pero en verdad era
caudaloso y más profundo de lo que aparentaba su serena ribera, recibiendo
grandes buques que buscando la dirección del puerto pitaban alto para anunciar
su llegada, como si navegaran por el mismo Mississippi. En apariencia era un
río olvidado y poco usado por el ser humano del presente, que abastecía bien a
las empresas de acueducto, pero gracias a él había nacido la historia de la
ciudad.
Durante muchos años, Barranquilla había dependido
vitalmente de su puerto fluvial y marítimo con un sistema de intercambio
comercial con el mundo para desarrollo en su patio, teniendo una cara tan
definida que Nueva Orleans –una ciudad al sur de Estados Unidos bañada por el
Golfo de México, que era molestada por los huracanes-, se consideraba su
hermana de agua. La economía principal dependía en parte de la navegación de
barcos por el Magdalena, que aumentó su riqueza regional abasteciendo a la
ciudad de material tecnológico y buenos productos. Por eso su puerto fluvial
había servido para que la urbe creciera de manera vertiginosa en sus primeras
décadas de servicio, haciendo de ella un lugar que pudo llegar a ser capital de
la nación. Era una ciudad grande y desarrollada, con mercado abierto a todo el
hemisferio, algo que era reconocido hasta en el interior del país. En los
últimos años su economía de exportación estaba por debajo de Buenaventura en el
Pacífico, pero a pesar del centralismo gubernamental gracias a su posición
geográfica, servía para que mantuviera un intercambio mercantil con los puertos
más lejanos del planeta.
Desde hacía décadas atrás, las fábricas privadas,
las empresas pequeñas, la Base Naval, la cárcel Modelo y las demás industrias
al lado de la Vía Cuarenta hasta el barrio Barlovento, el Caño de la Ahuyama
donde estaba el mercado y los locales de la Sociedad Portuaria y Regional, se
habían instalado a lo largo de la corriente del río Magdalena en su paso por la
ciudad, sin tener en cuenta que les habían hecho un daño a sus habitantes, que
no tenían derecho a la vista directa del río. Caminar por la ribera y el malecón
fluvial de la principal terminal, frente a unas bodegas supervisadas por la
aduana, era un mundo aparte para los moradores de la ciudad. Las aguas del
Magdalena se veían al alcance de la mano desde la Zona Franca, mientras la
mayoría de las personas nacidas en Barranquilla sólo conocían a su propio río
por el canal Telecaribe. En la terminal fluvial, el movimiento de exportación e
importación no daba para preocuparse por recuperar esa identidad local que
todos querían en la Región Caribe, mientras los montacargas transportaban
contenedores e iban de lado a lado, manteniendo una actividad imparable las
veinticuatro horas del día. Las grúas Mamut del malecón descargaban los enormes
contenedores y los acumulaban unos sobre otros, los cuales era tan herméticos
que ningún producto interior se mojaría, en caso de que sucediera un naufragio
cayendo a la profundidad del mar. La importación de los barcos era algo
moderado, aunque daba trabajo para que la zona se mantuviera. En el presente
algunos seguían llegando con banderas desde lejanos puertos del océano, lo que
manifestaba por qué Barranquilla seguía siendo de alguna forma la Puerta de Oro
de Colombia.
Mientras tanto, las autoridades de la aduana tenían
restringido control dentro de aquella zona. Se necesitaban serios requisitos
para pretender servirse de sus bodegas y guardar los productos con permiso de
exportación al mercado exterior, por encima de todo. Muchas empresas de la
terminal estaban al servicio de eso, para mandar pedidos en barco a cualquier
lugar de la tierra. En repetidas ocasiones, éstas habían sido usadas por
empresarios corruptos para serles útiles a los narcotraficantes, que camuflaban
la droga entre los principales productos de exportación por vía marítima, como
sucedía con los textiles. La razón eran los barcos grandes, de los cuales las
autoridades de Barranquilla o de otro país pensaban que no llevaban embarques
clandestinos de coca al contrario de las naves fantasmas en alta mar, por la
credibilidad de la empresa administrativa del puerto.
A las dos semanas de estar en Barranquilla, varias
camionetas a distintas horas cruzaron el puente Pumarejo. Entraron al casco
urbano de la ciudad y doblaron a la derecha por la calle diecisiete, hasta
meterse por una carrera y buscar la movida calle treinta, siguiendo el plan
indicado. Entonces fueron conducidas por la principal arteria de la ciudad que
entrando en el Mercado de Granos, pasando por San Andresito, la Biblioteca de
La Aduana, el estadio Tomás Arrieta y la Base Naval, se iba transformado en la
larga y reconocida Vía Cuarenta. Fueron metidas en una de las tantas fábricas
cerradas de esta avenida, donde guardaron la mercancía con gran cautela. En el
interior de las bodegas, la mercancía estaría esperando unos días, antes de que
se solucionara el problema de cómo sacarla. Ciertos trabajadores del interior
de la empresa ya habían sido comprados para que custodiaran la droga, por
supuesto. Mientras tanto, en el día estaban con normalidad en el trabajo de
armar bolsas de arroz.
La preocupación de Agamenón Cervantes era que
alguien se enterara de la existencia de esa mercancía, antes de llevarse a cabo
el macanudo plan. Entre sus más cercanos socios comentó esa contrariedad,
buscando una mejor solución. Alguien de importancia decidió que tenían que instalar
a ciertas personas en las casas circunvecinas de la fábrica de arroz, para que
estuvieran pendientes de cualquier movimiento policiaco o de bandas
delincuenciales dedicadas al asalto. Estas personas se sentaban en las terrazas
de las casas, donde se daban cuenta del mínimo movimiento de los que entraban y
salían de las fábricas, desde el gerente hasta el celador. Cuando eso no bastó
con su tranquilidad profesional, por medio de la mafia influyente en la ciudad,
metieron a doce individuos más para que vigilaran e informaran al respecto.
Las autoridades de la ciudad sabían que los narcos
se servían de las grandes bodegas de aquellas empresas para ocultar su
mercancía, no tanto por el espacio oculto que brindaban sino por la notable
arteria que las comunicaba con la Zona Franca de Barranquilla. En anteriores
ocasiones, varias caletas de esa zona habían sido descubiertas por las
autoridades que se encontraban con cientos de kilos o toneladas de droga,
mientras la noticia judicial le daba la vuelta al mundo. En algunos casos, eso
había provocado arreglo de cuentas y disputa interna entre los propios narcos,
algo que temía Agamenón Cervantes. Era una cantidad inimaginable de cocaína,
donde pesadas personas estaban haciendo su propia inversión.
Una noche cualquiera, mientras en casi toda
Barranquilla estaban durmiendo, las diez toneladas de droga fueron sacadas en
varios camiones de aquella fábrica de la Vía Cuarenta. Esta importante avenida
que durante el día era bastante transitada por los carros –al ser la principal
arteria vehicular de la ciudad-, estaba plenamente solitaria pero atestada de
indigentes despiertos peleándose los cartones. Los pocos carros que pasaban en
ese sector iban a gran velocidad por miedo a la soledad de la zona nocturna, de
manera que los camiones se dirigieron rápidamente a su destino antes de que las
autoridades comunes se dieran cuenta. En el recorrido, pasaron por el estadio
de béisbol Tomás Arrieta, por una fábrica de aceite, por los talleres de
Barlovento, metiéndose en la calle treinta. En una de las esquinas después del
Mercado de Granos y antes de una iglesia, calmaron la marcha para meterse por
una carrera en bajada donde la vida a esas horas era más infernal en vista de
los gamines saciados de bazuco que estaban atrapados dentro de otro sueño, y
ante un solar abandonado desde donde se veía la fábrica de Cerveza Águila.
Entonces siguieron de largo hasta encontrarse con una entrada grande de la
Sociedad Portuaria de la ciudad, donde ya todo había sido arreglado por Maicena.
Se introdujeron sin ningún inconveniente, parando frente a una de las tantas
bodegas de la zona, dejando en claro que las autoridades aduaneras sí sabían de
ese movimiento al evitar registrar minuciosamente los camiones.
Mientras tanto, al interior de la extensa terminal
fluvial y delante de las fachadas de las bodegas, se respiraba un absoluto
silencio como todas las noches. En las afueras de éstas, había una normalidad
con vigilancia de rutina, al mismo instante en que la gente se movía en la Zona
Franca como si fueran simples máquinas ante la presencia de los barcos. Éstos
estaban parqueados a un lado en el río Magdalena, desde cuyo ángulo era posible
distinguir el puente Pumarejo. Una hora más tarde a la llegada de los camiones,
comenzó la operación encubierta e indicada por los altos mandos. Con el
despliegue de los montacargas, la mercancía fue sacada de su escondite y metida
en los contenedores, cuando ya estaba certificado que solamente se estaba
exportando café. Fueron con prontitud, pararon y vinieron incontables veces al
mismo sitio, conscientes de que diez toneladas requería de bastante diligencia
y responsabilidad humana. Seguidamente eran tomados y levantados por una Mamut,
que los suspendía en el aire y los acomodaba dentro del buque. Éste estaba parado
junto al malecón, por encima y debajo de la calmada corriente. Varias personas
participaron en esa empresa comprometedora, con mucho cuidado y cautela. La
aventura era tan grandiosa y cargada de adrenalina, que ya unos tenían decidido
-en caso de ser descubiertos por agentes antinarcóticos de la DEA que se
tomaban el puerto-, arrojarse con preferencia a la corriente del río Magdalena,
antes que ir a parar en una cárcel por estar ocultando droga en un barco. En
medio de eso, parecía natural que en cualquier instante alguien diera el aviso
a las autoridades externas sobre aquel embarque clandestino, pero al parecer
las mismas estaban al tanto de lo que sucedía en esos momentos por el
desarrollo normal de la maniobra.
El capitán era un hombre que había estado en muchos
puertos del océano Atlántico, en los mares de Europa y Asia Oriental, por
supuesto. Era alguien nacido en suelo colombiano, que conocía el mar Caribe
como nadie, iba y venía siempre de Estado Unidos, pero nunca en su vida había
navegado con droga en cubierta. Cuando se enteró de la propuesta a última hora,
no fue tan difícil aceptarla por la cantidad del dinero: era mejor que ganarse
un pago por darle la vuelta al mundo. En cuanto a sus distintos tripulantes,
éstos estuvieron de acuerdo de antemano con él. Cada integrante del buque
recibiría una suma grande de dinero si todo salía bien, ganancia que podían
meter toda en el banco y echarse a vivir del término fijo por unos años. En
caso de que se asustaran por la particular experiencia, podían renunciar en
cuanto llegaran al puerto de Miami, pero mientras duraba el viaje tenían que
cuidar la droga por encima de la vida.
Cuando el barco se alejaba por la corriente y sonaba
su bramante pito de partida, algunas personas que habían ayudado a cargarlo
estuvieron tranquilas a lo largo del malecón. Se alejó por la oscuridad del río
Magdalena de manera común, con una regularidad de rutina que despertó la
confianza en todos con que iba a tener suerte para llegar a su lejano destino.
Unos minutos más tarde cuando ya no veían ni sus luces en el vacío, ciertos
funcionarios, vigilantes y personas que participaron en la organización del
cargamento, comenzaron a lavarse las manos. Se fueron rápido como lo hacía el
supervisor de los ayudantes disfrazados de empleados, creyendo que al día
siguiente las autoridades de la aduana se iban a dar cuenta de eso. Eran
conscientes de que esa misma noche recibirían el segundo pago, por la
participación en aquella mayúscula empresa.
Después de recorrer de largo el río Magdalena, pasar
frente al barrio Las Flores y desembocar por Bocas de Ceniza, el buque tuvo
buen rumbo y viento en el mar Caribe. Se abrió paso por las aguas turbulentas
sin interrumpir la marcha, sin dar señales de alarma menos en ese último abismo
donde se producían profundos remolinos, mientras todos los tripulantes que
estaban participando más unos infiltrados, pensaban que esa aventura era la
primera y última que hacían en la vida. En caso de que se arrepintieran dando
el aviso a las autoridades y agentes antinarcóticos que patrullaban el mar
Caribe, estaban poniendo en riesgo no sólo sus vidas sino las de sus familias
en tierra firme, ante una decisión tomada por Maicena y sus secuaces.
Sin más remedio, se resignaron a la suerte durante unos días, esperando lo
desconocido, como si fueran tradicionales contrabandistas en un barco de dudosa
credibilidad. Al igual que en anteriores ocasiones, reconocieron que a pesar de
la soledad y la pesadilla estomacal, eran unos seres humanos más seguros de sí
mismos cuando estaban en el limbo del mar. La noche en que navegaban y
avistaron la isla donde estaba el puerto marítimo de Miami con sus luces
múltiples y los diferentes barcos entrando y saliendo, el buque que
aparentemente traía café comenzó a temblar por dentro, como si presintiera que
las personas que lo estaban esperando no eran los funcionarios del puerto
marítimo sino las autoridades antidrogas de Estados Unidos, para incautar la
gigante mercancía. Entonces atracó junto al malecón como cualquier otro, pero una
vez que estuvo parado apartadamente no descargó en seguida. Al igual que en
Barranquilla, el capitán decidió esperar que los demás navíos descargaran sus
artículos de importación en esa tierra, para actuar mejor en la madrugada. Como
la cosa más sencilla de la vida, después de certificar ante la aduana del
puerto de Miami que traían café, comenzó el ejercicio de descargue. Una grúa
grande y luminosa del puerto sacó los contenedores de hierro uno por uno,
colocándolos en la plataforma. Unos montacargas operados por los propios
gringos, que se abrían paso en aquel mundo nocturno, cumplieron su trámite de
rutina. Los metieron en una gran bodega de las tantas que había en la terminal
marítima, con la certeza de que era café colombiano. Casi en seguida, la organización
encargada de recibir las diez toneladas de cocaína, entró en contacto con los
agentes portuarios para ir a buscarla. Eran personas infiltradas en la empresa
estadounidense que recibía el producto, la cual estuvo de acuerdo desde antes
de esa noche con el negocio.
Enterado de que había podido coronar, Agamenón
Cervantes se reunió con la nueva gente de su confianza en Barranquilla e hizo
una fiesta grande. Con parranda vallenata en la sala de su amigo Satas,
quedó bautizado como uno de los capos más importantes en toda la Costa Caribe,
y desde entonces su resonante nombre y apellido de narco serían una referencia
permanente dentro de la sociedad. Unos cantantes y gustosos acordeoneros se
hicieron presentes en la celebración, y algo exaltados entonaron en su honor
como escuchaban que les cantaban a los marimberos megalómanos, cuando
conquistaban un embarque en los años setenta y ochenta en La Guajira. Ni él
mismo entendía cómo tantas personas se dieron cuenta del motivo de esa parranda
fabulosa, y su fama de hombre con éxito le mereció la amistad de bastante
gente. En su poder absoluto quedarían más de doscientos millones de dólares,
que lo pusieron por encima de varios narcos de alto renombre en la costa. En
cuanto le tocó repartir aquí y por allá, muchos de sus amigos y socios quedaron
contentos con gran satisfacción, entre ellos Max Ripoll alias Maicena.
La historia del narcotráfico en Colombia estaría marcada por este
acontecimiento, pero primero se darían cuenta de ese registro grande las
autoridades de Estados Unidos.
Se fue de paseo a Cartagena de Indias, una ciudad de
historia extraordinaria y rodeada de fuertes murallas que al principio la
protegieron de los piratas ingleses y franceses, y en el presente del abandono.
Le gustó conocer desde afuera el antiguo hospital Santa Clara que ahora era un
gran hotel, y como cualquier turista recorrió sus calles caminando, queriendo
conocer esa plaza como ciudadano para después conquistarla como soberano. A un
lado del mencionado hotel estaba la mansión salmón de Gabriel García Márquez,
el escritor más famoso del mundo, por cuya estrecha calle pasaban ligeros los
carros particulares y los carruajes tirados por caballos, cuyos jinetes iban
señalando a los turistas a quién pertenecía. En la misma calle bajando estaba
una iglesia, cerca de un parque donde estaban unas putas pasadas de edad, que
brindaban más tranquilidad sentadas en los bancos con las piernas cruzadas y
fumando cigarrillos baratos al aire, que un amor posible en la cama. En ese
corredor estaban las casonas de varias plantas y fachadas como las dejaron los
españoles, y algunas hasta pintadas con los mismos colores que amanecían a
diario trescientos años atrás. Le encantó ver diferentes personas que recorría
ese laberinto de calles, lleno de almacenes, restaurantes y exóticas joyerías,
provenientes desde otros lugares de la tierra. Era algo que caracterizaba la
idiosincrasia de la ciudad, sobre todo por los europeos que confundía la
atmósfera de calor con el mejor afrodisíaco para la raza humana. Se sintió tan
bien que se tomó más de una foto para el recuerdo, dándose cuenta de que a
numerosos gringos, franceses e italianos, les gustaba caminar por allí
embrujados con un espíritu de amante, porque algunas negras jóvenes,
prostitutas y asombrosamente culonas, se vendían más baratas que cuando eran
esclavas entre el tumulto de la Puerta del Reloj.
Estuvo en un hotel espectacular en el sector de
Bocagrande, como cualquier rico acostumbrado a su vida. En el apartamento donde
estaba se mantenía en comunicación con sus amigos y recibía la presencia de
nuevas amistades, entablando una fuerte relación que le habría de servir para
embarques posteriores. Conoció a importantes personas de la sociedad regional y
del narcotráfico en Cartagena, uno de ellos Jesús Sáenz. De paso, Agamenón
Cervantes se dedicaba a caminar por la parte exterior, turística y moderna de
la ciudad, entrando en los almacenes y en buenos restaurantes de mariscos. Se
hizo común verlo por aquel ámbito moderno, conociendo la fachada del hospital donde
murió el joven cantante Kaleth Morales, autor de la canción himno de la
juventud colombiana Vivo en el limbo, y considerado indiscutiblemente
por los especialistas del vallenato el Rey de la Nueva Ola. Se
sentía feliz caminando por la mejor parte de ese centro de turistas
internacionales, entrando en los excelentes almacenes y comprando la mejor ropa
masculina mientras escuchaba el tema La hora de la verdad, como si en
algún momento se fuera a encontrar con Alexandra Pitre.
Su primo Chemita Brito había logrado ascender de
simple soldador a contramaestre de un barco, que entraba y salía por la
Sociedad Portuaria de Cartagena de Indias. Desde hacía rato trabajaba dentro de
la embarcación grande, donde se podía llevar toda clase de productos a Estados Unidos,
Europa, África, el sur de Asia y Oceanía, cumpliendo así la ilusión de darle la
vuelta al mundo en varias ocasiones que ya parecían una larga vida. De estar
tantas horas cerca del capitán que conducía el timón, Chema el Marinero había
terminado por entender unos cuantos idiomas orientales, y hacerse un tatuaje de
cada una de sus distintas amantes para reconocerlas en carne desnuda al
regresar a los cuartos de esos remotos puertos de ensueño, que eran más fáciles
de tropezar en las aguas del océano Índico que conseguir en el mapamundi. Era
de los tripulantes que en cuanto arribaba a un puerto, aunque estuviera en
Liverpool o en la isla de Madagascar, en seguida buscaba un burdel terrenal
para despertar del sueño salado. En cuanto se enteraron de que estaba
descansando en la ciudad, los compañeros de Agamenón Cervantes vieron en él un
canal seguro donde seguir sacando la droga por vía marítima al extranjero. Pero
al parecer, ya Agamenón Cervantes tenía claro cuál era su simbólico destino.
-De ahora en adelante toda la coca se va a sacar por
La Guajira -dijo.
Como no lo entendieron, estuvo bajando por varias
partes del departamento de Bolívar para ir ensanchando el plano de sus
amistades. Tenía en cuenta que si quería ser alguien de renombre en la tierra,
tendría que ser amigo de los narcos más grandes del país, y en razón de eso
estuvo un mediodía en el rancho de Toba Abadía alias La Vaca, el
narcoparamilitar más influyente de la región que también estaba reflexionando
la posibilidad de desmovilizarse. Era una persona que tenía buenas relaciones
con Hermes Hernández HH en la Sierra Nevada de Santa Marta, y por
consideración a esa amistad le dio de regalo a Agamenón Cervantes todo el mejor
ganado que se le antojó. Éste le indicó que en La Guajira estaba el mejor
puerto de Colombia en esos momentos, para sacar la cocaína sin ningún problema.
«Es una tierra que con todo el viento en contra, sigue siendo buena con el
contrabando», le aclaró. Toba Abadía estuvo de acuerdo, porque conocía de
antemano la buena carrera que estaba haciendo el muchacho. Desde entonces, a
través de Agamenón Cervantes sacaría incontables kilos de coca por La Guajira,
pagándole un elemental porcentaje considerado impuesto.
Además de eso, Agamenón Cervantes le agradeció el
salvoconducto para que pudiera recorrer sin amenaza alguna todo el universo del
Magdalena Medio, a orillas del río Magdalena. Era una apartada comarca de
referencia que quería conocer desde hacía años, porque fue donde se formó
prácticamente el enorme monstruo paramilitar de las Autodefensas Unidas de
Colombia. Estuvo en gran parte de Córdoba, invitando a unos narcos camuflados
con el uniforme de paramilitares sin desmovilizarse, para que negociaran con
él. Muchas de estas personas estuvieron de acuerdo, teniendo en cuenta que era
buena idea despachar la droga por La Guajira. En numerosos lugares de Córdoba y
Sucre, conoció haciendas extensas, caminos y ríos frescos, donde la gente no
podía bañarse ni tomar agua sin la probación de las autodefensas, hasta los
límites con el departamento de Antioquia. Éste era un lugar considerado la
tierra santa del narcotráfico, donde prosperaron los primeros grandes capos del
país en el pasado, y era frecuentado por su socio Alberto Palmarroza alias
Palma, que tenía en Medellín una casa en el barrio El Poblado.
En Bogotá estuvo bajado en la casa de Julio Mario
Marín, un narco particular amigo de su mano derecha Darwin Castañeda Conhonor.
Era de cabello rubio y unos ojos tan claros que sólo parecía ver la vida a
través del verde, que iba y venía de Estados Unidos cuando quería, y con quien
Darwin Castañeda se había conocido en Riohacha a través de la religión Testigos
de Jehová. Como éste demostró entusiasmo al estar en esa ciudad, paseando y
disfrutando en las noches por las discotecas de la Zona Rosa, Agamenón
Cervantes consideró entonces la oportunidad que desde esta capital Julio Mario
Marín fuera su socio e invitara a todos aquellos narcos bogotanos, para sacar
la mayor parte de droga por La Guajira. Julio Mario Marín aceptó ser uno de los
nuevos personajes en su organización, que mandaría toda la coca disponible por
ese buen canal. Estaban estableciendo así una de las mejores sociedades
traficantes en Colombia.
En el Norte del Valle, Agamenón Cervantes visitó a
unas cuantas personas por poseer la industria que más demanda de droga tenía en
el exterior según la DEA, como Nemesio Buitrago. Éste era un hombre de algunos
cuarenta años de edad, de pelo negro, perfil indígena y dueño de una barba que no aparecía en sus fotografías, y era por
lo tanto el narcotraficante más buscado del mundo. En cuanto tuvo la
oportunidad de encontrarse con él en su finca, donde estaba cayendo un fuerte
chaparrón, Agamenón Cervantes le habló de lo mismo. Lo invitaba con sus socios
cercanos para que mandaran toda la mercancía de alcaloide por La Guajira,
porque él únicamente se quedaría con el impuesto. Nemesio Buitrago estuvo de
acuerdo en seguida, porque en los últimos días el puerto de Buenaventura y la
ruta aérea a México por el océano Pacífico, se estaban poniendo complicados con
el despacho de la droga. En vista de eso, se puso contento y le regaló una
hermosa finca cerca de la suya llamada La Unión, con cinco caballos de paso
fino para cuando quisiera pasar vacaciones, en homenaje a esa nueva amistad.
De vuelta a Riohacha, Agamenón Cervantes comenzó a
ser un ser humano completamente diferente. En la cara se le veía reflejado que
el hecho de haber viajado por casi toda Colombia en planes de invitación, lo
ayudó a entender más la trascendencia geográfica de su tierra en el panorama
mundial. Saber que era de La Guajira, que conocía todo el territorio propio
desde Dibulla hasta Punta Gallinas donde terminaba la península, lo comenzó a
enriquecerse desproporcionada y psicológicamente, la mejor manera de mover el subconsciente.
Era un hombre que tenía demasiado conocimiento en materia de narcotráfico, y
eso lo ayudaría a ser algún día el narco número uno de toda la Costa Caribe.
Los vientos del nordeste parecían venir a favor suyo para ir expandiendo la
materia que había nacido a causa de su sueño, teniendo en cuenta que apenas era
alguien joven.
Los narcos del interior ponían toda la droga a su
disposición, en varias caletas de la península guajira. Él ponía en práctica su
habilidad y maduro conocimiento al ser consentido por las autoridades de La
Guajira, mandándola junto con Darwin Castañeda Conhonor a su destino por
muy lejos que éste quedara. La garantía que los respaldaba aumentó la demanda
de los narcos, y cada día llegaba más droga del interior del país que de la
misma Sierra Nevada de Santa Marta, donde estaban concentrados los
paramilitares. Algunos traficantes de Santander y de la propia Armenia que
nunca lo habían conocido en persona, comenzaron a contactarlo por su respetada
fama. Cualquier narco importante de Colombia, se ponía entonces en comunicación
con Agamenón Cervantes, para establecer una sociedad que le permitiera
despachar los cargamentos con su buena bandera. La mercancía arribaba sin
retraso a su original poder, y desde Bahía Portete era mandada a todo mar que
tuviera el mundo.
Su fama creció tan grande, que no había un lugar de
La Guajira donde la gente que respiraba no hablara de él. En todas partes del
departamento, se decía que era un narcotraficante que estaba desarrollándose
como los más grandes del país, dueño de bastante dinero y portentoso poder. En
la capital Riohacha era tratado como jamás fue tratado nadie, ni en el pasado
ni en el presente. Su amistad con ciertos cantantes famosos del género
vallenato, que lo frecuentaban cuando llegaban a tocar en un concierto o en una
discoteca de la ciudad, estimuló a éstos para que lo mencionaran con repetición
en sus show en vivo, y hasta cuando entraban en un estudio de grabación. En el
intermedio de las mejores canciones, cuando le tocaba el pase solamente al
acordeón, se le mencionaba en exclusivo: Agamenón Cervantes, ejemplo de
superación. Para él era un orgullo reconocer aquella locura que giraba en
torno suyo, porque era el reflejo de una imagen fenomenal que desde siempre
anheló tener. Mientras tanto, le encantaba saber que desde algún lugar del
mundo, ya eso estaba llegaba a los oídos de su amor platónico Alexandra Pitre.
En vista de que le gustaba una mansión de dos
plantas y con terraza enrejada, a una cuadra del Liceo Almirante Padilla en la
calle trece y frente al parque Simón Bolívar, la compró de inmediato a sus
dueños. En el interior de la casa, hizo una mejor sala metiéndole selectos
muebles, cuadros originales de pintores locales y adornos de cerámica y
porcelana, como si al día siguiente pensara meter a una mujer. En el corredor
había más cuadros y adornos de porcelana brillante, y cuando la gente lo
visitaba se sentía tan bien, que tenían más ganas de quedarse disfrutando de la
comodidad visible que hablar de negocios. Mandó a construir un fino bar, donde
estaban bien clasificados los mejores whiskys del mundo. En el patio mandó a
ampliar la piscina que ya estaba hecha alrededor de un buen panorama para
sentarse, donde al mediodía tomaría el sol como un turista europeo. En cuanto a
la espaciosa alcoba, pretendió que fuera la mejor que alguien hubiera arreglado
alguna vez en la historia del amor. Al fondo de ésta, había un baño con todas
las comodidades posibles, en cuya regadera bajaba agua purificada y la taza de
sentarse era de mármol, que al final del uso disparaba agua a los usuarios.
Sabía que un día cercano Alexandra Pitre iba a ser su esposa como fuera, y por
eso dispuso de un carpintero que le hiciera la mejor cama doble en forma de
santuario estelar, donde ninguna mujer se acostara antes que ella. En el
tocador, estaban los artículos de maquillaje más fascinantes, para que
cualquier mujer se volviera más bella de lo que veía en el espejo. De resto
todo era paz para él, y se sentía tan bien adentro de la mansión que a veces no
le gustaba la idea de estar en la calle. En los momentos en que estaba libre,
Agamenón Cervantes se paraba un rato en el balcón. Desde ese puesto disfrutaba
con contemplar mejor el panorama de Riohacha, el parque Simón Bolívar donde al
atardecer jugaban los niños llevados por sus padres y se sentaban los novios
enamorados, acostumbrándose a las demás casas de la calle y la curiosa gente
que lo miraba, sintiendo que su renombre era algo que se propagaba en toda la
tierra porque se había ganado inmortalmente el alias de El Emperador.
Caminar por esa calle se volvió una costumbre diaria
para los riohacheros. Las mujeres más bellas no perdían la oportunidad de
hacerlo bien vestidas y apuestas, por si acaso él las podía ver. Era como si de
pronto, hubiera nacido la enferma creencia de que pasar por la calle trece
debajo de su apreciado balcón, era igual que desfilar en un concurso de
pasarela. En más de una ocasión, Agamenón Cervantes se enamoró de una de estas
mujeres al verlas andar. Si le encantaba una, mandaba que la detuvieran aunque
ya hubiera doblado la esquina, se acercaba a ella en la terraza y se hacía su
buen amigo. La mayoría aceptaban complacidas ser distinguidas por el capo, sin
poder creer que fuera alguien tan joven a pesar de su fama grande, y con más de
una sostuvo una llamativa relación que duró semanas.
La vigilancia no faltaba en los alrededores de la
terraza. Eran por los menos más de diez hombres, desconfiados, teniendo encima
armas de alto calibre, unos al interior de las rejas y los demás caminando en
las cercanías del parque Simón Bolívar. Estaban pendientes de que nadie
intentara acercarse demasiado a la llamativa casa de dos pisos, y parecían
mudos hasta ante la presencia de los extraños que pasaban por la calle pensando
en otra cosa. Las camionetas lujosas a cada rato estaban llegando, partiendo del
andén de esa mansión, y nadie ignoraba el grande poder de amistades del que era
dueño Agamenón Cervantes. Narcos de la Costa Caribe y de toda Colombia,
entraban a su sala para establecer una mejor sociedad en el presente. Las
autoridades locales hacían ronda natural pero no se detenían en la manzana,
confirmando la impresión general de que más bien colaboraban con su seguridad.
Sin darle importancia a eso, Agamenón Cervantes no quería cambiar por nada su
manera de ver la vida. En ciertas ocasiones, cuando una atractiva mujer
aparecía en su sala no le importaba interrumpir una conversación entre mafiosos
para complacerla en intimidad, pero ninguna siquiera pudo alcanzar a conocer su
alcoba.
Diariamente salían barcos desde sus costas, con
diversos rumbos pero bajo una misma estrella. Eran naves de todas las
estructuras y tamaños, que siempre llegaban a sus destinos libres hasta de la
amenaza de los huracanes que comenzaban en agosto. De modo que hubo un momento
en que en los círculos cerrados de los narcos se conociera que un barco repleto
de droga había coronado en EE.UU. y Europa, para que pensaran de inmediato que
era de Agamenón Cervantes. Éste no se sorprendía con lo que pasaba alrededor,
como si lo hubieran programado en su vida desde antes de nacer, y la mala
noticia de que un cargamento caía en manos de las autoridades de antinarcóticos
como sucedió con uno en las costas de Canadá, le dolía menos que si sabía que
el hijo de un amigo comerciante de Maicao se había ahogado por no saber nadar
en las aguas del Riíto. En cambio, cuando se enteró de que los demás lo
declaraban unánimemente el jefe del cartel de la Costa, disfrutó con el ego
enorme porque era el mando que estaba esperando desde hacía varios años. Desde
entonces, su nombre era sinónimo de negocios de peso pesado, y por encima de
los paramilitares de la Sierra Nevada estaba él, quienes lo consintieron como
el buen líder. Cuando su riqueza económica se hizo tan grande, que ya no
quedaba más territorio en La Guajira por comprar sin llamar la atención de las
autoridades de la nación entera, tuvo que invertir en bastante aparato militar
para ser más intocable como los demás narcoparamilitares, pero siempre tuvo
claro que su verdadera misión primordial era ser el hombre más bueno del mundo.
6
Si había una persona que no estaba de acuerdo con
que alguien como él estuviera creciendo económicamente de esa manera, era
Rodrigo Ballenas. Se trataba de un hombre alto, de aspecto negro y bigotes
recortados como en las películas de vaqueros, cuya mala fama lo había
distinguido del resto de la humanidad, metiéndolo en una leyenda por haber
mandado a sus enemigos al mismo infierno. Las personas que lo conocían de
cerca, lo respetaban con prudencia porque había ordenado la muerte de más de un
socio en la época de la marihuana para quitarle el poder y su considerable
fortuna, y lo habían intentado matar muchas veces con tan mala suerte, que en
esa situación mortal parecía más amigo de la vida que de la muerte. Su poder
estaba fundado en el miedo, en la oscura intimidación hacia los demás, y en su
carrera delictiva había toda clase de secuestros a gente adinerada, robos a
bancos de varias ciudades, bombas al ejército que no compartía sus ideales, y
una vieja amistad con la guerrilla que confirmaban que su imaginación era lo
peor que le había sucedido a La Guajira.
Era amante de tumbar a los demás que estaban cerca
de la meta de hacerse ricos, de secuestrar a personas adineradas para que le
pagaran el impuesto de estar vivas, y contrario a lo que se creía, a veces se
permitía una sonrisa agradable que nada tenía que ver con el hombre que había
llenado a la tierra de más muertos. Estaba enterado de lo que sucedía a su
alrededor, de cada noticia reservada cuando embarques ajenos llegaban a su
lejano destino, y la temporada de verano cuando se presentaba la maldita sequía
para los habitantes, éstos pensaban que todo era un castigo de Dios sobre la
atmósfera de La Guajira por tener todavía vivo entre sus habitantes a Rodrigo
Ballenas. Era algo que a éste no le incomodaba, porque pensaba que si hablaban
mal de un pobre humano sin un peso en el bolsillo, lo más natural era que
hablaran cosas así de un rico. Si conocía que un hombre nuevo estaba obteniendo
dinero producto del narcotráfico, se sumergía a meditar en el silencio donde
funcionaba mejor que nadie. Era un acto de resolución que después ponía en
práctica como en sus mejores días de marimbero criminal, y cuando sabía que
alguien estaba hablando más de la cuenta de él, lo mandaba a matar en seguida
aunque no lo conociera.
Desde temprana edad, Rodrigo Ballenas demostró un
orgullo al ser de La Punta. Le gustaba caminar por las calles de ese pequeño
sitio, reunirse con sus amigos y estar encima de una loma precipitada al mar.
Desde niño tuvo la oportunidad de estar incontables horas bañándose en aquellas
olas de nunca acabar, desarrollando un buen estado físico. En cuanto estaba en
el pueblo, se paraba en cualquier esquina, donde las personas lo reconocían
como a uno de los muchachos que más se la pasaban en la calle, aunque no
tuviera nada qué hacer en ella. Era una buena comunidad, para las mujeres y los
morenos maridos que vivían de la siembra del plátano y la pesca artesanal en el
mar. En más de una ocasión, cuando uno de estos hombres cometía un asesinato en
algún lugar de la región, se metía en seguida en el pueblo a morir de viejo.
Sabía que era difícil que sus enemigos se metieran en La Punta de los Remedios
para vengarse, por el temor que desde afuera tenían de este guerrero pueblo.
Rodrigo Ballenas andaba con unos amigos que eran los
vagos del pueblo. Al principio se sentaban en una reunión de borrachos
sirviendo el ron blanco, y al mismo tiempo aprovechaban un descuido de los
mayores para tomar de la botella. Después se apartaban de donde estaba la
música ranchera empezando a perder volumen, esperando que fuera de noche para
meterse escondidos en el patio de una vecina, y le torcían el cuello a una
gallina antes de que ésta comenzara a cacarear. Se iban entonces al monte,
donde improvisaban una fogata y montaban una olla con agua de la acequia,
metiendo las presas y las verduras acabadas de pelar. En cuanto estaban
comiendo, se reían de la clandestina aventura, pensando qué cara pondría la
dueña al día siguiente al despertar. Sólo que más adelante, cuando se sintió
con liderazgo por ser el adulto del grupo, autorizaba con un dedo quién se
metía o no en los patios para robar cerdos y gallinas viejas.
En su casa, nadie le patrocinaba las travesuras. Si
estaban en medio del almuerzo, de pronto un vecino interrumpía en la puerta
entrando en discusión con su padre, diciendo que Rodrigo Ballenas y sus amigos
perdidos habían cogido una burra la tarde anterior, para amarrarla a un palo de
caracolí y tener relación carnal con ella. Sin preguntarle siquiera si era verdad,
en seguida su padre lo sometía al duro castigo, mandándolo todo el día a la
finca para que cortara plátanos. En cambio, su hermano menor fue mejor tratado
que él, porque su madre le soltaba los centavos para que fuera a la tienda a
comprar el arroz, de donde siempre regresaba con los vueltos. Desde que estaban
niños, fueron acostumbrados a dormir en distintas camas pero en un mismo
dormitorio. En una ocasión, cuando aquél estaba profundo a las nueve de la
noche para ir al día siguiente al colegio, Rodrigo Ballenas entró con cuidado y
le puso una serpiente mapaná al lado, esperando que la mordedura mortal
pareciera un accidente. La culebra tocó la sábana pero al sentir el calor de un
cuerpo vivo se asustó tremendamente, y regresó por la puerta abierta donde ya
él estaba corriendo. Su padre despertó ante su bulla de terror, apareció con la
lámpara de gasolina en el sitio justo, donde terminó dándose cuenta de todo, y
con habilidad de encantador tomó a la esquiva culebra que estaba desenrollada
en el suelo. La paliza que le proporcionó al hijo mayor con una tranca,
marcaría un modo de ser que influiría en el futuro de la raza humana. Sin decir
para dónde se dirigía, un atardecer Rodrigo Ballenas hizo su equipaje y se
marchó de manera irrevocable del pueblo, a donde regresaría convertido en otro
hombre.
El destino fue Mingueo, un pueblo a orillas del río
Cañas que se había levantado hacía pocos años y estaba recibiendo migraciones
para tener un asiento decente. En este lugar encontró trabajo rápido en un
puesto de gasolina, gracias a un señor que también era de La Punta. Era una
persona que se levantaba desde las cinco de la mañana, escuchaba radio para
enterarse primero que nadie de las noticias nacionales, y era buen trabajador
comprometido con lo suyo, aunque dormía prácticamente por las noches en el bar
de las putas. Rodrigo Ballenas era un buen vendedor, era posible ver su humor
con los clientes más frecuentes, y lo que ganaba le permitía ahorrar dinero y
acostarse de vez en cuando con las putas del pueblo. De ese empleo le sobrevino
el sobrenombre de Manguera, por el modo ágil como usaba la caneca y
soplaba a un costado de la manguera para impulsar la gasolina, manteniéndola en
el tanque de los carros mientras aquella por gravedad se terminaba de echar
sola. Nadie pudo imaginar quién llegaría a ser ese muchacho de aspecto negro y
mirada taciturna, que era el primero de los trabajadores en sacar una pimpina
llena, cuando paraban los carros en el negocio a un lado de la carretera
Troncal del Caribe.
En la bonanza marimbera, su vida y destino
cambiarían definitivamente. Fue una de las primeras personas que no vio ningún
inconveniente en dejar todo tirado y arriesgarse a la aventura, al prestarse
como jornalero de una finca. Al igual que cuando robaba gallinas, mientras sólo
era un machetero le hurtó a más de un campesino los sacos de marihuana para
entregársela a un amigo cercano, con cuya buena ganancia se compró su primera
camioneta Ranger. Cuando se daba cuenta de que en un lugar del monte había una
caleta oculta, esperaba la manta de la noche y se iba con unos tipos y pistolas
en manos para hacerse pasar por el diablo. «Si se vuelven a acordar de esta
vaina, son personas muertas», les decía a los nerviosos cuidanderos, que no
vieron su cara cuando sentían su autoritaria voz. En ese estilo poseído, fue
fortaleciendo su propio negocio, reunió una gran cantidad de marihuana para
mandar su primer embarque con la ayuda de alguien, convirtiéndose rápido en
alguien afortunado. Las personas que lo rodeaban, comenzaron a idolatrarlo como
una oveja negra que hacía falta en La Guajira para poner en alto el nombre de
La Punta de los Remedios en esos días agitados, pero cuando comenzó a sembrar
el miedo en los campesinos de su mismo pueblo, los pobladores apenas se
atrevían a decir una palabra sana cerca de él. Por esa razón, cuando mandaba un
embarque tras otro, la gente descansaba ilusionada con que algún día cuando se
hiciera más rico se volvería alguien más bueno.
Rodrigo Ballenas demostró ser un buen marimbero, de
los que merecían hacer parte de la leyenda. Se convirtió en un estímulo para
los demás pobres, cuando fue fortaleciendo su fortuna y dándole empleo a la
gente dedicada a sembrar la hierba. En cuanto a la demanda de la marihuana,
tenía un socio llamado Gerardo Aragón, quien era el que tenía contacto directo
con un tipo de Estados Unidos. Esta sociedad le permitía tener buenas ganancias
consecutivas, para ser mejor como persona y vivir tranquilo sin necesidad de
robarle a nadie. Sin darle importancia a eso, nunca perdió la mala costumbre de
quedarse con lo ajeno, y en compañía de sus hombres siguió robando caletas de
marihuana en los ranchos cercanos y más apartados de la zona, matando a los
cuidanderos para que más nunca se acordaran de él. En más de una ocasión, cuando
alguien se quejaba de que no tenía marihuana suficiente para montarla en la
avioneta que aterrizaría con los gringos a bordo, Rodrigo Ballenas ponía varios
sacos de esta hierba que él mismo le había mandado a robar una semana antes.
Cuando éstos se daban cuenta de la mala jugada, ya era demasiado tarde. Rodrigo
Ballenas había estado presintiendo esa situación, por lo que de inmediato
ordenaba la muerte de esos marimberos. Una vez estaban muertos, mandaba a
quemar los cuerpos apilados en un mismo sitio, con el fin de que nadie los
reconociera en caso de que algún día descubrieran la fosa común. Nadie sabía a
cuántos hombres tenía bajo tierra, pero las familias de las personas que él
mandaba a matar al encontrar los cadáveres en estado reconocible para darles
cristiana sepultura en los cementerios, se podían considerar afortunadas.
Muchos hombres en la bonanza practicaron la misma
técnica de miedo y asesinato brutal que puso de moda él, pero la mayoría
consiguieron acumular más fortuna por la marihuana que enviaban al extranjero
que por el cobarde robo de caletas. Entre los marimberos, él no era un hombre
que figuraba en la lista de los más acaudalados, cuando escondido en caletas en
su mundo del hampa Rodrigo Ballenas tenía una fortuna en dólares superior a la
de varios de ellos. Era algo en lo que se cuidaba muy bien, porque le daba
mejores alas para volar en silencio en el aire de aquellas tierras. Sin
descansar de eso, más de un marimbero cuando iba en una Ranger en el solitario
camino, de un instante a otro veía que aparecía un grupo de hombres armados que
lo detenía, y lo mataba sin explicarle nada. Casi en seguida, Rodrigo Ballenas
estaba en alguna parte del mundo celebrando por eso, porque para él apropiarse
de la fortuna ajena era lo mismo que haber coronado un embarque de marihuana en
Estados Unidos. Se alcanzó a saber que su plan era acabar a numerosos hombres
para tener el absoluto poder, y por esa razón decenas de marimberos que
pudieron pasar a la lista de los más ricos, pasaron a la lista de los más
muertos.
En la fogosa parranda, se volvió un ser enemigo con
todo el mundo. Más de un hombre de su propio grupo fue enterrado en una finca
que tenía cerca de La Punta, nada más porque se rio de algo que no le gustaba.
En cambio, otros recibieron un tiro en la cabeza o en el corazón por parte
suya, cuando en medio de una reunión donde se tomaba Old Parr sin parar y se
fumaban cigarros de marihuana Santa Marta Gold, no se echaron a reír de
un cuento que él repetía y repetía decenas de veces porque lo consideraba
gracioso. La gente se consolaba pensando que alguien tan malo algún día tenía
que morir, pero cuando pasaban los años, las décadas y avanzaba el siglo XXI, y
el tipo parecía más vivo e inteligente que nunca, el único consuelo para esas
personas era seguir llorando a sus muertos.
Todavía no había perdido su mal hábito de fumar
marihuana. Cuando estaba recién levantado, bañado y cambiado, Rodrigo Ballenas
era una persona común. Se dirigía a los demás hombres con cariño, con buena
educación, y hasta se preocupaba por la mala suerte de algún conocido que hacía
rato no veía por estar enfermo. Pero tan pronto como se sentaba aparte y
encendía un cigarro de hierba que lo distanciaba de la realidad, su alma se
veía poseída por el espíritu enemigo. Entonces un recuerdo antiguo le parecía
acabado de suceder, cualquier hombre que no le caía bien pagaba la consecuencia
al medio pararse en una esquina de la ciudad donde un transeúnte salido de la
nada le disparaba, y hasta se acordaba de esas personas en la calle que le
habían quitado el saludo por comprensible temor. A la medianoche, su mente
seguía funcionando mejor que durante el día, y cuando hablaba de las víctimas
que había ordenado matar, nadie se explicaba cómo alguien podía mantener la
mirada tranquila con la memoria tan sucia. «Le tengo más miedo a la familia de
los muertos, que a los muertos», aseguraba. Las personas que habían tenido la
suerte de ser amigos de su confianza, sabían que Rodrigo Ballenas entraba en
paranoia cuando estaba cerca de un desconocido, que se le pareciera a alguien
que había ordenado asesinar.
En Riohacha, la ciudad donde vivía, su fama había
disminuido con el transcurrir de los años. Era un ciudadano común y corriente,
que nadie a veces distinguía entre la multitud en movimiento, pero cuando le
tocaba encargarse de la muerte de alguien se reunía con unos cuantos hombres,
para llevar a cabo asesinatos y terribles atentados que desestabilizaban el
orden de la tierra. Las personas pensaban que un ser tan rico e intocable que
no moría por nada, debía tener buenas relaciones con las autoridades para que
en la parte física siguiera más vivo que su propio mito, cuando la verdad es
que Rodrigo Ballenas les tenía rabia por naturaleza. Si había estado en la
cárcel de esta ciudad era por culpa de la justicia, y se había sentido tan mal
en la reclusión de un año, que al salir a la calle se acostumbró a no gustar de
nadie que nunca hubiera estado preso. En la sociedad, sentía que era una
persona que había pasado de moda, pero en el anonimato había encontrado un buen
canal para seguir traficando en abundancia con cocaína. Las amistades se daban
cuenta de que era alguien que ganaba considerable dinero con eso, por lo cual
no sospechaban qué tenía él que ver con el vil fenómeno del secuestro.
De manera que cuando se enteró de que alguien nacido
en Dibulla era un narcotraficante de bastante dinero, tuvo un buen momento para
reflexionar. No había tenido la oportunidad de conocerlo en persona, pero
sintió que tenía que ser prepotente como todos los dibulleros. Desde muchacho,
sentía que era rival por naturaleza de cualquier persona de Dibulla aunque
fuera su familia de sangre. En todo caso, necesitó tener más información de
aquel hombre, porque la vida le había enseñado que ése era el único modo de sentirse
paulatinamente más que el enemigo. «Hazte amigo de tu peor enemigo, no lo dijo
Maquiavelo», decía. Y luego, como si fuera una revelación providencial,
remataba:
-Lo digo yo.
Una mañana salió de su casa en la calle dieciocho,
para ir donde alguien que podía darle el informe que su alma herida necesitaba.
Al lado de dos hombres, se montó en una cuatro puertas roja que era de su
propiedad, tomando el camino a la casa de ese hombre con quien tenía una
amigable relación. En ese estado de tranquilidad, parecía ya una serpiente
arrastrándose por el suelo en busca de su presa. Simultáneamente, con las gafas
oscuras puestas en la cara mientras avanzaba en la carretera de la calle quince,
no parecía usarlas por el sol sino para ocultar sus malos pensamientos.
Manteniéndose a un lado de la ventana, iba mirando la ciudad con detalle,
pensando en aquel personaje del cual se hablaba más que del fogaje en invierno.
La camioneta cuatro puertas dobló a la derecha por
la esquina de Telecom y el edificio del Seguro Social, para meterse por el
barrio El Tatual directo hasta la calle trece. Sentía unas ganas de distraerse
en aquel camino, mirando aquella carrera llena de casas, viendo después a la derecha
una calle pavimentada y desierta con basura a los lados, por donde la gente se
metía para llegar más pronto al Mercado Viejo. En la esquina del gran
supermercado Comfamiliar en la calle trece, cuando le sonó el celular en el
bolsillo de la camisa, se abstuvo de hablar con su mujer. «Llámame más tarde»,
le indicó con autoridad. En seguida colgó, viendo que el carro seguía derecho
por una bajada buscando la calle doce. Por nada de la vida quería una
distracción mínima, que lo apartara de pensar sobre ese especial personaje al
que todos le decían elevadamente El Emperador.
La casa de Beto Bonivento, ubicada en una esquina de
la Calle Ancha, se la pasaba más cerrada desde la muerte del último hermano de
éste. Se había enterado además de que el hombre de confianza de Héctor
Pugliese, ahora el narcotraficante más respetado de La Guajira y la Costa
Caribe, había participado claramente en ese crimen y estaba arrepentido de no
haberlo eliminado antes, cuando apenas era alguien que estaba detrás de su
difunto enemigo. En ningún momento se le había ocurrido vengarse en esos días,
porque el poder de Agamenón Cervantes era tan amplio, que antes de hacerlo no
podía confiar ni en sus propios sicarios para convencerlos de que se movieran.
Era un fenómeno de comentario que estaba presente, en todas partes de Riohacha
donde la gente abriera la boca. Los demás narcos como él, se sentían en el
aislamiento y claramente humillados ante ese dinámico imperio económico, que
estaba a punto de constituirse en el más grande de toda Colombia.
Cuando Rodrigo Ballenas se presentó en la sala de
visitas, se imaginó cualquier cosa de su mente menos esa locura. Nunca entendió
cómo éste se había enterado de tantas cosas a la vez, siendo alguien tan ajeno
al cosmos de juventud donde se desenvolvía Agamenón Cervantes. Al parecer, ya
le habían revelado que Agamenón Cervantes fue el último hombre de confianza de
un capo santificado por la gente que nunca quiso tener amistad con él, y que
con posibilidad tenía algo que ver con la muerte de Pedro Bonivento, con la de
Henry Salchar y su hermano Miguel, y con la desaparición inexplicable en
Venezuela de J.J. Padilla, en el estado Falcón. Sentado en el mueble de al
lado, Beto Bonivento le confirmó que Santo Pinedo y Agamenón Cervantes sí
habían participado en aquel doloroso crimen de su hermano como represalia a la
muerte de Héctor Pugliese, pero aclaró que él había preferido olvidarse de eso
para vivir en paz. Rodrigo Ballenas logró hacerse una mejor idea de un hombre
joven que no recordaba haber visto en su vida anterior cuando llegaba visitando
a alguien en Dibulla, pero cuyo espíritu ambicioso lo hizo sentir cercano como
si lo conociera desde niño. En su interior, le gustaba que las cosas fueran
así, porque entonces tendría un argumento más preciso para matarlo. «Ese tipo
tiene más metido a los paracos», dijo con razón.
Beto Bonivento relató que Agamenón Cervantes quizás
le había perdonado la vida, por estar concentrado obsesionadamente en crecer
como narcotraficante millonario, de manera que hacerle un atentando sería
despertarlo del sueño ancho y tirarse encima a las montañas enteras de la
Sierra Nevada de Santa Marta con sus campamentos de paramilitares, granadas
desastrosas y ríos crecidos arrastrando ametralladoras en estampida de guerra.
Este ejército de extrema derecha lo respaldaba tenazmente, viendo en Agamenón
Cervantes un puente seguro para sacar sin inconveniente toda la droga que
desearan por La Guajira.
-Recuerda –apuntó Rodrigo Ballenas-, que te han
matado dos hermanos.
Beto Bonivento quedó en silencio, sabiendo que eso
era cierto.
-Alguien lo hará por mí.
-Por eso. Tú sólo tendrías que ayudarme.
Su interlocutor le dijo que de pasar a la acción,
quitarían del medio a El Emperador para que la vida al despertar
volviera a ser como antes, y él -Beto Bonivento- sólo tenía que respaldarlo con
un poco de culpa y no de dinero. Estaba convencido de que su inevitable destino
era quedarse con la fortuna de los demás, pero en este caso no lo movía tanto
el dinero de Agamenón Cervantes, como la amenaza que representaba para sí mismo
al ser aquél una inspiración divina ante tantos soldados paramilitares y narcos
del interior. El plan para matarlo no había que estudiarlo, tratándose de un
mismo momento inspirador que venía poniendo en práctica desde su más remoto
pasado. En caso de que todo saliera bien, ambos pasarían a ser unos hombres más
ricos, y serían para el público en general los dueños estables de La Guajira.
Era algo por lo que valía la pena poner en juego sus vidas y las de los demás.
-Es hora de hacerlo –insistió Rodrigo Ballenas, a
sus cincuenta y seis años-. Hay otra gente que estaría de acuerdo con nosotros.
Se dio cuenta de que Beto Bonivento estaba un poco
inseguro, y continuó convenciéndolo con su argumento psicológico. Lo
respaldaría con su intuición supersticiosa y militar, asegurándole que todo iba
a salir bien dependiendo de las ganas firmes que tuvieran y no de las armas, al
tener en cuenta que aquel narco sólo era alguien de pocos años e inexperto en
la guerra, que al ser atacado no se sabría responder. No lo había visto en
persona, pero todos decían lo mismo de él. Al igual que varios narcos, no podía
admitir que con tan poca edad hubiera logrado increíbles cosas que en más de
treinta años él y otros hombres, que pasaron de la bonanza marimbera a negociar
con la coca, no habían podido alcanzar ni con los brazos rozando el cielo.
Al término de eso, Rodrigo Ballenas se levantó, le
estrechó la mano y se la apretó duro. Se le descubrió en la cara que la envidia
había sido el principal aire que caracterizó su forma de vida, y que por ella
estaba a la altura donde estaba.
-Medítalo –le dijo.
Al quedar solo, Beto Bonivento siguió pensando en esa
tentadora propuesta. Conocía a Rodrigo Ballenas desde años atrás, por medio de
su hermano José Bonivento que trabajó con él, y sabía que era capaz de vender
su alma al diablo con tal de quitarle la codiciada fortuna a alguien, siendo un
desconocido o el padrino de su mismo hijo. Era una persona en la que, con
sinceridad, ni las ánimas podían confiar. La idea de hacer parte de sus planes
no le gustaba, pero se acordaba de Pedro Bonivento asesinado como un pobre
desgraciado en su puerta, y se llenaba de rabia permanente. En el fondo, no
podía admitir que el autor intelectual estuviera viviendo bajo el mismo cielo
con nubes blancas que él, sin preocuparse a veces por su seguridad personal.
Una tarde de la semana siguiente, después de
pensarlo cientos de veces dando vueltas en la cama, se reunió con Rodrigo
Ballenas. Éste se sintió feliz, totalmente animado como en los mejores días de
su vida cuando desarrolló ese don de persuasión humano, y hablaron con más
profundidad. El plan era el siguiente: en cuanto supieran por dónde se la
pasaba Agamenón Cervantes, le quitarían la vida con una emboscada violenta. En
seguida se apropiarían de su patrimonio millonario, de sus bienes raíces y del
margen territorial, antes de que cayeran en poder de los paramilitares que adelantaban
conversaciones en la mesa de negociación con el gobierno nacional, para
desmovilizarse y acogerse a la Ley de Justicia y Paz. De esa manera, buscarían
la ayuda insurrecta de la guerrilla para involucrarla en el sangriento
conflicto.
En aquellos días, Agamenón Cervantes había pasado de
ser alguien impetuoso metido en el negocio de la droga, a un enamorado en el
buen sentido de la palabra. Se dedicó a gozar más de la vida que antes, cuando
dejó la organización narcotraficante en materia de despacho a su amigo Darwin
Castañeda Conhonor, y aprovechó para improvisar con mucha alegría
parrandas ruidosas, que más de uno debió creer que había coronado un embarque
superior al del puerto fluvial y marítimo de Barranquilla. En cualquier lugar
donde lo invitaban a una fiesta grande, se presentaba sin pensarlo tanto. Como
buen mafioso, demostraba que era una persona despierta con los mejores amigos,
y admirador número uno de las mujeres más bellas de la tierra. Era de esos
hombres millonarios que no esperaba escuchar las necesidades de la gente, para
como buen padrino solucionarle pronto el problema metiéndose la mano en el
bolsillo.
La tarde en que iba a ser escogido el nuevo alcalde
de Riohacha, estaba en compañía de su amigo y socio Jeison Barros alias JeiCD,
en el local de gasolina que mantenía inquebrantable su humilde padre. En la
reunión de la terraza bajo la sombra del techo y ante el fresco de los mangos,
estuvieron pendientes del radio colgado en la entrada del cambuche donde
guardaban los tanques de gasolina, hasta que comenzaron las primeras noticias
del resultado electoral. Según el último boletín informativo, el ganador había
terminado siendo Michel López, un abogado de cuarenta y cuatro años, nacido en
el corregimiento de Camarones. Había salido victorioso por más de once mil
votos, con una ventaja clara sobre sus demás rivales. Después el candidato
derrotado Sabas Ariel, que fue su más firme competidor a la alcaldía, estuvo
hablando un rato por la emisora, siendo escuchado por la gente de la ciudad. Mientras
por la carretera de enfrente pasaban unos carros que pitaban celebrando la
victoria del candidato del Partido Liberal, Jaco comenzó a cerrar la gasolinera
cuando se marcharon controversiales amigos como Edesnel. Por su parte, Agamenón
Cervantes y su socio Jeison Barros se montaron en la camioneta Toyota Prado del
primero, para ver qué ambiente festivo se estaba viviendo en la ciudad.
Al dirigirse por la Avenida de los Estudiantes,
estaban muchos carros abriéndose paso en la principal esquina del Liceo
Almirante Padilla, donde estaba concentrada la multitud con innumerables
motocicletas. Al frente de la avenida, estaba el comando del Partido
Conservador de Sabas Ariel, donde la gente de la terraza sentada en silencio
parecía en medio de un completo velorio. El único que faltaba en el ámbito, por
supuesto, era el muerto político. Siguieron de largo por la acerca principal
del Liceo Almirante Padilla, viendo enfrente el panorama del parque Simón
Bolívar donde estaba retirada la gente del Partido Polo Democrático. Se bajaron
del carro en ese andén congestionado del liceo, dejándolo cuidado por unos
hombres mientras iban a las afueras del comando del candidato triunfante,
diagonal al hospital Nuestra Señora de los Remedios. Iban pasando por un local
de venta de cerveza u otros licores donde estaba una gente sentada con buen
humor, cuando él vio entre el personal a una bella mujer de otra parte, dueña
de un cuerpo voluptuoso. Al mirarlo ella por accidente con unos ojos claros que
brillaban de amor, lo dejó sin aire para respirar, porque jamás pensó que una
mujer tan hermosa pudiera existir en Riohacha.
Siguió derecho junto con su amigo hasta llegar a las
afueras del patio grande de la casa donde estaba el gentío acumulado, oyendo al
candidato hablar en voz alta por un micrófono, celebrando aquella victoria con
adrenalina. Michel López era un hombre moreno, que mostraba más fuerza y
vitalidad que los demás candidatos a los que derrotó. Se le sentía en el
espíritu que estaba transfigurado con la victoria política, y contagiaba a los
demás con sólo estar allí, motivando al pueblo, incitándolo a la emoción,
cumpliendo el designio de los profetas. La gente que se había amontonado frente
a él, le respondía con unos aplausos que erizaban la piel y conectaban las almas
en una sola energía, como si fuera un suceso bíblico. Al mismo momento, nadie
se daba cuenta de la presencia incógnita de Agamenón Cervantes. Algo que, en
ventaja, para éste era mejor.
Casi en seguida, el candidato abandonó el espacio
donde estaba hablando, yéndose al fondo del patio para atender a los amigos y
compadres que lo habían apoyado en la campaña a la alcaldía. En esos momentos,
cuando la gente comenzaba a retirarse, Agamenón Cervantes y Jeison Barros JeiCD
entraron ignorados en el patio. En este lugar había más multitud que afuera, y
ambos se pararon cerca del kiosco donde estaban conversando unas personas.
Alguien que anteriormente fue concejal representado a La Pajará, estuvo
hablando en nombre del gran Partido Liberal. Cuando el candidato elegido Michel
López reapareció en la escena para marcharse, toda la gente se precipitó a
tocarlo. Entonces tuvo que ser sacado por fuertes hombres que se abrían camino
a empujones violentos, en vista de que los fanáticos emocionados deseaban
manosearlo como si en verdad se tratara del mismo Jesucristo resucitado.
Un momento después de haberse ido, algunas personas
siguieron adentro y cerca del kiosco. Se conformaron con ponerse a escuchar
música, disfrutando de la fiesta animada por el sonido de los voluminosos
bafles. Jeison Barros se puso a hablar con unos amigos, sobre las
amplificaciones de unos picós en los que no trabajaba como antes, pero con cuya
empresa Special Sound ponía a tocar a los demás en los grados de escuela y
fiestas de pueblos. Agamenón Cervantes se sentó a su lado en silencio, para
contagiarse de aquel lugar donde ciertas personalidades comenzaron a
reconocerlo, como si acabara de tener una aparición de santo en la escena. En
el momento menos esperado, se dio cuenta de que la protuberante mujer que había
visto afuera unos minutos antes, estaba ahora en el interior de ese patio,
sentada en compañía de varias personas en un rincón. Al lado estaba un hombre
negro, que por la manera como sonreía cuando ella hablaba y contaba algo con
humor, demostraba que estaba enamorado, teniendo su buena aceptación. La idea
de que pudiera quedarse bastante tiempo en aquel ambiente emocionó de sobra al
narco, y se enamoró tanto de su imagen física y exuberante, que hasta se olvidó
de que tenía más poder magnético que ella. Creyó ver que entre las personas que
la acompañaban había una mujer más alta que aparentaba ser su hermana, porque
los cuerpos corpulentos que ambas poseían parecían vaciados por un mismo molde.
En su interior, Agamenón Cervantes reconoció que era
uno de los mejores instantes que estaba viviendo en su vida. Miraba para todos
lados, como a las puertas del garaje donde estaban otras muchachas hermosas y
paradas entre ellas una adolescente de nombre Keila que tenía una minifalda
oscura, pero constantemente lo hacía a donde estaba la sensual mujer sentada
con su cuerpo perfecto. En una ocasión, salió a la terraza donde sobraba la
gente de pie, dispuesto a respirar mejor y tratar de pensar en otra cosa
diferente a la increíble mujer. En el ámbito exterior había más personas
caminando, hablando, frente a la Avenida de los Estudiantes donde pasaban los
carros. Alguien que lo reconoció se le acercó, sentándose un rato a su lado
para saludarlo y hablar algo con él. Al lado izquierdo estaba Jeison Barros,
quien no entendía qué estaba sucediendo en el alma de su amigo. En algún
momento, éste tocó el tema de la mujer que acababa de conocer de vista, pero
era consciente de que lo que más quería en el universo era saber quién era,
cómo se llamaba y en qué calle de la ciudad vivía, para que esa noche no
declinara el sueño.
Un rato más tarde, entraron de nuevo y siguieron
para otro lado del patio cerca del mismo kiosco, donde un conjunto de vallenato
estaba abriendo el show de la noche. El cantante era un niño de trece años, que
cantó buenos temas para emoción de la gente como El amor de mi sabana,
de Peter Manjarrés. Fue un contagio tremendo, ya que Agamenón Cervantes estaba
al lado de Jeison Barros quien era amigo del hombre encargado del sonido, y
hablaron con emoción mientras escuchaban varias canciones, tomando consecutivos
tragos de Old Parr. Alrededor de la pista, estaban muchas personas participando
en el delirante espectáculo, bailando, aplaudiendo, como si de un momento a
otro se hubieran olvidado del ausente alcalde electo. En primera fila de la
multitud bajo del kiosco y frente a los músicos iluminados, estaba parada la
mujer bella y morena que había conocido antes con la mirada, en pose
provocativa, sudando, moviendo su cintura estimulante, recibiendo la descarga
corporal de la música como si fuera el amor. La presencia fantástica, adorada y
carnalmente afrodisíaca lo poseyó de nuevo, y cada trago que le daba Jeison
Barros se lo tomaba en honor a ella, al punto que tuvo la certidumbre de que ya
estaba cien por ciento enamorado.
Sin hacer nada al respecto, Agamenón Cervantes se
resignó a su vida solitaria durante esa noche. Una hora más tarde junto a
Jeison Barros, salió de allí y se embarcaron en el carro, pensando en lo mismo
y en lo que hubiera sucedido de habérsele presentado solo y decirle quién era.
Al día siguiente, con ánimo nuevo y sin dejar de pensar en ella, regresó a la
realidad de su vida terrestre con la supervisión de la empresa narcótica. Su
amigo Darwin Castañeda alias Conhonor, cumplía extraordinario con su
papel imprescindible de estar pendiente de cualquier barco cargado de coca, y
de la repartición justa del dinero. Era algo que los estaba dando a conocer en
varios lados, hasta más allá de la frontera con Venezuela. En todas partes eran
reconocidos, pero en especial por las mujeres más vanidosas de la ciudad.
Una tarde andaba en su camioneta Toyota Prado,
pasando por la pavimentada calle dieciséis. Era su costumbre andar con unos
hombres en cualquier calle de Riohacha, manteniendo sus buenas amistades con
las que fortalecía cada día más su imperio. De un momento para otro, vio a una
mujer semejante a la que conoció aquella noche sentada en una terraza al lado
de una casa de dos pisos que estaba situada en una esquina, hasta que reconoció
que era ella. Se dio cuenta de que la mujer bien maquillada y con aire fresco,
no miraba la fachada de su majestuosa camioneta cuando pasaba de frente, como
prueba de que estaba acostumbrada a tener varios carros finos discurriendo por
esa acera, producto de su belleza inmensa. El estado de ánimo que lo acompañaba
mejoró eternamente, porque nunca en su vida se imaginó que esa mujer de buen
cuerpo vivía en esa casa y en esa reconocida calle, a pocas cuadras del sector
de Cuatro Vías.
Su inolvidable amigo El Negro, en cuya casa
había estado viviendo en un cuarto arrendado cuando sólo era alguien que
escuchaba canciones vallenatas en la grabadora deseando ser feliz, lo ayudó con
la identificación al saber de la mujer. Le bastó con escuchar un poco el dato
sobre su estado físico y femenino parecido al de una hermana morena, para saber
de quién se trataba y en dónde había vivido siempre. Según se acordó, al
parecer se llamaba Helena Beltrán, era una mujer demasiado bella como si fuera
la irrupción de un sueño en la vida real, y hasta el momento no había tenido
hijos. «Ellas son de Camarones», dijo El Negro, con referencia a las
hermanas. Le pareció que era pariente o prima cercana del alcalde electo de
Riohacha.
Días más tarde, Agamenón Cervantes se fue a
Camarones invitado por alguien que iba a estar presente en el posicionamiento
de Michel López como primer mandatario de Riohacha. El nuevo alcalde -que en
efecto era de este pueblo donde nació el famoso político e historiador El
Negro Robles-, quería adjudicarse el poder desde esa tierra, con una
mayoría de invitados vistiendo frescas camisas guayaberas. Agamenón Cervantes
estuvo de espectador con sus guardaespaldas, los amigos y la multitud
concentrada alrededor del único parque de la población. Antes del nombramiento
oficial, se apartó con Darwin Castañeda y Jeison Barros alias JeiCD,
queriendo saludar a unos cuantos políticos sentados en primera fila. Sin
quererlo, se alejó un segundo para felicitar al moreno alcalde cuando éste
estaba sentado ante la mesa privilegiada donde estarían otras personalidades, y
como prueba de eso quedó registrada una foto. En la misma mesa al lado de
Michel López también estaría presente el Gobernador de La Guajira, alguien de
aspecto indígena y bien parecido, bastante querido en el departamento. En
adelante, el gobernador se puso a parlamentar frente al micrófono con su buena
oratoria, hablando del Partido Liberal y de su administración como funcionario
principal, frente al gran público y los periodistas que se habían hecho
presentes desde Riohacha. Más adelante estuvo platicando Michel López en el
mismo micrófono, pero en compañía de Jeison Barros, Darwin Castañeda Conhonor
y su lugarteniente Pompeyo, Agamenón Cervantes se fue del lugar.
Necesitaba estar en una parte más despejada de Camarones, para respirar un aire
mejor.
Estuvieron un rato ante una mesa de fritos en la
asfaltada calle de la población camaronera, comprando pastelitos, papas y
caramañolas de carne, que le gustaban mucho a Darwin Castañeda Conhonor.
Al tiempo que comían sentados en el muro de una terraza donde estaba el
negocio, se dieron cuenta de que toda la población de Camarones estaba de
fiesta porque un hijo suyo era el nuevo alcalde de la capital riohachera, valorando
que hasta ese suelo hubiera venido tanta gente importante a respaldarlo. Era
algo extraordinario, que se manifestaba con tanta gente contenta caminando por
la calle, muchachos felices con la música a fuerte volumen, y al terminar de
comer los fritos en la terraza, se fueron al parque donde estaba concentrada la
multitud en guayaberas, pero vieron entonces que ya terminaba todo y que los
asistentes se estaban levantando. Al ver eso y saludar a un reconocido político
del Partido Liberal que lo conocía bien, Agamenón Cervantes y sus amigos
comprendieron que ya tenían que irse para Riohacha. Cuando cruzaron la calle
pavimentada, y se disponían a marcharse en las camionetas Toyota Prado paradas
frente a una de las casas, sucedió de nuevo. En una de las terrazas de esa
calle principal, vio a la mujer señalada como Helena Beltrán hablando feliz
entre varias amigas. Increíble con una belleza voluptuosa, demostraba que una
hembra de esa clase que se ve una sola vez en la vida, se puede reconocer por
mínimo reflejo en cualquier parte de la tierra. En ningún momento se fijó en la
presencia no desapercibida suya, y él comprendió positivamente que cuando la
indiferencia rara es así, es más interesante conquistar el amor de una
agraciada mujer.
De regreso a Riohacha, Agamenón Cervantes estaba
bastante enamorado. En realidad, desde que había conocido a la simpática y
morena muchacha de Hatonuevo, nunca se imaginó que le pasaría una experiencia
semejante con una mujer superior en belleza exterior. No tenía la menor idea de
cómo hacer para conocerla cayéndole bien al instante, pero aceptaba que conocía
lo más elemental de todo: la dirección de su casa en la calle dieciséis.
Esperaba que muy pronto el destino lo ayudara aunque fuera a tener una relación
amistosa con ella.
Una tarde estaba en la calle quince, al lado del
reconocido restaurante de su tío José María. Estaba sentado en la terraza del
edificio de dos pisos todavía sellado donde vio por primera vez a Alexandra
Pitre, rodeado por más de cuatro escoltas, cuando de pronto aquella
protuberante mujer se acercó al panorama con una blusa blanca y fresca,
vistiendo un jean azul claro ajustado a la cintura de abeja, demostrando que
era la dueña del mejor cuerpo en una ciudad como Riohacha, donde tantas mujeres
tienen voluminosas caderas. Era un ángel de carne trigueña con alma juvenil en
la mirada, y se lamentó de no conocerla anteriormente para saludarla con
familiaridad en esos momentos. Entonces se ilusionó en silencio con que algún
día sería su marido público, atraído por la facilidad como su extraordinario
aspecto físico se dejaba mirar hasta el cansancio, al igual que un maniquí
semidesnudo en la vitrina. La mujer hizo una llamada por celular ante una mesa
donde los clientes se acercaban para llamar por teléfono, teniendo a la
izquierda la famosa panadería de la esquina, hablando con alguien que con
sinceridad debía sentirse la persona más afortunada de la tierra por estar
escuchando su dulce voz. Luego cortó en el celular, le pagó al muchacho que
atendía aquel sai y desapareció del ambiente, dejándole un vacío sin
aliento al narco Agamenón Cervantes.
Agamenón Cervantes El Emperador pasó en más
ocasiones por su calle para verla de nuevo sentada en la terraza, haciendo más
encantadora la vida de los transeúntes que felices la miraban. No se repitió la
oportunidad de verla en los días siguientes, por lo que pensó que ella tenía
que ser alguien que trabajaba durante el día en una oficina de la ciudad. Su
amigo El Negro, le confirmó que en efecto ella trabajaba. No obstante,
Agamenón Cervantes se enteró de algo que lo ayudaría a conocerla mejor. En la
puerta de la casa de la mujer, había un letrero donde se anunciaba con
claridad: Se venden bolis. Esa prueba lo estimuló a presentarse algún
día en esa mismísima puerta, detener su potente camioneta Toyota Prado en el
andén y bajarse especialmente para comprar un bolis.
En compañía de Jeison Barros alias JeiCD y
sin más personas para no asustarla, se dirigió una tarde a aquella casa en la
pavimentada calle dieciséis. Resultaba bastante extraño que alguien como él,
que con sólo ser visto despertaba una imagen impecable de capo, se bajara en la
calle para presentarse en una puerta preguntando por un bolis que costaba una
moneda de doscientos pesos, pero Agamenón Cervantes no quería llegarle a esa
mujer llamada Helena Beltrán de una manera prepotente sino siendo romántico y
varonil. De modo que al lado de ella, quería empezar una nueva vida como un
hombre común y corriente, para asegurarse ese amor descontrolado por toda la
eternidad, y en eso estaba pensando cuando se encontró a pocos centímetros de
la fachada de la casa. De pie en la terraza, se asomó por la puerta mirando a
la sala en penumbra donde no había nadie.
-Buenas.
La ilusión que tenía era que la misma Helena Beltrán
saliera a atenderlo en persona o al menos su hermana mayor, para que supieran
que se encontraban delante de él, el gran narco Agamenón Cervantes. Pero salió
un muchacho de unos doce años preguntando qué necesitaba, bajándolo con eso a
la gravedad del suelo. El muchacho sintió en seguida admiración del hombre que
estaba delante de una Toyota Prado al lado de su compañero de piel negra, y
llegó a creer que era un pretendiente bien vestido buscando a su bella tía. Por
eso cuando Agamenón Cervantes le pidió que quería dos bolis de fruta, el joven
no entendió nada. De todas maneras, sabiendo que los bolis de su casa tenían
fama en aquel barrio, entró a la sala, se dirigió a la cocina y abrió la nevera
para traer dos de mora con leche.
Agamenón Cervantes no sabía qué hacer con su propio
cuerpo. Sabiendo que en Riohacha la gente se tenía más confianza con los
extraños de la calle que en otra ciudad del país, se sentó en un muro de la
terraza para perder tiempo, mientras masticaba el buen bolis. A través de la
penumbra de la sala, logró ver el perfil de una desconocida mujer por los lados
de la cocina, y se esperanzó con que fuera la que buscaba su alma pero no pudo
determinar quién era. Entonces cuando sintió que aquella persona en la sombra
estaba era preocupada por lo que pudieran estar planeando aquellos señores
extraños con el inocente niño, a Agamenón Cervantes se le ocurrió una buena
idea. Cuando el muchacho se metía en la sala después de haberle dado los
vueltos del billete de veinte mil, lo llamó para regalarle el cambio.
-De parte de Agamenón Cervantes –le dijo.
En seguida, al interior de la casa debieron saber de
quién se trataba. La fama que él tenía en toda la ciudad era algo que se
respiraba en la atmósfera extensa, y era natural que allí adentro ya supieran
eso, aunque no lo reconocieran al ver su cara de hombre en la calle. Era normal
que hasta los humanos más pobres de la tierra hablaran más de El Emperador
que de su mala situación económica, por lo que era sencillo creer que él
hubiera sido en persona quien le había regalado ese dinero al muchacho. En esos
días, se estaba hablando en nombre suyo en la emisora Radio Delfín, por las
buenas casas que había mandando a construir en un terreno apartado, para
regalárselas a varias familias de desplazados que huían de la guerra desastrosa
que estaba acabando al país. En varias ocasiones, se aseguraba que Agamenón
Cervantes se bajaba de una camioneta en cualquier calle y se ponía a repartir
billetes a la gente más desfavorecida, porque ya no encontraba otra manera de
lavar su dinero. Él anhelaba con todos esos gestos humanitarios que se dieran
cuenta de que era un personaje muy bueno de corazón, pero en verdad deseaba
fuertemente que aquello tocara el alma desconocida de Helena Beltrán.
Cuando sintió que eso no bastaba para hacerse con la
mirada de ella, se la pasaba de visita en la pavimentada calle dieciséis en la
terraza de su amigo El Negro, a cuadra y media de la terminal de
transportes. Éste lo recibía encantado al igual que su hermano Elkin Pana y sus
amigos comunes, sabiendo que varias veces Agamenón Cervantes lo había ayudado
económicamente. En una de esas ocasiones, al momento de despedirse en la
terraza y embarcarse en el carro, algo nuevo pasó en su vida. Vio que una
persona, que parecía ser la hermana mayor de la divina mujer de sus sueños,
venía caminando en plena calle dieciséis por la parte del patio del colegio
Mauricio. Agamenón Cervantes se retiró de la Toyota Prado y se le acercó
decidido por esa calle, encarándola con un miedo mortal en el corazón que no
derrotaba al amor. La mujer madura apenas entendió al principio quién era ese
hombre aparecido en su vida, hasta reconocerlo por su manera carismática de
hablar y de estar vestido como un político adinerado, pero no supo qué pensar
cuando lo escuchó decir que estaba interesado por su hermana Helena Beltrán. Le
mandó a decir, como todo un caballero, que era su admirador número uno.
La mujer llamada Helena Beltrán tuvo razones para
creer que estaba delante de alguien perturbado, anónimamente enamorado de ella.
No recordaba haberlo visto en ninguna parte de Riohacha ni menos en el pueblo
de Camarones, desde que era una mujer hecha y derecha. En vista de eso, le
parecía que no tenía sentido que alguien tuviera tanta información de ella y
hasta estuviera ilusionado con esperanzas de su amor, sin haberlo visto jamás.
Con el transcurso de los días, fue confirmando que en verdad el famoso capo
estaba enamorado de ella, siendo alguien que no se atrevía a llegar a su puerta
si no lo invitaban. Sintió más curiosidad cuando pasó varias veces al interior
del inconfundible carro color plateado, en el momento en que apenas ella estaba
sentada en la puerta. Era una estratagema particular del narco, para que
lentamente se fuera acostumbrando a él.
En un atardecer, Agamenón Cervantes tomó una de las
decisiones más importantes de su vida. Se bajó de la camioneta Toyota Prado
color plateado, parada de manera improvisada en la acerca, para caminar directo
a la terraza en sombra y presentársele en serio, sabiendo perfectamente que ya
ella sabía quién era él. Helena Beltrán estaba sentada en la terraza, en medio
de la serenidad más grande. En realidad, quería distinguirlo sólo por
curiosidad femenina y después por capricho de vanidad inevitable, y por eso lo
recibió educada como a cualquier extraño que a la distancia ya se había
anticipado declarándose admirador suyo. En su interior, esperaba conocer un
hombre como los demás que solamente pretendía impresionarla con su deslumbrante
poder, pero cuando tuvo la oportunidad de tratarlo como a un amigo común, se
llevó una sorpresa grande. Agamenón Cervantes era de esas personas con quien se
habla una sola vez en la vida, y más tarde queda la impresión de que lo han
conocido desde hace bastante tiempo.
Se hizo un buen amigo de ella, con toda la armonía
que había en la vida. Si estaba haciendo algo de suma importancia en el
mantenimiento de su transnacional, lo dejaba de lado para presentarse de nuevo
en la terraza de ella. Sentía que se estaba enamorando como nunca alguien se
había enamorado en la historia de la humanidad, y era consciente de que estaba
viviendo el capítulo más significativo en toda su vida de hombre iluminado.
Helena Beltrán lo recibía como a un enamorado que por cosa simple le caía bien,
sin importar que por la calle a veces no pudieran pasar los demás carros,
porque la camioneta de El Emperador y la de sus guardaespaldas
obstaculizaban el paso. Su imagen de diosa griega lo hacía sentir
indescriptiblemente afortunado, y la idea de declarársele iba aumentando con
cada encuentro seductor que tenían. En una ocasión en que apenas había llegado,
sabiendo que habían entrado en la confianza que necesitaba para avanzar dentro
de su espíritu, Agamenón Cervantes la miró en los ojos claros y le preguntó
cuándo iba a ser su novia. Helena Beltrán no supo qué hacer dentro de su propio
cuerpo, y explotó nerviosa de la risa, burlándose de esa ingenuidad de niño a
pesar de su vestimenta de capo pesado, pero sabiendo que le estaban hablando
con la más pura verdad que había percibido en su pecho, aceptó que la abrazara
con sencillez y le diera el primer beso en los labios. Desde entonces se
repitieron los abrazos, las caricias, los besos, el conocimiento mutuo, y el
mundo entero se llenó de amor. Se hicieron amantes para admiración de las demás
personas en los alrededores, ya que la fama de su belleza voluptuosa llegaba
tan lejos como el poder económico de él.
Como era de esperarse, Agamenón Cervantes le hizo
todos los regalos vanidosos para demostrarle que más que la belleza física y
las curvas de su cuerpo bien proporcionado, le interesaba adueñarse por siempre
de su alma. Se sentaba a su lado en la terraza por interminables horas, sin
importar que por culpa de eso dejara de reunirse con otros capos de
trascendencia nacional. Helena Beltrán, por su parte, estaba transformada
física y espiritualmente en compañía del narco. En toda la ciudad se regó la
voz pública de que era la amante oficial de Agamenón Cervantes, alcanzando a
ser señalada cuando la veían caminar en cualquier parte. De manera que ni
siquiera sus amigos de siempre y los enamorados más cercanos, volvieron a
silbarle cuando pasaba por la calle, por miedo de que más tarde se enterara
El Emperador. En medio de eso, la hermosa mujer estaba segura de que la
amaba por encima de su propia vida, dándose cuenta de que él quería que el
mundo supiera que era un hombre diferente, desde que por fin había descubierto
el amor.
La tarde que más recordaría en la vida, fue cuando
él demoró un rato en su cuarto. Desde el primer momento, Agamenón Cervantes
sintió unas ganas de estar a solas con ella como en anteriores ocasiones. En el
momento de abrazarla y besarla con pasión desenfrenada, se tiraron en la cama,
le quitó la camisa y el jean apretado a sus muslos, para comenzar a hacer el
amor. Agamenón Cervantes creía que era el hombre más feliz del mundo, ante su
increíble desnudez que parecía aumentar a medida que se consumaba la pasión, y
sentía que su peor competencia no eran los demás narcotraficante del país sino
algún recuerdo masculino que aún perduraba en la conciencia de ella. Por eso
cuando la tenía por completo sin ropa y estaba cerca de su humanidad ardiente,
se precipitaba sobre la carne de esa
culona con toda la fuerza de la que era capaz, queriéndosela comer como un
caníbal. Sus nalgas macizas y redondas iguales a dos balones, sus muslos bien
equipados, su centro íntimo, eran en verdad la razón para que la considerara el
estímulo más grande de su vida. El arremetimiento alrededor de su cuerpo era
casi un huracán desconocido atacando las costas tropicales, y cuando la
estrujaba con violencia, Helena Beltrán aceptaba inocente que eso sólo podía
ser el resultado de tanto amor.
A un lado suyo en la cama, Agamenón Cervantes se
quedó a descansar del ejercicio físico. Era un éxtasis superior en el que
quedaba, donde no tenía necesidad de quitar el cielo raso del techo para
sentirse más cerca de las estrellas. Con todo lo que había sucedido en forma
animal entre los dos, Helena Beltrán tenía motivos para creer que siempre
estaría a su lado sin ningún obstáculo, viendo cómo Agamenón Cervantes se
quedaba complacido y un poco dormido, sin miedo a la muerte profunda. Sin
embargo, de un momento a otro lo vio despertar con las mismas intenciones de
lujuria babilónica y encimársele entonces con más apetito: su piel de mulata
caliente daba abasto para ser infinitamente comida, sin que se acabara jamás.
En esa segunda y hasta tercera ocasión donde pasó de todo, Helena Beltrán le
dio la espectacular oportunidad de hacer de él el homo sapiens más
satisfecho de la especie.
En realidad, Agamenón Cervantes estaba convencido de
que ella era un ser humano único en el universo. Se lo había hecho saber en
diferentes situaciones, y Helena Beltrán se sentía más engreída con esa
afirmación. En varias ocasiones, lo había escuchado decir que le daría de todo
en esta vida y en la otra, donde un narco también compra las cosas con
anticipo. Pero sobre todo, de las tantas mujeres aparecidas en su vida era la
única escogida para vivir en su mansión. Entonces lo volvió a escuchar cuando
aclaró que no tenían necesidad de comprar muebles al salir del altar, donde se
casarían como dos reyes de oro, porque allá la decoración interior la estaba
esperando.
-Serás mi mujer -le recordó.
Al saber que se marchaba por cuestión de negocios,
Helena Beltrán quedaría marcada por esa romántica esperanza. Se quedó
totalmente desnuda dentro de las sábanas blancas, mirándolo cien por ciento
animada y enamorada en profundidad. Mientras tanto, Agamenón Cervantes se puso
de pie y comenzó a cambiarse precipitado. Al estar metiéndose parte de la
camisa blanca dentro del pantalón, siguió mirándola como si fuera el centro de
una fantasía tangible. Aún así, se le veía en la cara que tenía urgencia de
irse rápido, pero mientras se ajustaba la hebilla de la correa le dijo una
verdad de su alma: por ese amor sería hasta capaz de retirarse del
narcotráfico. «Es hora de que comience a vivir la vida real», le indicó. En su
interior, reconocía que ella era la verdadera mujer que estaba cambiando su
vida de hombre.
Salió del cuarto, apareció en el corredor y caminó
hasta la sala desierta. Detrás de él apareció Helena Beltrán envuelta en una
sábana y descalza, para abrazarlo y besarlo con afán, como si tuviera miedo de
que en la calle alguien le arrebatara la brillante idea de meterse a vivir
juntos. Perdieron más tiempo en esa situación sentimental, y hasta hablaron de
otras cosas referentes a la mudanza que iban a hacer en cualquier momento. En
la puerta de la calle, apareció Agamenón Cervantes para curiosidad de ciertos
vecinos, que ya se habían encargado de hacer saber en toda Riohacha que ésa era
la residencia oficial del capo y de su despampanante amante. Siguió recto por
la fresca terraza y llegó al andén, donde lo estaban esperando sus hombres al
lado de las dos Toyota Prado, uno de los cuales le abrió la puerta para que se
embarcara en seguida. Antes de hacerlo, el narco grande volvió la mirada para
fijarse en su amante, que no quería desprenderse con la vista de él. Helena
Beltrán estaba mirándolo en silencio, evidentemente enamorada, dueña de una
belleza fotogénica e incomparable, y al recibir de él una señal de adiós con la
mano cerró la puerta. Fue la última vez que lo vio.
En cuanto a Agamenón Cervantes, tan pronto como se
embarcó en su camioneta los demás hombres lo hicieron con él. El chofer del
primer carro que siempre lo acompañaba, le preguntó a dónde iban. «Para donde
Keila, la que espera mi vida», recordó el narco. La camioneta dio rever
buscando salir de esa calle junto al segundo carro, para ir al barrio
Cooperativo donde vivía la bella muchacha de cabello negro, cara de ángel, piel
lozana con eternas pulseras plateadas en las manos y dueña de un cuerpo
escultural que no se bajaba de las motos, que en alguna ocasión alguien le
había presentado. Era una ruta a la que estaba habituado, al salir por la calle
quince y después bajar en aquel barrio arenoso que conocía bastante bien gracias
a Keila. En cualquier lugar de Riohacha la gente era especial al verlo, y hasta
entonces se sentía más amenazado de morir por un accidente de tránsito que
porque alguien pretendiera asesinarlo.
En esos momentos, ya unos hombres que le venían
haciendo seguimiento desde días atrás, se pusieron en alerta en la esquina del
sindicato. Desde media hora antes, se encontraban allí en una burbuja parada
junto al andén del lugar abandonado frente a la carretera negra de la calle
quince, sabiendo que él estaba donde la amante corpulenta y sensual, cuya casa
estaba ubicada al lado de una esquina en la calle dieciséis. Cuando las dos
camionetas donde iba Agamenón Cervantes con sus hombres pasaron delante de
ellos en la carrera pavimentada, para buscar la calle 15 doblando a la derecha,
filtraron la información por celular. Después de eso, el aparente carro
solitario se dirigió detrás de aquellas dos camionetas para apoyar la emboscada
que les esperaba, por si acaso seguían de largo en la calle de asfalto hasta el
mercado y no cruzaban a la izquierda antes de alcanzar el colegio Mauricio. Era
el ataque planeado por Beto Bonivento y su amigo Rodrigo Ballenas, para el que
estaban tan preparados en el asunto práctico, que no los trasnochaba la idea de
que aquel trascendente narco resultara con vida.
Al lado de la ventana derecha, Agamenón Cervantes
iba pesando en algo cuando doblaron a la izquierda antes del Mauricio,
regresándose así por el otro lado de la carretera para continuar en la misma
calle quince. La otra camioneta venía detrás, por lo que él iba tranquilo,
viendo el panorama de siempre, una tienda de lata al aire libre, el gran garaje
donde guardaban los buses de Sotranucha. Siguieron por la carretera, mirando el
monte que aparecía al lado derecho, y pensando que no faltaba casi nada para
llegar a la entrada de Cooperativo. Pasaron delante de tres casas juntas, en
una de cuyas terrazas bajo la sombra de un mango, era normal ver sentado a
Adolfito en su silla de ruedas. Al lado derecho del muro de esa terraza donde
llegaba la gente a visitarlo, estaba una farmacia pequeña y también una sala de
billar con aire acondicionado, donde iban a jugar sus hombres en las horas
libres. En el recorrido rutinario y ante la presencia de otro monte más grande
a un lado de la carretera, viendo adelante varios carros en pleno Cuatro Vías,
el narco se alarmó como sus escoltas. El chofer decidió doblar con
improvisación por una curva a la derecha queriendo tomar la Avenida de los
Estudiantes y meterse en Coquivacoa, evitando seguir de largo por la calle 15
donde estaba el romboy con un semáforo en rojo y una propaganda simbólica sobre
los indígenas wayuus, dándose cuenta de que había unos carros sospechosos por
esa parte esperando pacientemente para hacerles el atentado.
Las personas bajadas al suelo del lado enemigo
frente al Bienestar Familiar, desencadenaron una furia sin antecedentes en
aquel espacio vehicular, que desde entonces ese lugar se volvería más famoso
por ser escenario de aquella histórica balacera. Fue un suceso rápido, salido
del libreto que las víctimas tenían de la vida. En medio de todo, ninguno de
los hombres del narco se pudo reponer anímicamente de la sorpresa. Aunque
trataron de hacer algo y disparar en seguida, lo hicieron con seria dificultad
a la hora de defenderse. La mayoría de los hombres que iban saliendo de los
carros para ubicarse mejor, a un lado de la Avenida de los Estudiantes cerca al
solar abandonado, ya tenían listas sus armas temblorosas. Al tener una mejor
posición militar, comenzaron a disparar con desespero más que todo para calmar
el ataque.
De ambos lados sonaban los disparos, pero era claro
que los enemigos tenían el dominio certero del territorio con sus armas de
largo alcance, por haber llegado primero al estratégico romboy. Disparaban sin
parar, ante aquellas dos camionetas que estaban chocadas y bloqueadas entre sí
mismas, en la Avenida de los Estudiantes. En cualquiera de éstas entraban las
balas, produciendo las primeras víctimas mortales. En pocos segundos había un
hombre muerto en la misma camioneta donde estaba Agamenón Cervantes, para temor
exaltado de éste. Sus hombres, ignorando esa baja, respondieron astutamente
desde el pavimento. Del lado enemigo donde estaban los otros protegiéndose con
sus carros, cayeron dos personas al instante. Mientras tanto, nadie sabía cómo
habiendo tantos cartuchos quemados se seguían escuchando más disparos en el
aire, ante la confusión de los transeúntes que habían salido corriendo. A lo
largo y ancho de toda Riohacha, fue posible escuchar la implacable balacera.
La mayoría de los disparos buscaban la camioneta de
Agamenón Cervantes, que estaba protegida por la segunda Toyota Prado que se
quedó atrás. Éste no tenía la menor idea de cómo afrontar esa situación sin
tener puertas ni vidrios blindados, ante la superioridad numérica de los
enemigos. La sensación de que se iba a morir con inminencia lo hizo reaccionar
de alguna forma, siguiendo el ejemplo de los que habían salido huyendo de las
dos camionetas Toyota Prado. Fue por eso que viéndose en medio del fuego
cruzado, abrió precipitado la puerta. Desde el suelo, sacó su revólver 38 cañón
corto que tenía en el pantalón, por más seguridad. La vida le dio la
oportunidad de hacer unos disparos al aire, aunque reconocía que estaba más
cerca de darles a sus propios compañeros que al blanco enemigo, por su
incapacidad para tirar con acierto.
En verdad, los escoltas que quedaban vivos y daban
la batalla, ya no parecían continuar allí tanto para defenderlo como para darle
tiempo de que huyera. Uno de los que pensaban así era su lugarteniente Pompeyo,
alguien de baja estatura y alma valiente, que estaba inspirado al lado de los
pocos hombres que no estaban heridos, sabiendo que de esa intrépida respuesta
dependía la vida de su patrón. Al lado de su camioneta, Agamenón Cervantes se
dio cuenta de la habilidad de éste para mantener su protección a toda costa, y
cuando al tambor de su revólver se la acabaron las balas, pensó en correr
porque era la única manera que le quedaba de salvar su vida. Se le pasó por la
mente la idea de lanzarse al monte que estaba enfrente en la esquina más vista
de Cuatro Vías, para llegar al otro lado de la carretera y refugiarse en
cualquier negocio de la calle quince donde estaban un taller de mecánica, un
billar pequeño y el restaurante alquilado de su tío, pero tantas balas
buscándolo le impedían pasar a la acción. En esa volcánica desesperación,
intentando correr hacia al monte como fuera, saltó a la escena donde era mirado
por los demás sujetos peligrosos y cuando estaba llegando a un poste de cemento
sobre la acera, una balas entraron en su carne. Sintió un mortal fuego que lo
quemaba, que le quitaba hasta el aire que respiraba en la piel, arrojándolo al
suelo casi desmayado. En medio de un charco de sangre espontánea, perdiendo
lentamente la conciencia, reparó sereno el ancho cielo azul con sus nubes
blancas, y le pareció que estaba más cerca que nunca de esa majestuosa
inmensidad.
Los individuos que habían acometido a las dos
camionetas del narco se dieron cuenta de eso, y pensaron irse en seguida de los
lados del Bienestar Familiar, sin importar que cuatro de sus hombres hubieran
quedado heridos, y que otros dos estuvieran muertos en el suelo. La seguridad
de que habían matado al principal objetivo militar los hizo pensar en el
prudente retiro, no sin antes disparar sobre algunos cuerpos heridos, que
entonces representaban más amenaza que el narco Agamenón Cervantes tumbado más
allá del romboy. Al montarse en los tres carros, patinaron las llantas y
dejaron en el ambiente un momento de confusión, porque a esas alturas nadie
podía saber quiénes eran los buenos ni los malos de la película. Una de las
camionetas tomó la ruta de Matajuna, corriendo derecho por la Avenida de los
Estudiantes. En cambio, las otras dos siguieron de largo por la vía de Texaco
buscando el destino de Santa Marta, con una velocidad tan increíble que no
podían ser alcanzadas ni por los últimos tiros.
Las personas residentes en aquel sector de la calle
15 alcanzaron a escuchar los fuertes disparos en un principio, y lo primero que
hicieron fue correr con locura a cualquier lado. Algunas estuvieron a punto de
ser atropelladas por los carros andando en la carretera, en la acera que estaba
a un lado de los negocios. En la panadería de la esquina muchos corrieron,
buscando refugio seguro en el barrio Veinte de Julio. La gente que iba
caminando por el andén de la carretera huyó en completo desespero de la escena,
mientras los clientes del restaurante El Mondongazo despertaron en las mesas y
corrieron a la parte interior de este local. La dueña del lugar era Teresa, una
blanca y bella mujer de edad madura y fe cristiana, quien tiró la cortina de
hierro para salvarse con sus hijos. Más tarde, cuando terminó de escucharse el
último disparo, hasta los más asustados escondidos en el billar de Toribio que
estaba al lado de la venta de comidas, comenzaron por asomarse a la calle. Al
otro lado de la avenida, todo era un misterio con respecto al origen del
atentado y la identidad de las víctimas, hasta que alguien que se puso en la
arriesgada aventura de acercarse a ver quiénes habían quedado en el suelo, se
llevó una sorpresa extraterrestre.
-¡Es Agamenón! –gritó rotundamente.
Sin explicación alguna, el espíritu de temor se vio
sustituido por el impulso humano de hacer algo en nombre del hombre más grande de la tierra, que era reconocido y
querido en Cuatro Vías como nadie. En la esquina de una carrera pavimentada
había un restaurante atendido por unas personas de color negro, que dejaron
todo tirado y corrieron con desespero, al mismo momento en que varias almas
iban saliendo con curiosidad de la calle dieciséis en el barrio Veinte de
Julio. Al lado del restaurante estaba un taller de mecánica, de donde salió
alguna gente llena de grasa para ayudar al herido desangrándose en el suelo. De
la compraventa abierta a un lado, surgieron otras personas, para ver si era
verdad que el atentado era contra el generoso narco Agamenón Cervantes. Más
mujeres que atendían sus negocios de comida, los clientes y las personas que
iban pasando, una vez se enteraron de qué clase de personaje estaba entre los
heridos, marcharon en desbanda hacia el lugar de la tragedia desde el
restaurante El Reposo. Se alcanzó a ver un gentío que venía por la Avenida de
los Estudiantes desde el cercano barrio Che Guevara, donde vivía la
hermosa Aline, situado entre la calle dieciocho y diecinueve.
La gente cruzó la carretera de la calle quince, en
cuya esquina estaba el solar abandonado con la pancarta de un político
reconocido por todo el mundo en el departamento. Ante el romboy ubicado frente
al Bienestar Familiar, se dieron cuenta del estado destruido en que quedaron
las dos camionetas Toyota Prado atacadas a balas. En uno de los tantos charcos
de sangre en el suelo, vieron unos cuerpos moribundos. Algunos de estos
cuerpos, pertenecían a personas que tan sólo estaban heridas. Agamenón
Cervantes era uno de los últimos, y en seguida lo reconocieron por su vestido
blanco de cuerpo entero, como la tarde en que le quitaron la vida al famoso
narco Héctor Pugliese. La gente se precipitó directamente hacia él, para
admiración del lugarteniente Pompeyo, que había bajado el arma y no
sabía qué hacer con la dramática situación. Un taxi marca Zephyr que iba
pasando por el andén del Bienestar Familiar, se detuvo ante la señal que le
hizo una de las personas que estaban alrededor de la principal víctima del
atentado. El mismo chofer, enterado de quién era el personaje al que iban a
montar en su carro, se bajó para ayudar a meterlo, sin importarle que sus manos
y las sillas se mancharan de sangre pura. Algunas mujeres se metieron al lado
del cuerpo inconsciente de Agamenón Cervantes con los dos guardaespaldas
conscientes de lo que hacía el pueblo unido por esa causa, y se olvidaron de
los heridos y los otros muertos, que al menos necesitaban que alguien los
pisara sin culpa para que los miraran en plena Avenida de los Estudiantes.
Mientras tanto, la mayoría de las personas se quedaron en un estado vacío
cuando se fue el carro llevando el cuerpo rescatado, con lágrimas ardiendo en
los ojos. Entre unas mujeres rezaron una oración por su vida, mientras dos
señoras que lo conocían en persona y se habían vuelto totalmente locas, se
tiraron al suelo donde había quedado el espeso charco para untarse de la tibia
sangre del Príncipe Azul.
El hospital Nuestra Señora de los Remedios quedaba
en la calle once, y ocupaba una gran manzana completa. Era bastante viejo,
grande por dentro y reconocido en la ciudad, y desde mediados de los años
cincuenta del siglo pasado había servido para que muchas familias no tuvieran
que llevar sus enfermos graves a Santa Marta, capital del entonces departamento
Magdalena Grande. En una ocasión, a principios de febrero del año 1983, cuando
el cantante Adaníes Díaz venía en una camioneta con su familia de los lados de
Barrancas, tuvo un accidente trágico en la carretera. Fue recogido en estado
mortal como los demás pasajeros que necesitaban auxilio, para ser llevado a una
de las salas del hospital, donde se conoció rápido que estaba muerto, al igual
que su madre y su bella hija. Simultáneamente, en las afueras de este centro
asistencial cientos de personas y fanáticos tristes se habían acumulado con el
propósito de darle su respaldo, un acontecimiento que no tenía antecedentes en
la historia de Riohacha.
En la nueva terraza de urgencia se había llegado a
escuchar la balacera desarrollada en Cuatro Vías, pero nadie se imaginó que se
trataría de un personaje como Agamenón Cervantes el que llegaría prácticamente
muerto dentro de un viejo taxi. Fue
sacado en mal estado y metido en una camilla por el personal médico para
transportarlo a la parte de adentro del hospital, donde le pensaban salvar la
vida contra la voluntad inminente de su cuerpo. Las mujeres que lo acompañaron
dentro del carro salieron a la vez y se fueron detrás suyo, dando gritos como
si tratara de un hijo. En la terraza con techo y bajo la sombra fresca, la
gente que estaba sentada esperando la razón de una enfermera que no salía,
apenas comprendió a quién traían. Las indígenas guajiras que habían llevado a
sus pobres niños enfermos de cólera, y estaban sentadas hasta en el suelo como
pobres indigentes, fueron las primeras mujeres con intuición chamán que
comenzaron a pedir seriamente por él.
Las enfermeras entraron corriendo con el cuerpo en
una camilla de ruedas, y bastó ver la manera como estaban emocionadas, para
darse cuenta de que el paciente agonizante se trataba nada más y nada menos que
de Agamenón Cervantes. Éste iba irreconocible por la pérdida de tanta sangre
que le ensuciaba la cara y toda la ropa, y con sólo mirarlo una vez dejaba en
claro que estaba más cerca de la muerte que del médico especial que lo iba a
atender. Fue metido en la sala y siguieron de largo por un corredor, hasta el
cuarto de cirugía donde estaba un paciente con mal de hernia, que tuvieron que
levantar para que atendieran primero a aquél. De varias partes corrían enfermeras
de aquí para allá, en medio de la más completa desesperación que se registró
jamás en la historia de aquel hospital. Las personas que estaban sentadas en la
parte de adentro, se olvidaron de sus propios familiares en mal estado, para
desearle buena suerte al narco querido.
En seguida se cerraron las puertas en esa entrada
del hospital, para que no entraran tantas personas en vista de que seguían
llegando corriendo de la calle. Sin embargo, había alcanzado a entrar sin
control un masivo personal, produciendo tanto calor que algunos comenzaron a
sofocarse más por el fogaje físico que por la tragedia oscura del herido. Entre
la multitud, estaban los dos guardaespaldas de Agamenón Cervantes que llegaron
con vida. Fue por ese acontecimiento inesperado que apareció en escena la gran
Yesenia Redondo, la enfermera más famosa de todo el hospital. Su sola presencia
autoritaria, fue suficiente para que la gente despejara el espacio y comenzara
a reinar el orden general en la sala. Las enfermeras novatas calmaron sus
nervios ante la fuerza imponente de Yesenia Redondo, pero aún así emocionadas
por la noticia de que podían ser testigos de la muerte del famoso narco,
dejaron de atender a los enfermos en sus apartados cuartos por ir al pasillo
donde se estaba desarrollando el protagónico caso. Mientras tanto, más de un
paciente enfermo de gripe o de fiebre prolongada que se sintió abandonado por
las enfermeras, se levantó débil de la cama donde estaba, abrió la puerta y
echó un vistazo al corredor huracanado para ver qué carajo era lo que pasaba.
En la sala de cirugía, Agamenón Cervantes recibió un
trato especial. El médico de turno se enteró de que el capo presentaba más de
seis heridas mortales alrededor del cuerpo, y que una estaba tan cerca del
corazón que cuando éste latía rozaba una parte del plomo fundido. Sabiendo que
si lo levantaba con vida podía asegurase para siempre su grandiosa amistad,
estuvo dispuesto a resucitarlo más con la fe del espíritu que con las técnicas
de la medicina. Una de las incontables amantes del narco apareció como una loca
por los pasillos del hospital, tratándose de Johanna, una bella mujer de
cabello negro y corto, de piel blanca y dueña de una sensualidad exuberante que
estudiaba en la Universidad de La Guajira, con quien él había sostenido una
apasionada relación. «¡Ay, déjenme pasar!», gritaba como loca sin que nadie en
el pasillo le hiciera caso. Mientras tanto, el médico hacía el gran esfuerzo
potencial de su carrera, con una gota de sentimiento que iba por delante de su
responsabilidad profesional. En silencio, algunas enfermeras que estaban a su
lado se dieron cuenta de que por primera vez en la historia de la medicina, un
galeno estaba a punto de llorar por la suerte del paciente que no demostraba
tener signos vitales.
De otro lado, en la sala de espera era un suspenso
la recuperación lenta de Agamenón Cervantes. Se creía que ni siquiera aquel
médico lo podía resucitar de las consecuencias mortales del atentado, pero con
el paso de las horas quedó claro que aunque Agamenón Cervantes no mejoraba en
su estado, al menos no iba a morirse esa tarde. La gente que estaba a la
expectativa, se dio cuenta de que había ocurrido un nuevo milagro en la ciencia
de la medicina al verles las caras tranquilas a las enfermeras, que se movían
de un lado a otro con buen aire. Cuando una de ellas preguntó quién estaba
dispuesto a donar un poco de su sangre para suministrarle al paciente, decenas
de personas de inmediato se ofrecieron, cada una con la ilusión de que la suya
corriera por las venas del capo. Alguien cercano a él como era Alberto
Palmarroza, fue suficiente para resolver ese pequeño problema al ser O
Positivo. Éste se había hecho presente en la sala, una vez se enteró del
atentado de su socio y primo lejano, junto a Jeison Barros y su gran amigo
Darwin Castañeda alias Conhonor. Por su parte, las mujeres se sintieron
tranquilas en plenitud, suspendiendo las oraciones por la salvación de su vida,
y entonces comenzaron a rezar para que al despertar no se le fuera a dañar el
alma. Era una parte de la muchedumbre que se había podido meter dentro del
hospital, y que imposibilitaban la intervención útil de las autoridades.
En la parte de afuera, se habían acumulado
incontables personas como nunca se había registrado en la ciudad. Desde simples
curiosos, hasta familiares, guardaespaldas, autoridades, periodistas locales y
regionales que querían saber qué acontecía adentro, entrevistando a personas
particulares que decían haber sido testigos de aquel atentado. También se veía
con escrúpulo a numerosos hombres armados, que por muy vestidos de civiles que
estuvieran, no podían ocultar sus caras de paramilitares comprometidos en
controlar el más mínimo movimiento de los extraños. Si alguien llegaba herido
de muerte o simplemente estaba enfermo, aquéllos primero se aseguraban de que estaba
muy grave antes de dejarlo entrar, como sucedió con un último guardaespaldas de
Agamenón Cervantes que fue llevado sin consciencia. Si la persona decaída tenía
fiebre, dolor de cabeza o nada más diarrea, la devolvían a la calle aconsejando
que fuera llevada a un pequeño centro de salud. En caso de que sólo dependiera
de los servicios sociales del hospital porque no tenía dinero, le regalaban un
billete de cincuenta mil pesos para que comprara la fórmula en una de las
farmacias de afuera. En realidad, con aquel cordón inteligente de seguridad, no
querían correr el riesgo de que alguien atentara nuevamente contra el
narcotraficante más grande de La Guajira.
Cuando Agamenón Cervantes despertó, le costó trabajo
reconocerse a sí mismo viéndose con la bata de enfermo. Algunas personas
pudieron verlo en la cama y hasta hablar unas cuantas palabras con él, como
sucedió con Darwin Castañeda Conhonor, su mejor amigo. En la mirada ida
del narco sobreviviente, se veía esa sensible perplejidad de haber regresado a la
vida sin haber hecho ningún esfuerzo por eso. Pensó que aquello simplemente era
como volver a nacer, porque no entendía cómo había sobrevivido a ese ataque, si
en el momento de caer al suelo víctima de los disparos ya había aceptado el
sueño que le inspiraba la muerte. Sintió que necesitaba un cambio urgente, para
volver mejor a la realidad calmada que lo estaba rodeando. Salir de ese cuarto
se volvió una necesidad, consciente de que los médicos vestidos de blanco en
vez de mejorarle el estado de ánimo con sus interminables preguntas de cómo
está, cómo sigue, dónde le duele, se siente bien de salud, lo hacían sentir más
digno de lástima que los propios enfermos de cáncer que se consumían en los
cuartos vecinos. Se quitó la bata de paciente con la ayuda especial de una
enfermera trigueña y simpática llamada Marinela Acosta, poniéndose una camiseta
y una pantaloneta roja. Al lado de otros que lo sostenían de los brazos, salió
por el pasillo como un paciente más que se va a casa, y al pasar por la sala
recibió una explosión general de aplausos, mientras en la parte de afuera
rodeado de unos hombres tuvo el valor de subirse solo en una camioneta nueva y
blindada que lo estaba esperando, produciendo entonces que cientos de personas
que estaban de espectadores desde hacía dos días, se esparcieran pronto de
aquel lugar.
En su mansión de la calle trece, se volvió a
recuperar física y espiritualmente, respirando el aire de paz que le encantaba
inhalar, sintiéndose más seguro dentro de sus paredes a prueba de bomba. En un
principio, le costaba trabajo admitir aquel suceso como parte de su realidad
tangible, y ni siquiera su alcoba íntima le bastaba para encontrarse con el ser
humano que era él antes del desastroso atentado. Se veía las heridas que
presentaba en todas partes porque le parecían unas señales intrusas en su
cuerpo, pero de tanto mirarlas y acariciarlas con cuidado, se fue acostumbrando
a ellas como parte de su nueva identidad corporal. Estaba triste por lo que
había acontecido, porque siempre pensó que era una persona bastante querida por
toda la gente, y el intento de matarlo confirmaba que ningún narco por muy
bueno que sea tenía la vida asegurada. Pasaron pocas horas para que se enterara
de quién era el responsable de esa acción traidora, porque antes de que abriera
los ojos en el hospital Nuestra Señora de los Remedios, ya sus hombres estaban
al tanto de los posibles cerebros de la operación. Cuando se lo comunicaron, no
pudo creer en las cosas de la vida. Le pareció mentira que alguien como Beto
Bonivento se hubiera prestado a eso cuando le había perdonado la vida, pero
pronto comprendería quién lo había incitado con su veneno mortal. Era el
enigmático personaje que había aterrado las mejores horas de su niñez, alguien
a quien hacía años consideraba como muerto.
Nunca lo había visto en persona. La leyenda de
Rodrigo Ballenas parecía un invento de su madre y las vecinas del pueblo para
que él, su hermano y los amigos de la calle, no se bañaran en el río Jerez en
horas de la noche ni jugaran al escondido en los solares abandonados, cuando
los demás moradores estaban cerrando sus puertas con ganas de dormir. Era el
sinónimo de la envidia y el mal perdurable, a cualquier hora del día y de la
noche con luna llena. En sus mejores días como narco, en ningún momento se le
había pasado por la cabeza establecer sociedad con él, creyendo que era otro de
esos marimberos que habían terminado en la sombra, para que no se enteraran de
que ya estaban sin dinero. La única respuesta clara fue tener en cuenta que era
de La Punta, un pueblo diminuto cuyos moradores perpetuamente han rivalizado
con la gente de Dibulla.
7
Beto Bonivento consideró que su vida estaba en serio
peligro, desde que supo que el atentado contra el más grande narcotraficante de
la península había fracasado. La sola idea de que éste pronto se diera cuenta
de quién había intentado matarlo reservadamente, lo hizo cambiar de postura y
algo de personalidad, y desde entonces confió en los pocos amigos en que tenía
razón suficiente para confiar. En cuanto salía un momento, metido en su carro y
protegido por varios hombres armados, el panorama desolador de las calles de Riohacha
se convertía en su peor amenaza. Si tenía que hacer un mandado en algún lugar
de la ciudad, o viajar a cierto rincón del departamento donde siempre iba,
entonces prefería mandar a otro por él. En todo caso, siempre trató de mantener
una postura que lo alejara de cualquier sospecha en la culpabilidad de los
hechos. Poca gente estaba al tanto de su participación en lo acontecido en el
romboy de Cuatro Vías, con los millones de pesos que suministró, los dos carros
que puso y la instrucción precisa que les dio a los sicarios que se movieron,
pero pronto percibieron que se ponía un poco nervioso cuando en reuniones de la
mafia, se comentaba alguna cosa sobre el personaje más conocido por los
riohacheros.
La sensación de que sólo en su casa era un hombre más
seguro con la vida, lo llevó a pasar más horas dentro de ella reunido con su
familia, y a estar pendiente de cualquier movimiento exterior desde las
ventanas oscuras. Si alguien quería saber algo de Beto Bonivento, extrañado de
que ya casi no se dejaba ver la cara en la calle, se veía en la obligación de
ir a su casa. Entonces lo encontraban espiritualmente cambiado, alguien que
apenas quería hablar de un negocio sobre narcótico o del indispensable lavado
de dólares. Con los amigos con quienes tenía más confianza por la omertà,
decidió confesar que había sido uno de los protagonistas intelectuales de aquel
famoso atentado que sacudió a la sociedad costeña. «Fue la persona que mató a
mi hermano», aclaró, haciendo referencia al pasado de Agamenón Cervantes. En el
fondo, buscaba con eso un poco de respaldo moral, económico y militar, por su
sentimiento humano. Pero aun los hombres más cercanos a su casa quisieron
distanciarse de él, cuando fueron conscientes del monstruo descomunal que se
había ganado de enemigo.
En realidad, eran gente que aunque no habían tenido
la oportunidad de hacer negocios directos con Agamenón Cervantes, tenían una
amistad cercana con los paramilitares. Es decir, los apoyaban con la popular
vacuna, porque este grupo de extrema derecha las protegía del enemigo
próximo, inspeccionaba sus fincas para que nadie entrara, cuidaba el ganado.
Ese acuerdo les daba poder supremo, ventaja sobre cualquier persona común y
corriente de Riohacha y del resto de La Guajira. De modo que no entendían por
qué alguien como Beto Bonivento se había metido con el jefe del cartel de la
Costa, si éste era una de las mayores fuentes económicas para los paramilitares
del monte. Incluso, de Beto Bonivento se decía que era un paramilitar vestido
de civil con más recorrido que el mismo narco de Dibulla. Según ellos, el hecho
de que fuera enemigo de Agamenón Cervantes era una verdadera bomba de tiempo
que iba a estallar. La idea de que lo iban a matar en algún momento, era con
sinceridad algo innegable, y le hicieron saber a toda costa que estaban
profundamente preocupados por el atentado ridículo que le había hecho a
Agamenón Cervantes.
Beto Bonivento se sentía tan solo en el mundo, que
ni siquiera quiso reunirse con Rodrigo Ballenas cuando se comunicó
telefónicamente con él. Éste estaba muy tranquilo, como si nunca en su vida
hubiera tenido nada que ver con aquella grave situación. Le aconsejaba que también
él debía estarlo, para no poner en alarma al enemigo sorprendido. «Él no es
adivino», le indicaba. En cambio, Beto Bonivento estaba convencido de que el
narco no era adivino pero sí estaba asesorado por unos magos y hechiceros
certeros, y de que además aquél era el único culpable de que estuviera
preocupado y se despertara sobresaltado en las frías madrugadas, creyendo que
ya no estaba en la vida. Sintió envidia del aliado, porque al menos Rodrigo
Ballenas era más rico, tenía mejor influencia en el lado oscuro del
narcotráfico, y su vieja amistad con la guerrilla lo hacía menos vulnerable
delante de alguien todopoderoso como Agamenón Cervantes. Mientras que él, era
un individuo que tenía poco respaldo de personas preparadas para la guerra, no
tenía la misma plata ni el arsenal beligerante que se necesitaba en ella, y la
gente de dinero lo consideraba más por ser el hermano menor del difunto
narcotraficante José Bonivento, que por los logros importantes de su propia
carrera. Sintiéndose solo, entró en un estado de obscuridad y desesperación
agitada, en la que llegó a desconfiar de las propias paredes de su casa. Era
algo que le aterraba con sinceridad, que no lo dejaba tranquilo ni cuando
estaba amaneciendo, y trataba de pensar en cosas azules que no tuvieran nada
que ver con la realidad de este mundo.
La manera como había reforzado su seguridad privada,
sólo había servido para demostrarle a la sociedad entera que sí era creíble el
rumor de que había participado en aquel atentado. Durante el día, había diferentes
carros parqueados en los alrededores de su mansión, dueños de una fachada
lujosa que ponían en evidencia la gente pesada que ingenuamente lo visitaba. En
las dos aceras de la Calle Ancha, había gente armada cerca de los carros
parados, pendiente de cualquier plan para matarlo que se desarrollara en ese
ambiente. Hasta un carro particular o un bus de pasajeros pasando por la calle
tenían que bajar la marcha, porque junto al andén siempre había vehículos
parados con vidrios ahumados que dificultaban la vía doble. La gente comenzó a
enterarse de que él tenía una guerra autodeclarada con Agamenón Cervantes, y
comenzaron a imaginarse su muerte de varias formas. Muchas personas de la
ciudad decidieron que lo mejor era evitar pasar por esa calle, o por la carrera
que venía bajando del centro en su esquina, porque pensaban que en el momento
menos esperado una de las mansiones más admiradas de la ciudad sería reducida a
escombros.
Su mujer habría de enterarse de cuál era el sentido
de tanto terror. Era una persona amable y querida que había estado todo el
tiempo a su lado, siendo la madre de sus tres únicos hijos. Desde entonces era
lo más importante en su vida en el proceso de la carrera delictiva, y en ningún
momento parecía compartir que se dedicara solamente al narcotráfico. Cuando oyó
la noticia de que habían intentado matar a uno de los hombres más famosos de la
Costa Caribe, ella se imaginó que la peor guerra del mundo se iba a desatar en
esa parte de la región, con abundante sangre mojando las calles más que la
lluvia de invierno, pero estuvo a años luz de creer que su propio marido había
sido uno de los directos responsables de eso. En cuanto lo vio cambiado en los
últimos días, se acercó a un Beto Bonivento hondamente destrozado que le
confirmó que no sólo lo había hecho por una venganza fraternal, sino por
adueñarse del crecido imperio de Agamenón Cervantes. «Es un suicidio lo que
hiciste -lo regañó ella-. Por lo menos hubieras pensado en nosotros.» Beto
Bonivento le dio la razón, debido a su autoridad moral en esos momentos.
Entonces aprovechó la situación y se desahogó con ella, derramando imparables
lágrimas como un niño en un callejón sin salida, cayendo en cuenta de que lo
peor que podía pasarle a un ser humano era meterse con un semejante lleno de
paz, que al despertar para la guerra podía transformarse en un incontenible
ángel de destrucción.
Beto Bonivento tomó la determinación irrevocable de
marcharse de Riohacha. Estaba presintiendo su propia muerte inminente en esos
días, durando tantas semanas encerrado en su casa que ya no sólo necesitaba
salir para volver a respirar, sino para no seguir poniendo en riesgo a su
familia. Ésta era lo más sagrado que tenía, por lo que supo que sus enemigos
iban a perder la paciencia en algún momento, al estar escudándose de manera
cobarde con ella. Se sentía solo en el mundo, añorando aquellos años en que sus
hermanos José y Pedro Bonivento estaban vivos, en medio de una prosperidad y
abundancia que les abrían todas las puertas de Riohacha. Evocándolos en la soledad
inconsolable, se preguntó si la suerte de los Bonivento era morir eternamente
por culpa del enemigo y no de la vejez. Era algo que ya tenía antecedentes en
su sangre, que los tenía estigmatizado en la sociedad de su tierra. Con pena en
el alma, dándose cuenta de lo solo que había quedado a esas alturas de la vida,
llegó a la conclusión de que cuando hay una guerra de por medio nadie tiene
tantos amigos.
Una mañana se levantó más temprano que nunca,
decidido a realizar el viaje. Lo más extraño del asunto es cuando estaba en el
baño afeitándose ante el espejo, sentía que ese acto higiénico era tan
rutinario en la vida, que a lo mejor la muerte no tenía nada que ver con la
gente como él. Al bañarse se sintió en mejor estado que antes, hasta que se
envolvió en una toalla, entró en el cuarto y regresó a la triste realidad. Se
encontró con su mujer e hijos sentados en la cama, esperándolo, afligidos, como
si se fuera para un lugar lejano donde ellos no podían alcanzarlo. Los tres
muchachos ya estaban al tanto del problema, por lo que no fueron esa mañana a
la escuela, la niña de trece años a la Sagrada Familia y los varones a la
Divina Pastora. Estuvieron a su lado cuando se cambiaba con urgencia, sintiendo
el llanto trágico de la menor. Después de hablar unas cuantas palabras con su
mujer, se despidió de todos con la esperanza de una persona que los volverá a
ver más adelante, cuando lo siguieran a su desconocido destino. Lo acompañaron
hasta la sala, donde la empleada del servicio había puesto el desayuno, pero no
tuvo ánimos de sentarse a probar nada. Al seguir de largo, se detuvo un segundo
en el centro de la alfombra, volvió la mirada de nuevo a su familia y sonrió
sin esperanzas. Entonces se metió en el garaje de la casa, en cuya sombra
estaban sus hombres y el carro. Estas personas lo estaban esperando, también
asustadas hasta el pellejo. Se embarcó en su burbuja verde que ya el chofer
tenía encendida, para salir a la calle con más seguridad.
Se encontraron en la Calle Ancha, el reconocido
lugar donde había vivido desde su nacimiento. En seguida aumentaron la
velocidad del carro, para marcharse rápido y no ser visto por los vecinos. Las
personas que estaban a un lado de la calle y veían pasar la camioneta en el
transcurso del camino se imaginaron que adentro iba él, y aunque le hicieron
una señal de adiós con la mano, Beto Bonivento desde el timón no les pitó para
que creyeran que se habían equivocado de carro. Se mantenía en expectativa por
lo que podía suceder, en completo silencio, preocupado por su familia a quien
había dejado abandonada como un verdadero cobarde. Continuaron por la esquina
que era una conocida licorería, a pocos metros del cementerio donde estaban
enterrados sus dos hermanos Bonivento. Al pasar de largo, aumentaron la
velocidad del motor, sin temor de atropellar a alguien o de chocar con otro
carro que tenía menos velocidad. Era algo que calmaba su alma, queriendo salir
rápido de aquel sector que le recordaba el sentido vivo de su nervio.
Al terminar la Calle Ancha donde pasaba en otra dirección
la Avenida de los Estudiantes, vio el edificio marrón del Palacio de Justicia,
donde tantas veces se habían juzgado casos a su favor. Bajaron por esta avenida
a la izquierda, teniendo en cuenta que era una de las principales arterias de
la ciudad, viendo calles desembocando a la derecha, tiendas normales, salas de
belleza y varias farmacias pequeñas. Al lado de la ventana, iba mirando el
edificio de la Clínica Riohacha, en cuya terraza vendían cigarrillos, dulces y
café, frente al hospital Nuestra Señora de los Remedios. Sin dejarse distraer,
miró ciertas mansiones enfrente del hospital en esa carrera, antes de pasar por
una casa elegante donde estaba el parqueadero de los Salas, en cuyo interior
era posible ver el llamativo kiosco con un chichorro colgado, al mejor estilo
de los pasados marimberos. Al lado de sus hombres, esperaba que en cualquier
momento pasara algo que pusiera en peligro sus vidas, pero el sentido común de
la gente en la calle y en los establecimientos continuos contagiaba de vida duradera,
viendo la fachada del Liceo Almirante Padilla frente al parque Simón Bolívar,
mejorando su estado de ánimo que a pesar de todo no confiaba en la aparente
serenidad que veía en el aire exterior. Se mantuvo serio, mirando la terraza de
la tranquila anciana que era madre de Dinora donde se reunían las personas a
hablar en las tardes, teniendo al otro lado de la avenida unas hermosas
moradas. Pasaron así por la primera calle catorce, observando un alto pino en
el jardín de una casa enrejada, la fachada acabada del estadio Calancala, donde
se mantenía desierta la cancha que les dio fama a jugadores locales como Jorge
Olivella Mosquita cuando éste no tenía necesidad de buscar el balón para
tenerlo en los pies, mientras enfrente había una mansión grande, blanca y de
dos plantas. Descansó más cuando iban por el Bienestar Familiar con la casa de
dos pisos de Gases de La Guajira en la acera opuesta, llegando de esa manera a
la famosa calle quince, descubriendo la avenida negra donde pasaban los carros
de lado y lado, entrando y saliendo de la ciudad, frente al supermercado donde
quedó alguna vez Cumaná. En este lugar importante de Cuatro Vías, recordó que
había tenido la idea de irse en un vuelo por el aeropuerto Almirante Padilla,
pero registrar sus datos en el computador al indicado destino, sería un aviso
para que sus enemigos fueran a esperarlo en la próxima terminal aérea donde
llegara, y al doblar a la derecha en la esquina del Bienestar Familiar
siguieron por la carretera negra buscando el rumbo de Texaco.
Mientras iban por las afueras de Riohacha en la
carretera solitaria a un lado del marginado cementerio Jardines del Recuerdo,
recordó que allí descansaban los restos mortales de cuatro indios wayuus, que
había mandado a matar en una ocasión por estar robándole gasolina en su
estación de carrotanques en Maicao. En esa apertura del camino, después de que
pasaron por el puente Guerrero y vieran parte del mar, iba bastante inquieto
porque todavía tenía Riohacha a sus espaldas, y al aumentar la velocidad a ciento
veinte entrando en la autopista donde podían bajar los aviones en emergencia,
sintió que era el hombre más cobarde de la historia. Era consciente de que si a
diario quería seguir viendo la luz del amanecer, tenía que desterrarse para
siempre de Riohacha. Cuando la burbuja verde hizo su primera parada en la
entrada de Camarones por petición de unos policías, sintió que eran pagados a
sueldo por Agamenón Cervantes. Se sentía solo, sintiendo que las ventanas
oscuras al bajarlas, dejaban de ser mejor protección que sus guardaespaldas
inseguros. No querían nada inédito, sino asegurarse de que adentro no estaba
alguien que había cometido un crimen contra un ganadero cordobés en un barrio
de Riohacha, y al despedirse de los agentes siguieron de largo por la carretera,
con un Beto Bonivento algo sereno, sosegado, viendo más allá del monte desierto
parte de una ciénaga grande conocida como Navío Quebrado, antes de pasar por el
pequeño pueblo de Perico, donde había más historias fantasmagóricas que
habitantes humanos. Más adelante por una finca de largos establos, al lado
izquierdo de la avenida vio la entrada de Tigreras, frente a un aviso aclarando
que podían seguir hasta Choles y Matitas por la carretera que asfaltó la mina
de carbón del Cerrejón, buscando con eso que sus tractomulas no tuvieran que
darse la vuelta por Riohacha para llegar hasta los lados de Barrancas. Era un
lugar que tenía un puesto con techo de zinc y una venta de gasolina, donde las
personas sentadas en la sombra esperaban camionetas que las llevaran a
Riohacha.
Una de las cosas que a Beto Bonivento más le
gustaba, era cuando después de pasar el primer peaje de la Troncal del Caribe
que los detenía, seguían por la carretera y comenzaban a ver el crecimiento de
las montañas. A un lado izquierdo se encontraba el caserío de Pelechua, un
lugar donde había tan pocos ranchos, que en las noches oscuras a nadie le daba
temor dormir con las puertas abiertas. Casi en seguida entraban en Puente
Bomba, un pequeño pueblo donde las casas estaban encimadas a ambos lados de la
carretera. El carro iba de largo por el pueblo caliente y entonces pasaba un
puente, donde estaban las aguas turbias del río Tapias que abastecía a Riohacha
entera, gracias al sistema del acueducto. De resto proseguían por la carretera,
donde a la vista había bastantes cabezas de ganado con la marca de hierro AC,
por pertenecer públicamente a Agamenón Cervantes. En los últimos años había
recorrido tanto ese sitio que reconocía varios árboles con sus ramas en las
afueras de Las Flores, un lugar que descansaba la vista de los viajeros, donde
su principal enemigo era un dios viviente. De modo que al dejar atrás el puente
sobre el lecho seco del arroyo María Mina, su alma entró en alta alarma como si
estuviera viajando dentro del sueño consciente de El Emperador.
Siguieron veloz, viendo lugares como Campana Viejo y Campana Nuevo, donde
reconocían ciertas caras de la misma gente sentada en la puerta, sin haberse
bajado nunca allí. La razón es que muchas de estas personas, se dedicaban a
estar las veinticuatro horas del día como otra forma del paisaje mirando hacia
la carretera, cerca a la trocha y entrada principal de La Punta.
Después de ganar unos cuantos kilómetros dejando
estos pueblos, llegó a creer que la vida estaba de su lado. Despertó de la
ilusión mientras iban por el puente grande que cruzaba el río Jerez, cuyo
panorama de piedras monumentales, llamaba más la atención que la corriente de
agua dulce y diáfana que le pasaba por encima. Se acabó el cuadro por la
rapidez con que iban, imaginando que nadie los estaba siguiendo. Más adelante,
entró en temor cuando al lado derecho iban por Casaluminio, la entrada que
llevaba a Dibulla que se llamaba así por pertenecer a unas tierras cuya finca
tenía ese mismo nombre, en los días presidenciales del general Rojas Pinilla.
Era un lugar donde estaban varias enramadas a ambos lados de la carretera, y
las personas esperaban camionetas para viajar a diferentes rincones del
territorio, al lado de unas mesas donde vendían verduras y ricas frutas bajo la
sombra. Entonces le pareció que estaban entrando en el peor sitio del mundo por
tratarse del ámbito silvestre donde se crió su enemigo, continuando derecho por
la vía a cuyo margen izquierdo se divisaban imponentes y macizas, las grandes
montañas de la Sierra Nevada. En cuanto iban llegando a Mingueo, Beto Bonivento
sintió que había llegado su hora final al pasar la fortaleza del ejército que
estaba a la izquierda, avanzando por las primeras estaciones de gasolina,
pensando que estos hombres que las atendían estaban al servicio del vigoroso
enemigo y que con los carros parados al lado de los locales, no esperaban
abastecerlos de combustible sino que aguardaban a la burbuja verde para
dispararle. Fue un momento de tensión donde tocó bajar la marcha, viendo los primeros
ranchos y casas unidas del pueblo. Estaban unos restaurantes, como el de la
madre del arquitecto Yoel Almazo, reconocido en el país por su buen trabajo.
Estaban unas tiendas, más casas humildes, una estación de la policía y un
cercano mercado, donde reposaban las mejores verduras y carnes de la región
alrededor de la Troncal del Caribe. La imagen al fondo del pueblo con
incontables palmeras de coco y calles de barro que se volvían arroyitos de lodo
cuando llovía, le suministró una sensación de suspenso. En ese ritmo
atravesaron el puente, por encima del río Cañas. En la parte de abajo donde
estaba la orilla con piedras casi secas, era posible ver a algunas mujeres
lavando la ropa a punta de manduco, con una alegría hacia la vida que nada
tenía que ver con el estado de ánimo de él.
Después de eso la burbuja entró en una marcha tan
veloz, que los puso en más peligro de muerte que el sólo hecho de ser el
enemigo declarado de Agamenón Cervantes El Emperador. Pasaron de largo
por Río Ancho, un pueblo que tenía un pequeño puente sobre el río del mismo
nombre. En este sitio a un costado de las montañas, varias casas comenzaban a
ser de material, siendo una estación del camino donde nada más bastaba con que
alguien estornudara para que comenzaran a cargarse las nubes, y más adelante
miró el paisaje montañoso precipitado al mar Caribe que todavía no veían, que
le hacía acordar de la paradisíaca isla de Haití donde había estado en los
últimos inviernos. Fue algo que le mejoró el estado de ánimo, alejándolo de la
sensación de ser hombre perseguido por un rato. En el pueblo de Palomino, bajó
la marcha del vehículo para no llamar la atención de sus habitantes. Era una
comunidad al borde de la carretera y con bombas de gasolina como cualquiera,
con restaurantes de comida corriente, ventas de verduras y casas de residencia
para que el viajero durmiera, pero era una tierra de paramilitares que rondaban
por esas montañas de La Guajira, donde la gente que atendía puestos de mercado
y tiendas normales, pasaba la información a los mandos de arriba cuando veían
en la calle una cara que no conocían. La camioneta siguió sin detenerse por
este lugar, sin comprar para nada bolsas de agua o carne asada con yuca cocida,
como en otras ocasiones. En adelante, todo fue soledad y desamparo, viendo
monte espeso a los dos lados de la carretera. Cruzaron el puente del río
Palomino que cerca de allí desembocaba en el mar, entrando de esa manera en el
departamento del Magdalena, el santuario ilimitado de Hermes Hernández, un
mítico ser que vivía escondido en la Sierra Nevada de Santa Marta y del que se
aseguraba, que era uno de los hombres más ricos del mundo.
Por encima de todo, Beto Bonivento trató de
conservar la calma, reconociendo más monte cuando estaban cerca de comenzar a
ir por el Cerro de los Muchachitos. Al lado izquierdo de la vía, había unas
montañas partidas a base de dinamita por obra de la ingeniería humana para que
pudiera existir esa carretera donde ellos trascurrían en esos instantes,
mientras al margen derecho de la avenida había un borde que dejaba ver el mar
verdoso, y en donde los carros que perdían el control nunca sobrevivían con sus
pasajeros al accidente desastroso, debido al gran vacío que los esperaba y a
las sólidas rocas donde chocaban las olas. Era un paraje fascinante ante la
mirada turista en el vasto paisaje del mar Caribe, cuyas barandas que los
separaban del abismo, le sirvieron de consuelo para preocuparse como todos los
mortales porque sólo de ese lado le podía venir la realidad de la muerte. Al
desaparecer esa majestuosa vista marina, siguieron por una carretera con monte
abundante a ambos lados, acordándose de los paramilitares puros. Estuvieron por
un pueblo con muchas flores y plantas lindas, recorriendo luego varios
kilómetros de tierras, donde a la diestra vio sembrados cientos de palmas de
cocos y más cocos que formaban un pasaje inolvidable en el álbum de la vida,
cerca de las playas del mismo mar. Pasaron por pueblos hermosos como Buritaca,
el cual brindaba un lindo espectáculo con ventas de matas de jardín, para
distracción fantástica de los viajeros. El panorama de la tierra distraía la
vista, entrando entonces en una espesa región bananera donde caía la lluvia a
cualquier hora de la tarde en que la gente se acordara del agua. En Guachaca
donde también estaba ese panorama de vida plena su mirada no fue la de un
turista sino la de un prófugo empedernido, porque precisamente detrás de esa
naturaleza, pequeños lugares de vivienda, viveros con la mejor exhibición de la
flora como allí en Calabazo que parecía una sucursal colorida del Paraíso,
estaban concentrados los firmes socios de la muerte. Sintió que como había
hecho incontables veces ese viaje sin ningún problema pasando más adelante por
el retén de la DIAN, lo más probable era que llegaran pronto a Santa Marta para
repetir la vida. Comenzaron a tener más esperanzas al subir las montañas, que
obligaron a bajar la marcha del carro. No obstante, había tanto sol esa mañana
cuando iban subiendo forzosamente la carretera, que le pareció imposible que alguien
fuera tan necio como para pensar matarlo con esa temperatura tan caliente.
Entre más miraba el precipicio de los cerros aparecidos a su derecha, más se
convencía de que había salvado su vida de un seguro plan de ataque, y ahora
estaba más preocupado por su familia a quien había dejado en manos del cielo en
Riohacha.
A la altura del peaje situado a un kilómetro de
Santa Marta, Beto Bonivento descansó como nunca. Un bus con Thermo King de la
empresa Expreso Brasilia estaba detenido delante de su carro, habiendo salido
media hora antes de la terminal de Riohacha, como prueba de la macha rápida que
él tuvo con sus hombres en la burbuja. Al lado derecho, una tractomula de
carbón estaba produciendo un ruido tan ensordecedor, como si estuviera andando
con su enorme peso en la carretera de asfalto. Esperaron con impaciencia que el
chofer pagara el servicio respectivo, sin mirar a los alrededores. Cuando el
bus de Brasilia hizo un nuevo ruido buscando seguir su camino, el conductor
particular de Beto Bonivento se dispuso a sacar un billete por la ventana, para
cancelar el segundo peaje que les tocaba en la Troncal del Caribe.
En esos precisos momentos, unos cuatro hombres
salieron de un carro parado fuera de la carretera al margen izquierdo donde
estaba el monte, y con sigilo se acercaron a la burbuja verde. Dos más salieron
del lado donde estaba Beto Bonivento en silencio recostado a la ventana
derecha, quien no entendió cómo era posible que eso sucediera en un lugar donde
estaban tantos agentes, en el puesto de policía del peaje. Con algo de agilidad
intentó agacharse, queriendo esconderse por debajo del asiento, pero no pudo.
Unos disparos de ráfaga, entraron partiendo su ventana y atravesaron también la
puerta. En forma de feto su cabeza cayó entre las rodillas, hasta que los
hombres vestidos de civiles confirmaron que en efecto lo habían impactado.
Sin que hicieran nada por detenerlos, se embarcaron
en un mismo carro donde ya alguien había encendido el motor. En vez de seguir
derecho para Santa Marta, evitaron pasar por el peaje, donde las secretarias
uniformadas al otro lado de la ventana, estaban llorando de miedo frente a los
computadores. Impotentemente, en la estación de policía que estaba a la
derecha, nadie se movió ni sacó el arma. Las autoridades presentes no hicieron
ni mueca para pararlos, sospechando que detrás de esa acción homicida estaban
las órdenes de Hermes Hernández, el verdadero gobernante de toda aquella región
del Magdalena y fundamentalmente de Santa Marta. La camioneta se perdió en la carretera
con una velocidad desafiante, rumbo a las montañas cercanas de la Sierra
Nevada. Aunque varias personas en aquel puesto de control se fijaron en el
número de placa, nadie se atrevió a mirarlo más para no tener que recordarlo.
En su casa de Riohacha, Rodrigo Ballenas se había
levantado desde muy temprano. Se había bañado durante un rato porque sabía que
más tarde se fastidiaría con el calor de septiembre, y bajo la regadera había
cantado inolvidables canciones como Quiero de Toby Murgas con el difunto
acordeonero Ender Alvarado. Al salir del cuarto había desayunado en la mesa con
su mujer para después sentarse en la sala, sin que su celular hubiera sonado
durante la mañana. Estaba sentado frente al televisor, porque era de esas
personas que se distraían con cualquier cosa. En esos momentos estaban dando El
Chapulín Colorado, su programa de humor favorito. En cuanto tenía la
oportunidad de ver actuar a ese personaje interesante, cualquier escena lo
hacía sonreír. A pesar de esas distracciones, que lo hacían parecer alguien más
humano de lo que solía ser, era una persona que desconfiaba hasta de los
vecinos cercanos que sabían que su alma era más oscura de lo que aparentaba la
cara, y por eso en las tardes evitaba sentarse en la terraza para no conversar
con nadie.
Sus hijos estaban al lado suyo, sin poder comprender
cómo alguien que tenía tantos muertos enterrados y desaparecidos, podía estar
riéndose de un programa de televisión como si nunca hubiera dejado de ser niño.
Al igual que siempre que estaban sentados a su lado, permanecían en silencio
por un miedo congénito que confundían con el respeto. En algunas ocasiones, lo
veían reírse hasta las carcajadas al estar solo en la sala, cuando pasaba algo
con el Chipote Chillón y él mismo se comparaba con El Chapulín
Colorado por una buena razón. Era su forma similar de ganarle al enemigo,
por encima de la ventaja considerable del rival. «No contaban con mi astucia»,
decía Rodrigo Ballenas, al festejar por un negocio de dólares o ante una
matanza que sus hombres habían consumado. Era algo que formaba parte de su
personalidad sinuosa y singular.
Las camionetas que se acercaron en la calle
dieciocho a las nueve y media de la mañana, tenían esa normalidad de traer en
su interior a personas esperadas por él. Una era una cuatro puertas roja, que
al parar bruscamente de frente levantó una sábana de polvo en la atmósfera de
la calle. La otra era una Miniblazer verde de placa venezolana, que se quedó
atrás frenando también con violencia. En el interior de ambas, se veían unos
hombres dotados de armas largas. Al instante se bajaron con cautela y habilidad
de profesionales, buscando cada quien un ángulo correcto para disparar a la
terraza. De inmediato comenzaron los tiros, aumentando la alarma de las
personas que estaban distraídas en la calle. Las que estaban cerca corrieron en
seguida, como si tratara de una furiosa tormenta del desierto castigando a la
tierra.
Los vigilantes que estaban en la terraza
respondieron al fuego abierto de los extraños, reponiéndose de la sorpresa que
en la práctica los había detenido en el tiempo. Lo hicieron incontenibles y con
algo de puntería certera, pero sin hacer tanto para defender la casa de dos
pisos que tenían detrás. La acometida era superior a la defensa, porque ya la
escena del tiroteo había sido estudiada y practicada con inteligencia como si
se tratara de la filmación de una película. En el intercambio de disparos,
quedó establecido que habían pasado por encima de los guardaespaldas de la casa
en menos de cinco minutos. Fue un suceso terminante, porque todos alcanzaron a
caer por acción de un disparo en el cuerpo o en la impresionada cara. Muchos se
derribaron fuera de las rejas, otros dentro de la terraza y unos al lado de la
ventana grande, sin haber tenido tiempo de entender muy bien qué era lo que
estaba pasando.
Después de ese primer paso, dos hombres se bajaron
de la Miniblazer verde con un aparato. Era un artefacto arreglado con menuditos
cables exteriores, que con sólo mirar dejaba saber que era una carga explosiva.
Con bastante precaución, caminaron por encima de los dos primeros muertos, y la
colocaron en un rincón dentro de las rejas. Antes de abandonarla a su soledad,
se aseguraron de algo elemental: encendieron un fósforo para llevarlo hasta la
mecha, que recibió la chispa instantánea. Una vez ésta comenzó a devorarse a sí
misma, los hombres se alejaron rápido. Se montaron en el último carro que los
esperaba, patinando las llantas al marcharse, disparatados, levantando una
polvareda en la calle que ni siquiera causaba la peor de las brisas
huracanadas, como si no quisieran escuchar la desaforada explosión que se iba a
desencadenar en la tierra.
En la parte interior de la casa, Rodrigo Ballenas se
había alejado corriendo de la ventana, sin haber tenido siquiera la oportunidad
de apagar el televisor. En verdad, apenas se dio cuenta de lo que estaba
pasando, pero reaccionando comprendió que aquello sólo podía estar dirigido
hacia él. Después de que sus hijos corrieron espantados, se refugió con ellos
en el interior de la cocina. Desde allí escucharon la tremenda balacera que
duró poco, hasta que sobrevino el silencio, el consecuente suspenso, que le
hizo creer que habían logrado defenderlo. Entonces se asomó a la sala con gran
cuidado, donde estaban esparcidos en el suelo los cristales rotos de la
ventana. Su intención era estar un instante en el segundo piso de la casa, para
ver mejor el panorama de la calle donde había comenzado todo. En el momento en
que de nuevo estaba en la sala y apenas subía por las escaleras, el mundo entero
se acabó. Una fuerza ciclónica superior a sus fuerzas, a los cimientos de la
casa y a la misma luz, lo levantó misteriosamente por el aire, sin poder
escuchar el ruido ni entender quién había inventado el viento. Sintió que algo
le desprendía la carne de su carne, estrellándolo sin misericordia contra una
de las paredes que estaban moviéndose en cataclismo, como si fueran tan
sensibles y humanas como él. Los muros de la casa y el fuerte techo de cemento
se desplomaron en medio de una agujereada oscuridad que borraba la imaginación,
sin darle explicación de nada, ni dónde estaba, sin entender cómo estaba
sucediendo eso, ni cuándo había dejado de pensar infantilmente en su astucia.
La calma se restableció cuando pasó cerca de él la última onda explosiva, y
todo terminaba de acaecer en cámara lenta. Un rastro más de polvo cayó encima
de su cara, que estaba llena de sangre pura, y su primer instinto al
reconocerse vivo fue exclamar:
-¡Ay, hijueputa!
Lo más extraño para él es que jamás supo si ese
grito simplemente fue pensado o salió por su boca, por su inesperada sordera.
Se puso ambas manos en la cabeza, queriendo controlarse y respirar aire limpio
en medio de la hecatombe, para no caerse en el abismo oscuro que lo esperaba, y
todo era una cosa revuelta e impenetrable donde la vida continuaba pero no
tenía sentido existir, y los huesos en medio de la sangre dolían mucho pero no
tenía sentido quejarse. Por instinto de padre, se levantó de donde estaba
preocupado por la suerte mortal de sus hijos, y al ver sangre a un lado de la
cocina no supo identificar a cuál de los dos pertenecía. En la sala, donde se
había caído la pared de la fachada y se podía ver el infierno amarillo de la
calle, se habían desintegrado los cuerpos de los hombres que trataron de hacer algo
por él, y que la onda de la detonación arrojó divididos en partes a la sala.
Parecía un pájaro loco fuera de la jaula, sintiendo que su sordera no era un
problema de muerte, sino una prueba física de que ya estaba al otro lado de la
oscuridad. Entonces vio la primera muestra tangible de que continuaba vivo: en
la pared al lado izquierdo de las escaleras de madera tiradas en el piso,
reconoció el cuerpo de su hijo menor que estaba sin cabeza. Al darse cuenta de
eso, Rodrigo Ballenas se derrumbó en el suelo, cerró los ojos mareado, con la
esperanza de despertar de esa terrible pesadilla cuando terminara de suceder.
La calle diecisiete parecía un oasis en medio del
desierto, a las nueve y cuarenta de la mañana. Las personas vecinas se
enteraron de que un huracán tempestuoso sin antecedentes sobre la tierra, había
pasado por ese cielo causando estragos en la casa de dos pisos de Rodrigo
Ballenas, y por primera vez en más de veinte años observaron que el sol había
vuelto a bañar en directo el suelo interior. Mucha gente se puso de acuerdo en
hacer algo al respecto, a pesar del miedo que ponía a llorar a las mujeres y los
niños escondidos bajo las camas. Los más valientes se echaron a correr por un
solar despejado en la esquina para acortar el paso, aterrados ante el panorama
desolador que los esperaba. Sin embargo, cuando iban a mitad de camino un
treinta por ciento del personal se regresó con pánico justo, creyendo que
acercarse al sitio del desastre era lo que los enemigos estaban esperando para
activar una segunda bomba. Los que se acercaron a la terraza desaparecida,
entraron diligentemente y no pudieron reconocer casi nada en medio de los
escombros, y había tanto polvo en el aire cayéndoles encima que no tardaron en
quedar irreconocibles, como si también fueran sobrevivientes de la tragedia. En
todas partes del interior que estaba sin techo, había cosas partidas y desintegradas
como el algodón, metiendo los muebles y el televisor pantalla plana estallado,
y más objetos de adornos dañados que no inducían a la tentación. Aún así no
faltó alguien que se aprovechó del caos general para apropiarse del arma de uno
de los vigilantes fenecidos y de más cosas de valor que ya no tenían dueño por
estar en el suelo, en vista de la confusión del drama.
Cuando se presentó la ambulancia y una patrulla de
la policía, más personas del barrio se animaron a acercarse al lugar porque
sintieron un porcentaje de seguridad. La escena trágica que vieron, les congeló
la sangre y detuvo la claridad del alma. Los guardaespaldas que estuvieron
cerca de la bomba, tenían ahora más huesos que carne humana. En la parte de
adentro, la sangre era tan inmensa que dejó establecido el gran número de
víctimas caídas en el evento terrorista. Los hijos de Rodrigo Ballena estaban
en la cocina, y a uno le encontraron la cabeza pero no el resto del cuerpo
maltratado, cuya sola visión había desmayado a su padre. La calamidad contaminó
a todos los presentes, y algunos se alegraron furtivamente ante la idea de que
si Rodrigo Ballenas estaba muerto, desgracias apocalípticas y desastrosas como
ésa no volverían a registrarse en una ciudad tranquila como Riohacha. Éste estaba
tendido en un rincón, con la cara bañada en polvo y sangre machucada, en hondo
silencio, sin quejarse por unas costillas partidas que le impedían moverse, y
cuando alguien se dio cuenta de que era él la persona que estaba con vida, en
seguida dio el grito de aviso, lo que provocó que algunos seres salieran
corriendo hacia la calle, como si por primera vez en la historia de la tragedia
mundial descubrir a un vivo causara más espanto que encontrar un muerto. Entre
varios paramédicos lo cargaron y lo condujeron afuera, introduciéndolo por
medio de una camilla a la parte de atrás de una ambulancia móvil, antes de que
el último muro de la pared cayera a pocos centímetros del rincón donde había
estado, esperando derramar la última gota de sangre para que se desvaneciera la
pesadilla.
Alcanzó a estar metido una tarde entera en un cuarto
de la clínica del Seguro Social. En seguida, le fue colocado oxígeno para
mejorar la función de sus pulmones, y conectado unas bolsas de sangre que le
suministraran más vida. Con un poco de voluntad y amparado por la medicina, fue
recuperando la conciencia de lo que había pasado. Le costó trabajo oír lo que
murmuraban en sus oídos para saber qué pensaba al respecto, pero más adelante
aprendió que el tacto de su palma en las manos de los demás, percibía los
latidos claves del universo. Era tanto su trauma por la tragedia desastrosa,
que pensó que también lo iban a matar en ese centro de salud, que le iban a
tirar una nueva bomba con más grandes proporciones, y comenzó a gritar que lo
sacaran rápidamente de allí. Tuvo la suerte de contar con la ayuda de unos
hombres y unas mujeres vestidas de luto, que se dieron cuenta de su repentina
ansiedad. Lo escucharon repetir lo mismo, sin hacer caso a la recomendación del
médico en cuanto a su delicado estado de salud, sacándolo así del edificio
delante de los ojos de las mismas autoridades, que prestaban vigilancia afuera
por miedo de que algo funesto ocurriera en la clínica. Las personas que lo
rodeaban siempre hacían lo que él les decía, y sabían que cumplir sus órdenes
aun en ese estado de debilidad, era tan imprescindible como enterrar a los
muertos dentro de dos días. Fue introducido en una camioneta, y en compañía de
dos carros más con unos hombres armados, partió a rumbo desconocido.
La noticia de que Beto Bonivento había sido
asesinado con sus hombres cuando llegaban a Santa Marta, ya estaba en boca de
la gente. Se dijo que estaba parado en el peaje antecedente a la ciudad, cuando
fue asesinado por los paramilitares. De inmediato, su cuerpo estuvo expuesto al
levantamiento de cadáver en el sitio por parte del CTI de la Fiscalía y estaba
esperando ser preparado en una morgue de Santa Marta, la capital del Magdalena.
Su mujer e hijos habían tomado el camino de esta ciudad, para encontrarse por
última vez con él. Pero cuando se supo que Rodrigo Ballenas también había sido
objeto de una vendetta a la que a pesar de todo había sobrevivido, nadie
puso en duda una cosa. Era evidente que ambos ataques habían sido dirigidos por
un mismo poder.
La certidumbre de que Rodrigo Ballenas se podía
refugiar en La Punta, hizo despertar a sus habitantes. Era un lugar donde pocas
personas gustaban de su recuerdo, y sentían con razón que era el mejor pueblo
del mundo no tanto por el mar y la pesca artesanal, sino porque él tenía rato
que no regresaba. Se habían enterado del destructivo atentado terrorista que le
hicieron, y algunos cristianos hasta se ilusionaron con que esa lección
registrada era el amanecer de la paz. De manera que cuando se supo que había sobrevivido
al mortífero holocausto, ciertas personas que le habían deseado la muerte de
forma recóndita desde hacía muchos años, como también se sentían culpables
tuvieron miedo. Unas cuantas familias que se consideraban sus enemigas nada más
por haber tenido esos negros pensamientos durante toda la vida, emigraron en
caravana. Era de esperarse, porque después de más de tres décadas ordenando la
muerte de sus maridos, hijos y nietos, algunas mujeres habían jurado no
quitarse el luto hasta que alguien no lo matara.
Sólo que el mismo Rodrigo Ballenas exigió que lo
llevaran a su finca La Cascabel, asentada a pocos kilómetros de la comunidad,
donde había varias hectáreas sembradas de plátano al lado oriental del río
Jerez. Su rancho era un hogar de barro y cañabrava, dueño de unos dormitorios y
una cocina con fogón de barro, que nunca había querido cambiar por una fachada
de material porque con esa humildad estaba más cerca de la naturaleza. Era un
ámbito campesino donde se sentía más identificado que en cualquier otro lugar
de esas tierras, rodeado de un perro doberman, de las gallinas viejas y del
fuerte burro con que se arriaba el agua. En la parte de afuera bajo una
enramada, colgaba el chinchorro rojo y amarillo donde pasaba las mejores horas
de su vida, siendo el mismo lugar desde donde había ordenado la muerte de
incontables personas a las que no tanto no recordaba bien, sino que llevaban
tantos años de muertas que costaba creer que alguna vez hubieran estado vivas.
Entonces se ponía a conversar en medio de la gente de su confianza,
refiriéndose a viejas historias para admiración de sus interlocutores. Se veía
cambiado de ánimo a los dos días de estar allí, permitiéndose una sonrisa,
aunque fue una de las pocas situaciones en su largo paso por la tierra en que
lo vieron llorar. «Me mataron lo que más quería: mis hijos», se lamentaba. El
resto de las horas se dedicaba a hablar de eso y del entierro en Riohacha donde
no había podido estar acompañando a su desfallecida mujer, y era sorprendente
que demostrara tanto dolor por dos muertos, aunque fueran sus hijos. Al
anochecer, se iba para el dormitorio y se acostaba a dormir sin sueño, bastante
desahuciado. Se quedaba así durante unas dos horas, hasta que de pronto
despertaba en la madrugada sobresaltado, por una pesadilla que no era nada más
que el recuerdo del estado desintegrado en que ambos quedaron, pero lentamente
superó ese trauma cuando fue recuperando el sentido de la audición, al bajar la
pequeña loma donde oía el ruido de una quebrada abriéndose paso por allí.
La oscura soledad le permitió reflexionar que toda
la vida había sido un hombre sin corazón en el cuerpo, y que aquel atentado por
fin le había servido para despertar. Le estaban demostrando con eso, que
también él podía ser víctima de la rabia ajena por parte de un ser humano
peligroso, y que de ahora en adelante la gente no le iba a tener tanto miedo
como antes. El deseo de venganza y las ganas de reivindicar su imagen
terrorífica se apoderaron de su espíritu, más que todo cuando fueron a visitarlo
unos pocos amigos que tuvieron que pasar por varios cordones de seguridad,
antes de entrar a la finca. Lo veían cambiando, de mejor humor a lo que
imaginaron, caminando por los alrededores, almorzando arroz blanco, carne
molida y tajadas de plátano verde con agua de panela, pero absteniéndose a toda
costa de hablar sobre Agamenón Cervantes. Era evidente que sentía respeto ante
este extraordinario personaje, y que sólo se dejaba ver sus pobres huesos de
personas que jamás le hubieran visto la cara a aquél. Su mirada de diablo
recrudeció, sus ojos fulguraron, cuando de vez en cuando encendía un cigarrillo
de marihuana. En cuanto a esta hierba medicinal para su estado de ánimo,
comenzó a fumarla con más ansiedad que antes. En la sombría madrugada, despertaba
de pronto huyendo ahogarse en una pesadilla de espanto, y salía del rancho,
bajaba la loma y se bañaba en la quebrada bajo la luna llena, un rito sagrado
en honor a la naturaleza que poco a poco le fue introduciendo ese demonio que
con urgencia necesitaba poseer, y que en el pasado le sirvió para ser
considerado el hombre más temido de La Guajira.
A la semana y media de encontrarse en su rancho,
Rodrigo Ballenas se puso en planes de guerra. Para el nuevo ataque que iba a
desatar en la tierra, quería estar reunido con gente mejor y más fuerte en la
práctica militar, por lo que no pensó en ningún capo de la Costa o del interior
en su alianza. Era consciente de que la mayoría de los narcos en el país le
pagaban un porcentaje a El Emperador al sacar la coca por Bahía Portete,
y que buscarlos para una reunión era dar el anuncio de trompeta al enemigo. Sus
hombres de confianza, a cada rato lo escuchaban decir:
-Ahora sí me voy a poner el uniforme de la
guerrilla.
Nadie creyó en lo que decía. Se imaginaban que eso
era el resultado de un delirio por el trauma recibido, repitiéndolo tantas
veces después del almuerzo que hasta creyeron que era consecuencia de la mala
digestión. Cada vez que subía la loma luego de darse un baño en el estrecho
río, parecía estar en una ceremonia con la naturaleza para hacer un pacto
oculto con el demonio. Sin embargo, una tarde de crepúsculo en que un grupo de
militares con la bandera de insurgentes de izquierda en el brazo se hizo
presente, supieron que estaba más cuerdo que nunca. Era la guerrilla, que
llegaba por allí como si fuera a descansar de manera momentánea en un
campamento.
Desde el primer instante en que se reunieron,
Rodrigo Ballenas tomó la palabra. Era un verdadero personaje mítico delante de
los mismos guerrilleros, y su imagen rebelde causaba tanto respeto entre los
insurgentes como el legendario Tribilín del extenso eje cafetero. El
jefe de aquel frente 55 de la guerrilla, Emilio Sánchez más conocido como La
Araña, estaba impresionado de que Rodrigo Ballenas estuviera indemne a
pesar del atentado terrorista, y por esa sorpresa había aceptado la invitación
para bajar de una parte alta de la Sierra Nevada. Al mediodía se quedó
almorzando a su lado, bajo el fresco de una enramada y en una mesa de caracolí
grande. Al mismo tiempo, el resto de la tropa recibía su sancocho respectivo,
gracias a una vaca gorda que fue sacrificada con el objetivo de que alcanzara
para todos. Al menos, eran más de cincuenta hombres cerca del rancho y
dispersos por el terreno platanero de la finca La Cascabel, teniendo armas de
largo alcance y más de un radio efectivo.
En menos de media hora, Rodrigo Ballenas había
expuesto su plan trascendental sobre la mesa: eliminar al narco Agamenón
Cervantes, para arrebatarle el poder y cortarle esa fuente de ingreso económico
a los paramilitares. Resultaba claro que desde que este renombrado traficante
estaba en el poder, había más civiles con armas y paramilitares camuflados en
los alrededores de la carretera Troncal del Caribe. Era algo que se podía ver con
los ojos cerrados, sobre todo en Riohacha. En las calles de esta ciudad, en los
negocios que tenían sus testaferros, en los pueblos cercanos y hasta en los
cementerios más pequeños, estaban trabajando paramilitares vestidos de civiles
a pesar de que a la luz pública se estaban desmovilizando. Según él, Agamenón
Cervantes no era responsable directo de eso, pero su hegemonía económica los
mantenía moviéndose constantemente, respaldados por su oxigenante dinero.
-Es hora de demostrar que la guerrilla fue primero
-apuntó Rodrigo Ballenas.
El jefe del frente 55, a pocos centímetros de él,
pensó en eso. Desde hacía unos meses atrás, venía pensando en destronar del
mando alto a El Emperador. Sólo que una razón poderosa lo mantenía
inhibido de atacar. «Ahora que casi lo matan, su seguridad personal aumentó
bastante», aclaró.
-Es verdad –admitió Rodrigo Ballenas-, pero es sólo
un pelao.
El jefe de la guerrilla no lo vio sencillamente de
esa manera. Según él, detrás del narco dibullero estaban todos los paramilitares
fuertes del Magdalena y de La Guajira. Rodrigo Ballenas pareció sonreír con
eso.
-Así haremos mejor la guerra –insinuó.
Estratégicamente, matar a Agamenón Cervantes
significaba asumir el cobro de impuesto a los narcos del interior del país,
negocio que dejaba buen dinero. La guerrilla era un grupo que desde hacía años
se peleaba el control de ese territorio importante, para ensanchar la guerra
por la eternidad y dedicarse a la siembra de marihuana y coca. Había tenido
dominio de aquella región, antes de que irrumpieran como una tromba las
autodefensas del Magdalena. Éste era un grupo que mandaba en casi toda la Costa
Caribe, desde su santuario ideológico y militar en la Sierra Nevada de Santa
Marta, y la alianza con los narcos le había permitido tener en pocos años una
fuerza social, política y económica, que a ella le costó en cuarenta. De manera
que secuestrar a Agamenón Cervantes, e incluso matarlo si se presentaba el caso
en una emboscada, sería como volver a ganar parte de la guerra en Colombia.
-Está bien –dijo el jefe Emilio Sánchez-. Tiene
nuestro respaldo.
-Como ustedes saben, el hombre mató a mis hijos y
debe pagarlo caro –recordó Rodrigo Ballenas.
Se hundió en el silencio, mientras se fumaba un
cigarrillo Marlboro. Tiró la pava en el suelo, e indicó:
-Cuando lo matemos, nos repartiremos el dominio de
esta tierra y su dinero.
La guerrilla no sólo estuvo de acuerdo, sino que por
varias semanas estaría rondado aquella finca platanera de Rodrigo Ballenas,
para garantizar su seguridad mientras se restablecía de salud. Se la pasaban
caminando en los alrededores, haciendo guardia de día y de noche, colgando
hamacas en las ramas de los árboles altos, pendientes de cualquier movimiento
paramilitar que viniera de la carretera Troncal del Caribe o de La Punta. Al
mismo tiempo, fuera del rancho se respiraba calma y una gran esperanza para su
petulante anfitrión. Rodrigo Ballenas volvió a sentirse el hombre más temible
de la tierra, moviéndose en la oscuridad y el silencio cual una serpiente que
nuevamente se ha recargado de veneno mortal. En las largas noches -cuando
estaba de buen humor-, narraba cosas aterradoras que ni siquiera estaban en la
imaginación de las personas inocentes que más lo odiaban. Contaba situaciones
sobre sus enemigos que se murieron sin saber que le habían declarado la guerra
por contabilizar más dólares que él, de los muertos en un barco de acero que
cargaba marihuana en alta mar al ser hundido por un submarino potente de su
propiedad, del hombre que mandó a quemar vivo con gasolina bajo la luz del sol
nada más porque le parecía marica. En conclusión, hablaba con nostalgia sobre
la época de la marihuana que perpetuamente había modificado la faz de esa
tierra.
En las noches de tertulia, recordó que había formado
parte del M-19 cuando este grupo armado representaba la mejor ideología del
país. Era una de las personas en los alrededores de La Punta, que más le servía
para que pudieran tener acceso a las armas que llegaban por vía marítima,
colaborando con víveres y ropa a las tropas, e hizo amistad con uno de sus
jefes. Con ese sujeto, compartió largas noches de conversación en las que
sobresalía el mismo tema. Cuando el grupo decidió reincorporarse a la vida
civil por un acuerdo de paz con el gobierno, no compartió esa decisión. Desde
Riohacha, Rodrigo Ballenas vio todo el proceso de entrega de armas por
televisión. En vista de que se convirtió en un partido político, votó en más de
una ocasión cuando sus máximos representantes aspiraban a la presidencia, con
la ilusión de tener un país mejor. Sólo que cuando éstos fueron debilitados por
los demás partidos, y tuvieron una lucha perdida hasta en el congreso como
nunca pudieron ser vencidos en el campo, cayó en cuenta de que lo peor que le
había pasado a ese movimiento rebelde era haberse salido de la selva con el
desmonte de armas.
Por otra parte, en Riohacha la fama del narco
dibullero había aumentado con lo acontecido. Las personas que no sospecharon lo
cerca que podía estar algún día de la muerte, lo amaron más que antes. Con
aquel ataque doble en una misma mañana, había quedado establecido que aunque
Agamenón Cervantes podía ser la persona más buena de este mundo, a la vez podía
estar en el crimen organizado y ser el más vengativo y extremista del universo.
Al lado de otros narcos como Darwin Castañeda Conhonor y Jeison
Barros JeiCD, fortaleció su capacidad militar en cuanto a su entorno
físico. En cualquier parte de la ciudad, se hablaba más de este tema que de
otro, presintiendo la venidera conflagración que se iba a desatar. En cambio,
algunos aseveraban que El Emperador era tan poderoso que no tenía
necesidad de entrar en una guerra, porque una sola ofensiva suya bastaba para
desbaratar a todos sus enemigos.
La gente hablaba cada día más cosas de él, aunque ya
no se dejaba ver en persona por la calle como antes. A su alrededor había
aumentado el pie de seguridad, el servicio de inteligencia se movía por todas
partes, contando con el servicios de los ciudadanos. Incluso, se decía que por
cuidarlo bien, más jóvenes corrientes se estaban metiendo con fanatismo en las
filas de los paramilitares. De manera que cuando salía en su nueva Toyota Prado
plateada a la calle, varias camionetas de color semejante con vidrios
polarizados iban al lado, para que nadie acertara en cuáles de las tantos iba
sentado él. Se creía que llevaría así la vida exterior como alguien invisible
durante un tiempo, sin dejarse ver por seguridad ni de Helena Beltrán hasta no
terminar con aquella guerra. La idea de que planeaba la muerte de Rodrigo
Ballenas era algo que se respiraba en varias partes por su nuevo espíritu de
gánster, sobre todo desde que ya lo tenían ubicado en una finca cerca de La
Punta de los Remedios, con el respaldo militar de la guerrilla. En cualquier
momento, un grupo de doscientos paramilitares de la Sierra Nevada preparados
para la más dura batalla iba a bajar por la carretera Troncal del Caribe y
meterse en aquel lugar, dándole muerte a todo el que se atravesara antes de
alcanzarlo.
Simultáneamente, la DEA había entrado en escena. Era
la entidad estadounidense más temida por los capos del mundo entero, y ya lo
tenía con estudio en la mira inteligente, sin tener la menor duda de que era
uno de los narcos más poderosos de Colombia. En el transcurso de la ardua
investigación, había establecido los contactos en su tierra y en el extranjero,
conociendo que mucha droga que caía decomisada en las caletas de Estados Unidos
llevaba su sello, sin que eso lo perjudicara económicamente en absoluto, porque
seguía mandando grandes embarques a los puertos lejanos de Europa del este.
Toda la vida, la agencia Drug Enforcement Administration había estado al tanto
del ordenamiento de la justicia nacional, y aunque no tenía un poder directo e
institucional en esta tierra, a veces gracias a ella las autoridades de USA
sabían más de lo que se movía en el oscuro terreno del narcotráfico en
Colombia, que los mismos fiscales colombianos. Los perspicaces espías que
integraban este organismo eran considerados de los mejores en el planeta, y
cuando metían a alguien en su lista de los más buscados aprendían lo necesario
de él para encontrarlo, como el número de zapato y el desodorante que siempre
usaba, hasta tenerlo prácticamente en carne y hueso.
Para esta entidad antinarcótica, Colombia era un
territorio obligado en su misión principal, debido a la enorme cantidad de
cocaína que salía de aquí a cada hora. Los agentes enviados a este país
suramericano, sabían de antemano que podían encontrarse con toda dificultad en
el camino como el chantaje, la tortura o la muerte física, y en unos casos se
hacían pasar como enviados de los narcotraficantes norteamericanos, para estar
más cerca de ocultos personajes que huyendo de la justicia se hacían cirugías
tan increíbles en las caras, que todas las mañanas al levantarse tenían que
recordarle a alguien que estuviera durmiendo a sus lados quiénes eran. Tenían
acceso a la más fidedigna y ultra secreta información de la justicia
colombiana, penetraban corruptamente a los grandes cárteles con la excusa de
que el fin justifica los medios, y cuando estaban cerca de algún
narcotraficante que tenía una cuenta pendiente con el Departamento de Justicia
de EE.UU., desde un rincón apartado lo delataban a las autoridades locales,
para a veces no tener una participación directa que complicara las relaciones
bilaterales de ambos países. De modo que era la inteligencia detrás de la
fachada de la supuesta inteligencia, y el avance tecnológico que la respaldaba
le abría las puertas de un espacio negro y delictivo, donde otras personas
comunes y corrientes no tenían acceso de entrar. En cuanto le declaraba la
guerra a un capo, lo combatía de manera eficaz e intuitiva, con tanta
insistencia que éstos mismos se ilusionaban con sobornar a unos de sus agentes,
para borrar antecedentes personales que los tenían en jaque mate ante las
autoridades gringas.
La fama de Agamenón Cervantes El Emperador no
sólo se propagaba como la brisa del nordeste, sino que en toda Colombia se le
respetaba por ser dueño del mejor puerto de Suramérica en el tráfico marítimo,
teniendo al frente nada más y nada menos que a Estados Unidos. La hegemonía que
mantenía era envidiada por los principales narcos del interior, que tenían que
pagarle un impuesto por cada embarque de droga salido de allí, y que reconocían
que así como avanzaban las cosas Agamenón Cervantes podría convertirse en el
capo de capos, el narcotraficante más archimillonario del país y al mismo
tiempo del mundo entero. Los paramilitares de la Sierra Nevada de Santa Marta
eran los que le suministraban toda la droga que pretendiera, para que realizara
sus magnos y particulares embarques de coca. Compatiblemente, eran su ejército
fuerte y territorial, y eso preocupaba a todos en el país porque con esa
fidelidad le brindarían toda la protección posible, impidiendo que volviera a
sucederle un caso parecido a aquel atentado en Cuatro Vías. Se sabía que en su
mismo departamento unos narcos le habían declarado la guerra porque no
soportaban su prepotente imperialismo, desatando una noticia que
desafortunadamente para él lo dio a conocer en el país. De modo que los vientos
venideros del norte estaban en contra suya, porque varias personas estaban
planeando la mejor manera de hacerlo caer.
La DEA quería entrar a Riohacha, una ciudad que no
era tan desconocida. Principalmente porque en años anteriores cuando estaba en
su bonanza el comercio de la marihuana estuvo en su mapa judicial, pero con el
negocio de la coca no había visto en la península un narco con gran
envergadura, como para que quisiera establecer en su capital una básica sede.
En cambio, con la presencia imponente de Agamenón Cervantes en la vida de esta
comarca, cambió con lógica de parecer. En vista de ese fenómeno incontenible,
decidió pasar a la práctica rápido, cuando más de diez agentes provenientes de
la sede principal en Bogotá, se hicieron presentes en la ciudad con cara y ropa
blanca de turistas. En apariencia sólo hablaban inglés cuando se comunicaban
con la gente de la calle y caminaban por la Avenida de la Marina, pero tenían
tan buen conocimiento del idioma español que significaba tanto para los narcos,
que no parecían gringos sino cachacos rosados por el sol haciéndose pasar como
estadounidenses. Eran expertos en saberse defender en tierras desconocidas,
desde La Paz hasta Nueva Delhi, y los contactos que tenían cerca les permitían
obtener cada día más información que consintiera medir la magnitud de sus
embarques. Se dedicaron a conocer toda la historia de Agamenón Cervantes desde
su juventud en Dibulla, la mudanza temprana a Riohacha y el proceso corto que
le tocó como guardaespaldas, hasta llegar a ser inesperadamente la mano derecha
del difunto narco Héctor Pugliese. Después estudiaron la manera como había
logrado imponer su poder económico, dentro de la sociedad regional. Con esa
información reunida, más adelante Estados Unidos presentaría las pruebas
suficientes para que el gobierno colombiano entrara obligado en acción para su
captura.
Jamás perdieron el contacto con los demás agentes
antidrogas de Bogotá, y cada vez que mandaban por e-mail un nuevo dato de
Agamenón Cervantes parecían estar escribiendo un largo libro sobre él. Era una
investigación ardua e incesante, aunque varias veces anotaban que la gente en
la calle sólo abría la boca para describir detalles buenos de su vida. No
paraban de asombrarse del enorme imperio que dominaba, y no en vano
comprendieron por qué le decían El Emperador. Un apunte subrayado de los
archivos señalaba: «En la Península de La Guajira, donde manda este personaje,
sale la mayor parte de droga del país».
Riohacha era en apariencia una ciudad pequeña y
tranquila con vista al mar, donde sus habitantes estaban orgullosos de tener la
mejor brisa de la tierra. La gente vivía en calma y pensando en el trabajo
diario, andando más pendiente del carbón que era explotado y vendido al
extranjero por Carbones del Cerrejón, que de la coca que se cultivaba en la
Sierra Nevada. En cuanto Agamenón Cervantes ordenó que asesinaran a sus
enemigos, todas las personas creyeron que era lo mejor que podía suceder, para
que nadie volviera a cometer un atentado contra él que creaba caos esporádicos
en la naturaleza. Esas mismas personas estaban de acuerdo con que era la
respuesta normal, que se merecía cualquier hombre que intentara quebrar la paz
en Riohacha. En muchas partes de esta ciudad, se sentaban en las terrazas de
sus casas y hasta ponían temas de conversación que ya no era sobre el
conflicto. La vida había vuelto a ser como antes desde la ausencia de Rodrigo
Ballenas, el tráfico vehicular de la calle quince daba más miedo a los
transeúntes por un posible accidente de automotor que ante un atentado
terrorista que sacudiera a la tierra, se podía hablar de variados temas en
público y se esperaba que todo continuara así por el fin de los tiempos.
Pero a la medianoche, se transformaba en una ciudad
plenamente diferente a la que conocían. En todas partes estaban los
paramilitares al interior de los carros con vidrios oscuros, prestando
vigilancia en los barrios más marginados como Cooperativo, San Tropel y Jorge
Pérez, y haciendo limpieza. Al mismo tiempo, estaban evitando que en
algún momento la ciudad fuera tomada de sorpresa por la guerrilla insurgente,
que tenía planes de meterse con más de quinientos hombres y arremeter contra
los semejantes de Agamenón Cervantes, antes de que sucediera lo contrario.
Paralelamente, la actividad del negocio de la droga no había decaído para nada
ni con el atentado que le hicieron. Ésta seguía bajando en camionetas y
camiones grandes de la Sierra Nevada, por estrechas trochas y la misma
carretera Troncal del Caribe, pasando por los pueblos vecinos antes de llegar a
Riohacha. Era normal que a las dos de la mañana, transcurrieran muchos carros
custodiados por paramilitares y llenos de bolsas blancas directamente en la
calle 15, en el centro de Cuatro Vías. El dinero de las ganancias corría en
sentido contrario, siendo guardado en caletas e invertido en lavado de activos,
ayudando a crecer el poder económico de Agamenón Cervantes, quien sin querer
había aprendido una receta cuántica para conjurar ceros y más ceros sin ningún
esfuerzo.
Era un imperio omnipotente que se anchaba, dejándole
ganancias abundantes. La sociedad entera parecía girar en torno a su situación
económica, nadie estaba sin empleo y ningún estamento en la región parecía
estar en contra de su deslumbrante lavado de dinero, aceptando que era
imposible que pudiera existir un narcotraficante igual de querido a él en el
departamento. En caso de que hubiera una mínima crítica de vecinos hacia el
don, bastaba ver a las numerosas personas ganando dinero, manejando un hotel
nuevo o atendiendo la tienda más apartada, para cambiar el mal pensamiento. La
coca era despachada consecutivamente en los puertos de la Alta Guajira sin
parar, enriqueciéndolo de una manera monumental. Era evidente que sí se mantenía
en ese ritmo imparable, inalterable, dentro de pocos años se convertiría en el
narcotraficante más grande de Colombia en toda su historia.
El DAS tomó cartas en el asunto, por medio de la
información de los norteamericanos. Era una entidad exclusiva a cargo de la
seguridad nacional, que rastreaba los escondites de los narcos y sentenciaba a
los culpables. Su inteligencia era respetada y eficaz, con acciones certeras.
En unas ocasiones, había tenido la oportunidad de capturar a grandes narcos que
finalmente eran extraditados por el presidente de la república, a petición del
gobierno de Estados Unidos. Fue por eso que al enterarse de que la fuerza
económica y enviciada de Agamenón Cervantes –respaldada por los paramilitares-
iba a ser denunciada por la justicia extranjera, su director decidió arrestarlo
sin atajos. Se puso de acuerdo en proceder en seguida con sus subordinados, sin
alertar a los demás colegas que estaban al servicio en Riohacha, conscientes de
que éstos se prestaban a la corrupción comprados por el multimillonario capo.
Fueron astutos al intentar tomarlo de sorpresa,
desplazando a sus hombres en cuatro camionetas por la Avenida de los
Estudiantes. Las personas que los vieron pasar al atardecer por Cuatro Vías y
después al frente del estadio Calancala, se imaginaron que tantos agentes a esa
velocidad andaban en busca de Agamenón Cervantes, de quien se hablaba en los
periódicos regionales, nacionales y extranjeros, como uno de los narcos más
activos de Colombia. Continuaron su marcha sin parar, con varios hombres en la
parte de atrás teniendo armas largas a la vista. A la altura del Liceo
Almirante Padilla, doblaron a la derecha buscando subir por la calle trece. En
una esquina, frente al parque Simón Bolívar, se pararon en la acera de la casa
más fotografiada secretamente por la DEA en el mundo entero. Las personas
armadas se bajaron al instante de los carros, acordonando el sector.
Nadie en la terraza hizo nada para frenar la
avanzada de aquellos oficiales, quizás por la tranquilidad que daba saber que
el patrón no se encontraba al interior de la casa. Cuando vieron que los tipos
se presentaron como agentes del DAS, ni siquiera les exigieron el carné que
verificara que no eran los insurgentes enemigos disfrazados con chaquetas de la
justicia. Éstos pasaron de largo por la terraza enrejada, en un grupo
disparatado como de veinte personas, con las armas en manos, listas para
responder a los disparos de la gente que podía estar esperándolos con diferente
ánimo en la sala. Los compañeros que venían detrás con las espaldas protegidas
siguieron por los corredores, por el magnífico bar, por la piscina de ensueños,
y algunos subieron a la segunda planta, donde había varias puertas. Entraron en
los baños de los cuartos, donde había una limpieza brillante y exenta de
humedad. En cuanto entraron en su alcoba grande, dispararon precipitados en
todas las direcciones, anticipándose a una respuesta presentida, sin
arrepentirse de los daños causados. Los maravilló la comodidad de fantasía en
que vivía ese hombre legendario, desde la cama hasta el tocador sin estrenar
por una mujer en esta vida, y no duraron de su desarrollada sangre de
emperador. En la piscina del patio entraron más agentes, y cuando tuvieron la
certeza de que no había nadie como los mismos vigilantes de Agamenón Cervantes
aseguraban, ni aún así se quedaron quietos. Con aparatos especiales y cinceles
domésticos, comenzaron a golpear centímetro a centímetro ciertas zonas de las
paredes, para asegurarse de que no estaba escondido detrás de una caleta. No
encontraron nada más que yeso y cemento pulverizado, provocando un daño que
requeriría más adelante una reconstrucción delicada. La intuición les falló,
dejándolos decepcionados y embargados, porque seguramente donde se encontrara
ya el narco Agamenón Cervantes se había dado cuenta de ese intento inesperado
por capturarlo.
Presintiendo esa clase de sorpresas, desde hacía
meses Agamenón Cervantes había puesto personas especiales alrededor de esa
parte de la calle trece y del parque Simón Bolívar. Éstas se sentaban en aquel
parque a veces con sus novias, mientras miraban el entorno. Desde hombres
armados, gente que tenía negocios de llamada por celular, hasta supuestos
clientes, estaban pendientes de cualquier movimiento minúsculo para dar el
aviso. Sin importar que estuvieran bajo el sol caliente, cayera un tremendo
aguacero y fuera tarde en la noche, estas almas desapercibidas reparaban tanto
la casa del capo, que durante el día podían contar cuántas personas pasaban
caminando o al interior de los carros, por la calle pavimentada. De manera que
al ver la presencia de las camionetas del DAS con agentes incorruptos del
interior asaltando la residencia, uno de esos personajes se puso sereno en
acción. Su nombre era Juan José Curvelo más conocido como Juancho Cuento,
quien sacó un celular Nokia del bolsillo de la pantaloneta con sigilo, mirando
despabilado la mansión. Entonces marcó los números que se sabía de memoria,
hasta escuchar la propia voz del capo que respondía al instante.
Éste se encontraba adentro de su Toyota Prado
andando en la calle quince a la altura del edificio de Centromac, cuando su
cara sufrió un cambio inesperado por la noticia. En seguida dio la orden a su
chofer de que aumentara la velocidad del carro, y le dijo al lugarteniente Pompeyo,
que al parecer el DAS se le había torcido. «Está con la DEA», remató en voz
alta como si se lo hubieran asegurado. El carro avanzó más rápido de lo que
iba, sin que nadie entendiera qué estaba pasando con la sobornada gente del DAS
en el departamento. Le pareció que era alguien inseguro permaneciendo en
Riohacha, y autorizó escapar a Santa Marta donde era más intocable por la
cercanía de la Sierra Nevada de los paramilitares, cuando iban avanzando por la
misma calle 15. Al lado de sus hombres, iba mirando por la ventana a lo largo
de la carretera negra, pendiente de que no lo estuvieran esperando más agentes
del DAS en el trayecto, al estar pasando cerca de la calle de la hermosa Helena
Beltrán, que esperaba por él. Sin pensar tanto en ella, siguieron sin detenerse
por el sector de Cuatro Vías, donde estaban los mejores recuerdos de su vida.
Éste era un sitio frente al Bienestar Familiar, que se había convertido en paso
obligado para los curiosos peregrinos y enamorados, venidos de otras partes del
departamento desde que casi pierde la vida cerca al romboy, y durante meses la
mancha del charco de sangre que estuvo en el suelo ante la lluvia invernal y la
mirada ajena, permaneció indeleble como la de los santos. A la altura del
puente peatonal que comunicaba el lugar donde quedó el supermercado Cumaná con
el carril de enfrente, se sintió más seguro porque después de cruzar la Avenida
de los Estudiantes, ninguna vía en adelante podía bloquear su paso para salir
fugado de la ciudad.
Pasaron por la fortificación de Chevron Texaco,
donde estaban los militares custodiando las oficinas de la multinacional de
hidrocarburos con incontables palos de cocos adentro, que quería dinamitar la
guerrilla. El panorama sencillo le despertó nostalgias, reconociendo el ámbito
como si estuviera sintiendo el aire exterior frente a las casas del barrio San
Martín. En vista de todo eso, recordó que era el mismo recorrido que hacía al
ir y venir de la casa de Alexandra Pitre, cuando era el muchacho más enamorado
en la historia del mundo. Al lado de la ventana derecha de la Toyota Prado
donde estaba el monte de Coral, se vio en esos reveladores momentos como fue
alguna vez: alguien pobre e ilusionado con el amor egoísta de una muchacha
morena, que iba caminando apartándose en la acera por miedo de un carro
plateado y lujoso como ése, que iba a ciento veinte kilómetros por hora. Miró
la estación de la bomba Ballenas, donde estaban abasteciéndose de gasolina unos
carros de matrícula venezolana y se veía la gran pantalla de Mobil, en una de
las primeras entradas del arenoso barrio Cooperativo. Miró los árboles que
tapaban uno de los locales de cerveza frente a la carretera, donde la vida y la
música alta seguían iguales que en aquel entonces, como si hubieran pasado las
brisas pero no los años. En ese estado abstraído estaba, cuando descubrió a una
mujer fuera de lugar. En efecto, era la misma Alexandra Pitre de carne y hueso,
detenida en el espacio y el tiempo, y alimentándose de esa corriente pura que
dentro de su carro con aire acondicionado él no podía respirar.
En esos momentos, se estaban acercando al barrio El
Portal, donde estaban muchas casas iguales. Antes de la primera casa amarilla
en una esquina, estaba la tercera entrada del barrio Cooperativo, un camino
arenoso que durante su juventud había hecho decenas de veces buscando una
morada en obra negra, donde vivió su amigo Checho Redondo. Al otro lado de la
negra carretera, estaba la estación Johana, donde echaban gasolina numerosos
carros que apenas iban saliendo o llegaban de Santa Marta. A esas alturas del
camino, estaban a poco de pasar por las últimas bombas de gasolina para salir
de Riohacha en definitiva, sin más amenaza de las autoridades. Entonces,
consciente del milagro que acababa de ver, Agamenón Cervantes despertó
bruscamente de esa ilusión crepuscular. Se dirigió al chofer que no había
bajado la velocidad por nada de la vida, y le gritó en seco.
-¡Para ahí! ¡Para ahí!
Media hora antes, Alexandra Pitre había estado en la
casa de su tío donde vivió años atrás. Estaba de visita al lado de sus primos,
no queriendo perder una de las costumbres más naturales cuando era esa muchacha
recién regresada de Hatonuevo que estudiaba en el Liceo Almirante Padilla, para
salir adelante en la vida. Estuvo conversando un buen rato con su prima, porque
era una de las personas a la que más le seguía teniendo confianza. Como a las
cuatro de la tarde se despidió de todos, prometiendo volver en otra ocasión
cuando estuviera desocupada. Salió por la puerta, bajó a la terraza y avanzó
por la arena, muy bien maquillada, con los aretes de plata puestos, luciendo un
traje claro que le daba el aspecto de una persona mayor, luchando para que nada
de ese talante maravilloso fuera desordenado por la brisa loca de la carretera.
Parada en el andén de cemento, delante del primer local amarillo donde estaba
la música, esperaba que pasaran los carros antes de cruzar al otro lado de la
avenida despejada, y así tomar uno de los colectivos de matrícula venezolana
que la llevaría a su destino en esos momentos.
En esa situación se encontraba, cuando con un poco
de temor contempló una Toyota Prado color plateado frenada con brusquedad en la
esquina a su derecha. La camioneta comenzó a dar rever en dirección donde
estaba ella, y Alexandra Pitre sintió un poco de desconfianza, imaginando que
se trataban de esos vanidosos paramilitares que se la pasaban coqueteando a las
mujeres en la calle. Se quedó en su sitio, inmóvil, sin saber qué hacer al
respecto, queriendo que alguien conocido se diera cuenta de que estaba sola
ante un carro de bastante lujo para que al menos la ayudara con la curiosa
mirada, teniendo como tripulantes a unas posibles personas desconocidas que en
verdad querían impresionarla. Uno de los hombres abrió la puerta con increíble
alegría, y puso el primer pie en el suelo como quien sabe lo que va a suceder
en la escena. Los demás miembros de su escolta pensaron que eso era una locura,
teniendo en cuenta que si se demoraba podían capturarlo las autoridades que lo
buscaban, pero Agamenón Cervantes había vuelto a ser el mismo muchacho que le
importaba menos la muerte que el objetivo del amor, sintiendo que la colonia
echada y el reloj de platino que tenía puesto, hipnotizaban tanto a una mujer
como el carro portentoso del que se bajaba. En seguida entendió la razón por la
cual ella miraba hacia otro lado, pretendiendo ignorarlo, sintiendo un orgullo
particular ante la evidencia de esa decente personalidad de mujer.
De pie junto a la carretera donde estaba parada la
camioneta, Alexandra Pitre trató de mantener su compostura de mujer moderada.
Era su manera de actuar con astucia aprendida en la juventud, quitándose a los
coquetos desconocidos de encima. Miró el horizonte, con un aire suficiente para
respirar tranquila durante unos segundos, y deshacerse de ese personaje que se
abría a paso machista caminando hacia ella. Sin embargo, cuando la presencia de
él se hizo tan notable en su conciencia y sensibilidad corporal, ella no tuvo
más opción que volverse a mirarlo. El mundo entero se le vino encima cuando
reconoció al hombre que en el pasado la persiguió por varias partes hecho un
loco de amor, y que ahora lo único que parecía tener en común con aquel
muchacho era que conservaba el mismo nombre atronador.
-Agamenón -dijo con poca voz.
Sintiéndose reconocida por alguien como Agamenón
Cervantes, fue igual que recuperar parte de su identidad de mujer en esos
momentos. Sobre todo cuando notó que estaba algo nervioso parado delante de
ella, al lado de unos hombres que se acercaron con armas a la vista, como si
desconfiaran de su presencia angelical. Él le tomó una de las manos, y como si
el período de respeto no hubiera pasado, le dio un beso contundente en la
mejilla derecha. Alexandra Pitre tuvo que hacer un esfuerzo para no desmayarse,
porque la fama de aquél era tan grande que a simple vista no parecía tener nada
que ver con su corta estatura. En su interior, encontró la luz determinante con
que hablaba bien.
-No esperaba verte –le dijo contenta.
Agamenón Cervantes se embrujó con su imagen única,
como si hubiera entrado en un sueño que sus guardaespaldas no captaban. Le
pareció que Alexandra Pitre era más bella de lo que recordaba, más refinada en
el vestir, conformándose con mirarla y mirarla hasta el cansancio, teniendo su
espíritu muy cerca. Sus hombres estaban parados en la carretera al lado del
carro encendido, con los pies más sobre la tierra y en realidad preocupados.
Sabían que Agamenón Cervantes era buscado en toda Riohacha, por parte del DAS.
-Es para que veas –le dijo él-, que aún me acuerdo
de ti.
-No lo creo.
-Es verdad.
Al igual que cualquier persona de Riohacha,
Alexandra Pitre estaba completamente enterada de quién había llegado a ser él.
Era alguien poderoso, rico y lleno de fama cual esas personas amadas que ya
están en el cielo, idolatrado hasta por los cantantes que lo conocían
personalmente, quienes no dejaban de mencionarlo en sus trabajos discográficos,
como si eso fuera más importante que la poética letra de la canción. Por esa
razón le costaba creer que ese hombre del que se hablaba tanto en todas partes,
pudiera estar nervioso a primera vista delante de una simple mujer como ella,
allí en Cooperativo, frente a la casa de su tío. Su carisma era la de un ser
humano auténtico, legítimo, por lo que confirmaba que era alguien con quien
valía la pena estar al menos cinco minutos en la vida. La tarde en que tuvo
noticias de que le habían hecho el gran atentado, estuvo preocupada por él. En
secreto había pedido que no le pasara nada en el hospital Nuestra Señora de los
Remedios, porque le daba dolor que alguien que había conocido en cierta ocasión
de su pasado, se muriera a tan temprana edad. Sintiendo que aquel momento que
estaba viviendo era único e irrepetible, no dejó escapar una cuestión
protocolaria. «¿Cómo has seguido?», le preguntó humanizada con franqueza.
Mirando sus aretes, su cuello de garza delicado, e influenciado ante la esencia
seductora del perfume arrebatador, Agamenón Cervantes le respondió más
inspirado por el amor que por la salud.
-Ahora que te veo, mejor que nunca.
8
Alexandra Pitre era una mujer madura que había
vivido un sin número de situaciones, antes de tener ese significativo
encuentro. De ser una muchacha físicamente simpática y anhelada por todos los
hombres, había terminado por ser alguien de espíritu equilibrado que conocía la
vida mejor que cualquier otra mujer de este mundo. Se había hecho un ser libre,
autónomo, independiente, que cubría sus propios gastos y conservaba la cualidad
de caer bien a la gente particular desde el primer tema. Era natural con las personas
que se movían a cada instante alrededor suyo, que la saludaban con cierta
familiaridad, y en cuanto pasaban los años más querían ganarse su amistad que a
veces era más trascendental que el mismo amor. Muy astuta e inteligente, estaba
preparada para derrotar los problemas duros de su vida, y en los últimos años
fue señalada como una de las mujeres más bellas de toda Riohacha.
El hombre del cual se había enamorado, marcó para
siempre su vida. Era alguien moreno, atractivo y de normal estatura, que desde
la primera ocasión en que la vio pasó a convertirse en su mejor amigo. Estaba
trabajando en una pequeña empresa de Riohacha, y cada vez que tenía la
oportunidad salía en las noches al lado de ella. Ésta se entusiasmó en seguida
con el amante, llegando a un punto en que la pasión cargada de fiebre se volvió
más importante que los dos al mismo tiempo, y pensando en él se maquillaba y
pintaba los labios como una actriz de tablas, sabiendo que eso aumentaba el
amor. Durante muchos meses, fue su novia en público para tristeza de los demás
anónimos enamorados que también la seguían por todas partes. Le gustó la idea
de quedarse viviendo en Riohacha al terminar el bachillerato en el Liceo
Almirante Padilla, gastándose su espíritu y fabulosa belleza en aquél, que tuvo
razones abundantes para considerarse el hombre mejor recompensado por la madre
naturaleza.
Por su parte, él estaba seguro de ser el más
afortunado de los afortunados que podían haber en esos días, y en medio del más
puro amor aceptó que su compañía era inigualable, difícil de reemplazar en otra
muchacha. Se querían más que otra pareja enamorada en profundidad, y la idea de
tener una relación eterna era tan clara como el brillo en los ojos divertidos
de Alexandra Pitre, cuando al caer la tarde lo veía. La joven tenía toda la
evidencia del mundo para creer que era la mujer más feliz entre su raza, por la
manera gentil y hasta paternal en que se sentía tratada. Era alguien bien
amada, adorada como ninguna bella mujer, que no necesitaba saber dónde estaba
él, para intuir que durante su ausencia era la más recodada en esta vida. Sin
embargo, en medio de todo, Alexandra Pitre percibió cómo el romance se apagaba
con la misma rapidez que alguien sopla una vela. Se enteró de que el muchacho
salía con otras mujeres mientras ella estaba en casa de su familia, ilusionada
en el patio, ayudando en los oficios domésticos, cuidando sus prendas,
arreglando el closet, cantando canciones vallenatas que la hacían acordar mejor
de él, cuando en una mesa planchaba la ropa. El hombre había sentido en algún
momento que ella era la única persona por la que valía la pena vivir, pero al
igual que todos con el transcurrir de la dicha perpetua en la carne, la fue
mirando como si estuviera siendo borrada por la sombra. Antes de que tuvieran
oportunidad de presentirlo, los besos y las caricias mutuas no mantuvieron la
misma intensidad de otras noches en la cama, y ella le susurró en el oído que
ya no era feliz.
Sabiendo que tenía que ser alguien en la vida,
Alexandra Pitre se acordó de un viejo anhelo que guardaba en el alma. Alguien
que la estimaba en su familia la apoyó moralmente para que estudiara como
quería desde la juventud, porque en un principio después de la separación la
muchacha pensó que ya se le habían pasado los años de seguir estudiando. Se
matriculó en una corta carrera de enfermería en una corporación de la ciudad,
situada en la calle diez. Desde la primera clase tuvo en cuenta que estaba
haciendo lo que más le gustaba hacer en la vida, y realizaba sus tareas como cualquier
universitaria llena de puntualidad. Al momento de entrar y salir de la
corporación, junto a una buena compañera que con fortuna conoció, lucía
orgullosamente el uniforme de estudiante de curso técnico en las calles de
Riohacha, descubriendo que el amor hacia una carrera profesional puede ser
superior a la loca pasión por un hombre. Fue una de las mejores alumnas,
volviéndose un genuino ejemplo de buena estudiante ante sus compañeras, para
admiración de los profesores.
Cuando le tocó hacer las prácticas en un apartado
centro de salud de la ciudad, vivió una de las mejores experiencias. En ese
nuevo capítulo tendría su primer contacto con los pacientes, quienes se
convertirían en los mejores amigos que tuvo alguna vez en la vida. Siempre que
estaba delante de éstos, sentía una energía transparente, la revelación cándida
de la misión que tenía por cumplir en el mundo. En vista de eso, pensó en lo
mucho que le hubiera gustado ser una enfermera adulta cuando mataron a su padre
por robarle el carro o a causa de una venganza oculta, certeza intuitiva que
ella aún mantenía. Aunque pasaran los días, los meses y los años, nunca daba
para olvidarse de su magnífico recuerdo, de los abrazos y la sonrisa feliz
cuando la cargaba siendo una niña en aquella casa de la calle quince, pero a
pesar del imborrable vacío estaba por completo tranquila cuando sentía que su
espíritu determinante a la hora de cumplir el principal objetivo, había
terminado por hacerla más parecida a él.
La tarde en que le tocó hacer el examen final,
Alexandra Pitre no sintió esas ganas de terminar rápido como las demás
compañeras, sino una nostalgia honda por lo que habían resultado aquellos dos
maravillosos años y medio de estudios. Se sintió llena de fe ante el
cuestionario, respondiendo todo con una serenidad de experta en su materia.
Días más tarde, llegó el tan esperado acto de graduación. Se puso una toga azul
que le quedaba como a una modelo y posó para incontables fotos que llenaron un
álbum, dándole el orgullo a su madre que se presentó muy feliz desde Hatonuevo.
Siguió siendo una mujer sencilla a pesar del nuevo título académico, con tanta
humildad que en la fiesta la gente conocida le pronosticaba que curaría más a
los enfermos con su belleza física y espiritual, que con las herramientas de
cirugía. En su interior, sentía que era alguien de veras en la vida como
siempre lo quiso, y que lo más importante que podía sucederle a una mujer del
siglo XXI era cumplir el sueño de terminar sus estudios.
En la Clínica Riohacha consiguió trabajo, por la
intervención de alguien importante. Siendo una enfermera novata, llegaba más
temprano que cualquiera de sus compañeras, y desde que se colocaba la bata
blanca inundaba de paz a los curiosos que apenas la veían entrar por la puerta
del edificio. Se mantenía constante al lado de los familiares de los pacientes,
hablando con ellos, consolándolos, dándoles fe y ánimo de seguir adelante, y
cuando tocaba comunicar la noticia de que alguien había muerto pedían que lo
hiciera ella, por su carisma para reanimarlos una vez la escuchaban. En el
plano laboral de las veinticuatro horas del día, se hizo familiar entre los
enfermos. Tenía infinita carisma para tratarlos y aprender a quererlos, un don
de saneamiento espiritual que resultaba superior a la ciencia de la medicina.
Su fama de buena y amable como una mujer bendita, se difundió en seguida en el
ámbito de la clínica, a tal extremo que más de un herido de muerte se sentía
contento de haberla conocido a pesar de estarlo. «Gracias a ese disparatado
carro que me atropelló, porque me trajo a usted» le dijo con clara razón uno de
ellos. Alexandra Pitre sonreía con naturaleza, orgullosa de su propia vida y
del servicio especial que le brindaba a la humanidad, pero por su conducta
profesional los regañaba al pensar así en contra de la salud, que era lo más
primordial de todo. De todas maneras, cuando salían a la calle, lejos de la
clínica, llenos de aire nuevo y restablecidos de salud, la vida sin ella era
como una nada que carecía de sentido.
La posibilidad de ser una enfermera mayor, la
mantuvo en ese puesto durante varios años. Era tan buena e inspiraba confianza
absoluta al instante, que en más de una ocasión cuando iba a hacer una seria
operación, el médico de turno solicitaba su compañía sagrada. Personas que toda
la vida le tuvieron miedo a una sala de cuidados intensivos o simplemente a
dejarse poner ampollas en las nalgas, delante de ella hasta permitían que les
rajaran las barrigas o les hicieran una cirugía en la pierna destrozada a causa
de un accidente de moto, sin necesidad de anestesia. En caso de que alguien por
debilidad no pudiera soportar una peligrosa operación, ella se ponía a lado del
paciente aunque no fuera su obligación, para darle su apoyo espiritual que
desvanecía el temor. Estos enfermos, cuando estaban al lado suyo, se olvidaban
del estado grave, de la enfermedad terminal que lentamente los acababa, de la
pierna amputada que no aceptaban mirar, y sentían como si el vacío que tenían
con guayabo se llenara en forma mágica delante de su belleza mulata. Por
supuesto, más de un paciente se enamoró de ella y se le declaró en la propia
cama, cuando Alexandra Pitre le iba a dar la efectiva pastilla de rutina. Muy
profesional, ella los ilusionaba diciéndoles que les daría la respuesta de amor
cuando salieran de eso, y algunos al despertar se sentían tan bien de salud,
que sólo se acordaban de que antes de la
recuperación delirante habían estado más enamorados que enfermos de algo. En
una ocasión, cuando llegó un señor en mal estado desde Tomarrazón, conoció de
inmediato a la principal enfermera Alexandra Pitre. Lo acostaron como a los
demás pacientes en la camilla, totalmente emocionado y sujetando la mano
santificada de ella. Según los médicos, quizás por esa ilusión de ser su novio
al despertar, soportó la quimioterapia que después lo dejó sin pelos en la
cabeza. En caso de que persistieran con su propuesta de amor, y no quisieran
marcharse de la clínica a pesar del buen estado de salud, ella les aclaraba que
ninguna santa se podía casar con sus devotos, para que continuaran ocurriendo
así los milagros de la medicina.
De otro lado, el recuerdo de aquel muchacho de
Dibulla que se enamoró como un demente de ella, no tuvo ningún significado
especial en su memoria. Al dejar de verlo en las calles de Riohacha donde
caminaba, y mirarlo sentado inexplicablemente por donde ella tenía que pasar
como si fuera pura coincidencia, siguió igual en una existencia que conservaba
los mismos colores que la caracterizaban. En ningún momento, se le ocurrió
preguntarse qué era de la suerte de él, dónde residía, si estaba vivo o tal vez
muerto, y durante varios años ni alguien parecido en la calle le recordó su
forma de cara. Cuando la gente comenzó a hablar en toda Riohacha de Agamenón
Cervantes alias El Emperador, ni siquiera lo comparó con aquel viejo
recuerdo. Se imaginó que se trataba de otra persona de diferente aspecto físico
y de más jerarquía en la sociedad al instante de nacer, porque jamás tuvo
conciencia de cuál era el primer apellido de ese pobre enamorado, que para ella
se había ido quizás a Dibulla. Entonces le interesó la historia de aquél por su
poder perenne y las cosas filantrópicas que hacía en favor de los pobres, hasta
que lentamente fue cayendo en cuenta de que algunos aspectos de ese narco de
nombre micénico, coincidían con el anónimo muchacho que había conocido en el
pasado.
En verdad, su espíritu se estremeció por dentro. No
entendía qué había sucedido en la vida que la rodeaba siempre, para que él se
hubiera transformado de esa manera extraordinaria si el mundo que giraba
alrededor del sol seguía siendo prácticamente el mismo. Era ahora la persona
más importante en el departamento que se podía conocer, de quien más se hablaba
en común, y su poder soberano era tan material que contagiaba el aire que los demás
respiraban. La mayoría de las mujeres decían cosas suyas como si fuera alguien
que les gustaría tener de amigo, de amante o mucho mejor de ese marido a quien
había que esperar por las tardes en la casa. Alexandra Pitre tuvo un momento de
nostalgias, porque a cada hora hablaban bien de él y sin poder evitarlo se
interesaba en el tema, pareciéndole muy íntimo e interesante que el hombre más
grande de La Guajira le mandara una carta que aún guardaba llena de polvo en un
lugar que no recordaba, y hubiera estado una noche a su lado en una terraza de
Cooperativo, declarándole el amor. Como cualquier mujer en su situación, sintió
que no había hecho nada especial para que aquel archimillonario la recordara en
esos días, sin sospechar que cada vez que El Emperador coronaba un
embarque de cocaína en Estados Unidos y en la lejana Europa Oriental, era por
ensanchar el imponente imperio donde ella sería su única dueña.
La tarde en que conoció la noticia de que le habían
hecho un dramático atentado, se asustó por instinto. Como una amiga lejana a
quien hacía años no veía, le pidió al santo y médico José Gregorio Hernández
que no lo dejara morir por nada del mundo, porque alguien tan bueno como él no
se merecía la tumba tan rápido. Le habría gustado que el cuerpo del moribundo
hubiera sido llevado a la Clínica Riohacha donde ella trabajaba las doce horas,
y no al grande hospital que estaba enfrente, para haberlo atendido al lado del
médico y resucitarlo con su amor germinado. Su conducta profesional no la dejó
abandonar a una anciana débil que estaba recibiendo una bolsa de suero en el
brazo izquierdo, tendida como una inocente en la camilla, para sumarse a la
multitud que rodeaba el hospital Nuestra Señora de los Remedios, y ampararlo
desde pocos metros con su presencia divina. Entonces estuvo a la expectativa de
todo lo que podía suceder, al igual que las otras enfermeras de esa clínica que
estaban más interesadas por aquel paciente que no veían, que por los que en
carne y hueso solicitaban urgente una ayuda. El ambiente era tan tenso en el
aire, que Alexandra Pitre ya estaba pensado que en caso de que se muriera, iría
a su multitudinario velorio cambiada de negro hasta en el pintalabios, al igual
que lo hacían las mujeres de antaño, como prueba de que no se había olvidado de
alguien que hacía tantas cosas buenas por la misma gente que ella curaba. De
modo que cuando se supo que se había salvado de milagro, festejó como si
aquellas horas de incertidumbre hubiera estado cerca de él, asegurándose de que
no le faltara el oxígeno, la necesaria transfusión de sangre. Fue un suceso
increíble, que contagió a todo el personal presente y les dio esperanzas a
otros enfermos longevos menos graves que él, que estaban en la cama preocupados
por la decadente salud. En cuanto salió a la calle, Alexandra Pitre estaba más
feliz, viendo el panorama militarizado que erizaba los vellos del hospital
Nuestra Señora de los Remedios. Él estaba allí, inconsciente, más cerca de lo
que alguna vez se imaginó tener, creyendo que todavía tenía oportunidad de
verlo aunque fuera por una sola vez en la vida, antes de que a sus enemigos se
les ocurriera hacerle un segundo atentado.
Nunca se le ocurrió que aquel inesperado reencuentro
sucedería en un andén de Cooperativo, a pocos metros de la terraza donde ella lo
había rechazado. Por eso, al tenerlo en persona, sufrió la sorpresa más grande
de toda su vida. Algo astuta, intentó ser carismática, sencilla, porque aunque
había escuchado bastante sobre su fama de hombre bueno, aún no estaba tan
enamorada de él sino asombrada como muchos de su increíble historia de
superación personal. A su lado, conoció a un Agamenón Cervantes contento,
inquieto, porque éste siempre había confiado en que el nuevo encuentro con ella
fuera producto de la casualidad, y no por parte de la búsqueda confiable de la
mafia. Estaba demasiado nervioso, como si se le hubiera aparecido de pronto la
Virgen María en medio de la tempestad. Emocionada por esa evidente muestra de
simpatía, ella aceptó que él la embarcara en el carro hasta llevarla a su casa
en el barrio Padilla. Fue sentada al lado en la parte de atrás, como una pareja
formal, sin que Agamenón Cervantes le dijera que estaba siendo buscado por
agentes del DAS, para no asustarla y arruinar ese encumbrado momento.
Al arribar a su casa, no lo dejó ir en seguida. Ella
misma tomó la iniciativa de sacar una silla de la sala para que se quedara
hablando un rato, y así poder conocerlo mejor. Sacó otra más donde se sentó
cerca, mientras los guardaespaldas se quedaron alrededor de la reunión en la
terraza, esperando que ninguno de los transeúntes reconociera al narco y diera
el aviso a las autoridades. Agamenón Cervantes estaba muy contento, teniéndola
al alcance de la mano, y al lado derecho a su majestuosa Toyota Prado que
brillaba en la oscuridad. A la vez, estaba sorprendido porque después de tantos
años, Alexandra Pitre fuera en exactitud la misma persona que había conocido.
«Me parece un sueño», dijo con la verdad. Reparaba su rostro natural, como si
el destino hubiera decidido que sus vidas fueran paralelas durante unos años,
para que sucediera el milagro de estar juntos en esos minutos magníficos.
-Nunca me lo imaginé –continuó diciendo, con gran
asombro-. Esta mujerona es una enfermera.
Al escucharlo, Alexandra Pitre sonrió con
espontaneidad, porque desde que se había graduado no paraba de escuchar lo
mismo de la gente que la apreciaba. Se sintieron más identificados que en
ocasiones anteriores, sin darles importancia a los vecinos que no perdían
ningún detalle de la visita trascendente que estaba en el lente de algunos,
como si le estuvieran tomando inagotables fotos. Agamenón Cervantes demostraba
entusiasmo, frenesí, aceptando que se podía enamorar más de esa mujer madura,
que de su propio recuerdo a los diecisiete años en Cuatro Vías. En su interior,
a partir de entonces quería estar nada más al lado de ella. Se conocieron como
querían conocerse, tratando varios temas, compartiendo la alegría, asegurando
la confianza determinante para un nuevo encuentro con igual armonía. Cuando él
se despidió de la terraza, fue como si nunca hubieran pasado tantos años sin
verla, dándole un beso rotundo en la mejilla que lo identificaba mejor sobre la
faz de la tierra que el dinero grueso en su bolsillo.
La escena de visita se repitió por muchas tardes. Alexandra
Pitre llegaba de su trabajo más temprano que nunca, feliz e ilusionada, y de
inmediato barría dentro de la casa para pasar el oloroso trapero a la vez que
dejaba sonar la música de moda del cantante Felipe Peláez, antes de que llegara
el enamorado. Cuando Agamenón Cervantes se bajaba de su Toyota Prado, ella
abría la puerta de la terraza y sacaba las dos sillas. Sentada a su lado,
Alexandra Pitre era una mujer dispuesta para él como si fuera su novia en
público. Cualquier tema que entablaban tenía excelente sentido, despertaba la
sonrisa radiante en los labios de ella, que los conectaba mejor con el espíritu
arraigado que querían ocultar a simple vista. De inmediato, con ademanes y su
personal manera de hablar, Agamenón Cervantes demostraba que seguía igual de
enamorado como al principio de la relación amigable, por lo que se olvidó de
Helena Beltrán. Lo malo es que cuando se marchaba, después de una hora y media
de conversación, dejaba el mismo vacío en el espacio. Agamenón Cervantes no se
sentía lo suficientemente capaz para decirle algo más allá de la amistad, como
si aquella timidez formara parte de su carácter.
Al quedar sola a puertas cerradas, Alexandra Pitre
no podía entender que las cosas siguieran así. La relación no avanzaba un solo
milímetro en las siguientes visitas de amor y amistad, y conociendo lo que él
sentía por dentro pensó en ayudarlo a que se declarara de una vez, porque creía
que su negativa respuesta en el pasado le había impuesto esa terrible pena.
Pensó que necesitaba hacerlo pronto, que quizás él había quedado tan
traumatizado con la desilusión anterior, que no se le declaraba en el presente
porque a pesar de su fuerte caparazón de narco, sentía un humilde complejo de
rechazo. Era como si un remordimiento la hiciera sentir culpable en su
interior, arrepentida de corazón, y por eso pensaba que ella misma en una
ocasión venidera le tomaría las manos para no ponerlo a esperar tanto,
sintiendo que ya él había sufrido bastante al haber estado inhumanamente lejos
de ella. En cuanto llegaba en dos carros lujosos, Agamenón Cervantes era el
hombre más educado de la tierra. Se quedaba sentado en la estrecha terraza,
arriesgándose a los enemigos insurgentes y agentes de la DEA que estaban en la
ciudad, sólo por no faltarle el respecto y conquistarla fácil como a los otros
amores de paso. De modo que por muy cerca que estuviera sentado a su lado,
tapado por la camioneta sin que la gente de la calle lo reconociera, solamente
se atrevía a tocarle la mano para matarle un mosquito. En vista de eso,
Alexandra Pitre pensaba que nadie era más respetuoso que él, y se acostumbró a
mirarlo con más dulzura, aspirando que sintiera que ella también comenzaba a
estar muy enamorada.
No obstante, una tarde en que abrió la puerta se dio
cuenta de que llegaba un hombre diferente. Se saludaron con formalidad igual
que en cada una de las ocasiones, mientras Agamenón Cervantes se quedó bajo el
umbral y le pidió siendo alguien más abierto un vaso de agua. De inmediato,
Alexandra Pitre cruzó la sala, dirigiéndose hacia la cocina a buscar el vaso
pedido, sin imaginar que todo era un diminuto pretexto de él para estar a solas
con ella. Antes de abrir la nevera en la cocina, notó que Agamenón Cervantes la
había seguido en silencio con claras intenciones de amante, y se encontró con
sus ojos marrones, que volvían a ser brillantes como los de aquel muchacho
empedernido del pasado. Se precipitó a besarla con una fuerza brusca y animal,
reteniéndola contra su fuerte pecho de león en rugido, para llevar a cabo un
acto de cinco minutos que le había costado muchos años de sueño estando en la
lucha. Alexandra Pitre le respondió dulce como el azúcar, conmovida al sentir
por primera en su vida un amor que pesaba más de una tonelada.
Fue tan fuerte la temperatura con que comenzaron a
amarse, que Agamenón Cervantes llegaba más temprano de lo que acostumbraba, y
sólo respiraba tranquilo cuando alcanzaba a verla bajo el umbral, bella como la
luna de noviembre. Entonces la arrastraba a un rincón de la casa, donde la
besaba hasta que se cansaba de amarla. Era algo que lo llenaba, que lo volvía
más humano y lo introducía en su alma de mujer. En su interior, Alexandra Pitre
se preguntaba cómo había esperado tanto para aceptar vivir ese capítulo
complaciente de la vida, que tanto le gustaba como ser una talentosa enfermera.
Fue por eso que prefirió que cuando estuviera de visita pasara más horas en la
sala que en el exterior de la terraza, para no seguirlo poniendo en riesgo con
sus enemigos. Agamenón Cervantes aceptó encantado la propuesta, sintiendo cómo
ganaba terreno en su corazón. Se hicieron más a la confianza íntima, donde la
pasión descorría la cortina invisible en pos de ir prosiguiendo en la vía del
amor. En una ocasión, él aprovechó para confesarle las cosas imposibles que
había hecho en la vida buscando llamar la atención de ella en un presente como
aquél, demostrándole a la humanidad entera lo que cualquier hombre puede
realizar por amor.
Era un secreto grande, que no podía dejar de contar.
Estaba en la región más profunda de su alma, le pesaba entre más pasaban los
meses y los sucesivos calendarios, y sólo hablando con ella se podía desahogar
como un ser humano. La había querido tanto años atrás, se había ilusionado con
su idilio esquivo que no encontraba, que en algún momento llegó a sentir que
era muy feliz con ese amor platónico, aunque ella desde la distancia no le
correspondiera. En cualquier parte pensaba en eso aunque estuviera durmiendo, y
siempre tuvo claro que ella era la mujer más importante de su vida mientras se
desarrollaba como narco. Alexandra Pitre lo escuchaba en silencio,
tremendamente conmovida por dentro. Nunca se imaginó que por culpa de su
belleza mulata, alguien hubiera decido cambiar la vida hasta esa dimensión.
En la soledad, ella se acostaba en la oscuridad de
la cama sintiendo que algo pesado le oprimía en el pecho. Se acordaba de las
cosas varoniles y románticas que él le decía cuando estaban juntos, y al tener
en cuenta ese heroísmo de amante clásico, se incomodaba en profundidad hasta
sentir rencor consigo misma. No podía creer que mientras fue una mujer feliz en
el mejor aire de su juventud, satisfaciendo a otro hombre que no la valoró como
pensó que estaba escrito, ya él había madurado las ondas sensoriales de ese
amor que ella ni siquiera tropezaba en el espacio. Le parecía injusto que
hubiera tenido que ser el hombre más triste del género humano, para decidir
cambiar como persona y estar esos días en su casa, dándole toda la felicidad
material y espiritual que se le podía dar a una mujer en este mundo. Las
lágrimas le salían por los ojos, sin poder evitarlas, por haber sido ciega,
injusta, individualista, poseída por la vanidad fulgurante, reconociendo al
respirar que su actitud adolescente no se debía a la inmadurez sino a su
instinto de sobrevivir en el laberinto del planeta, por lo cual anhelaba
compensarlo con pasión por esos años que transcurrieron sin su afecto de
doncella en pétalos, pero lamentablemente ese amor original se había quedado en
otros hombres. En cuanto lo veía, trataba de abrazarlo y dejarse besar con toda
la entrega de su parte que él necesitaba para sentirse mejor, sin que el propio
Agamenón Cervantes El Emperador entendiera bien qué pasaba. Éste era
sumamente feliz con poder verla en las tardes, conversar sobre la vida y la
gente que los rodeaba, pero habría de morir sin saber que Alexandra Pitre logró
amarlo más que a otro hombre sobre la tierra.
Por iniciativa de ella, se quedó una noche a su
lado, teniendo la posibilidad de compartir la soledad con esa misteriosa mujer
que parecía una serpiente arrastrándose por la madriguera. La misma Alexandra
Pitre apagó las luces de la sala más temprano que siempre, abrazándolo y
besándolo durante unos minutos, para recodarle quién era ella en su vida. Lo
guió por la oscuridad hacia el cuarto con una sapiencia de reptil caprichosa,
lo acostó en la cama mientras se quitaban la ropa, impetuosos, acalorados,
haciéndolo sentir con derecho infinito en ella. Se tendieron en la cama con
sábanas blancas y olorosas a jazmín, sin dejar de besarse y amar, sin tener
compasión al resto de la humanidad que estaba lejos de vivir ese bienaventurado
amor, que solamente cocinaba a los dos sobre la tierra. La encontró tan suya en
esa primera ocasión, entregada a su calor e impulsos incontenibles, que aceptó
que le tenía miedo a la muerte en cualquier lugar del mundo, menos cuando
quedaba tumbado en su sobaco. Fue como si el universo entero se hubiera
detenido en ese instante, porque después de tantos años soñando con ella,
armando la escena del encuentro inmortal, gozando su carne al desnudo había
entendido el único sentido de la creación. Se amaron por horas, ayudando a
resucitar el sudor cuando se estaba enfriando, buscando el calor en la piel
animal, de una forma intempestiva y sin justo descanso. Ella disfrutó con tal
arrebato la pasión, demostrándole su mejor prueba de amor, que ni siquiera
quería imaginarse cómo podía ser mejor la vida de una pareja humana, cuando no
se encontraba haciendo eso. La escuchó pedirle amor eterno para toda la vida, y
él más que nadie le prometió su feliz compañía hasta la muerte.
Desde entonces, se convirtió en su marido. Era un
hombre que estaba destinado a ser el compañero ideal de su vida, el que llegaba
a quedarse para siempre con su alma, y cuando se iba de la casa no podía pensar
en otra cosa aunque fuera de narcotráfico, donde no saliera la imagen
beatificada de ella. En esos días, huyendo de la justicia y cuidándose de sus
enemigos de extrema izquierda, Agamenón Cervantes no tenía por qué estar
dejándose ver la cara de nadie en Riohacha, pero desde que estaba al lado de su
querida Alexandra Pitre, cualquiera lo podía mirar almorzando a puertas
abiertas en esa casa del barrio Padilla. Alexandra Pitre le pedía que
permaneciera a su lado después de la siesta, y así pasaron muchas tardes
placenteras, inolvidables, creyendo que compartir tantas estando juntos, no era
un espacio apropiado para hacer el amor sino una buena fórmula de recuperar
aquellas horas perdidas de la juventud que no compartieron. Nadie podía pensar
que fueran tan felices cuando estaban encerrados y unidos como dos micos en la
jungla, y para él era más importante estar en la cama quitándole el brasier a
su amada Alexandra Pitre, que ser señalado por la prensa como el gran jefe del
cartel de la Costa.
Se volvió un habitante más de aquella casa y del
entorno residencial en el barrio Padilla, dejando la camioneta a un lado de la
puerta sólo en compañía de cuatro hombres, para que nadie sospechara viendo
tantos carros que el visitante era siempre el narco Agamenón Cervantes.
Sintiendo que él era el hombre de la casa, tomó la determinación de recordarle
quién era ella en su vida, y cuáles eran sus derechos naturales por el simple
hecho de habérsele entregado. Necesitaba tenerla más rato en el interior de la
casa, como su mujer natural, para estar seguro de que ella estaría tranquila
cuando él estuviera en la calle. Le pidió que abandonara su trabajo de
enfermera en la Clínica Riohacha, porque él era alguien que podía darle todo, y
además ella comenzaba a ser conocida públicamente como su amante. Para
Alexandra Pitre eso representaba un problema, por el amor ferviente al trabajo,
a la bonita profesión que obsesionó las mejores horas de su juventud, teniendo
en cuenta que se había pagado parte de los estudios con su propio esfuerzo y
sudor. Además, pensaba que aquel empleo en la clínica sería una garantía
adecuada para seguir teniendo de qué vivir, cuando él no estuviera cerca.
Sintiendo cuál era el sentido de su negativa, Agamenón Cervantes decidió
comprar esa casa a sus dueños para que dejara de estar pagándoles el alquiler,
dándole una inmensa felicidad que en ella no tenía antecedente, porque durante
meses había estado ahorrando dinero con la intención de comprarse esa vivienda
que tanto le gustaba. En otras calles de la ciudad, puso algunas casas a su
nombre, y un almacén de ropa con productos de fantasía en el centro. Le entregó
considerable dinero en efectivo y una parte del capital se la dejó en el banco,
para que quedara rica en caso de que a él le pasara algo o simplemente
decidieran terminar la relación. En el exclusivo barrio El Rodadero de Santa
Marta, estaba un hotel grande de fachada blanca donde se bajaban los turistas
privilegiados, y a la vez puso eso a nombre suyo en las escrituras. En fin, le
dio suficiente amor como bienes materiales, causando una emoción y felicidad
intensa en Alexandra Pitre que no tenían historia, quien también le dejó de
tener miedo a la vejez y la muerte desde que estaba a su lado.
Mientras tanto, siguieron viéndose en la casa desde
la primera tarde en que la trajo en el carro. A él le gustaba esa sala amplia,
esos muebles de cuero que ella había sacado fiados con sacrificio de un almacén
en el centro de la ciudad, ese comedor de madera donde almorzaba los mediodías.
Desde ese lugar hasta el corredor, el ámbito parecía como si fuera suyo,
incluso cuando pasaba parte de la siesta en la sombra del patio, y concebía
sueños menores a la extraordinaria realidad que disfrutaba todos los días. Le
gustaba la soledad que encontraba en el cuarto, donde se sentía más seguro que
en otra caleta para prófugo de la justicia, desde que no había regresado a su
mansión. Al lado de Alexandra Pitre, conoció por primera vez lo que era un
verdadero hogar con una mujer, y quiso renunciar a los planes de guerra para
asegurarse una vida larga con ella. Ésta se dio cuenta de que Agamenón
Cervantes estaba enamorado de su alma como nadie lo estuvo, y le preguntó si
había alguna manera de acabar con aquel problema. Él le dijo que por lado suyo
sí, pero que no podía descuidarse de la guerrilla, que veía en la contienda
armada una mina de oro. Eran sus enemigos eternos, por la sencilla razón de que
él apoyaba económicamente a los grupos paramilitares del Magdalena y La
Guajira. Por eso cuando estaban juntos trataban de sacarle el jugo a cada
minuto, en las arenas movedizas del amor, sin descuidar para nada los anillos
de seguridad aparentemente invisibles en la parte de afuera.
Cada vez que sucedían esos encuentros, Alexandra
Pitre estaba positiva e iluminada con la pasión. En una de esas ocasiones
después del almuerzo en la sala, no lo dejó ir a la calle, para que hiciera la
siesta. En su cuarto lo retuvo por un largo rato, obligándolo a que
permaneciera al lado de ella con la idea de jugar, hacerse cosquillas, pelear
de mentira a ver quién tenía más fuerza, reírse de algún chiste. En ese estilo
juvenil habían profundizado más esa confianza de amistad, que tenía más fuerza
que el mismo amor. Por eso, sintiendo que la mujer que tenía enfrente era una
verdadera fiera humana porque con sus uñas quería ayudarlo en aquella guerra
declarada a Rodrigo Ballenas y sus aliados de la guerrilla, Agamenón Cervantes
le dijo que por su sangre guerrera parecía familia de Juan Pinto.
-¿Por qué? –preguntó ella.
Él indicó que por su espíritu de pantera discreta al
acecho, y Alexandra Pitre complacida entendió.
-¿Sabes cuál nombre deberías tener? –le preguntó él.
-Cuál.
-María Alejandra Pinto.
La mujer quedó silenciosamente pensativa al escuchar
esa respuesta, sin tener en cuenta que quien se la daba era objeto de una
inspiración suprema, que tocaba el lado más profundo de su corazón. «Tú también
hubieras sido enemiga de Los Gavilanes», continuó diciéndole su amante
en tono de burla. Ella conocía bien la historia del legendario Juan Pinto en su
guerra con Los Gavilanes, que marcó la manera de vida en Riohacha en los
años ochenta cuando era admirado como un patrón El Gavilán Mayor, un
marimbero que tuvo mucha fortuna, poder y fama en la sociedad local, por boca
de su madre cuando apenas era una niña en la casa. En una ocasión, se la había
escuchado a un buen muchacho llamado Juan Carlos Herrera “El Escritor del
Muelle”, seudónimo que tenía por estar en las tardes al lado del muelle mirando
el mar Caribe que lo inspiraba, quien estuvo enamorado en algún tiempo de ella,
y andaba investigando la vida del difunto Juan Pinto para hacer una
novela-reportaje. No hablaron más de aquella popular guerra del pasado, durante
esa tarde y en las venideras, inventando otros juegos de humor cuando faltaba el
amor. Sin embargo, la muchacha siguió pensando en el mismo tema beligerante, y
le gustó tanto el nuevo nombre que le puso, que en los días siguientes cuando
se acordaba de eso, se preguntaba por qué sus padres a la hora de bautizarla no
la habían registrado con esos dos nombres y ese mítico apellido.
Agamenón Cervantes continuó viviendo con ella, por
unos meses más. Cada vez que podía se quedaba durmiendo a su lado, sin miedo de
un posible atentado, atraído únicamente por la fuerza magnética del amor. En cuanto a los agentes del DAS, que
habían dejado de buscarlo por varias partes de Riohacha como una operación
sorpresa, no le preocupaban. Conocía el nombre de cada uno de ellos, los
apellidos, la edad, el pueblo del interior de donde eran originarios. En
cualquier parte de Riohacha, había gente trabajando como espías para él, y le
tenían seguidos los pasos al personal corrupto de esta entidad con sede allí,
del que ya no confiaban. Siempre sabían dónde se encontraban, en qué calle
paraban los carros y frecuentaban la tienda donde se sentaban a tomar gaseosas,
atendidos por gente que al buscar los vueltos mantenía informado al
lugarteniente Pompeyo. En caso de que se encontraran cerca del barrio
Padilla, pasaban en seguida la comunicación y Agamenón Cervantes se marchaba en
su carro sin tener prisa.
En cuanto a los paramilitares, la relación con éstos
había decaído últimamente, teniendo en cuenta sus avances negociables con la
Ley de Justicia y Paz respaldada por el gobierno. Muchos jefes paramilitares
tuvieron la increíble oportunidad para comenzar de nuevo en la vida civil,
desmovilizándose como combatientes, como sucedió con Hermes Hernández HH.
Fue uno de los primeros personajes en entregar las armas, con sus miles de
hombres en la Sierra Nevada de Santa Marta, ante varios medios de comunicación
y la prensa internacional, y en compañía del comisionado de paz mandado por el
presidente de la república. Algunos cabecillas que lo acompañaban siguieron el
ejemplo, como había sucedido primero con los comandantes en el Magdalena Medio.
Éstos a su vez ponían sobre la mesa no sólo sus armas sino miles de soldados
armados, unos de ellos menores de edad. Varios pasaron por distintas mesas del
país, desmovilizándose para que ganara la paz. Eran tantos los paramilitares
que se entregaban queriendo reincorporarse a la sociedad íntegra, que se creía
que innumerables individuos se hacían pasar como paras sin serlo para
acogerse a los beneficios del gobierno, porque resultó que había más de
cuarenta mil insurgentes.
Agamenón Cervantes no veía en sus planes la
posibilidad de entregarse, por la sencilla razón de que había encontrado el
amor. En ningún momento de su vida se había considerado un paramilitar en el
buen sentido de la palabra, y si había ordenado la muerte de alguien no era por
estar del lado de la guerrilla, ni por diferencias en el negocio de la coca o
en la competencia del lavado de dólares, sino para responderles a los que
habían intentado quitarle la vida cuando se desplazaba tranquilo por la calle
quince en Cuatro Vías. Pensaba que no tenía problema con la justicia de su
país, teniendo en cuenta que sólo era un narco discreto. Sencillamente veía más
fácil abandonar el narcotráfico, que renunciar a su libertad en la calle donde
los demás humanos dejaban de respirar para que él se hartara de aire. En razón
de eso, quedaba a merced de un nuevo intento de captura por parte del gobierno
nacional al ser considerado un narcoparamilitar prófugo de la justicia sin
tener los beneficios de la Ley de Justicia y Paz, algo que amenazaba en serio
su vida.
Por eso un obstáculo mayor causaría que no siguiera
viéndose con su bella amante, como venía sucediendo en esos días. Se trataba
del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que desde Washington por
primera vez se pronunció en el caso de Agamenón Cervantes El Emperador,
después de haberlo venido estudiando en los últimos meses. Al parecer, le
presentaba al presidente de la república de Colombia una solicitud de captura y
extradición inmediata a Estados Unidos, donde en pocos años había logrado
introducir más de quinientas toneladas de coca. Era un narco de sumo poder y
jerarquía en la sociedad de la Costa Caribe, y dominaba el tráfico de droga
desde el norte de Colombia. Al lado del cartel del Norte del Valle, de la
guerrilla de las FARC y de los paramilitares del Urabá antioqueño, era
considerado jefe de uno de los carteles con mayores proporciones del continente
suramericano. Además se calificaba que era un experto en el lavado de dólares y
terrorista en acción, por estar financiando a grupos rebeldes al margen de la
ley dedicados al secuestro y el asesinato de civiles, como eran considerados
los paramilitares de la Sierra Nevada de Santa Marta.
A raíz de ese ultimátum, en toda la nación fue
posible conocer más características y versiones esparcidas sobre este personaje
de La Guajira, cuyo rostro fotografiado apareció en la televisión y en los más
importantes periódicos impresos del país. Era alguien de pelo crespo, de piel
trigueña, mirada lejana y aspecto de hombre mulato. En incontables empresas de
varios lugares del país, había lavado su dinero abriendo negocios personales
que no despertaban la malicia de las autoridades, les pagaba sueldo a unos
generales del ejército y de la policía en su región, siendo imposible desvertebrar
ligeramente esa fortuna por el gran número de testaferros con que contaba. Era
dueño de más de cien barcos que traían contrabando desde Panamá y de paso
llevaban coca camuflada por el mar Caribe, y cuatro de ellos habían sido
capturados por las autoridades en los últimos años al ir acercándose a la
península guajira, aunque no les encontraron contrabando sino dinero prensado
metido en las cajas donde supuestamente debían venir los televisores. Según las
autoridades, había logrado corromper a unos funcionarios del Cerrejón, cuya
empresa multinacional despachaba sus barcos llenos de carbón para distintas
partes del mundo desde la terminal marítima de Puerto Bolívar, un lugar
confiable donde nadie imaginaba que podía arribar droga. Las autoridades
hablaron con tanto cálculo de su fortuna, que mientras la gente local se
asombraba del gran dinero que había podido acumular El Emperador en tan
pocos años, a éste le hirió egocéntricamente que no dijeran la verdad: tenía
casi el doble de lo que habían publicado. Eran más de seis mil millones de
dólares bajo su poder, guardados en caletas, invertidos en bienes raíces,
haciendas, en negocios grandes y gastos propios, y era el cuarto
narcotraficante más importante de Colombia para sorpresa de última hora.
Con esas escandalosas publicaciones, Agamenón
Cervantes sintió que el mundo se le caía encima. Estaba acostado al lado de
Alexandra Pitre, quien veía el noticiero de las siete esperando con ansiedad
que comenzara la telenovela en el canal Caracol. En la cara de ésta hubo
sorpresa, aunque no imaginó lo que aquel problema significaría en sus vidas.
«Es algo grave, mi amor», dijo como un augurio. Estuvieron juntos, meditando a
veces en silencio y despiertos hasta altas horas de la noche, tratando de
desvanecer la preocupación con el amor compartido. En medio de la soledad,
llegaron a la conclusión de que él se tenía que marchar volando si querían
volver a verse igual que esa noche, porque la extradición para un
narcotraficante es peor que no haber nacido. Era como si el destino estuviera
conspirando de nuevo para que no estuvieran juntos hasta la eternidad, como
sucedió aquella noche lejana en que siendo ella una muchacha más enamorada de
sí misma, le dijo que no en la terraza de su tío.
Con la idea de que en Riohacha no había garantía
para su seguridad personal, Agamenón Cervantes tomó la determinación de
marcharse en cuanto despertara. Alexandra Pitre estuvo de acuerdo por lógica,
sin tener el menor presentimiento de que aquello sólo era el comienzo del
infierno. En medio del débil sueño, tuvo una mala imagen que al despertar no
recordó muy bien. Estuvo con él toda la mañana, esperando que saliera del baño,
viéndolo cambiar después en el cuarto, mientras le buscaba la colonia en el
armario. Después estuvo a su lado cuando estaba atravesando la sala, hasta
salir a la puerta de la calle. En la terraza solitaria bajo el cielo nublado
estaban dos camionetas para su disposición, con hombres armados comandados por
el buen Pompeyo. Antes de encarar a este último que le abría con diligencia
la puerta de su Toyota Prado color plateado, Agamenón Cervantes se despidió con
calor de su bella mujer, diciéndole que en cualquier instante la llamaría por
teléfono.
Se fue en seguida de Riohacha, al lado de unos
hombres donde había paramilitares. Estuvo acompañado más adelante por su amigo
Darwin Castañeda Conhonor, en una ranchería cercana al otro lado del
puente Guerrero. En varias ocasiones, le tocó quedarse a dormir en distintas
partes donde no le hubiera gustado estar, en fincas poco llamativas y cabañas
cerca de la Troncal del Caribe, donde aprovechaba las horas de soledad para
pensar más en su adorada amante que en la fantasmal extradición. Después se
dirigió a Puente Bomba, el pueblo pequeño que estaba a un lado del río Tapias.
Desde la hacienda ganadera que tenía cerca, habló por celular varias veces con
Alexandra Pitre: era la única manera de mantenerse al lado del sueño que
activaba sus más primitivos instintos. Cuando las autoridades aumentaron la
intensa operativa en su búsqueda, entró en Dibulla, el pueblo en que nació,
creció y donde se sentía más seguro que en la misma Riohacha. En este apartado
lugar la gente le brindaba un respaldo general, y sin importar que fuera
perseguido por el gobierno ante el pedido de extradición se sentían orgullosos
de que estuviera de vuelta, aunque no se dejara ver la cara en la calle. Para
sus pobladores, era una buena idea que las autoridades lo estuvieran buscando
en todas partes, porque así la vida les estaba dando la oportunidad de tener
nuevamente entre sus vecinos a Agamenón Cervantes. Sin embargo, una mañana
alguien le avisó a su lugarteniente Pompeyo que unas patrullas de la
policía estaban entrando al pueblo por la esquina de Casaluminio, y tuvieron
que irse por la orilla del mar directo a la desembocadura del río Cañas.
En ese sentido estuvo en Mingueo, el pueblo al borde
de la carretera negra, y luego en compañía de sus hombres subió por las
montañas, tomando el camino de la finca grande del difunto Diomedes Zubiría. En
cualquier cerca por donde iba pasando en su carro, se daba cuenta de algo: la
evidencia de que la mayoría de los paramilitares estaban desmovilizándose, sin
ningún reparo. Era como si hasta estos insurgentes sometidos por comandantes
menores temiendo por la propia seguridad, le estuvieran dando la espalda,
creyendo bastante en la Ley de Justicia y Paz adelantada por el gobierno
nacional. Al lado de pocos hombres y una docena de paramilitares, se bajó del
carro y anduvo sobre un caballo más allá de La Cuchilla al ir llegando al río
Santa Clara, teniendo como destino una región profunda de la Sierra Nevada. Era
la única manera de estar lejos de la carretera, que controlaba con
arremetimiento la ley.
Las autoridades tenían órdenes exclusivas de
capturarlo como fuera, para meterlo al interior de una avioneta y trasladarlo
desde el mismo sitio a una cárcel de Miami. En su búsqueda, el gobierno
nacional ofreció cinco millones de dólares como recompensa a su cabeza, y
dispuso de un buen aparato militar y tecnológico. Muchos aviones militares
sobrevolaron el cielo de La Guajira, la línea divisoria con el Magdalena y el
Cesar, y por tierra había tantas autoridades en Riohacha y en los pueblos
vecinos de la Troncal del Caribe, que el número de sus habitantes aumentó
considerablemente. Era normal ver esa gente buscándolo igual que a un hombre
peligroso, cumpliendo operativos imparables como si Agamenón Cervantes le
hubiera declarado la guerra terrorista al Estado. En las calles de Riohacha, el
mismo tema estaba en boca de las personas, de la gente caminando en el mercado
público, y los espías se hacían pasar desde emboladores de zapatos hasta
vendedores de lotería, recogiendo cualquier clase de información posible en el
reconocido sector de Cuatro Vías y el barrio Veinte de Julio, un lugar que era
considerado santuario de protección para él. Esta gente se acostumbró a
convivir con los uniformes verdes y el aparato militar del Bloque de Búsqueda,
que cometía toda clase de atropellos con la excusa de encontrarlo, cuando en
verdad andaba detrás de sus caletas de dólares y de capturar a los testaferros
adinerados.
Jeison Barros alias JeiCD, con quien había
comenzado la amistad en el gusto de la música vallenata y había terminado
involucrado en el narcotráfico, fue el primer peso pesado del cartel en entregarse.
Durante algunos días, consciente de que tenía suficiente fuerza militar y
económica, estuvo escondido por los lados de Santa Marta, en cuyo puerto
marítimo habían sacado bastantes kilos de coca al inicio de su carrera. Pero en
vista de los operativos que tenía el Bloque de Búsqueda en ese lugar y
sintiéndose desamparado por la ausencia del jefe paramilitar en la Sierra
Nevada, se marchó de la ciudad y volvió a su Riohacha del alma, donde se
refugió en un escondite seguro. Estaba ubicado en una casa pequeña del barrio
Che Guevara, donde tuvo mejor oportunidad de pensar, respirar con calma,
teniendo una noción específica sobre su situación judicial. Alguien cercano a
él como lo era su abogado, le habló bien de la Ley de Justicia y Paz negociable
con el gobierno nacional donde se podía cobijar como jefe paramilitar de la
Sierra Nevada de Santa Marta, debido al apoyo económico que también él había
dado. Le pareció que era el único camino que quedaba, sin preocuparle que nunca
se hubiera puesto encima el uniforme de aquel grupo de extrema derecha, para
seguir el ejemplo de sus secuaces insurgentes que estaban presos, porque de ser
capturado como delincuente y traficante de droga no tendría beneficios
jurídicos y seguramente sería traslado a Estados Unidos sin más bulla, como su
gran amigo Antonio Cervantes que estaba en la ficha de los más buscados en
Barranquilla. De manera que en una ocasión se puso en manos de las autoridades
al lado de este último, al haber tenido la posibilidad de demostrar que era un
paramilitar metido por accidente en el narcotráfico, causando escándalo
nacional con eso.
En vista de cómo estaba la situación que amenazaba,
Darwin Castañeda alias Conhonor también se entregó a la justicia. Era
alguien de sumo poder a quien las autoridades reconocían como el verdadero
cerebro traficante de la principal organización de la Costa, en cuanto al
despacho de droga al exterior, recibo de dinero y lavado de dólares. En los
últimos días andaba escondido como un fugitivo más del país, apenas teniendo
contacto con Agamenón Cervantes para rendirle cuentas de su imperio económico,
por temor de que la llamada estuviera interferida por el FBI, y fuera capturado
en pocos minutos aunque estuviera escondido dentro de un ataúd. El Bloque de
Búsqueda se puso a buscarlo frenéticamente, sabiendo que era el narco más rico
después de Agamenón Cervantes El Emperador en el gran cartel, aumentando
la cacería, la persecución, detrás de cualquier información importante,
asaltando lugares donde se presumía que estaba, pero errando en varias
oportunidades. Entonces él y su hermano menor Mecho Castañeda, estuvieron
refugiados por una semana en Fonseca donde había nacido el primero, pero más tarde
tomaron la decisión de entregarse a las autoridades como paramilitares
arrepentidos, porque se sentían más seguros con la Ley de Justicia y Paz, que
con el sólo hecho de pensar un instante en un país del norte llamado
legítimamente United States. Con esa estrategia, pasaban como paramilitares
dedicados al comercio de droga y no como narcos civiles que respaldaban el
paramilitarismo en la región. En la cárcel de
Itagüí no pudo seguir con el negocio de la coca, que venía manejando a
narcos del interior en nombre de su mejor amigo, compartiendo una celda cercana
con otros supuestos narcoparamilitares como Alberto Palmarroza alias Palma,
quien ya se había entregado desde Medellín. Éste estaba muy tranquilo en la
penitenciaría, teniendo gran convivencia con unos jefes paramilitares de verdad
verdad, en especial con HH que se había hecho buen amigo suyo.
Por su parte, desde que se había puesto en
conversación con Rodrigo Ballenas en su finca platanera a pocos kilómetros de
La Punta, el frente 55 de la guerrilla no había hecho otra cosa que planear el
secuestro y asesinato extremado de Agamenón Cervantes. Para este grupo rebelde,
el fenomenal desmonte de los paramilitares de extrema derecha por la conocida
negociación con el gobierno, era una nueva y grande esperanza de reivindicarse
en el control territorial y militar del país, teniendo en cuenta la importancia
crucial que tenía la zona de la Sierra Nevada de Santa Marta. Estaban
abriéndose paso en todos los caminos, recorriendo parte de la selvática comarca
rica en biodiversidad que meses atrás no se hubieran atrevido a caminar por la
presencia enemiga de los paramilitares, matando a todo aquel que sin ser paraco,
alguna vez hubiera visto aunque fuera de lejos la cara trigueña de Hermes
Hernández. Algunos soldados paramilitares que no se desmovilizaron, por miedo
de que el presidente no les cumpliera con la propuesta de reincorporarlos a la
vida civil, terminaron por vincularse a la guerrilla para seguir viviendo en
aquella región irremplazable que consideraban su única ideología. Fue así como
los insurgentes de izquierda volvieron a tener un mejor control militar que en
el pasado, sobre esas tierras que bajaban en desborde a la Troncal del Caribe.
Fueron vistos en incontables lugares, haciendo ronda silenciosa, averiguando
por la vida del narco, e incluso una madrugada se sintieron sus botas en las
calles de Dibulla. Sin pensarlo tanto, se establecieron en los alrededores de
Perico y Camarones, esperando una oportunidad para tomarlo por sorpresa y
matarlo.
En esas circunstancias, personas de la organización
se dedicaban a obtener pistas claves sobre la ubicación de Agamenón Cervantes
en Riohacha, para adelantárseles a las autoridades. En esta arenosa ciudad,
donde la paz parecía arrasada por la brisa proveniente del norte, era imposible
saber algo de él desde que su mansión de la calle trece fue registrada por
agentes del DAS y estaba considerada por el gobierno nacional en extinción de
dominio, al igual que más bienes raíces y empresariales de sus testaferros. Esta
institución policial lo había buscado en otras partes de la ciudad, sin contar
con suerte. Sólo que más tarde la guerrilla se enteró de que había vivido en la
casa de una mujer de aspecto moreno, a quien en apariencia había conocido unos
meses antes. En seguida supieron quién era la concubina, y decidieron vigilarla
sin parar. En muchas ocasiones, pasaron con cuidado por la fachada de la casa,
dándose cuenta por la puerta de ésta que se la pasaba cerrada, de que ya era
demasiado tarde. Ni siquiera Alexandra Pitre en la soledad, tenía la menor idea
de dónde se encontraba su narco amante.
Enterado de esa novedad, Rodrigo Ballenas entró de
nuevo en la escena. En una de las conversaciones que mantuvo con el jefe de la
guerrilla en su finca La Cascabel, le hizo ver una cosa. Para él, era muy claro
que si procedían y mataban a aquella mujer sobre la que ya tenían conocimiento
de su pasado y del trabajo que tuvo en la Clínica Riohacha, Agamenón Cervantes
estaría dolido de muerte como buen amante y saldría a enfrentarlos. «Según
conozco, su debilidad es esa mujer» acertó como una víbora experta en la
materia. Sin embargo, la guerrilla -más
inteligente que él- le hizo caer en cuenta de algo más trascendente: eliminar
físicamente a Alexandra Pitre, significaba deshacerse del único anzuelo que los
mantendría cerca del tiburón ballena. Estarían pendientes del movimiento en los
alrededores de su casa, porque presentían que en cualquier momento el capo se
comunicaría con ella aunque fuera un segundo para sentirse a su lado.
La situación llevó a Rodrigo Ballenas a pensar que
después del atentado que le hicieron, ya no tenía nada que ver con aquella
guerra. Por culpa de la decisión firme de aquel jefe, tuvo un oscuro malestar
que afectó su espíritu, enfermó su cuerpo y lo distanció de la guerrilla. Tenía
la intuición indígena de que ésta lo había usado para obtener cierta
información al respecto sobre el territorio estratégico de La Guajira, de los
nuevos ricos que mandaban, y que finalmente con disimulo lo estaban apartando a
un lado. Continuó su colaboración con ella en cuanto a los datos de bienes
millonarios del narco enemigo en Riohacha, pero sospechado que al final de la
contienda triunfante apenas tomaría una parte del botín. Fue sucediendo
paulatinamente así, tal como él presentía. Una vez terminado el conflicto
armado, Rodrigo Ballenas, sin la misma fuerza de antes, viejo y delirante, fue
asesinado y enterrado por la guerrilla en su misma finca, sin que nadie se
diera cuenta de nada para publicar la noticia.
Si hubo alguien que sufrió con todo lo que estaba
aconteciendo, fue Alexandra Pitre. La ausencia de Agamenón Cervantes en su
casa, en las veinticuatro horas de su vida, le sirvió para convencerse de
cuánto lo quería por encima de las cosas magníficas que la rodeaban. De mujer
alegre y feliz de su propia vida, pasó de repente a la oscuridad intensa, como
si ya estuviera guardando luto en esa casa del barrio Padilla. La pasaba
encerrada, asomada por la ventana de la calle, a veces temiendo por su propia
vida pensando en un posible atentado de bomba dirigido de repente a ella, y era
visitada por pocas personas de confianza, como su madre que se vino desde
Hatonuevo para estar unos días a su lado. Algo le decía en la región más
profunda de su alma, que los organismos de inteligencia sabían perfectamente
quién era ella y que existía la posibilidad de que la estaban vigilando con
constancia, pendientes de cada acto que llevara a cabo. Meditando eso, creía
que al igual como había sucedido con otras mujeres, su amante empedernido se
había olvidado de ella. En cuanto recordaba algo especial, en seguida se
tranquilizaba. Tenía las pruebas suficientes para descansar y seguir ilusionada
con el alma, porque la vida le había demostrado que en cualquier lugar donde se
encontrara –incluso más allá de la oscura muerte-, Agamenón Cervantes siempre
estaría pensando en ella.
Su relación con el mundo no volvió a ser igual, y
desconfió de aquellas personas que en apariencia trataban de consolarla. Era
maliciosa cuando le hacían una pregunta relacionada con su amante, pero en
cambio al quedar sola quería buscar a alguien cercano con quien llenar ese
vacío. Se volvió una mujer desesperada, que perdía la paciencia con facilidad,
teniendo delirios, escuchando voces desconocidas y burlonas en el ámbito
tenebroso de la madrugada, y cada mañana que despertaba sentía el anhelo de
verlo cerca en su almohada aspirando jurarle amor eterno. En realidad, eso era
lo único que le faltaba para que él la quisiera más que antes. Estimulada por
esa luz en su vida, le hizo saber por medio de alguien que en caso de que
cayera en manos de la justicia norteamericana, también ella iba a estar a su
lado para ser extraditada a EE.UU., reconociendo que por culpa suya él estaba
metido en el narcotráfico. Le parecía mentira que una mujer joven como ella
estuviera pasando por eso, completamente enamorada de alguien que ni siquiera
tenía esperanzas de volver a ver.
En una ocasión, sonó el teléfono que estaba en un
rincón de su sala. Alexandra Pitre se dirigió caminando para responder, sin
tener la menor idea de quién la estaba llamando. Al darse cuenta de que era la
voz de Agamenón Cervantes, en vez de sorprenderse se asustó, porque presentía
que estaba siendo escuchada por algún organismo de inteligencia con base en
Riohacha. Sintió una inmensa alegría en el corazón, porque últimamente se había
acostumbrado a escuchar esa voz en la mente y no en sus tímpanos reactivados.
El narco fugitivo, más que hacerla feliz con la conversación, quería
anticiparle algo importante.
-Necesito que estés tranquila –le dijo.
Alexandra Pitre sintió que tenía que ser así. Por su
parte, Agamenón Cervantes le dijo cuál era la verdadera intención de su
llamada:
-Me voy a entregar a la justicia, para bien de
nuestro amor.
Era claro que no podía demorarse hablando, por lo
cual ella evitó preguntarle algunas cosas que necesitaba saber en su alma.
Agamenón Cervantes le dijo algo al respecto sobre la Ley de Justicia y Paz, que
estaba acogiendo a bastante paramilitares que evitaban la extradición, porque ya
se había puesto de acuerdo con un abogado y el vocero del gobierno nacional
para entregarse. Era lo mejor que le podía pasar, siguiendo el ejemplo de sus
compañeros Jeison Barros y Darwin Castañeda Conhonor, que ya estaban
bien en la celda, llenos de tranquilidad y esperándolo con impaciencia antes de
que lo mataran. En el instante de desaparecer de la línea, le indicó que ya
encontraría la ocasión para seguir hablando de una mejor manera con ella.
Durante el resto de esa tarde, Alexandra Pitre tuvo
motivos para ser la mujer más feliz de la tierra. Tenía razones suficientes de
estar así, con el ánimo cambiado y unas ganas de vivir mil años más, resultado
de aquella llamada que rejuveneció su alma hasta los diecisiete años. Le
parecía que ésa era la única solución que había, porque para ella era más
trascendente visitarlo de vez en cuando en la cárcel de Itagüí –junto a los
demás paramilitares presos-, que llevarle flores moradas al Cementerio Central
de Riohacha. Su espíritu mejoró con intensidad, encendido con la llama de tal
esperanza. En su interior, era consciente de que el narco dibullero era el amor
más grande conocido en su vida.
Por medio de alguien, Agamenón Cervantes le mandó a
decir en secreto que había encontrado una solución para tener un encuentro
único, antes de entregarse a las autoridades. En los días anteriores, había
comprado una casa ubicada en la calle doce donde antes estuvo la oficina del
principal quincenario local Causa Guajira, dirigido y escrito en la
editorial por el mejor periodista de la región, Pepe Palacio Coronado. En
cuanto se enteró de este episodio interesante para la opinión pública, desde su
nuevo departamento de trabajo en la calle quinta, Pepe Palacio había de
escribir el mejor reportaje del año que no sólo se imprimió con su firma en la
península, sino en varios medios rotativos del país. Estaba en un buen sitio, a
pocas cuadras de la Carrera del Comercio que tenía bastante vida a la
izquierda, y ella podía mudarse sin que nadie se diera cuenta, quitándose la
vista de las autoridades. Muy cerca a cuadra y media de la terraza, funcionaba
el Mercado Viejo. Diagonal estaba el supermercado Provisiones Caracas en la
misma carrera comercial, y al estar apartado de miradas sospechosas por ser
casi el centro de la ciudad, facilitaría ese anhelado reencuentro con el que
ambos fantaseaban desde hacía más de cuatro meses que llevaban sin verse.
En una ocasión nocturna, Alexandra Pitre sintió que
le tocaban despacio su puerta en el barrio Padilla. En seguida abrió con una
llave, reconociendo a unos hombres como compañeros de confianza de Agamenón
Cervantes. Fue metida en una camioneta parada en el andén de la calle por más
hombres que estaban al servicio de su amante, para alejarla en seguida de allí,
aprovechando que los vecinos estaban durmiendo. Se dejó conducir por algunas
calles, en medio del silencio absoluto, comenzando en la esquina del Liceo
Almirante Padilla cuando dobló a la izquierda por la Avenida de los
Estudiantes, y más adelante por la Calle Primera que estaba menos solitaria que
otras partes de la ciudad, iluminada hasta sus palmeras en la playa. En
seguida, después de bajar en contra vía por la Carrera del Comercio, fue metida
en aquella casa de fachada oscura que no conocía, a cuadra y media del Mercado
Viejo. Antes de cerrar la puerta, le advirtieron con cautela que no podía salir
a la calle aunque fuera por cinco minutos al día siguiente, ni asomarse por la
ventana de la sala, mientras no se presentara la oportunidad de verse con su
narco amante.
Dos noches después, una camioneta Toyota Prado color
plateado se presentó en su terraza en medio de un recorrido normal. Agamenón
Cervantes se bajó después de que lo hicieron sus cuatro únicos guardaespaldas,
consciente de que si estaba acompañado de más carros y numerosos hombres,
pondría en alarma a la ciudadanía y las autoridades competentes. En el momento
en que iba a tocar la puerta de manera leve, Alexandra Pitre le abrió por
adelantado, pues desde hacía una hora había estado esperándolo por la oscura
ventana sin encender la luz, para que desde la calle ningún organismo de ultra
inteligencia reconociera su silueta detenida en la cortina de algodón. Al
momento de verse bajo el umbral donde abundaba la penumbra, se reconocieron
como las personas más enamoradas del mundo. Entonces se abrazaron, se besaron,
contagiados como dos niños en recreo, cerrando la puerta para estar solos y en
mejor estado íntimo, mientras sus hombres se quedaron en la parte de afuera
preocupados porque algo malo pudiera suceder.
Agamenón Cervantes estaba tan feliz con verla, que
ni siquiera trató de reconocer cómo era la sala amplia a donde acaba de llegar.
Se olvidó de contarle las dificultades que había tenido que superar para entrar
en una Riohacha patrullada metro a metro en los andenes por las autoridades,
sin llamar la atención a dos calles de allí donde estaba el Mercado Viejo
vigilado por los militares, y se entregó a sus besos y caricias que borraban
hasta la sombra de miedo. Alexandra Pitre sonrió a pesar de las lágrimas que la
embargaban, y muy feliz se puso a llorar. Su voz era desahuciada y débil, pero
estaba llena de puro amor. Agamenón Cervantes la besó incontables veces en el
rostro risueño, antes de que ella comenzara a llevarlo directamente a su
cuarto, donde la soledad era un infierno infinito cuando estaba sin él.
En esas cuatro paredes donde jamás había estado,
Agamenón Cervantes apenas reconoció a la mujer de ojos de serpiente escurridiza
que tomó con energía la iniciativa. Lo ayudó a desvestirse antes de darle
tiempo de amarla, dispuesta a entregársele como la hembra que por ley natural
toda la vida se mereció, y no la de alma distante que en la juventud él deseó
tener. Se acostaron con suavidad en la cama, donde la sensación de que nada era
eterno, los llevó a quererse como nadie antes en la vida había amado. La abrazó
con una fuerza de huracán recargado, impregnándose de su fogaje que quemaba la
respiración. La besó sin detenerse, sin contenerse, recorriendo la superficie
de su piel y cada centímetro de su cuerpo con olfato de tigre, como se lo había
imaginado miles de veces en las noches de insomnio, en la abismal intemperie,
aguantando frío y atacado por los mosquitos de la sierra, temiendo más por la
DEA que por un alacrán y la cascabel que sintió repiquetear a su lado, a veces durmiendo
en la hamaca que le prestaban los arhuacos para que la idealizara mejor. En
medio de la más completa oscuridad que imaginaron, percibieron la
fosforescencia mutua que despertaba el candor de dos ángeles que abandonaban
sus alas en el aire, para volverse eternamente amantes de carne y hueso en la
tierra. En cuanto terminaron de hacer el amor como un rayo intempestivo, el
narco tuvo la certeza de que la amaba más que antes de conocerla. Cambiando su
sonrisa por un gesto inesperado y con la sábana puesta encima, Alexandra Pitre
quiso saber qué le pasaba al verlo extrañamente afligido de un momento a otro.
-No es justo que me pase esto –dijo Agamenón
Cervantes-. Sólo estoy enamorado de ti.
-Ahora sí estoy segura de eso –admitió ella.
Estuvieron un rato desnudos en la cama, tocando el
inevitable tema de su situación grave. Él repitió que tenía bastante fe en
entregarse finalmente a las autoridades de su país, para salir del escondite
donde estaba sufriendo igual que un secuestrado, y no volver a soñar con el
gran amor que lo ponía a oír canciones, como cuando era un muchacho recién
venido de Dibulla que tenía la posibilidad lejana de esa relación.
-Es la única manera de que este amor no se termine
–le dijo.
De resultar así, podrían tener nuevos encuentros. Ella
podría visitarlo cuando quisiera, e incluso se podía mudar a Medellín, para
estar más cerca de su cárcel. Al igual que hicieron socios cercanos como Hermes
Hernández, que tenía su mujer e hijos que ya no dejaban de visitarlo. Al salir
libre por haber pagado unos cuantos años de condena, podrían comenzar una nueva
vida. Estaría dispuesto a vivir todos los días bajo un mismo techo, probar su
almuerzo de pescado frito y discutir de vez en cuando hasta los insultos por
cualquier pendejada cotidiana, porque ésa es la prueba más grande de que existe
el amor. «Algún día volveré a ser alguien en Riohacha con una vida normal», le
dijo él. Alexandra Pitre lo escuchó, serena, ilusionada, sabiendo que ése era
el único camino que quedaba. Sentía que lo amaba sin más señales, por ser
alguien bueno e inteligente como pocos hombres en la memoria humana. Pero
cuando se iba a levantar de la cama, le tomó del brazo y no lo dejó. Según
dijo, estaba presintiendo algo malo en su corazón.
-Déjate de eso –le dijo él, sonriente-. Acuérdate de
que estás con El Emperador.
No hablaron más por un instante, hundiéndose en un
silencio parecido al abismo imperecedero, donde la respiración de ambos conectó
el espíritu marital con tal claridad, que cada quien miraba el pensamiento del
otro con sus propias imágenes y desconocidos colores por el ojo humano. Se dio
cuenta de que Alexandra Pitre estaba un poco asustada, y le aclaró que cambiara
de semblante, porque eso le hacía daño a su morena belleza. Por el contrario,
ella le pidió que se quedara esa noche. «Te lo suplico, mi amor», insistió con
profundidad. Agamenón Cervantes no le hizo caso, pensando que la verdadera
amenaza de sus vidas ya estaba acabando. Se puso el pantalón y la camisa sin
que ella se los pasara, sabiendo que no lo iba a hacer como en otras ocasiones,
concluyendo que se había quedado a su lado más de lo acordado con sus hombres,
y que tenía que irse rápido para que nadie entrara en sospechas por la
reconocida camioneta que lo estaba esperando afuera. Entonces intentó darle un
beso en los labios con que quería quitarle la angustia a su fisonomía herida,
pero Alexandra Pitre lo esquivó, como dándole a entender que no estaba de
acuerdo con que la dejara tan pronto para irse a la cárcel.
Agamenón Cervantes trató de ser específico, en esa
escalofriante situación.
-Me tengo que ir ya, para no seguir poniendo en
riesgo tu vida –le dijo.
Sólo cuando vio que en serio se marchaba del cuarto,
Alexandra Pitre se levantó de la cama y se vistió para acompañarlo. En su
interior, quería asegurarse unos segundos más a su lado para tener un mejor
recuerdo en la larga soledad sin él, y al avanzar por el corredor cruzaron la
sala sin haber encendido un solo bombillo en toda la estancia del amante
secreto. Ésta era bastante espaciosa, con techo de cielo raso, unas puertas
alrededor, y los muebles que encontró la primera noche. Había un escritorio de
madera, donde ella escribía con tinta negra las cartas de amor que jamás le
mandó ni él conoció. En la puerta, Agamenón Cervantes se detuvo en silencio
antes de abrirla, para abrazar a su amante y besarla en la boca. Estuvieron así
pegados de los labios, viviendo un momento inolvidable y romántico, hasta que
ésta lo interrumpió sin explicación alguna, al fijarse en que sus ojos marrones
estaban brillantes en medio de la penumbra como adelanto de algo malo que iba a
suceder, pero no se sintió con seguridad de decirle lo que pensaba.
Agamenón Cervantes apareció firme en la terraza,
llenando de tranquilidad a sus hombres inquietos. Éstos estaban al lado del
carro mirando hacia todas partes, bajo la oscuridad que reinaba en el cielo, y
no se sentían seguros en Riohacha donde estaban debilitándose los
paramilitares. En el momento de bajar y saludarlos, Agamenón Cervantes volvió
la mirada a su única amante. Alexandra Pitre estaba allí, triste, parada bajo
el umbral, demostrándole un amor de sueño corto con la mirada. Entonces le hizo
adiós con la mano, antes de que ella cerrara la puerta y caminara a su cuarto
sufriendo por la extensa soledad que le esperaba en adelante mientras él se
acogía a la Ley de Justicia y Paz, para permanecer unos cuantos años en una
cárcel de Itagüí.
Cuando estaba caminando por la calle, él iba
pensando en alejarse de allí para resolver entonces su situación. En el momento
en que daba la media vuelta buscando montarse del lado derecho de la Toyota
Prado, se cumplió el presagio de Alexandra Pitre. Alguien salió de una esquina
cerca de donde pasaba la Carrera del Comercio, disparando una ráfaga de
metralla contra él, sin darle tiempo siquiera de abrir la puerta. Agamenón
Cervantes se había preparado física y psicológicamente ante una situación
sorpresiva como ésa, por lo que sacó su revólver 38 para responder a los que le
hacían el atentado. Entre los cuatro hombres que le servían de guardaespaldas
se encontraba Pompeyo, quien de inmediato salió a cubrir el pecho de su
jefe. Mientras un segundo guardaespaldas venía a respaldarlo, Agamenón
Cervantes logró acomodarse y protegerse en la parte detrás del carro, donde
seguía disparando al aire. En esos momentos, ningún disparo le había entrado en
el cuerpo, estaba emocionado, agitado, y la sangre caliente le decía que iba a
sobrevivir nuevamente a un ataque.
Del lado delante de la camioneta se hicieron
presentes más personas que querían asesinarlo, y en seguida tuvo la seguridad
de que aquel ataque provenía de la guerrilla. No se equivocó: se habían dado
cuenta de que Alexandra Pitre se había mudado en la noche del jueves anterior,
y siguieron considerándola como una carnada mejor. Al enterarse de que un carro
llegaba a la puerta de su nueva casa, los espías comprendieron que se trataba
de Agamenón Cervantes en carne y hueso, aunque no lo reconocieron entre los
hombres. Muchos efectivos vestidos de civiles se habían presentado
inmediatamente mientras él estaba en el cuarto amándose con ella en sus planes
de llegar sereno a los sesenta años, bajando en carrera ágil por los lados de la Carrera del Comercio
para lograr matarlo, antes de que se entregara con victoria a la justicia
colombiana. Al verlo salir por la terraza al cabo de unos minutos de espera,
dispararon con metralleta, se repartieron desde distintos ángulos, y uno de ellos
murió de repente por la explosión de una granada mal maniobrada que se le quedó
en las manos. Durante más de cinco minutos, sólo se escucharon disparos y
disparos interminables por parte de esta gente. Los hombres de Agamenón
Cervantes mantuvieron una buena resistencia, a pesar de que los enemigos los
superaban en número, en el momento en que el miedo rondó en varios lados. En
las casas que estaban enfrente y a los alrededores, apagaron los bombillos de
las terrazas desde la parte de adentro, como prueba de que sus habitantes
estaban muertos de pánico.
Sintiendo que le sobraba valor, la intención de
Agamenón Cervantes no era tanto salvar su vida como proteger la puerta de
Alexandra Pitre. No entendía de dónde salieron tantos hombres para matarlo, y
cuando sus tres guardaespaldas fueron ejecutados en el aire y sólo quedaba al
lado del valiente Pompeyo que ya estaba gravemente herido, pensó que
había llegado el final. Se mantuvo al lado de la Toyota Prado, estable,
inmóvil, sabiendo que esa batalla la iba a perder. Por detrás suyo, viniendo de
otra esquina de la misma calle, apareció un tipo buscando impedir que se
metiera en la puerta de la casa, y él le disparó hasta quedarse sin balas,
asegurándose de que nadie se acercara a la terraza donde estaba su amada. En
ese momento alguien que venía detrás del muerto apareció más cerca,
descargándole una ruidosa R-15. De inmediato provocó que Agamenón Cervantes se
tambaleara por el fuego recibido y cayera al suelo, privado, casi inconsciente,
sin poder haber hecho nada para defenderse mejor.
Alexandra Pitre apenas estaba metiéndose en el
ámbito de su cuarto, cuando sintió el primer tiro. En seguida entró en
descontrol y llanto suelto, llena de miedo como cualquier persona en su lugar,
sabiendo que había llegado aquel instante sorpresa tan presentido por medio
mundo. Estaba casi en el suelo junto a la cama, creyendo que la podían matar,
cuando cayó en cuenta de quién era el hombre que había dejado allá afuera, y
ella era la única persona en la vida que lo podía ayudar en una trágica
situación como ésa. Se salió con otro ánimo del cuarto, cruzó la sala corriendo
y llegó a la puerta para abrírsela, evitando su prematura muerte, con una
tembladera en el cuerpo, que más tarde se sentiría culpable por no haberlo
convencido contra su voluntad de que se quedara durmiendo esa noche a su lado.
En la terraza, no entendió bien lo que había pasado. Cuando vio a unos hombres
muertos al lado del carro, entre ellos Pompeyo que estaba moribundo, se
ilusionó con que eso hubiera sido un último gesto del mejor escolta para
respaldar la huida del jefe. Pero entonces miró más cerca el cuerpo de un
segundo agónico, reconociendo que pertenecía al hombre con que había estado
amándose un momento antes.
Éste estaba tendido boca arriba en el suelo, en
medio de un charco de sangre, sin dejar que la muerte se lo llevara de este
mundo hasta no ver por última vez a la bella Alexandra Pitre. Ella se precipitó
a su humanidad derribada para tratar de hacer algo urgente, convertida en una
completa loca. Apenas sintió el ruido de unos carros al otro lado de la
esquina, que se iban a toda marcha subiendo por la Carrera del Comercio cuando
sus tripulantes comprobaron que el narco era objetivo acertado, y que además
por otra parte se acercaba el ejército. Le pareció que Agamenón Cervantes
estaba desangrándose sin control, que estaba convulsionado, acalambrado, cuando
la verdad es que estaba haciendo un esfuerzo por levantarse y sentir su aliento
de mujer cercana. Recordando las cosas que había aprendido como enfermera de la
clínica, quiso poner en práctica lo que dominaba mejor que nadie en la vida. Se
dio cuenta de que estaba quedándose sin pulso, y de que en cualquier momento
iba a quedar inconsciente por la falta de sangre. En eso estaba, cuando de
pronto despertó de golpe porque él habló.
-Alexandra –le dijo.
Ella lo examinó, algo ilusionada porque aún seguía
con vida. Pero él únicamente quería que hiciera algo.
-Corre.
Ella sintió rabia consigo misma cuando lo escuchó
decir eso, y con la autoridad que estaba de su lado le ordenó que se levantara.
Fue imposible que lo hiciera, por su estado grave y el impacto destructivo que
recibió en las costillas y en la columna, que lo habrían dejado inválido para
toda la vida y orinando por una sonda, en caso de que se hubiera salvado. En
vista de eso, ella intentó levantarlo sola metiendo las manos debajo de su
espalda, y le pareció que estaba más liviano que unos segundos antes quizás por
la gran cantidad de sangre que había perdido. Al mismo momento, le pidió de corazón
que no se muriera, que no la dejara sola. Según dijo, todavía tenía oportunidad
de cumplirle la promesa de estar junto a ella eternamente. «Aguanta, mi amor»,
le pedía.
Agamenón Cervantes no se había dado cuenta de que
sus enemigos se habían marchado en dos carros al otro lado de la esquina, y
temía lo que pudieran hacer con ella. Prácticamente había quedado inmovilizado
por siempre en el suelo, sangrando también cerca del corazón, y por mucho que
trataba de moverse ansiando fortalecerse, lo único a que tenía derecho en su
último hálito de vida era respirar para tener un poco de voz. Con medio cuerpo
casi muerto, alcanzó a decir:
-Alexandra.
La mujer sintió que era un nuevo milagro haberlo
escuchado, y le pareció que sí era posible que se salvara.
-Qué.
Agamenón Cervantes intentó hablar, pero no encontró
el aire para hacerlo. Se estaba ahogando en su propia sangre, y eso lo aterraba
como ser humano que seguía siendo. «Dime algo, mi amor», insistía lagrimeando
ella. Agamenón Cervantes hizo un esfuerzo para comunicarle algo, pero no pudo
pronunciar otra cosa que su nombre de mujer. Sus ojos físicos no veían nada
alrededor en absoluto, aferrándose solamente a las frescas impresiones que
guardaba en la retina. Cuando notó que estaba dejando de temblar corporalmente,
enfriándose como si acabara de irse, Alexandra Pitre sacó la firme fuerza que
le quedaba en los brazos, sacudiéndolo con tal capacidad hasta regresarlo a la
vida misma con un efecto de electricidad.
-Dime algo -insistió.
Agamenón Cervantes sintió que decirle algo más que
una necesidad particular era un deber de hombre justo, y entonces recibió el
escaso aire que le llegaba a sus pulmones para encender de nuevo la
imaginación. Sintiéndose detenido en el vacío infinito, inspirado, llorando por
la amarga derrota, antes de caer en un agujero negro que lo arrastraba, recordó
cuál había sido la única causa de esa consecuencia en su vida.
-Esto tenía que terminar así –le dijo.
Sin querer darle gusto a la conclusión de su
miserable destino, Alexandra Pitre sacó toda esa fuerza que acumuló en el pecho
desde que era una mujer madura en la vida, y se dispuso a levantarlo con el
mismo milagro que les aplicaba a los demás enfermos. Por poco casi lo alcanza,
a pesar de sus desfallecidos signos vitales, y llegó a pensar que el amor es
capaz de todo. Entonces aceptó que ella sola no podía con esa dramática
situación, y que tenía que hacer lo que fuera para trasladarlo con urgencia
hasta la clínica. En medio de un mar de lágrimas, desfallecida, perdiendo las
esperanzas por primera vez en su vida, gritó con el aire que aún le quedaba:
-¡Ayúdenme,
por favor, que mataron a Agamenón!
Éste, casi moribundo, apenas sintió esa desgarrada
voz de trueno, cuyo eco expandido estremeció a toda la tierra. Desde diferentes
casas a las diez y media de la noche, mientras se acercaban impotentes los
soldados del Mercado Viejo, incontables personas que habían escuchado a
distancia la balacera salieron de sus puertas y acudieron corriendo hasta esa
parte de la calle, cuando se enteraron de quién era el famoso personaje contra
el que se había desarrollado el atentado. En cuanto vieron la escena funesta en
la parte inferior de la terraza oscura, únicamente visibilizaron con vida a una
mujer que estaba bañada en sangre, y trataba de rehabilitar un cuerpo
desconocido. Se estremecieron con aquella imagen terrorífica, porque Alexandra
Pitre vestida de blanco bajo la luna tenía tanta sustancia sanguínea derramada
por el herido, que también daba la impresión de haber recibido unos disparos.
Estaba desahuciada de dolor, de tristeza, con una pena en el alma que encendía
la piel, y quería encontrar una bala perdida en el espacio que se la llevara
con él al entender que no tenía salvación. El amante perseverante estaba en el
suelo, con la cabeza en la falda de la mujer que más quiso en la vida, tierno,
tranquilo, sin más alternativa que la resignación, y cuando hizo un último
esfuerzo de levantar su mano derecha para tocarle el angelical rostro, la vida
no le alcanzó.

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